Un momento...

08 de julio de 2026

08 de julio de 2026

22 de mayo de 2026

MÁQUINAS DE MIRAR

Cynthia Berguier

Cultura
Tiempo de lectura: 8 minutos

1.

“El ojo no se sacia con ver”, dice el Predicador en el Eclesiastés, ese libro del Antiguo Testamento que muchos conocimos, sin saberlo, en la voz de Ricardo Soulé. El ojo tiene avidez, pero no sólo por tragarse el mundo, sino también por volcarse sobre él. Quien mira, de algún modo se identifica con lo que ve, lo interpreta según sus formas y medidas. Lo lee desde el cristal de su propia experiencia y así planta bandera sobre el terreno examinado. Entonces se dice de una escultura que es monumental y de un grano de arroz que es ínfimo, traduciendo el tamaño de lo observado al del propio cuerpo.

Al mismo tiempo, el ojo mira siempre a través de lo que ya vio. Toda imagen es una máquina de mirar. Las imágenes estabilizan las formas del mundo y se nos ofrecen para usarlas como anteojos. La pintura de paisaje del siglo XIX, por ejemplo, convertía a la naturaleza desbordante, hermosa y horrorosa, desafiante e inefable, en una cosa manejable ante la mirada humana, contenida en un encuadre, detenida en un instante de belleza. Las imágenes nos enseñan qué y cómo mirar. Nos proponen bordes para el océano infinito de materia caótica, anuncian qué cosas son deseables y sugieren cuáles debemos rechazar. Quizás por eso la serie de Flavia Da Rin titulada “Terror – Hentai” (2021 – 2023), sea tan inquietante.

Se trata de unas fotografías intervenidas digitalmente en las que vemos a una mujer en distintas poses eróticas, caracterizada como una nena, con sus dos colitas, sus orejitas de gato, hebillas de plástico rosas o pelucas de colores. Las uñas hechas, largas y puntiagudas, chupetín en la boca o dedo tocándose la lengua. Pero esta mujer tiene una característica física muy particular: todo su cuerpo está como derretido, vencido por la gravedad. Entonces las distintas piezas de lencería que lleva puestas en las fotos en las que no está desnuda funcionan como una especie de mallado que contiene a ese cuerpo de plastilina pesada para que no se termine de desparramar. El revés de lo deseable, que se refuerza con el título de la serie: hentai es un género de animé porno japonés en el que el objeto de erotismo suele ser un personaje femenino infantilizado. Cuando pase la juventud (en este caso, una juventud que todavía no llegó al pleno de su madurez), vas a tener que sostener ese ideal en el cuerpo que te vaya quedando. Pero en estas obras no vemos a una mujer vieja posando semidesnuda, sino su fantasía fantasmal: la piel de la modelo se ve tersa y suave, no tiene arrugas, más bien parece un cuerpo de chicle que se estira hacia abajo, una forma puramente imaginaria. El buzo del lado de la costura, el revés de las formas deseadas, promovidas por todas las máquinas de mirar (que no son las formas indeseables, sino unas que no queremos ni nombrar).

S/T, de la serie Ojos bien abiertos, Proyecto de Billboards para The Speed Art Museum (2008), Flavia Da Rin

Es sabido que siempre asusta más lo que imaginamos que lo que vemos. Porque en la imaginación intervienen todas las imágenes espantosas que alguna vez se cruzaron ante nuestra vista. Pero al ver una imagen singular, que es una y no otra, los elementos que nos pueden afectar son solamente las características particulares de esa imagen. No hay amenaza en potencia, sólo agresión en acto. Por eso el terror trabaja con lo oculto, con lo no mostrado, lo apenas sugerido, el fuera de campo visual, la clave lumínica baja. Entonces esta serie “Terror – Hentai”, que viene a concretar las fantasías fantasmales, a mostrar el reverso de los ideales de juventud, belleza y sensualidad, termina funcionando como un alivio al reponer esas imágenes ausentes, positivando el negativo de la imagen deseada. Podríamos pensar que esa serie reposa en un imaginario negado, y en tanto tal, terrorífico. Pero que, en el simple acto de echar luz sobre ese fondo oscuro, de concretar el infinito espanto potencial en una sola de todas sus formas posibles, desarma el terror de las imágenes que faltan. No es casual que en esas fotos esté todo iluminado, como un desierto al mediodía. “¿Querés hentai? Tomá”, dice Flavia. Acá lo tenés entero, hasta el final.

2.

Conocía la obra de Flavia Da Rin como parte del paisaje, un paisaje con relieves que ya estaba ahí cuando yo arrancaba a preocuparme por estos asuntos. Ella era muy joven, veintipico, cuando sus imágenes híbridas empezaron a tener una circulación fuerte: unos personajes de ojos grandes, como si fueran animé, pero de carne y hueso. Eran fotos que sacaba usándose a sí misma como modelo y que luego intervenía con Photoshop. Eso ya era algo: animarse a usar un programa asociado al diseño y a la ilustración, con el que se podía hacer el volante de una pizzería o sacarle los granos a una modelo en una campaña de crema facial, de un modo pictórico. Trabajando innumerables capas (layers) como si estuviera superponiendo veladuras en una pintura al óleo, modelando las formas que le ofrecía la foto para producir imágenes cuya única funcionalidad fuera servirse a sí mismas y a las preguntas que formulaban. Dinamizada por el mismo impulso con el que antes había usado la fotografía analógica, el escaner y unos primitivos programas de diseño, cuando se popularizó por estos pagos la fotografía digital y desembarcó el Photoshop, se sirvió de esas nuevas herramientas para jugar con las imágenes: probar, meter, sacar, estirar, hundir el dedo, ensamblar pedazos. Crear engendros a la carta, concretar sus ocurrencias visuales con un resultado fotográfico. Volvió materia plástica a la fotografía. El sueño surrealista: el más alto grado de mímesis para las formas de las cosas, combinado con escenas imposibles o sobrenaturales. Con todo el enrarecimiento que produce la recreación de un universo que es sumamente familiar y ajeno a la vez.

S/T , de la serie Terror Hentai (2021-23), Flavia Da Rin

Más allá de los modos de hacer, hay un elemento que se destaca en la obra de Flavia desde el principio: ella es su propia modelo, pero no hace autorretratos, su cuerpo es simplemente el barro primordial con el que amasa personajes apenas basados en sí misma, para después elaborar distintas escenas en donde el tema nunca es ella, sus asuntos personales, ni su biografía, aunque a veces sí parece estar tematizando el “yo”. Singular, desdoblado, multiplicado. El yo como problema y no como anecdotario propio.

Trabaja desarrollando tramas, relatos que muchas veces quedan sugeridos en la relación entre las imágenes y el título. Como en “El misterio del niño muerto” (2008), serie en la que podemos reconstruir una escena que remite al funeral de un nenito, que da la sensación de no ser un personaje histórico, sino simbólico. Porque en las primeras dos fotos en las que aparece tiene características físicas diferentes (en una es rubio, de pelo lacio y está recostado en una cama sosteniendo un juguete de madera; en la otra es morocho, tiene un peinado voluminoso y puntiagudo tipo animé y aparece erguido). Nos damos cuenta de que esas fotos representan al niño muerto porque están en blanco y negro y son sobrias, a diferencia del resto, en las que vemos a los asistentes al funeral: unos personajes frívolos que posan vestidos de negro, todos tuneados, maquillados, cubiertos de accesorios, impostando el gesto, haciendo sociales. En algunas de esas tomas aparece el niño en forma de zombie (con el cuerpo medio putrefacto) o con una transparencia fantasmal. También vemos a unas mujeres con instrumentos musicales, cuyos cuerpos hacen las formas onduladas de la ninfa warburguiana y cantan como musas en un soplo de despedida. El niño ya no vive aquí. Todos se reúnen a su alrededor gracias a su magia y en virtud de su ausencia. “Algo similar a lo que sucede en una vernissage”, dice Flavia cuando hablamos de esa serie. Una vez que la obra se cuelga, se termina el juego y empieza el show de los agenciamientos. Como si ese objeto conclusivo al que llamamos “obra” fuera el cadáver del espíritu creador, un jabalí difunto, un niño que se da a la fuga para finalmente volver a las aguas de las que nació.

S/T, de la serie El misterio del niño muerto (2008), Flavia Da Rin

El fin de fiesta es un tema que aparece salpicado en muchas de las obras de Da Rin. Como por ejemplo en una de la serie “Ojos bien abiertos”, de 2008. Vemos a dos mujeres contenidas en un rectángulo apaisado y larguísimo, las dos son la misma (todas son Flavia y ninguna lo es), están desdobladas, hundidas y separadas, en un basural lleno de televisores y monitores de los viejos, los de tubo, cubos enormes de plástico, vidrio y circuitos que allá por esos años estaban quedando en desuso. Por detrás, un parque de diversiones con montaña rusa y globos aerostáticos. Una de las mujeres sostiene un televisor, y lo señala con el dedo índice: acá, esto, la algarabía del desdoblamiento, la fiesta de las pantallas, termina en el basural.

3.

En el barroco se popularizó un tipo de naturaleza muerta a la que se llamó “vanitas”, eran composiciones tipo bodegón en las que se incluían calaveras, cristales, relojes de arena, elementos que evocaban la noción de tiempo, la muerte y la fragilidad. Expresaban la futilidad de la vida de cara a su finitud. La palabra en latín aludía a la vacuidad, al vacío, pero también a la vanidad, haciendo referencia especialmente al “estribillo” del Eclesiastés: “todo es vanidad”. Dentro de ese subgénero de las vanitas, se representaba un motivo que tenía su propio nombre: el “homo bulla”, hombre burbuja. Remitía a la metáfora de la vida como ilusión, una burbuja, una pompa de jabón.

Hace un tiempo Flavia Da Rin empezó a explorar el uso de la inteligencia artificial para producir imágenes. Entrenó a una IA con obra suya de entre el 2008 y el 2013 y se puso a trabajar en torno al motivo del “homo bulla”. De ese proceso surgió la serie Glas (2025), un universo visual saturado y brillante, empalagoso e impalpable. Nenitos jugando con burbujas, calaveras por el suelo, manteles de raso, servilletas usadas, globos pinchados, tortas con colorantes a medio comer, envoltorios de golosinas, los restos materiales de una explosión de azúcar consoladora. Migas de una fiesta instagrameable que ya se terminó. Como aquellos monitores de tubo en el basural del parque de diversiones, o la fiesta creadora que llega a su fin con la misteriosa muerte de aquel niño. Pero en este lío todo quedó muy liso, muy pulido y brillante, casi invisible al tacto. Las bebidas se derramaron ordenadamente, los globos se pincharon sin perder tersura. Todo quedó desordenado, pero en su lugar, sostenido por la taxonomía de su forma, ceñido por su propio nombre. Tal vez ese viaje de la palabra a la imagen marcado por el prompt anule la emergencia del accidente productivo que le da textura a las cosas. Tal vez en las idas y vueltas de la palabra a la imagen, de la IA al Photoshop, y otra vez a la IA, Flavia haya acentuado ese ordenamiento riguroso del desorden para solidificar la burbuja que está por explotar, para que cuando reviente haga más ruido.

Y los personajes, ahí se abre una espiral que apunta al infinito en donde lo siniestro opera en otra octava: si en las fotos en las que Flavia usaba su cuerpo como modelo y luego intervenía con Photoshop ella ya no era ella, pero tenía todavía mucho de sí, en estas imágenes, generadas por una IA que fue entrenada con sus fotos intervenidas, el resultado de los personajes es el de una especie de herencia genética modificada por el bolillero del azar. Los personajes guardan semejanza con ella, pero ya se autonomizaron en sus formas, tienen algo muy cercano a la “vida propia”. Ella dice que algunos incluso, son muy parecidos a sus hijos.

A decir verdad, esta serie parecería ser la otra cara de una que hizo en el 2010 llamada “Una fiesta para sacudirse el terror del mundo”. Una fiesta que también estaba asediada por calaveras, atiborrada de plásticos dorados con rebaba, máscaras perturbadoras, ojos flotadores de plastilina, una fiesta terrorífica, pero que está transcurriendo. En esta última serie, Glas, la fiesta parece haber llegado al pico de tensión superficial, para finalmente darse por terminada. Dream is over.

S/T, de la serie Glas (2025), Flavia Da Rin

(Imagen de portada: S/T , de la serie “Terror Hentai” -2021-23-, Flavia Da Rin)

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