20 de julio de 2026
Acerca de la nota “Un nuevo tipo de fascismo que afecta al mundo entero” de Siri Hustvedt[1], publicada en el diario El País, de España, el 11/1/26 con traducción de María Rodríguez Tapia, y que algunos medios argentinos subtitularon como “La lúcida opinión de Siri Hustvedt”. La opinión vale, la lucidez, no.
Sobre fascismo, historia, lingüística y la forma de llamar a las cosas por su nombre
La autora comienza su artículo con una confusa definición sobre fascismo que hizo Robert Paxton, en su obra Anatomía del Fascismo donde demuestra más su condición de historiador que un acercamiento a la filosofía política, que es el espacio donde mejor puede aventurarse definiciones sobre este fenómeno político del siglo XX, irrepetible en cualquier encuadre histórico y herméticamente definido sobre la base de sus sujetos y sus objetos contextuales. Básicamente Mussolini, Víctor Manuel III y la Italia de las post Primera Guerra Mundial y la Europa que la circundaba. Colocar en una definición que requiere cierta certeza histórica frases como “obsesión por el declive”, “victimismo de la comunidad” y “violencia redentora” es, a mi juicio, una débil forma de arriesgar una enunciación sobre un tema tan complejo.
Y en esas mismas líneas de Paxton, aparece un error de interpretación histórica, común a la mayoría de los narradores del fascismo, tal vez influenciados por las aún vigentes y desacertadas disquisiciones que desde el estalinismo primero y la Guerra fría después, otorgaban a esta expresión política italiana, como es asegurar que una de las condiciones del fascismo es no poseer restricciones legales, cuando ha sido la única dictadura en el mundo moderno ─incluyendo el comunismo, el nazismo, las dictaduras latinoamericanas, el franquismo, el gobierno de Vichy, la Portugal de Oliveira Salazar y cuantas otras se puedan nombrar─ en que tuvo un comienzo y un final signado por hechos democráticos.
Y durante todo el periodo de gobierno de Benito Mussolini existió, como no ocurrió en ninguno de los autoritarismos descriptos antes, una figura institucional de mayor poder que la del dictador, y con poder “real” e innegable, ya que al menos desde 1922 hasta 1938 ese poder ─que era el Reino de Italia en la figura de Víctor Manuel III─ mantenía el mando concreto y recibía la obediencia cierta de las FF.AA. italianas.
La autora afirma que Paxton escribe que la toma del Capitolio en enero de 2021 convirtió a un movimiento populista (refiere al trumpismo) en fascismo propiamente dicho y, aunque no es explícita, en cierta forma lo comparte al agregar que: “Aunque hay una bibliografía inmensa sobre el tema y la definición de fascismo es polémica, muchos especialistas en este fenómeno no lo circunscriben a sus manifestaciones del siglo XX, sino que lo consideran una forma genérica y posdemocrática de política que trasciende el tiempo y el espacio. ¿Importa saber si al régimen que ha consolidado su poder en Estados Unidos a toda velocidad debemos llamarlo populismo autoritario o fascismo?”.Pues bien, sí importa.
En primer lugar, porque el creador del término, el enorme sociólogo de la Escuela de Birmingham, Stuart Hall[2], jamás lo asimiló al fascismo; por el contrario, lo consideraba la continuación de una crisis del neoliberalismo que se resolvía por otros medios. Y, en segundo lugar, porque un populista autoritario, como acá llaman a Trump, puede perder las elecciones de medio término en este 2026 y ser destituido mediante juicio político o perder su elección presidencial e irse su casa, o a la cárcel: formas de finalización de ciclos bastante distintas de lo que fue y, aún de lo que mal, se considera fascismo.
Siri Hustvedt también dice, con poca calidad científica que “El júbilo beligerante de los mítines de Trump, como los mítines de masas de Italia, España y Alemania, son una especie de exorcismo colectivo”. El júbilo, sea beligerante o no, no es patrimonio de ningún espacio político, baste ver caras alegres en algunos casos y puños alzados amenazantes en otros en mítines comunistas, socialdemócratas, demócratas norteamericanos, peronistas, derechistas franceses y muchos otros más, sin poder afirmar seriamente que eso es constitutivo del fascismo.

La autora arriesga que a la definición de Paxton ella agregaría que “el fascismo se caracteriza por el culto compensatorio a la masculinidad, la unidad, la energía y la pureza” valores diversos que hacen a más de una identidad política. ¿Qué partido político no pregona la unidad como valor esencial en sus plataformas? ¿Quién no sostiene a la energía, en su valoración positiva de la mente y el cuerpo humano como algo valioso? Y en cuanto a la masculinidad, y la frase de Hustvedt cuando dice que “Todos los Estados fascistas europeos impusieron el ideal de unas rígidas categorías binarias de género y arrebataron a las mujeres derechos de los que ya disfrutaban”, recordemos que el programa inicial del fascismo italiano en 1923 planteaba, casi como una herejía institucional el voto para las mujeres. Asimismo, el tema de la pureza, en el terreno de lo étnico y racial no fue constitutivo del fascismo prácticamente hasta 1938 con sus Leyes raciales, que muy poco tenían que ver con sus homólogas nazis e incluso mucho menos que las del gobierno del Mariscal Pétain, en su gobierno de la Francia de Vichy.
Y hablar de “Estados fascistas europeos” como una unidad de similar valoración es hoy una posición muy poco sostenida por historiadores y una enorme confusión histórica.
Sí tiene razón cuando escribe que “Los medios de comunicación estadounidenses deben dejar de utilizar la palabra “conservador” para referirse a los personajes y las políticas de extrema derecha y a los think tanks que los apoyan. Estas personas no están conservando nada. Su objetivo es destruir el gobierno, atacar las universidades, acabar con la libertad de expresión, el pluralismo y el Estado de derecho, encarcelar y deportar ilegalmente a personas sin papeles y a ciudadanos legales por igual y fabricar mentiras oficiales sin parar. ¿Qué es lo que quieren? Muchos de ellos desean instaurar una nación patriarcal, cristiana y blanca”.
Definir al fascismo tal como fue descripta por los más destacados historiadores, investigadores y estudiosos del tema (Emilio Gentile, Renzo De Felice y Stanley Payne), no se trata de imponerse desde rigideces lingüísticas sino sostener criterios y amplitudes que ayuden a la comprensión del dato político y que éste se eleve por sobre simples descripciones figurativas
Entonces busquemos cómo se denomina esta forma de querer gobernar para no tener que caer en la simpleza de llamarlo fascismo cuando no lo es y sí vincularlo a “Prácticas Autoritarias, Represivas, Intolerantes, no democráticas y con visos de criminalidad institucional”. Mejor que decirle fascismo es buscar un nombre que contemple estas categorías. Propongo denominar “gobiernos PARI” a aquellos que ponen en valor esas prácticas no republicanas, no democráticas y bien cercanas a las dictaduras. Otros, como Ezequiel Gallo[3], hablan de “democracias restringidas” y autores como Guillermo O’Donnell y Norberto Bobbio escribieron sobre “democracias limitadas”y ahora Steven Levitsky[4] puso de moda el “autoritarismo competente” para gobiernos surgidos de la voluntad popular y que avanzan hacia las limitaciones de las instituciones que le dieron origen. Como puede apreciarse, la posibilidad de no llamar “fascismo” a lo que no es “fascismo”, existe.
Definir al fascismo, tarea compleja y apasionante, tal como fue descripta por los más destacados historiadores, investigadores y estudiosos del tema (Emilio Gentile, Renzo De Felice y Stanley Payne), no se trata de imponerse desde rigideces lingüísticas sino sostener criterios y amplitudes que ayuden a la comprensión del dato político y que éste se eleve por sobre simples descripciones figurativas.
No alcanza con cierta popularidad en el uso del término “fascismo” cuando se pretende describir regímenes actuales o caer en la pereza intelectual de utilizar esa palabra ante la carencia de una gramática que contenga mejores definiciones. El uso vulgar y tal vez mayoritario del término no valida lo incorrecto ni lo erróneo en hacerlo, no hay aprobación automática nacida de la vox populi, en este caso se debe priorizar la corrección de las palabras para que no pierdan el sentido que le dieron origen.
Existe, desde ya, una fuerte presión histórica nacida en artificiosos Congresos del PCUS[5], durante la época estalinista y en la pre Segunda Guerra Mundial; por ejemplo, VII Congreso de la Internacional Comunista (Comintern) en 1935 donde Georgi Dimitrov fue el portavoz de la definición oficial del fascismo que era “dictadura terrorista abierta del capital financiero” y se lo colocó como “enemigo principal de la clase obrera”. Esa descripción nacía en virtud de las necesidades propias de ese tiempo y, tenía sustento en función de su interés político. Y hoy, muchos opinadores sobre el tema sostienen obstinadamente y con mentalidad de naftalina ideas similares pues se inclinan con facilidad ante la única validez del uso frecuente, mediático del término. “Si tanto se usa, debe ser cierto”.
Pues no, sigue siendo incorrecto asimilar el fascismo a experiencias que tal vez sean similares, pero como bien dice la filosofía, lo parecido no es igual, solo es parecido. “Solo lo mismo es igual a sí mismo” – Parménides
El fascismo no fue una mera reacción o una rebelión menor, como se le ha querido reducir en ciertas narrativas. Fue, en esencia, un movimiento revolucionario, una respuesta radical a las transformaciones sociales, económicas y políticas que sacudieron Europa tras la Primera Guerra Mundial. Esta visión encuentra eco en investigaciones más recientes, como la de Franco Savarino quien en 2011 argumentaba en la Revista Noesis que el fascismo fue “una herejía del socialismo” y no un subproducto del conservadurismo o el liberalismo.
El fascismo no fue una mera reacción o una rebelión menor. Fue, en esencia, un movimiento revolucionario, una respuesta radical a las transformaciones sociales, económicas y políticas que sacudieron Europa tras la Primera Guerra Mundial. Esta visión encuentra eco en investigaciones más recientes
Los escuadristas (paramilitares fascistas) no se nutrieron solo de comerciantes asustados o funcionarios resentidos, sino también de jornaleros sin tierra, soldados desmovilizados y trabajadores urbanos decepcionados por una izquierda paralizada en disputas doctrinales.
Se naturalizó la imagen de un movimiento exclusivamente burgués, pero el fascismo tuvo una base significativa de trabajadores urbanos y rurales. Si bien las clases medias fueron un pilar importante, la presencia obrera fue sistemáticamente subestimada.
Entonces, seguir aferrado a definiciones vinculadas casi solamente a intereses políticos y a una pétrea matriz ideológica como la comunista en 1935, da como resultado que surjan normativas ajenas a la ciencia política y a la historia, laxas y contradictorias, que van desarrollando, por la insistencia en sostenerlas, una falta de referencias estables sobre la historia que queda sojuzgada por la inconstante forma de las modas. Y no se trata de consolidar palabras ni endurecer la lengua para que no crezca, sino de fijar anuencias más permanentes, de mayor estabilidad pues todo idioma requiere tener su ancla lógica y no caer en el reino de la chacota idiomática.
La diversificación del idioma a veces colabora en su riqueza, pero en el área de las ciencias sociales y sobre todo en el terreno de la política puede producir daños en la comprensión de lo que se pretende definir al hacerlo con lenguaje inadecuado. Estimo necesario defender la riqueza simbólica de la lengua, es un patrimonio cultural indispensable para entenderse y, en el caso del término en cuestión, “fascismo”, diversificar su interpretación volcándolo sobre experiencias de gobierno, de ideas, de organización política, cuando no se condicen con lo que el fascismo fue resulta, en efecto, realmente negativo.
Es mucho más fácil gritar ¡fascista! a todo lo que está a nuestra derecha (como hicieron los comunistas alemanes cuando calificaban de “social fascistas” a los social demócratas o los comunistas italianos llamando así a los demócratas cristianos) y a todo lo que no nos gusta, que elaborar una categoría que describa mejor lo que se desea criticar.
Es más fácil, pero incorrecto y no solo desde la lingüístico que puede parecer poco importantes, sino desde la realidad política misma, si seguimos llamando fascismo a lo que no es, el día en que, descreo que ocurra, aparezca el verdadero y nuevo fascismo igual que el anterior, no habrá formas de distinguirlo ni de prevenirlo. La fábula tan conocida de Pedro y el Lobo nos brinda un buen ejemplo.
Hoy, las redes sociales y la mediatización burda son parte del error. En esos espacios, la velocidad, la simplificación y el desinterés por lo correcto son moneda corriente. El fascismo en esas líneas y en esos posteos, campea tranquilamente para definir cualquier cosa. No son espacios de validación cierta, pero sí son númenes al momento de masificar y construir sentido e imponer simbologías inciertas.
Muchos políticos y periodistas prefieren impactar, antes que razonar, entonces la potencia fonética de gritar “esto es el fascismo” les quita autoridad intelectual para pensar lo que tienen que describir. Insisto, cuando desde vértices de cierta fama política, literaria e letrada se legitima el uso incorrecto de una palabra, se está dando una peligrosa señal sobre el rigor que se necesita y esto no causa solo daño en la gramática, provoca sin dudas efectos sociales y culturales.
¡Viva la coloquialidad!, pero en el contexto que se merece estar. En el plano académico, político, periodístico y científico, no tiene lugar.
Los más afamados estudiosos del tema del fascismo coinciden, y sobre todo las últimas camadas de historiadores jóvenes, en la dificultad de encontrar definiciones cerradas ya que la propia complejidad de la experiencia la hace muy propia de su tiempo y sus protagonistas.
Hay opinadores actuales que creen irrelevante la corrección del lenguaje y en virtud de eso consideran válido reproducir formas de cierta pobreza erudita y eso afecta fuertemente la cognición humana ya que somos lo que hablamos y lo que el lenguaje nos eleva al cerebro: “el proceso es bidireccional, el habla externa modifica nuestras redes neuronales y ese pensamiento interno luego activa circuitos motores del lenguaje”-Lev Vygotisky[6]
Un uso bastardeado del idioma hace razonar mal. Para temas importantes como las construcciones sociales que terminan por definir modelos de comunidad y relación humana la precisión léxica y un mejor patrimonio expresivo son muy útiles.
La realidad también se describe con la mejor forma del habla.
[1] Siri Hustvedt es una novelista, ensayista y poeta estadounidense nacida en 1955 y que obtuvo el Premio en Letras Princesa de Asturias, estuvo casada con Paul Auster.
[2] Stuart Hall (1932/2014) fue un teórico cultural y sociólogo jamaiquino, afincado en Inglaterra desde 1951 hasta su muerte. Junto a Raymond Williams, Richard Hoggart y Lawrence Grossberg es uno de los principales referentes de los Estudios culturales.
[3] Ezequiel Gallo 1934/2018 Destacado historiador argentino.
[4] Steven Levitsky es un politólogo estadounidense y profesor de Gobierno en la Universidad de Harvard. Nacido en 1968. Una de las voces más destacadas, actuales, de las ciencias políticas y sociales.
[5]PCUS – Partido Comunista de la Unión Soviética.
[6] Lev Vygotisky fue un influyente psicólogo soviético cuyas teorías sobre el desarrollo cognitivo y la educación han tenido un impacto duradero en la psicología- 1896/1934



