Un momento...

19 de julio de 2026

19 de julio de 2026

12 de octubre de 2025

LO QUE LES PASÓ A ESAS CHICAS

María Antonella Jaime

@Antonegra_ar
Sociedad
Tiempo de lectura: 9 minutos

Fui a la iglesia de San Cayetano que está en Berazategui, cerca de la plaza Ducilo, por el bautismo de mi sobrino. Durante la misa, el padre reflexionó sobre lo importantes que son los lazos y la presencia de la comunidad -en este caso, la comunidad de fe- en la vida de nuestros niños, niñas y adolescentes. Si eso se pierde, dijo, las consecuencias pueden ser catastróficas. “Cuando la comunidad falta, los más jóvenes pueden terminar en algo como lo que les pasó a esas chicas.” Tres días antes, a treinta minutos de esa iglesia, habían encontrado los cuerpos de Lara, Brenda y Morena, víctimas de un crimen que te hiela la sangre.

Pero todavía no tenemos del todo claro “lo que les pasó a esas chicas”; es decir, quiénes fueron los responsables, qué hechos derivaron en ese crimen y en qué contexto. Se conoce de dónde se las llevaron, dónde las encontraron, algunos datos de dudosa veracidad, y que hay varios detenidos, que no es poco. Pero nadie sabe con certeza quién las mató ni por qué.

Es evidente el esfuerzo, desde todos los lados, por hacer que esas tres chicas asesinadas encajen dentro de algún marco teórico, cuando en realidad -la triste realidad- es que encajaban en todos. El impacto de la noticia y la potencia del horror desataron una cadena de explicaciones de diferentes tonos y sentidos, que por momentos se alimentaban entre sí y por momentos se contradecían, dependiendo de quién habla y a quién.

Si el narcomenudeo y la prostitución funcionan, es porque hay una estructura que necesita cuerpos jóvenes -rápidos, baratos, reemplazables- para sostener una maquinaria que exige carne nueva todo el tiempo

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Se mezclaban varias cuestiones: gente bien intencionada, pero queriendo imponer sus anteojeras sobre la realidad, y gente muy ventajera, buscando capitalizar el río revuelto. Porque lo cierto es que todos -desde los feminismos hasta quienes reflexionan sobre la inmigración, desde los que leen complicidad política y policial hasta los que ven narcotráfico- tienen algún punto.

Se dijo cada cosa en estos días que es imposible detenerse en cada una, pero me interesan especialmente algunas patas de esta historia, porque creo que son las que más se cruzan y se retroalimentan en una realidad que fue la de esas jóvenes y la de miles iguales a ellas. Es un esfuerzo por evitar que las cosas se pierdan en la dinámica del olvido y para tratar de entender qué fue “lo que les pasó a esas chicas.”

TODOS JÓVENES

Sacando al conductor de la camioneta, todos los involucrados en el hecho son menores de 30 años, ganándose el sustento en los bordes de la legalidad. Tanto las víctimas como los victimarios eran jóvenes moviéndose dentro de mercados que devoran juventud.

Si el narcomenudeo y la prostitución funcionan, es porque hay una estructura que necesita cuerpos jóvenes -rápidos, baratos, reemplazables- para sostener una maquinaria que exige carne nueva todo el tiempo. Funcionan con la lógica del mercado, pero sin derechos ni garantías. Los pibes y pibas que entran lo hacen porque no tienen casi nada, pero también porque esas actividades prometen lo que hoy parece inalcanzable: independencia, dinero, experiencias, consumo.

Son mundos que comparten la promesa de la plata fácil, de crecer económica y socialmente, de manejar tus horarios, de “ser tu propio jefe”. En un tiempo donde todo gira en torno a la rapidez y la imagen, esas unidades de negocio venden la ilusión de triunfar rápido y sentirse parte. Es mucho cuentapropismo, gente que sobrevive como puede, incluso en actividades ilegales.

Y, además, hay un dato nuevo que atraviesa a esta generación, y en el que vale la pena detenerse un toque. En los últimos años, el dólar dejó de ser una unidad económica -un debate de clase media atravesado por TN- y pasó a ser definitivamente un lenguaje común. Hoy se habla de dólares con la misma naturalidad con la que antes se hablaba de changas o de laburos.

Es evidente el esfuerzo, desde todos los lados, por hacer que esas tres chicas asesinadas encajen dentro de algún marco teórico, cuando en realidad -la triste realidad- es que encajaban en todos

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Tener dólar, contar dólar, ganar en dólares. Las billeteras virtuales, el boom del trading, las redes y el comercio digital lo volvieron parte del día a día, incluso para los más pobres, con la sensación de que cualquiera puede, desde el celular, tocar algo que antes era lejano. En industrias como la prostitución o la venta de drogas, el dólar circula a full y organiza jerarquías, voluntades y deseos. Marca la diferencia entre el gil laburante, que apenas sobrevive, y el que puede darse un gusto para él y para toda la familia.

La historia de Matías Ozorio muestra cómo esa lógica se mete en todos los rincones del rebusque contemporáneo. Criado cerca del barrio Zavaleta, en Barracas, creyó encontrar en el trading una salida limpia, moderna, meritocrática. Dejó su empleo estable en el Hospital Italiano para cobrar la indemnización y apostar todo a las criptomonedas, convencido de que podía ser su propio jefe y ayudar a su abuela enferma. Pero el sueño duró poco: préstamos, deudas, promesas rotas, la misma estafa que hundió a tantos otros en el ambiente cripto. Cuando ese universo digital se derrumbó, Ozorio se acercó al único circuito que todavía le ofrecía movimiento, y plata: la calle. Allí reapareció un viejo amigo, Pequeño J, que ya estaba metido en el negocio. Esa relación, creen los investigadores, lo empujó a un nuevo intento de ascenso, en un sistema que ofrecía los mismos valores -autonomía, ganancia rápida, reconocimiento- pero sin pantalla de por medio.

Las historias de Lara, Brenda y Morena, como las de Matías y Tony tienen un mismo patrón: distintos caminos, la misma trampa. Si en este crimen casi todos son jóvenes, no es casualidad. En los márgenes del sistema -que cada vez son más y más anchos- la juventud es el recurso más abundante y, a la vez, el más descartable. No hay empresas que contraten ni escuelas que contengan. Ahí, sin comunidad, se fortalecen las organizaciones y economías paralelas que los contienen, los entusiasman y después los descartan.

LAS MUJERES

Se discutió mucho si el caso era o no un femicidio, y si importaba esa calificación. La mismísima ministra de Seguridad de la Nación dijo: “No vamos a entrar en la politización de que esto es un tema de género”.  Cuanta ignorancia, ministra. ¡Cómo no va a importar! Importa porque, según cómo se lo califique, así será la condena si un acusado resulta culpable. Además, esa definición legal habilita que, por ejemplo, el hijo de Morena Verdi esté al amparo de la Ley Brisa, que otorga ayuda económica y cobertura de salud a los hijos e hijas de personas asesinadas en hechos de violencia familiar o de género.

El negocio funciona, no dependen de súper distribuidores para poder crecer y les permite soñar con lo que todo el mundo quiere en el siglo XXI: ser tu propio jefe

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El contexto en el que se dio su captura seguida de muerte está atravesado, de punta a punta, por el género. Eran mujeres jóvenes, marcadas por la pobreza y la economía informal. Hacían plata como acompañantes sexuales, una actividad a la que habían llegado por distintas circunstancias y que ejercían por necesidad. En este punto es necesario aclararlo: una menor de quince años no está trabajando, está siendo explotada. No es una compañera ni forma parte de ninguna identidad laboral. Siempre vale la pena recordarlo.

A pesar de tener menos de 21 años, las tres habían pasado por varios trabajos: vender ropa en ferias, lavar autos, atender un kiosco. La necesidad de dinero rápido en un contexto de desempleo y pocas oportunidades las fue acercando a la prostitución, y con ella, a nuevos riesgos y escenarios.

Es inevitable pensar qué hubiera pasado si el Estado -“la comunidad”, como dijo el cura- aparecía ahí, donde más lo necesitaban. Porque alarmas hubo. Los vecinos de Flores estaban hartos de tener prostitutas en la puerta, y al notar que algunas de las jóvenes eran menores, llamaron a la policía y a los medios. Ninguna de esas llamadas pasó de una contravención. Lo contó la misma Lara en una entrevista que dio con otra chica, dos meses antes del crimen. En esa nota repite lo mismo que le decía a la Policía de la Ciudad: que tenía veinte años, tal como figuraba en su documento falso. Ellos no se daban cuenta, se ve. No tenían el ojo de las vecinas. O se hacían los boludos.

El fiscal de la causa sostiene, de manera oficial, que el asesinato de Lara, Morena y Brenda fue un homicidio mediado por violencia de género. Así que sí: que fueran mujeres jóvenes y pobres importa. Te digo más: incluso si las tres hubieran estado vendiendo ropa ese día, lo mismo podría haberles pasado a otras en su lugar, con las mismas carencias y urgencias. Así funciona la dinámica de la desigualdad.

EL NARCO Y LA GENERAL PAZ

El conurbano es del narco”, dicen unos. “No, fue en la villa Zavaleta”, responden otros. Las chicas eran de La Tablada, laburaban en Floresta, las mataron en Varela. El entramado criminal que las asesinó opera desde la 1-11-14. Podría decirse que al problema en cuestión no le interesa la General Paz. Pero estamos en Argentina, y es año electoral, así que el carancheo no se hizo esperar. Políticos, periodistas y opinólogos fueron a fondo, tratando de llevar agua para su molino.

¿Hay en Argentina una megaestructura narco paralela de la que fueron víctimas Lara, Morena y Brenda? ¿Sinaloa está a la vuelta de la esquina? Hay mucha gente que sabe más del tema y puede hablar con más seguridad, claro. Pero si uno hace una investigación más o menos seria, y no está desesperado por echarle la culpa a su rival electoral, se pueden arriesgar algunas conclusiones parciales.

Para entender el problema del tráfico de drogas hay que mirarlo como lo que es: un mercado. Uno ilegal, sí, pero regido por las mismas lógicas que cualquier otro… Oferta, demanda, rentabilidad, incluso (quizás, sobre todo) oportunidades de progreso. En el triple femicidio ocurrido en Varela aparece mucho la droga que está de moda: el tussi, cocaína rosa, cortada con vaya uno a saber qué. Está presente en todas las clases sociales, en las canciones que suenan, y -según testimonios- también en la vida de las chicas. Es el robo de esa sustancia, creen los investigadores, el posible móvil del asesinato.

Cuando ese universo digital se derrumbó, Ozorio se acercó al único circuito que todavía le ofrecía movimiento, y plata: la calle

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Pero la venta de estupefacientes, al menos en los lugares donde transcurre esta historia, no es igual a las series de Netflix. Por eso resultó tan incómodo -y tan desagradable- escuchar, en reiteradas ocasiones, al ministro de Seguridad bonaerense desfilar por distintos canales alimentando la fantasía del cártel y dando detalles innecesarios de lo ocurrido, para que no quedara duda de que esto era full, 100 %, un esquema narco. “Fue una trampa tendida por una organización transnacional de narcotráfico operando desde la 1-11-14”, dijo el ministro de Seguridad de la PBA.

Me indigna, porque tanto él como Patricia Bullrich deberían saber mejor que nadie cómo funciona el entramado de la venta de drogas en el Gran Buenos Aires, donde siguen primando las banditas y el narcomenudeo, con mucha influencia especialmente en las villas y las periferias urbanas. Somos un país de tránsito y también de consumo. El tráfico y la comercialización están en manos de grupos relativamente chicos y mucha presencia joven. Las bandas formadas por sub 21 son una tendencia en varios países latinoamericanos, especialmente en Perú.

Esa dinámica parece repetirse, según expertos, en la zona de la 1-11-14 y Bajo Flores, donde tras la caída de los archienemigos Ruti y Marcos, los negocios se dividieron en pequeñas células que guerrean por el control del negocio. Como era de esperar, esta lógica prende muy bien entre los jóvenes: ellos también alimentan la fantasía del maleanteo, se hacen los gangsters, chapean. El negocio funciona, no dependen de súper distribuidores para poder crecer y les permite soñar con lo que todo el mundo quiere en el siglo XXI: ser tu propio jefe.

De Pequeño J, supuesto autor intelectual, sabemos poco, muy poco. No figura en los registros migratorios argentinos (increíble pero real), pero se sospecha que llegó al país en 2024 sin que las fuerzas federales de seguridad se dieran cuenta. ¡Con razón Bullrich dijo que no lo tenían en el radar!

Pequeño J se llama Tony en homenaje a Tony Montana: se lo puso su papá. No es -ni en pedo- el líder de una megaoperación narco, aunque el negocio de la calle no le es ajeno. Trajo con él (sin que Patricia o la SIDE se dieran cuenta) la historia de sus tíos y su padre, todos asesinados por un rival en Perú. Aun así, el protagonismo de Tony en la industria del narco está bastante lejos de la figura que instalaron durante los primeros días. La prensa alimenta esa imagen y los ministros ayudan: se lo menciona como el heredero de una estructura superior que supuestamente controla la 1-11-14, la 21-24, y otras. Pero, a la luz de las pruebas, no parece realidad. Si uno se detiene en el caso, se nota una capacidad operativa frágil y mucha improvisación.

Hoy se habla de dólares con la misma naturalidad con la que antes se hablaba de changas o de laburos

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Lo que es innegable es que el caso del triple crimen dejó al descubierto, una vez más, las grietas del pasaje de los delitos vinculados a las drogas del ámbito nacional al provincial. No hay que olvidar que el narcotráfico es un delito de alcance federal y que involucra tanto a la Nación como a las provincias. Un problema demasiado enredado como para que las distintas jurisdicciones se limiten a señalarse entre sí.

Brenda del Castillo, Morena Verdi y Lara Morena Gutiérrez ya no están. Fueron víctimas de una muerte horrible, perpetrada por gente no mucho más grande que ellas.

La causa avanza en dos líneas: la judicial y la mediática. Ahí, las cosas se mezclan, se superponen, se dicen y contradicen entre sí. No se puede entender lo que pasó pensando solo en mega esquemas de narco o en grandes conspiraciones. Lo que se ve, más bien, es una realidad social de gente que sobrevive como puede, incluso en actividades ilegales, en un universo donde lo formal y lo informal se cruzan todo el tiempo. Me entristece pensar que, si seguimos discutiendo en torno a marcos teóricos que buscan exculpar a unos y culpar a otros, nunca vamos a llegar a conclusiones que se traduzcan en Justicia primero, y políticas públicas reales y eficaces después.

Parece ser un caso sobre el que ya se dijo todo. Aun así, esta historia no puede perderse entre titulares y algoritmos. Porque, más allá de la saturación mediática, lo que importa -lo único que de verdad importa- es saber qué fue lo que les pasó a esas chicas.

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