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12 de agosto 2023

Martín Prieto

Escritor, profesor de Literatura argentina en la Universidad Nacional de Rosario.

MARÍA TERESA GRAMUGLIO: FIGURA Y CONTRAFIGURA DE UNA CRÍTICA LITERARIA

Tiempo de lectura: 7 minutos

Imaginemos este escenario. Una fiesta de cumpleaños en un departamento de pasillo estrecho, en las inmediaciones de Sarmiento y 27 de febrero, en Rosario. Mediados de los años 1960. Onganía ya dio el golpe de Estado y la mayoría de los presentes está, momentáneamente, desocupada. Profesoras y profesores renunciantes a la Universidad, después de la Noche de los bastones largos, que viven de los salarios de sus maridos, o de sus esposas: uno es empleado público, otro es contador, otra acaba de abrir un pequeño negocio, sin resultados a la vista. Hay unos que la pasan peor: los dos son profesores, renunciaron los dos. Hay una que zafa: tiene campo, y el marido es ingeniero. Otra, sola, se fue a vivir a la casa de la mamá. Sin embargo, están contentos. Son jóvenes. Tienen menos de cuarenta años. Y se burlan del dictador: lo llaman Onga-Onga. “¿Qué se sabe de Onga-Onga?” pregunta la soltera, al llegar. Todos se ríen.

(Rubén Sevlever, Nicolás Rosa y María Teresa Gramuglio con su vestido Courrèges.)

En una de las dos habitaciones del departamento, echados en la cama grande, están los hijos de algunos de los invitados y de los dueños de casa, mirando televisión, a oscuras. Para muchos de ellos es una experiencia: sus padres están en contra de la televisión. No hay televisores en sus casas. Mientras tanto, sucede la fiesta. Risas, gritos, humareda: todos fuman. De repente, con la reunión avanzada, suena el timbre. Alguien que llega tarde. Como es probable que ya estén todos medio tomados, sube el volumen del griterío para recibir a los recién llegados, se escuchan algunos aplausos (que son tanto celebratorios como condenatorios, también quieren decir: llegan tarde). Y sobre las expresiones convencionales (“hola”, “bravo”, “pasen”) se sobreimprime una extravagante, que suena por encima de todas las demás: “¡Tiene un vestido Courrèges!”. Me llama la atención, me levanto de la cama a ver qué pasa. Es la primera imagen que tengo de María Teresa Gramuglio: llegando, acompañada por Juan Pablo Renzi, su marido, a la casa de Carlitos Omnès y de Élida Sonzogni, vistiendo un vestido Courrèges. Todavía no tiene 30 años. Ya escribió o está por escribir, junto con Nicolás Rosa, el manifiesto de Tucumán Arde, publicado en un volante en 1968 como parte de las acciones artísticas y políticas del Grupo de Artistas de Vanguardia:

Borges fue objeto de estudio de Gramuglio quien, al leer su Evaristo Carriego, anota que ese ensayo fue la manera que tuvo el autor de Ficciones “de exorcizar un fantasma temible que acecha su autoimagen de escritor: el fantasma del precursor”

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“El actual gobierno argentino, empeñado en una nefasta política colonizante, ha procedido al cierre de la mayoría de los ingenios azucareros tucumanos, resorte vital de la economía de la provincia, esparciendo el hambre y la desocupación, con todas las consecuencias sociales que ésta acarrea. Un “Operativo Tucumán”, elaborado por los economistas del gobierno, intenta enmascarar esta desembozada agresión a la clase obrera con un falso desarrollo económico basado en la creación de nuevas e hipotéticas industrias financiadas por capitales norteamericanos. La verdad que se oculta detrás de ese operativo es la siguiente: se intenta la destrucción de un real y explosivo gremialismo que abarca el noreste argentino mediante la disolución de los grupos obreros, atomizados en pequeñas explotaciones industriales y obligados a emigrar a otras zonas en busca de ocupación temporaria, mal remunerada y sin estabilidad. Una de las graves consecuencias que este hecho acarrea es la disolución del núcleo familiar obrero, librado a la improvisación y el azar para poder subsistir”.

Unos años más tarde, en 1975, amenazada por la Triple A, María Teresa se fue a vivir a Buenos Aires. Después de trabajar en un negocio de objetos de diseño que tenía Margarita Paska (del ala porteña de Tucumán Arde) y de hacer traducciones y prólogos para algunas editoriales, una amiga de Rosario, Nilda Finetti, le presentó a un grupo de conocidos suyos, que se reunían en un salón para estudiar. Lo que llamaríamos un “grupo de estudios”. Ahí estaban Beatriz Sarlo, Carlos Altamirano, Ricardo Piglia, Jorge Dotti, Hugo Vezzetti, José Gabriel Vazeilles. Poco después se sumó Nicolás Rosa. Y más tarde Susana Zanetti. Como se ve, con sumas y restas, el grupo original de la revista Punto de Vista cuyo primer número, semiclandestino, se publicó en marzo de 1978. Del saloncito pasaron a un salón más grande que les prestó Boris Spivacow en la redacción de Centro Editor de América Latina, donde muchos de ellos trabajaban o empezaron a trabajar. En vez de estudiar algo todos juntos, como es la costumbre persistente en estos grupos de estudio, acá cada cual iba y presentaba aquello que le interesaba, lo que estaba estudiando o leyendo en ese momento. María Teresa expuso primero sobre Galvano Dalla Volpe, e inmediatamente sobre El diario de Gabriel Quiroga, de Manuel Gálvez. Este importante estudio, realizado, además, a la intemperie (Gramuglio cuenta que viajó de modo furtivo a Rosario, a fotocopiar el ejemplar del libro de la Biblioteca Argentina, que no estaba en las bibliotecas de Buenos Aires) sienta las bases del que tal vez sea su ensayo sino más relevante, más influyente, al punto que paulatinamente sus ideas se fueron desasiendo del nombre de su autora, y circularon solas, como si fueran de todos, o de nadie. Como si fueran anónimas. “La construcción de la imagen” es el nombre de ese ensayo principal, publicado por primera vez en una revista de la Universidad Nacional del Comahue, en 1988. Gramuglio parte de una comprobación empírica:

“la de que los escritores, con gran frecuencia, construyen en sus textos figuras de escritor, y que estas figuras suelen condensar, a veces oscuramente, a veces de manera más o menos explícita y aun programática, imágenes que son proyecciones, autoimágenes, y también antiimágenes o contrafiguras de sí mismos”.

Son jóvenes. Tienen menos de cuarenta años. Y se burlan del dictador: lo llaman Onga-Onga. “¿Qué se sabe de Onga-Onga?” pregunta la soltera, al llegar. Todos se ríen.

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Nora Avaro, editora de la colección Aura de la editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos, no solo tuvo el tino de publicar una extraordinaria selección de ensayos de Gramuglio, inéditos hasta ahora en libro, sino, además, de titularla La construcción de la imagen, como un modo de subrayar la relevancia de este ensayo fundador. Allí, Gramuglio realiza una lectura pormenorizada de la obra narrativa de Gálvez, tendiente no a destacar sus valores literarios, momentáneamente y tal vez para siempre caídos de la bolsa de valores, sino a estudiar la construcción del complejo ideario nacionalista y espiritual de la Argentina en lo que va entre 1910 a 1930. A través, justamente, de los personajes escritores que abundan en sus novelas, pues esas imágenes, bien leídas, trasuntan ideología. Pero no solo Gálvez será objeto de estudio desde esta perspectiva. También Roberto Arlt. A partir de la lectura de sus textos autobiográficos y de algunas de sus aguafuertes, sobre todo de “El hombre del trombón”, que cierra con una escena en la que el director del diario presenta al escritor a un visitante con esta frase: “El atorrante de Arlt, gran escritor”. La frase, anota Gramuglio, conjuga los tres significantes principales que la construcción de la imagen ha puesto en juego: el nombre, Arlt, el estatuto sospechoso, atorrante, y la condición arduamente ganada: escritor. Y es posible descomponerla, desdoblarla en dos enunciados indisociables que se convocan para construir su imagen de escritor: “Arlt, ese atorrante. Arlt, ese gran escritor”. También Borges fue objeto de estudio de Gramuglio quien, al leer su Evaristo Carriego, anota que ese ensayo fue la manera que tuvo el autor de Ficciones “de exorcizar un fantasma temible que acecha su autoimagen de escritor: el fantasma del precursor”.

(Piglia, Saer, C.D.Martínez, Vezzetti, Altamirano, Gramuglio, Sarlo: Punto de Vista.)

Este último estudio lo publicó en 1986 en el Diario de Poesía. Entonces, ya éramos amigos. Íbamos a comer en Rosario, en Buenos Aires o en Neuquén, donde ambos dábamos clases a fines de los años 1980. Nos visitábamos. Nos escribíamos cartas. En una de esas cartas me contó que aquel vestido Courrèges no era, como yo había imaginado durante veinte años, un vestido efectivamente Courrèges, sino uno que ella le había hecho hacer a una tejedora, eligiendo los colores, siguiendo un modelo del diseñador francés, visto en una revista. Y también nos regalábamos libros. Recuerdo especialmente estos dos: El loro de Flaubert, de Julian Barnes y La broma, de Milan Kundera, ambos a mediados de los años 1980, cuando esos nombres no tenían ni por la positiva ni por la negativa el valor que tienen ahora. Eran, simplemente, lo nuevo. Y había que ver de qué se trataba eso nuevo. No por el mero y frívolo afán de estar actualizados, sino para cotejarlo con lo viejo, para poner en cuestión ambas temporalidades y ver qué surgía de ese cotejo. Qué de lo nuevo estaba condicionado por lo viejo. Qué de lo viejo se activaba gracias a lo nuevo. Eran, yo no lo sabía entonces, pequeñas lecciones de historia de la literatura. Según la entiende y la practicó María Teresa: una historia de la literatura nacional argentina, con paradas específicas en Gálvez, Leopoldo Lugones, Borges, Carlos Mastronardi, Arlt, la revista Sur, Leopoldo Marechal, Juanele, en un contexto siempre cosmopolita. Así, justamente, tituló Judith Podlubne la primera recopilación de ensayos de Gramuglio: Nacionalismo y cosmopolitismo en la literatura argentina. Este contexto enmarca, sin estridencias, el comentario que, cuenta ella, le hizo a César Aira, caminando alguna vez por las calles de Rosario: que le parecía que algunos libros suyos reescribían otras novelas. Que La luz argentina reescribía Svengali, de George du Maurier y Los fantasmas, El limonero real, de Saer. Aira, según Gramuglio, “como es tan afable”, le dijo que sí.

Bibliografía

María Teresa Gramuglio. La construcción de la imagen y otros estudios literarios. Prólogo de Nora Catelli. Ilustraciones de Eduardo Favario. Paraná, Eduner, 2023.

María Teresa Gramuglio. Nacionalismo y cosmopolitismo en la literatura argentina. Prólogo de Judith Podlubne. Rosario, Editorial Municipal de Rosario, 2013.

María Teresa Gramuglio. El lugar de Saer. Sobre una poética de la narración (1969-2014). Prólogo de Alberto Giordano. Rosario, Espacio Santafesino Ediciones, Editorial Municipal de Rosario, 2017.

Judith Podlubne y Martín Prieto (editores). María Teresa Gramuglio. La exigencia crítica. Rosario, Beatriz Viterbo, 2014.