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19 de julio de 2026

19 de julio de 2026

6 de junio de 2025

LOS POLICÍAS TAMBIÉN COMEN 

Elena Mariani

@TROYANA5556
Política
Tiempo de lectura: 5 minutos

Esta frase fue repetida con cierto asombro por un notero que al recorrer la zona del congreso un miércoles de esos, con pocos jubilados y muchas policías de las cuatro fuerzas federales, le preguntó a una empleada de un local de comidas rápidas por qué estaba abierto el negocio en la zona de exclusión. La respuesta fue tan simple como contundente: “los policías también comen”.

Si bien la referencia en este caso son las policías federales es La Bonaerense la que mayor desprecio ha suscitado, merecida fama adquirida en distintas gestiones tanto militares como de gobiernos civiles, y que, teniendo una dotación de decenas de miles, ha atravesado de reforma a contrarreforma a autogobierno de manera permanente en los últimos años sin que ello repercutiera en la mejora de las condiciones laborales y salariales de la mayoría de sus efectivos. Quizá exista un consenso implícito en que sigan como están y que se arreglen como puedan sin representantes gremiales y sin las herramientas del resto de los trabajadores estatales. Y que sus repentinas movilizaciones -por ejemplo, las del 2022- sean interpretadas como motines o rebeliones y no como auténticos reclamos salariales.

Compartí ámbitos laborales a partir de principios de los 90 y en la militancia barrial de los 70 (en distintas actividades) con policías rasos. Eran habitantes de barrios pobres en los que convivían con albañiles, personal de servicio domésticos, carreros y diversos oficios de subsistencia de aquellos años. Mates, tortas fritas, pucheros y guisos que se ofrecían generosamente, porque la comida no faltaba y se compartía. Incluso, muchos de ellos eran peronistas, algunos estaban con nosotros encuadrados en la Juventud Peronista.

Quizá exista un consenso implícito en que sigan como están y que se arreglen como puedan sin representantes gremiales y sin las herramientas del resto de los trabajadores estatales

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Quizá sea necesario recordar un hecho de la historia de esos años en La Plata. Durante los años 70, hubo un movimiento policial llamado MOPOL (Movimiento Policial) que se organizó para protestar contra las condiciones laborales y salariales de la policía. El MOPOL lo conforma en 1972 un grupo de jóvenes oficiales que comenzaron a reunirse en la Comisaria Novena de La Plata, logrando una gran convocatoria, el reconocimiento a nivel provincial y hasta el vínculo con la Federación Universitaria de La Plata, que les brindaría un apoyo fundamental.

Este movimiento fue el impulsor de una huelga policial que culminó en un enfrentamiento violento con el ejército en 1973. Recuerdo la multitud congregada frente a la entonces Jefatura de Policía y las corridas ante la irrupción de un tanque subiendo las escalinatas del edificio y las estampidas que resonaban en la zona del bosque. Esto ocurre una semana después de las elecciones del 11 de marzo de ese año. Muy poco tiempo después, apenas dos meses, es designado como subjefe de la bonaerense Julio Troxler, sobreviviente de los fusilamientos de José León Suarez, activo militante de la Resistencia peronista. Pero como todo lo de la primavera camporista duró muy poco, su carrera terminó en 85 días y un año después fue asesinado por la triple A. Similar destino tuvieron aquellos policías que conocimos en los barrios humildes. Muchos desaparecidos y asesinados, especialmente tratados con saña y sadismo por sus camaradas bajo mando operacional militar a partir del golpe.

Julio Troxler, a la izquierda, en 1973.

Es decir, no solo comen como descubrió el notero, sino que además son (y fueron) miembros y partícipes de una sociedad y de sus cataclismos político institucionales. En el fuero penal de la provincia de Buenos Aires, donde trabajé algunos años, jóvenes policías que debían desempeñar tareas de custodia en verdad eran mandaderos de sus señorías y familia, además nos ayudaban en los turnos cosiendo expedientes, época sin computadoras obviamente, y sabíamos, como sucede en todos los trabajos, casi todo lo que les pasaba en sus vidas y en sus incipientes carreras. Una mañana Fabián, que llevaba tres años con nosotros nos comunicó qué se iba al comando (en la jerga: hacer la calle, patrullar), y quisimos disuadirlo por el peligro que conlleva esa tarea. Él nos dijo: “tengo seis pibes, con el sueldo nos morimos de hambre y en el comando vuelvo a mi casa con la carne, los huevos y la comida para todos sin pagar un peso”. Ahí entendimos que no solo de pizza mangueada vive el policía.

¿Sabemos cuál es su salario? Pocos llegan o pasan el millón, aun haciendo adicionales, por los que cobran una miseria, el valor de las horas Cores (Compensación de Recargo de Servicio) hoy es de 1200 pesos

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En el año 2002, el día después de la masacre de Avellaneda, el entonces Gobernador Felipe Solá -con el fin de pacificar la conflictiva relación del gobierno con los grupos piqueteros- designó a Juan Pablo Cafiero, quien había demostrado apenas un año atrás su vocación conciliadora y solidaria. Era reconocido como interlocutor por aquellos grupos sociales. Destacada y valiente decisión de un gobernador que entendió y se puso al frente del episodio que pondría en evidencia, una vez más, la violencia policial bajo una conducción civil y política en tiempos de caos y enfrentamientos.

Junto a un grupo muy reducido y encabezado por Cafiero y Marcelo Saín llegamos al ministerio, sabíamos que no íbamos a hacer ninguna reforma sustancial, la única verdadera la habían hecho Arslanian y su equipo y había concluido abruptamente ante las diatribas del electo gobernador Ruckauf, dejando un acervo normativo muy importante pero también, debido a la contrarreforma que le sucedió, deficiencias en la capacitación y el accionar policial. En la dirección de sumarios prevalecían miles de actuaciones por causas menores de policías rasos. Y quiero detenerme en uno de ellas: se pretendía sancionar a un efectivo por faltas reiteradas. En la declaración decía: “como era 20 y no teníamos más plata mi esposa cocinaba berenjenas que nos regalaba el quintero del barrio, en escabeche, fritas y al horno, comimos durante una semana berenjenas y nada más (sic)”. La diarrea le duró varios días por lo que tuvo que ir a la salita. Iba a ser sancionado por ser pobre. Huelga decir que la brecha entre ellos -entre los de abajo y los jefes- es abismal. Los de abajo ven enriquecerse a los de arriba (y ya sabemos cómo y de dónde).

¿Sabemos cuál es su salario? Pocos llegan o pasan el millón, aun haciendo adicionales, por los que cobran una miseria, el valor de las horas Cores (Compensación de Recargo de Servicio) hoy es de 1200 pesos. Deberá ser una discusión central, entonces, si es lícito tener policías con sueldos de hambre, sincerar si está bien que aprendan a participar de los circuitos ilegales para llegar a fin de mes o para escalar en la carrera policial. Debatir en un amplio acuerdo político institucional qué policías necesita el estado de derecho, pero fundamentalmente saber que sus miembros son trabajadores.

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