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07 de septiembre 2023

Martín Prieto

Escritor, profesor de Literatura argentina en la Universidad Nacional de Rosario.

LLEGA LA MUERTE, TODO LO BAZUCA

Tiempo de lectura: 7 minutos

“Me cuentan que murió delicada Marta”: así empieza un poema de Sergio Kern, publicado en un libro titulado Escuchen. Independientemente de los méritos de Kern como poeta, de su modo de honrar a una familia de poetas, editores e imprenteros (hijo de Francisco Gandolfo, hermano de Elvio Gandolfo, criado entre las máquinas de La Familia, donde se imprimió la revista el lagrimal trifurca y todos los libros de ese sello), y de los méritos de ese libro en particular (diccionario, libertad versicular, gracia y algo un poco indefinible, que parece haberse perdido y que a estos poemas les sobra: onda) valoré siempre ese verso en particular. Porque me ofreció, ya no para la literatura sino para la vida entera, el modo justo, elegante y preventivo para anunciar la muerte de alguien querido y aun, pero esto no está en nuestras manos, para que nos la anuncien.

Una frase partida en dos. La segunda mitad, el objeto o complemento directo, carga con todo el peso informativo y en este caso dramático del enunciado: alguien murió. No hay vueltas. Pero la primera, el buenísimo “me cuentan”, nos aleja un poco de la noticia. Funciona como un amortiguador. Nos genera la esperanza de que sea nada más que un cuento, un rumor, algo que se dijo que es, pero que tal vez no sea cierto. Así, cuando una amiga me escribió: “murió Jorge Isaías” yo mismo, para soportar mejor la noticia convertí el mensaje aseverativo en una paráfrasis del verso de Kern. Como si Analía me hubiese escrito: “me cuentan que murió Jorge Isaías”. Y aferrado a esa primera mitad del verso me pasé el día en el limbo de la paradoja: sabía que era verdad (Jorge había estado enfermo, internado varios meses) pero sin embargo esperaba que llegara otro mensaje para desmentirla, mientras, por otra parte, me iba acostumbrando a aceptarla.

“Fuimos”: un entusiasta grupo de jóvenes que nos habíamos conocido en la universidad y en la para-universidad (los bares, las peñas) para mostrarle nuestros poemas y preguntarle si en ese conjunto veía un libro. Con una generosidad que el paso del tiempo acrecienta, lo vio

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En esos días leía una novela de Juan José Becerra en la que uno de sus personajes sostiene que “la memoria de uno está dispersa en la de los demás”. Es decir, la suma o el montaje o la edición de las memorias de todos esos demás sobre uno mismo sería lo que construiría nuestra propia memoria. Y al revés, nosotros seríamos los portadores de memorias de cientos de personas que se perderían cuando nos muramos. “Yo mismo, dice Antonio Castillo, el personaje de Becerra, ¿de cuántas personas podría decir algo? De cientos. Pero, ¿a quién se lo digo? Todo está organizado para perderse”. Carlos García y Martín Greco, dos investigadores de la literatura argentina, con un soberano optimismo del que carece el personaje de Becerra, aunque tal vez compartiendo su mismo diagnóstico, publicaron hace unos años un libro extraordinario, La ardiente aventura. Cartas y documentos inéditos de Evar Méndez, director del periódico Martín Fierro. El libro, según reseña Daniel Attala con entusiasmo de buen lector, está compuesto por casi 500 documentos en un orden cronológico que va de 1907 a 1955, de carácter diverso: cartas, postales o telegramas que tienen por autor, destinatario u objeto a Evar Méndez, dedicatorias de libros por o a Méndez, notas periodísticas que atañen de algún modo a Méndez, volantes publicitarios de publicaciones relacionadas con Méndez y documentos oficiales relativos a su vida (bautismo, nombramientos oficiales), ensayos, artículos y poemas del mismo Méndez, las noticias necrológicas publicadas cuando murió, y testimonios sobre él o sobre su obra (editorial, poética, ensayística) firmados por, entre otros, Nicolás Olivari, Leopoldo Marechal, Carlos Mastronardi o Emilio Petorutti. Y en ese trance, mientras deseaba que Isaías no hubiese muerto, mientras iba, a cuentagotas, aceptando la realidad de que así había sido, empecé a pensar en cuántas memorias de otros se perdían mientras se apagaba la suya que, además, era una memoria sibarita, súper selectiva y, como nos gusta a nosotros, de poetas. Una memoria de la poesía argentina del siglo XX que Jorge desgranaba en extensas conversaciones primero en sus librerías, de las que yo era un consecuente visitante (seguramente más que comprador) y después en los bares del centro. En el Laurak, en el Savoy y, hasta hace poco, en La buena medida. De Juanele, de Gelman, de Saer, de Urondo, de Gola, de Szpunberg, de sus contemporáneos de las revistas La Cachimba y el lagrimal trifurca, de sus amigos Juan Manuel Inchauspe o Miguel Ángel Federik. Pero, sin dudas, la principal, contada una y otra vez, con quitas y agregados, era la historia de su encuentro con Raúl González Tuñón que había tenido, para él, valor iniciático:

Vino a Rosario a dar una charla en 1972. Creo que fue la única vez que vino a Rosario. Yo trabajaba en la librería Síntesis, en Córdoba al 900. Una tarde lo vimos aparecer a Gilberto Krasniasky un cuadro importante del Partido Comunista, tan opulento, seguido de otra persona mucho más baja, vestida muy modestamente. Pantalón marrón y saco gris claro, conjunto que, evidentemente, pertenecía a dos trajes distintos. Cuando me di cuenta de quién era casi me caigo al piso. Krass (ese era su nombre “artístico”) tenía una galería de arte, y había hecho un acuerdo de canje de libros por cuadros con el dueño de Síntesis y cuando venía algún pintor o escritor del Partido a Rosario no era raro que lo trajera a la librería. Ese día cayó con Tuñón. Gilberto se fue y dijo que pasaba en dos horas a buscarlo, para llevarlo a dar una charla, que se publicó después en el libro La literatura resplandeciente: “Crónica del campo en la ciudad y en la poesía”. En el libro dice que la conferencia fue leída en el Colegio de Escribanos. Yo recuerdo que fue en el Astengo, que no sé si todavía no se llamaba Teatro Odeón. Al pasar a buscarlo, Gilberto me preguntó: “¿Le diste tu libro?” Y Tuñón, muy amable: “¿Cómo no me dijo que era poeta?”. Y cuando le alcanzaba el ejemplar de mi primer libro, La búsqueda incesante, publicado dos años antes, me pidió que se lo firmara: “Si no, cuando usted sea importante, nadie me va creer que fuimos amigos”. Y me dio la mano que antes le había dado a Neruda, a Vallejo, a Picasso, a Miguel Hernández, a Brecht.

Y cerraba la anécdota, esa, miles, diciendo: “Recuerdo una expresión de Baldomero Fernández Moreno: y después llega la muerte y todo lo bazuca”. Una vez, discretamente, le dije que creía que esa cita en realidad era un verso de un soneto de Quevedo: “Llega la muerte, todo lo bazuca”. Pero él, cada vez que volvía a esa línea, se la atribuía a Fernández Moreno, seguramente por afecto y afinidad al tipo de poesía sencillista de Baldomero, muy próxima a la que escribía él cuyo numen no fue, pese a aquella versionada y reversionada anécdota, Raúl González Tuñón, sino José Pedroni. “Sobre su huella”, como dijo una vez, escribió los poemas de su libro principal, Crónica gringa, reeditado varias veces, cada una de ellas con nuevos poemas, siempre “de llanura”, ubicados ya, gracias a su obra, a su persistente y pavesiana monotonía, más que en un pueblo específico de la provincia de Santa Fe llamado Los Quirquinchos, en una suerte de pampa gringa absoluta, en la que sus asuntos (la siega, los tordos apareándose en el aire, el bolicheo, “los sombreros devastados/ por el tiempo” que forman una nube bullanguera, arriba de un camión, yendo a la cosecha), los personajes originales, con nombre y apellido, el Bebo Vivas, Zulma Gómez, el Carpecho Isaías, el Flaco Naly, se convierten sopesados y comprimidos en los poemas de Isaías, en parte de nuestro propio mundo familiar.

Y en ese trance, mientras deseaba que Isaías no hubiese muerto, mientras iba, a cuentagotas, aceptando la realidad de que así había sido, empecé a pensar en cuántas memorias de otros se perdían mientras se apagaba la suya

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Con la admiración de esos primeros libros suyos a cuestas y con la seducción que provocaba el personaje, un híbrido hombre de la llanura, de pañuelo al cuello y manos enormes, la derecha casi siempre ocupada por una pipa, pero inserto naturalmente en la sociabilidad literaria de la ciudad como editor, como librero, como poeta, como profesor, fuimos a verlo. “Fuimos”: un entusiasta grupo de jóvenes que nos habíamos conocido en la universidad y en la para-universidad (los bares, las peñas) para mostrarle nuestros poemas y preguntarle si en ese conjunto veía un libro. Con una generosidad que el paso del tiempo acrecienta, lo vio. No solo lo vio, sino que lo acompañó firmando una contratapa en la que, muy generosamente también, no hacía referencia específica a los poemas:

Querría que el lector lo contara como un acto de fe en tan apocalípticos tiempos. Apostemos una vez más a la vasta pasión, al fuego, a la invitable aventura a que nos lleva la certeza de que mientras alguien necesite de la poesía ésta, felizmente, no habrá muerto.

Alejandro Pidello, Jorge Isaías y Guillermo Colussi en Santa Fe (1974)

Yo le dediqué mis poemas de esa colección: “a ese gran poeta que es Jorge Isaías”. Es cierto, como dice Carlos Mastronardi en sus Memorias de un provinciano, que “la evolución del gusto, como nadie lo ignora, suele estar determinada por las circunstancias”. Mis circunstancias, como las de todas y todos, en estos últimos cuarenta años, han cambiado en cantidad. No así mi gusto por esos poemas, escritos, como anotó D. G. Helder “con un lenguaje llano y sin veleidades, que no teme embargarse en la emoción ni escatima adjetivos afectuosos, demasiado efusivos unas veces, o elemental, pero nunca impostado”:

¿Qué hacían las retamas de mi madre?

¿Qué hacían al pie de esa larga mesa,

en la sala húmeda del Sindicato de Obreros

Rurales donde velábamos los muertos?

¿Volvían a la vida: el Vasco Echarre, el Pulga

Corvalán, el viejo Ponciano Neyra, Atavila Galván

que pintó todos los letreros de mi pueblo?

¿Volvían a la vida el olor de las retamas?

Duros sobre la mesa ajenos ya para esta

vida en que tanto padecieron. Solos en aquella

sala donde apenas cabían los retratos

de Sacco y Vanzetti.

¡Qué tristes las mañanas en que alguno moría!

¡Cómo tañía, lúgubre, la campana del cura del pueblo!

Yo les llevaba mi saludo de niño absorto ante la muerte.

En mi pueblo las abejas libaban los diciembres

y los corazones endulzados del verano. Pero no obstruían

el paso de la muerte, y las olorosas retamas

empecinadamente amarillas, no detenían el dolor

de un niño ante la cercanía descarnada de la muerte.

(Foto de portada: Jorge Isaías con Francisco Bitar y Fabián Casas en el ciclo “La angustia de las influencias. Escribir con Saer/ Escribir contra Saer”, 2014)

Bibliografía

Sergio Kern. Escuchen. el lagrimal trifurca, Rosario, 1982.

Juan José Becerra. Amor. Seix Barral, Buenos Aires, 2023.

Carlos García y Martín Greco. Cartas y documentos inéditos de Evar Méndez, director del periódico Martín Fierro. Albert editor, Madrid, 2017.

Daniel Attala. Carlos García y Martín Greco. Cartas y documentos inéditos de Evar Méndez, director del periódico Martín Fierro. En línea: https://journals.openedition.org/amerika/8258

Carlos Mastronardi. Memorias de un provinciano. Ediciones Culturales Argentinas, Buenos Aires, 1967.

D. G. Helder. “Jorge Isaías” en Jorge Isaías. Crónica gringa, UNL, Santa Fe, 2000.

Jorge Isaías. “Retamas en los velorios”. Crónica gringa. UNL, Santa Fe, 2000.

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