20 de julio de 2026
En una entrevista pública a raíz del estreno de One Battle After Another (“Una batalla tras otra”, Paul Thomas Anderson, 2025) Steven Spielberg le comentó al director que la película le había parecido la más cercana en tono a Dr.Strangelove de Stanley Kubrick. “Trae un tipo de absurdo comédico tomado muy en serio, porque es un reflejo de lo que pasa hoy, todos los días, en este país. Pero lo lleva a un punto en el que te querés reír, porque si no te reís tenés que empezar a gritar, porque es muy real.”
One Battle After Another cuenta la historia de dos grupos secretos, contrapuestos: uno que comete acciones para liberar inmigrantes arrestados, y que ejecuta, a la vez, atentados y acciones delictivas para financiarse, y otro, espejado, que brega por la superioridad racial desde la superestructura del estado. El trasfondo de la película es el de una sociedad quebrada en bandos irreconciliables, sin dudas una representación de la polarización política y social que sobrevuela gran parte de las obras recientes, y que parece ser un fenómeno global. Entre los estrenos que tocan este mismo tema se cuentan también Eddington (Ari Aster, 2025), en la que dos bandos se enfrentan en un contexto de anarquía pandémica, y Civil War (Garland, 2024) cuya acción transcurre cuando la división ya tuvo consecuencias irreversibles, y el territorio estadounidense se evidencia como la conclusión física de la disputa. Si el arte es terreno de exorcismos sociales o de exposición de miedos y deseos por otros medios, el de la polarización creciente es el gran tema actual, junto al de la amenaza tecnológica (si no son el mismo tema), así como lo era la escalada atómica por conflictos políticos en el 1964 de la “comedia” Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb.
“Ya no se puede hacer humor con esto” es la queja frecuente pero histórica de los humoristas, y se debe a que las condiciones sobre las que opera el humor cambian, mientras que los tropos dramáticos son los mismos hace miles de años
Es interesante lo que manifiesta Spielberg acerca de la seriedad y el humor, de los espacios que deja una obra para la risa, cuando presenta además una posición crítica, plástica, con ambiciones de posteridad. El director de La lista de Schindler, hábil, reconoce en la charla a Paul Thomas Anderson las aperturas comédicas de la película: detalles espaciales, de objetos -podemos sumar la excitación en la batalla, tema histórico de la obra de Thomas Pynchon, el autor en el que se basó parte de la trama-. Dr. Strangelove, la película referenciada por Spielberg, ocupa periódicamente lugares de privilegio en las listas de la mejor comedia de la historia, y se vuelve a la vez objeto de críticas cuando eso sucede, porque se la acusa de carencia de chistes, de exceso formal. Con respecto a A Battle after another, tuve la suerte de verla en dos formatos, en IMAX, primero, y en un cine normal después. La diferencia como espectador fue evidente. El prodigio visual de la imagen 70 mm de IMAX, con toda su belleza desperdigada en la gigante pared, la relación de aspecto 1.43:1, la extensión de detalles en vertical de cada plano, el cuidado característico de la imagen de PTA -que supo oficiar incluso de director de fotografía en su película anterior Phantom Thread (2017)-, sumado a la calidad de sonido del soundtrack omnipresente, tuvo como consecuencia en la platea a un público fascinado, atento, silente. Uno que no podía dejar de ver la extensión vertical de detalles y colores de un formato casi cuadrado, en el que la vista debía recorrer la pantalla en todo su largo para no perderse de algún reflejo, de algún contraste, de algún desenfoque.
En el segundo visionado, en un cine normal, con la pantalla muy lejana y la imagen acaso cortada, la película se volvió más graciosa. La gente se reía bastante más. Ya no asistíamos a un templo visual extendido en detalle sino a un mundo con fallas, con grados de complicidad, con grietas por donde entrar.

Es un tema histórico, remanido, el de la injusticia que sufre el humor ante las consagraciones críticas históricas, ante el reparto de gloria –lo que se ha dado en llamar últimamente el tema del prestigio-. Entre múltiples causas se puede enumerar que un chiste tiene por esencia una degradación creciente en visionados consecutivos -pierde la sorpresa-, pero también, y esta me parece la causa más importante, porque una búsqueda cómica depende de un contexto móvil, y es por ende más efímera. “Ya no se puede hacer humor con esto” es la queja frecuente pero histórica de los humoristas, y se debe a que las condiciones sobre las que opera el humor cambian, mientras que los tropos dramáticos son los mismos hace miles de años; por eso se pide más límites al humor que al drama -muy de vez en cuando: “el golpe bajo”-: porque su condición de existencia es medir la temperatura de su tiempo, que es por esencia móvil, y eso cambia sus posibilidades.
En una discusión con Luquitas Rodríguez sobre qué mecanismos son más eficaces para hacer reír, Martin Garabal -entre otras cosas, guionista de División Palermo– observó que una conversación liviana e improvisada de streaming tiene un poder mucho mayor de llegar a carcajadas que cualquier universo cerrado artístico, hiperproducido y controlado. Argumentó que en una improvisación se hace cómplice al público de un proceso, y que la disrupción de encontrar algo donde no va tiende a chocar con la perfección formal y la ambición de posteridad de una obra artística con múltiples capas estéticas -que no generan carcajadas sino una aprobación alegre-.
Si el arte es terreno de exorcismos sociales o de exposición de miedos y deseos por otros medios, el de la polarización creciente es el gran tema actual, junto al de la amenaza tecnológica (si no son el mismo tema)
Hace poco vI Splitsville (Michael Covino, 2025), una comedia de rematrimonio clásica, que ostenta una puesta no privada de virtuosismo -hay varios planos secuencia, travelling con veinte extras para mostrar la reacción de un personaje, peleas coreográficas por varios niveles de una locación y varios etcéteras-. El espectador nota que la película, con ciertas decisiones de guión que alivianan la trama al final, se disculpa por cierta complejidad en la puesta, como diciendo “esto es una comedia, no te la tomes tan en serio”.
En One Battle After Another el procedimiento parece ser el inverso: es un drama, la estructura presenta espacios de acción explotados hasta su máximo -esas rutas, ese departamento de aguante-, y cuenta con un conflicto crudo de base sobre los límites del abuso en un contexto de persecución -imposible no relacionarlo con el conflicto de La llamada, de Leila Guerriero, aunque por tiempos la influencia es imposible-. Como refirió Spielberg, la propia película se agrieta con espacios de comedia, para que el espectador pueda soportar el viaje, y seguir. Porque cuando querés a Benicio del Toro bailando, haciendo bromas, de golpe ya se fue, y comienza una persecución.




