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09 de junio 2024

Pedro Yagüe

LO QUE CALLÁS TE EXPLOTA: ENTREVISTA A PAULA PUEBLA

Tiempo de lectura: 10 minutos

El malestar con la época pareciera recorrer tus tres libros publicados. Quería preguntarte qué lugar tiene ese malestar en el proceso de escritura.

Creo que no podemos escribir sin el mundo que nos rodea. Se puede escribir a favor o en contra, estar de acuerdo o pelearse con eso, pero el mundo está y uno está en el mundo. Me parece que para ser un buen escritor hay que estar en el mundo, por más que la actividad de la escritura sea solitaria, ermitaña, y todo lo que vos quieras. El malestar es algo que me acompaña siempre. Si hay una constante es que estoy incómoda en el mundo. Es algo sobre lo que tengo recuerdos desde muy chica. Hay muchas cosas que me molestan y no puedo dejar pasar. No porque esté en un estado permanente de beligerancia, sino porque voy acopiando en forma de enojo, resentimiento, crítica, ficción. Por ahora tengo la capacidad de convertir todo eso en algo como una novela, un ensayo o una crónica.

¿Encontrás esto mismo en las lecturas con las que vas dialogando mientras escribís?

Definitivamente. Me gusta leer a los enojados, a los discutidores, a la gente que no es feliz. Porque siento que ahí se genera algo para decir. No es que me interese tanto contar, sino decir. En un sentido político, de estado de pregunta, de desarmar una idea coagulada. Entonces sí, los autores que me gustan son los que están incómodos con su época, con su procedencia, con su identidad. Esos a los que la incomodidad los lleva a pensar en las posibilidades, en lo que está más allá.

En tu última novela, aparece un personaje (Héctor) que encarna la sátira al progresismo y trabaja justamente temas de identidad. Y al mismo tiempo la subrogación de vientre abre el problema de la identidad. ¿Cómo pensaste ese vínculo?

Está bueno el verbo que usás, que es aparecer. Porque muchas veces los personajes son decididos y otras veces son aparecidos. Bueno, se me apareció la figura de Héctor, que en mi imaginación se ve muy parecido a Fogwill. Pensaba en él cuando lo describía. Pero bueno, no fue el primer personaje en el que pensé. El primero fue Rita, que nació a través de un vientre de alquiler en el 2001 y veinticinco años después se pregunta por la mujer que la gestó. Héctor aparece un poco para apalancar esa búsqueda por la identidad. Porque el problema de la identidad no termina en los setenta o con el laburo de las abuelas. Se va a renovar y va a cambiar. Los pibes que nacen de esta manera el día de mañana van a tener preguntas y no vamos a estar preparados para darles respuestas. Como hoy no lo estamos. Hay un video que se viralizó hace poco de Felipe Fort, narrando una anécdota en la que le preguntaba a su papá por su mamá. Creo que cuando tenía ocho años. Y que Ricardo Fort, con su desparpajo y su manera, le dice “¿Mamá? ¿Para qué querés una mamá si me tenés a mí?”. Hoy esos mellizos son más grandes, pero es una pregunta que apareció, que va a aparecer. Me interesaba vincular estas preguntas con nuestra identidad nacional, con nuestras marcas históricas. Eso es un movimiento que me gusta. No hacer una literatura genérica, presta para la internacionalización.

Todo lo que callamos nos explotó en la cara. Pero hay algo medio infantiloide en el señalamiento de que todo es culpa del progresismo

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En tus dos novelas hay también un laburo de la fragilidad junto a la masculinidad. De hombres que son poderosos e impotentes al mismo tiempo, sin que queden en el lugar de la víctima o el victimario.

En la primera novela los tipos aparecen como los facilitadores de la vida de María. Al mismo tiempo, alguien podría decir que son los instigadores de una violencia. Para mí son los facilitadores. En la segunda novela los hombres aparecen como un ruido de fondo. Héctor, con su hipérbole progresista; Roberto, con su hipérbole de empresario peronista. Creo que me concentro tanto en tratar de construir mujeres sólidas y fuertes, aún en su fragilidad, que los hombres aparecen como si estuvieran al margen. Hay una voluntad de que los protagonistas sean mujeres.

Me da la impresión de que en las dos novelas intentás disputar las representaciones e imágenes que hay sobre las mujeres. ¿Vos ves la posibilidad de que el arte, en este caso la literatura, repercuta efectivamente en la construcción de esas representaciones sociales? ¿O es una disputa de nicho?

Lamentablemente es una disputa de nicho. Y digo lamentablemente porque estaría bueno que esas representaciones osasen a ser más abiertas. Cada vez es más difícil discutir e insertar complejidades sobre temas, sobre personajes, sobre tipos de mujeres, tipos de hombres. Una prostituta no puede ser otra cosa que víctima de un sistema. Una mujer que gesta hijos para otras minas no puede ser otra cosa que víctima de tal cosa. Me gusta aflojar un poco ese nudo que se vino construyendo sistemáticamente entre mujer y víctima. Eso nos perjudica. Perjudica a los personajes femeninos de la literatura, a los libros, a las autoras, a las mujeres en general.

¿Por qué?

Porque te fija en un lugar del que es muy difícil salir subjetivamente. Y una vez que entrás en el mercado también. Porque hay un mercado de la victimización. El otro día leí un artículo de Eugenia Arpesella que decía que la figura de la víctima es el nuevo aspiracional. Pienso que es una manera perversa del ejercicio de poder. Porque es un ejercicio de poder sin hacerse cargo, sin atreverse a pensar que tal vez te podés convertir en victimario. Me parece que las mujeres tenemos derecho a ser victimarias. Tenemos derecho a la maldad, a ser hijas de puta, a equivocarnos. Por qué no lo tomamos es otra cosa. Pero habilitarnos el acceso a ese poder. Me parece que mis personajes un poco tratan de abrir esas discusión. Volviendo a lo que me decías: ¿es una discusión de nicho o es una discusión real? Por el momento no estoy viendo que sea algo que se pueda llevar a la dimensión de lo real. Porque es muy redituable este otro lugar más cómodo que se construyó durante estos últimos cincuenta años.

En el artículo, Arpesella también ligaba eso a la falta de discursos heroicos. ¿Ves algo heroico en tus personajes?

Yo creo que le escapan a la dicotomía. Que siguieron el susurro de su deseo, la oscuridad de su deseo. Se dejaron chupar por ese agujero y caminaron hacia él. Creo que no hay una épica del héroe. Pero sí está la épica de la víctima. La última vez que lo escuché hablar a Milei (conectándonos un poco con la realidad) me di cuenta de que al comienzo de su discurso evoca a la figura del héroe. Él intenta desde su ideología desempolvar un poco esa épica, hacerle sentir al argentino que está haciendo ese esfuerzo ficticio, que es un héroe. Como si estuviera puesta la cinta de esa capitanía. Como si les dijera “ustedes pueden dejar de ser víctimas mantenidas por el estado, y pueden comenzar a ser héroes”. Podemos discutirlo muchísimo, podemos estar en contra de Milei por supuesto, pero hay algo de eso que el discurso opositor debería poder rescatar. Hay que empezar a ser propositivos.

El héroe da una perspectiva a futuro, mientras que la víctima siempre está atada a un pasado.

Absolutamente. Hay algo en el argentino muy melanco, muy tanguero.

En este mismo sentido, hay una idea de que la agenda progresista fue responsable del triunfo de Milei. ¿Cómo se podría calibrar esa crítica sin caer en formas caricaturales, exageradas?

Sin caer en el señalamiento, diría. En esa cosa de culpar con tanta facilidad. Es cada vez más difícil complejizar, articular una discusión, articular una oración sin que sea taxativa. Estamos tan urgidos en saber si las cosas son buenas o malas, que es cada vez más difícil. Hay que pasar de la instancia de la culpabilidad a la de la responsabilidad. Eso para todos los ámbitos de la vida. Pero sí creo que es bastante evidente que la agenda progresista, a falta de otros resultados, tomó un lugar preponderante.

¿Por falta de otra agenda? ¿O esa falta es efecto del exceso de la agenda progre?

Puede ser una mezcla de las dos cosas. El acceso a cierta comodidad de una clase social no genera ningún tipo de presión a la clase dirigente. Todos somos buenos, todos pensamos lo mismo. Y esas discusiones que no diste porque era hacerle el juego a la derecha, bueno… finalmente vino alguien que sí se animó a darlas y ahora estamos en esta situación. Todo lo que callamos nos explotó en la cara. Pero hay algo medio infantiloide en el señalamiento de que todo es culpa del progresismo.

Pienso que cualquiera puede contar bien una historia, no cualquiera puede contar bien una época. Contarla y hacerla mierda, no contarla para decir “che, qué lindo esto”

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Volviendo al problema de la victimización. ¿Viste la serie Bebé reno?

Sí.

Ahí aparece laburada la victimización con ciertos matices.

Que tenga un matiz me gusta. Que el personaje no sea simplemente una víctima, que el afectado por la stalker reconozca en todo momento que él le dio cabida a esa persona y que después fue demasiado tarde. Pero que él, por sus agujeros, por los agujeros de su pasado, su vida y autoestima, necesitaba validación. Hay algo de la codependencia del perseguido y la perseguidora: él no podía dejar de contestar. Ahí lo que se armó fue un vínculo. Y terminó como terminó.

Que Netflix que está ideológicamente ligado al progresismo le haya dado lugar a esa serie, ¿te parece que habla de un cambio de época?

No lo sé. Pensaría que es una excepción. Lo que pasa es que estoy sugestionada por todo lo que pasa acá, que sí estamos frente a un cambio de época. Pero si aparecieran nuevos productos culturales, desde estas grandes usinas de sentido, en los que se revisaran posiciones estancas, serían bienvenidas. Ya es hora de complejizar.

Habías nombrado a Fogwill al principio. Mientras leía tus novelas creía detectar una influencia suya en ese pensamiento de lo social que hacés a través de la elaboración de personajes.

Es llamativo lo que me decís. Me hizo un comentario muy parecido, apenas salió Una vida en presente, mi colega Lucila Grossman. Que lo leyó y se acordó de Vivir afuera de Fogwill. Yo no lo había leído. Cuando lo leí, entendí un poco de qué me hablaba que se parece a esto que vos decís. Me gusta Fogwill. También Asís, que es un gran narrador. Pienso que cualquiera puede contar bien una historia, no cualquiera puede contar bien una época. Contarla y hacerla mierda, no contarla para decir “che, qué lindo esto”.

Ni Asís ni Fogwill escriben para confirmar una identidad política. Ahí aparece otra afinidad con tus novelas. ¿Qué otros narradores inscribirías en esta serie?

Bueno, Carlos Godoy tiene algo de eso. Si bien tiene la Escolástica peronista, que es una declaración, me parece que él hace una indagación en esa línea. En Jellyfish él hizo una muy buena lectura de la época. Escribió una sátira de lo que fue la disputa feminista alrededor de la legalización del aborto. Fue algo muy audaz. Porque lo escribió un chabón, por el tema, por el momento en que salió. En ese sentido, tiene algo muy Los Pichiciegos, de ser publicado en caliente, de apostar a eso.

Otra afinidad que veía entre tu narrativa y la de Fogwill es el juego con los puntos de vista. En Una vida en presente el punto de vista de la protagonista habilita el acceso a distintos espacios sociales. En El cuerpo es quien recuerda trabajás un problema desde los distintos puntos de vista involucrados. ¿Hay en estas decisiones una respuesta al auge de cierta literatura del yo donde el punto de vista es casi monádico?

Surge naturalmente porque me interesa más otro tipo de literatura que busca subvertir los órdenes. Y es lo que me interesa leer. No me interesa leer lo que se parece a mí, lo que habla de mí. No digo que no haya buena literatura del yo, como le dicen. Hay buena. Paternidad de Philip Roth, por ejemplo. Pero hoy la literatura del yo está más bastardeada y bardeada hacia el lado de los libros que escribimos las chicas cuando nos peleamos con nuestros novios. Lo de los puntos de vista es algo que me gusta. María Guevara es una mina que está siempre sola, que tiene un mundo interior muy grande y que sus observaciones son producto de su soledad. Vas a una fiesta y una persona, en vez de estar hablando con otra, está acariciando el gato.

Como el meme.

Claro, ese meme es espectacular. Yo soy el señor que está en la esquina. Pero porque eso te permite otra forma de observar, de aproximarte a la gente, de sacarle la ficha, de reparar en un detalle. En El cuerpo es quien recuerda las tres minas podrían estar teniendo un diálogo alrededor de una mesa pero sin embargo no se encuentran. Están hablando de lo mismo pero no se cruzan en el tiempo y el espacio. Ahí también hay soledad, hay mucho silencio entre ellas. Hay vínculo pero no hay vínculo. Cada una con su dolor, cada una en su mambo.

Si hay una constante es que estoy incómoda en el mundo. Es algo sobre lo que tengo recuerdos desde muy chica. Hay muchas cosas que me molestan y no puedo dejar pasar

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Tanto en la narrativa como en el ensayo trabajás temáticas parecidas. ¿Cuál es la especificidad de cada género? ¿De qué manera pensás en cada uno?

Me permiten pensar lo mismo, pero no me permiten decir lo mismo. Por la manera en la que hoy se lee, me siento más cómoda en la ficción. Más impune, con más terreno ampliado para desplegarme. En el ensayo siento mucho más limitado el campo de las ideas. Eso ya es bastante raro de decir. Mi disposición a la hora de escribir es la misma. Y me gusta un poco cuando esos bordes están medio flojos de papeles. Después de leer El cuerpo es quien recuerda, algunos me preguntaron por qué no había hecho un ensayo sobre eso.

Quizás la ficción te permite esa ambigüedad que te interesa para trabajar los personajes.

Es lo que vos decías de Fogwill. En un personaje podías entender incluso sus posiciones políticas, una manera de aproximarse al mundo. Me parece que en la novela, en la trama, en el tema, hay un ensayo. Yo no escribí un ensayo, quizás los personajes narraron un ensayo. Mi voluntad fue la de escribir una novela. Pero esto que se dicen los tres personajes, la una a la otra, sin comunicarse, es un ensayo. En Nadiya hay un ensayo escrito por una guerrillera izquierdista, que ahora quiere recuperar lo que ella cree que le pertenece. Habla de la plusvalía, de la diferencia de clase. En Victoria se puede leer la época de los noventa, el consumo, lo que ella tenía que hacer, la exposición de su cuerpo. Y en Rita hay otro ensayo sobre la Argentina más reciente, sobre los derechos humanos y ella que tiene veinticinco no sabe quién es. Cada una en su soliloquio, en su monólogo, en su neurosis, escribió para sí un ensayo. Lo puedo pensar así.

¿Y ahora estás escribiendo algo?

Estoy escribiendo una novela que está en ciernes sobre Margaret Thatcher, que la tiene a ella como protagonista. Esto no es de ahora, es desde hace dos años o más que vengo obsesionada. Hay algo muy fascinante en ella. Siniestro, fascinante, horrible, divertido, todo a la vez. Me gusta que una persona y un personaje pueda condensar todo eso.