Un momento...

18 de julio de 2026

18 de julio de 2026

31 de enero de 2026

MAQUIAVELO EN BUENOS AIRES

Juan Di Loreto

@elchara
Café Panamá
Tiempo de lectura: 4 minutos

Todo ya no es lo que era. Lo peor de los cambios es darse cuenta y no poder hacer nada. El que vive inconsciente va y viene con las olas sin tanto conflicto. El mundo es lo que es y yo tengo que levantarme a las 7 de la mañana para ir a trabajar igual. Los cambios de época de la gente común.

Enero en la ciudad de Buenos Aires tampoco es lo que era. La crisis hace que la ciudad aminore su ritmo, pero no se vacíe como antes. Ya no hay vacaciones, hay escapadas. Comprar es un lujo. El fresco porteño se arma entre gente que deambula, locales cerrados o vacíos, los que viven en la calle, los que se las rebuscan revolviendo basura y la vedette de la época: bazares chinos por todos lados. Los oficios terrestres de este momento. Una importación barata y un vaso de agua no se le niegan a nadie.

Todo cambió, nada cambió. La política no existió este verano. Se nota demasiado que no hay horizonte. Salvo quejas por la destrucción sistemática de todo, no hay otro diálogo político. Analistas, colegas que escriben, están un poco hartos de la política. El único que aviva un poco la cosa es el presidente Milei que ha enterrado a Nicolás Maquiavelo, es decir, lo ha revivido.

Milei ha sabido convertirse en un Maquiavelo: ha logrado mantenerse en el poder y desplazar toda competencia en el campo de la derecha

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“¿Cómo puede ser que Milei, que no sabe nada de política, se haya deglutido al sistema en su conjunto?”, esto es lo que piensan los apocalípticos de la nada. Esperan que todo reviente y bueno, alguien agarrara. Pero no, no hay un Duhalde ni un Remes y si lo hay no se ve. Los únicos que hacen política y economía son Milei y Caputo; el sistema responde con una estabilidad asombrosa. No somos Perú, acá no cae nadie (ni debe caer), el sistema de gobierno sigue ahí; ineficiente, autónomo de nuestras vidas, pero ahí está. Hay algo que hace que todo no se vaya al demonio.

La verdadera victoria de Milei es haber sabido acomodarse a los nuevos tiempos políticos (en lo económico es relativa su éxito, ya que parece ir a contramano “del mundo”, como se dice, pero por ahora le funciona. Siempre hay que sacar la economía real de la ecuación). Como muchos antes, la clave de lectura es saber que se pueden romper absolutamente todas las reglas porque, si bien la política lo sostiene, no hay sanción. Un buen ejemplo es el testimonio de María Coutinho, politóloga y con conocimiento de las cosas del Estado. Todas las ramas del Estado se tiñen de particularismo y facciones. No por nada el récord de renuncias en el gobierno a lo largo de su mandato. 

La inversión de aquella frase “El Estado te salva” sigue aplicándose sólo para un lado del mostrador. El Estado capturado por una facción, no importa cuando leas esto. En estos contextos toda la normativa pierde sentido. El que está en el poder avanza sin mucho prurito. El profesionalismo y la eficiencia, que existe solo en los discursos, dejan paso a una serie de lealtades que cifran todo el funcionamiento. La pregunta clave no es “¿Qué haces?” o “¿Qué ideas traes?”, sino “¿Para quién trabajas?”. Seríamos ingenuos de achacarle este estado de cosas a la gestión actual. Preexiste y existe, pero con menos elegancia hoy día.

Por otro lado, el desierto. La oposición -que no podemos nombrar siquiera, porque no existe más que como fragmentos en sus palacios de cristal- dejó de hacer política hace rato. Ya no prima la utilidad para hacerse con el poder, sino que se privilegia la rosca pérfida para pegar con los pocos cargos que van quedando. Milei en cambio ha sabido convertirse en un Maquiavelo: ha logrado mantenerse en el poder y desplazar toda competencia en el campo de la derecha.

¿Milei es un caso de virtú política como decía Maquiavelo entonces? Según el viejo pensador italiano, la virtú del gobernante es hacer un buen o mal uso de la crueldad. Maquiavelo recomienda, en lo posible, si se tiene que hacer el “mal”, hacerlo de una. Pero la clave es que, al Príncipe, aquí al político, no se lo debe juzgar por la crueldad sino por los resultados. “Aunque sus actos le acusen, los resultados lo excusan”. La estabilidad conseguida con más lágrimas que sudor, y mucha pérdida de trabajo, sigue alcanzando para que se lo juzgue como “exitoso”.

Analistas, colegas que escriben, están un poco hartos de la política. El único que aviva un poco la cosa es el presidente Milei que ha enterrado a Nicolás Maquiavelo, es decir, lo ha revivido.

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Maquiavelo también sabía lo que era fingir demencia. Mientras la cosa marche, la crueldad queda en el olvido. Por eso la oposición no tiene nombre. ¿Qué es lo que pueden mostrar? ¿Peleas? ¿Crecimiento, pero con inflación? La mayoría puede sufrir el modelo, pero si no hay algo que exprese ese malestar es lo mismo que nada.

Maquiavelo es como un espíritu eterno de los políticos de todas las épocas. Pero no por falta de moralidad, sino justamente por lo contrario. Siempre un paso adelante, siempre escuchando el run run. Queda claro en su obra que la clave es leer el tiempo que toca gobernar. Como bien decía en El Príncipe: “hay, pues, que ser zorro para conocer las trampas y león para espantar a los lobos”.

Café Panamá