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Un ejercicio a seis manos en momentos donde la tan narrada “nueva normalidad” ya se asoma. Dos personas que en la contingencia pandémica tensionaron los tiempos de las redes y que -a su modo- deslizan pistas para otras maneras de escuchar y decir. Aquí algunas reflexiones que tienen como punto de partida a los programas y contenidos de Tomás Rebord y Julio Leiva. 

1

Testigos y partícipes necesarios de una época bisagra, estamos dispuestos frente a las pantallas de nuestros smartphones a la multiplicación infinita de la información y a la duplicación de la “capa matemática del mundo” en palabras de Eric Sadin. Nuestra relación con lo que “sucede” y “las cosas” ocurre para todos en un tiempo real o diferido –on demand- pero mediado por cálculos y códigos que, aunque no lo sepamos, hoy nos constituyen. Algo se escucha y se lee como queja y como mandato contemporáneo: la vida humana y su atención suceden en un estado de multitasking. El filósofo surcoreano-alemán Byung Chul Han afirma que esto tiene similitudes con la actitud que caracterizó a la especie humana antes de su sedentarización. Esta disposición general ante la información del mundo circundante, epidérmica y superficial obstaculiza el pensamiento y la concentración. Abrimos las ventanas de nuestros exploradores y scrolleamos al compás del insomnio. ¿Qué buscamos? ¿Qué nos depara la condición de tareas múltiples pero en sociedades sedentarias con tendencia a encapsularnos en espacios asépticos? O mejor: ¿existe realmente la posibilidad de lo multitasking? ¿Hasta cuánto soporta la tensión la cadena de los procesos invisibles que contienen los microclimas supuestamente virtuales? No se tapa el sol con un dedo.

2

Una marea de jóvenes y jóvenes adultos en la terraza de un bar en Palermo, todos con sus birras en la mano. Diálogos y risitas expectantes que denotan que están esperando algo o a alguien pero no quieren que se note. Se nota. Alguien pide que se libere, entre la multitud, una suerte de pasarela. Solicita que esté libre de obstáculos para llegar a la cabecera del evento que no es más que una mesa y una banqueta alta con un equipo de sonido modesto. El murmullo aumenta porque algo ya está pasando. Entonces, en un flashback de tiempos pre pandémicos, se apagan las voces cuando Tomás Rebord vestido con su clásica ropa deportiva -estética de la comodidad- ingresa a la pasarela de contornos humanos mientras empuja la silla de ruedas que carga a una persona al grito de: “¡Caminó! ¡Cómo en Hechos de los Apóstoles!”.  El juglar está en la sala. Incorrección y humor político. ¿Stand up?

Pareciera que hay algo más.

3

El miedo nos habita: la muerte, la enfermedad, la oscuridad, el silencio y un circo negro de mercaderes que tiran bombas sin puntería. No importa porque el daño -cualquiera sea- es el fin. La pandemia reforzó temores, creó nuevos y sacó otros muchos de la caja negra del inconsciente. Las teorías conspirativas brotaron como hongos después de la lluvia para darle remedio a las incertezas que dan cuenta de la fragilidad constitutiva de nuestra especie. ¿Existe un futuro? El espejo del pasado relampaguea.

Con la pandemia y sus aislamientos, el programa de radio Caricias Significativas se volvió un espacio de culto entre la militancia política. Una ceremonia casi ricotera justo cuando el Indio parece que no quiere (o no puede) volver más

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4

– ¿Estás para romper el hielo?

– Sí, siempre.

– Estás preparando un libro sobre la muerte.

– Lo dejé de preparar cuando empezó la pandemia. Dije: por ahí no es buen momento.

Una luz ilumina una mesita ratona. Sobre ella, dos vasos de agua y una caja negra en el medio. Una escena mínima con un fondo de telones en la misma tonalidad. El periodista que pregunta, Julio Leiva, acaba de dar el puntapié para que María Virginia Godoy, conocida como Señorita Bimbo, comience a hablar. Durante 45 minutos el diálogo recorrerá temas clásicos de la filosofía como el amor y la muerte, entremezclados con anécdotas y risas. El clima descontracturado del producto cultural, cuyo rostro visible de producción es Leiva, tiene la virtud de captar nuestra atención. No como una publicidad, un blooper o una imagen bizarra, sino como quien invita a viajar. Adopta un ejercicio difícil de encontrar en la mediatización contemporánea: da lugar para que aparezca la voz del entrevistado. Abordamos el viaje atraídos por el mundo nuevo que estamos por descubrir a los propios ojos y es el descubrimiento el que finalmente nos transforma. Todo lo que pensamos que se conocía se cae o se expande. Una entrevista que da tiempo es una entrevista que permite la vida.

5

Por sobre todo hay un temor particular que nos ha arrojado a la construcción de los artefactos más insólitos: el miedo al olvido, a la pérdida de la memoria. Escribimos con cañas en tablillas, tallamos piedras, dejamos nuestra mano ensangrentada en la pared de una caverna. Diseñamos lugares: bibliotecas, archivos. Inventamos oficios y artefactos: un linotipo, una cámara de fotos, un disco rígido. ¿Existe un artefacto capaz de conservar una porción de esa chispa intensa que nos caracteriza antes de volver a ser polvo? ¿Un dispositivo capaz de resguardar lo más sagrado a la hora de cruzar la frontera fugitiva de lo perecedero? Paradójicamente en momentos donde todo dato parece ser archivable, los archivistas no paran de problematizar el carácter efímero de los formatos.

6

“Máxima fineza”, “la rosca hoy tiene mala fama”, “Máxima ciencia, máxima verdad”,  frases que repite al aire en el micrófono de El Destape un joven hasta ayer militante de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Su columna se llama Storybord. Con la pandemia y sus aislamientos, el programa de radio Caricias Significativas se volvió un espacio de culto entre la militancia política. Una ceremonia casi ricotera justo cuando el Indio parece que no quiere (o no puede) volver más. Una comunidad. Las columnas de Rebord abordan desde los libros de Yuval Noah Harari sobre los primeros homínidos hasta la crisis inmobiliaria del 2008. En sus relatos hay una pregunta que permanece constante, casi leninista: ¿cómo se teje el poder? Las imágenes dialécticas que construye entre el pasado más remoto y el presente más inmediato recuperan la épica, herramienta indispensable para una militancia que entre las paredes del confinamiento observaron desfilar sombras de fantasmas que agitan un futuro incierto.

7

¿Se puede capturar el espíritu de una época? ¿Es posible recrear la sensación en el pecho del instante de peligro: el fuego, la pasión, el deseo, la angustia, la motivación, el dolor, la duda, el compás, la velocidad?

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Leiva recupera la situación de entrevista cómo instrumento de construcción de conocimiento, utiliza lo dialógico como un acceso. Su actitud es la de un anti influencer, anti tiktoker, anti youtuber gritón. Quizás sus virtudes más evidentes por la escena en la que interviene es que da tiempo para las respuestas y no las interrumpe (en definitiva, no interrumpe el pensamiento ajeno). No es un entrevistador insípido: elabora sus hipótesis y las somete a su método, se expone. Imposible no recordar a Joaquín Soler entrevistando a Juan Rulfo o a Julio Cortázar. La diferencia es que Caja Negra transcurre en una época signada por la hiperestimulación. Las verdades y las preguntas que flotan en un aire legitimado son esgrimidas ahora por les pibes del trap. Si no avanzás rápido, desorbitado, fuiste. Incluso la crítica intentan pasarla como demodé, lo que cuenta es reaccionar a. Leiva no reacciona, teje diálogos con la paciencia de esas abuelas que tejían pulóveres y bufandas.

9

¿Cómo le vas a tener miedo a Milei? Grita y repite Rebord en el micrófono de M.A.G.A -Make Argentina Great Again- el programa que sale al aire los lunes a las 20 por Nacional Rock. ¿Cómo le vas a tener miedo a Milei? La pregunta es la llamada de atención de algo que se le desoculta evidente. El miedo a alguien o a algo demuestra nuestra incapacidad para hacerle frente, basado en la angustia misma que produce el temor o, tal vez, en ese tipo de ignorancia que comprende que algo de lo que se ve y escucha no está bien, no cierra, pero no sabemos señalar qué. O lo sabemos pero el mismo miedo no nos permite ser asertivos para ello. Rebord diría que nos falta mística. Hoy sabemos -estos autores eso esperan al menos- que lo que nos falta es épica. Lucha y narración han ido siempre de la mano, sentenció Diego Sztulwark.

10

Desde la década de los 70 se repiten dos frases como axiomas: que asistimos a la pérdida de los grandes relatos unificadores y que la razón última de todo lo que se vende y se destruye es llegar a nuestras almas. Podrían componerse como una sola porque las épocas tienen la virtud de hacernos combinar aunque reneguemos de la contradicción.

Si no avanzás rápido, desorbitado, fuiste. Incluso la crítica intentan pasarla como demodé, lo que cuenta es reaccionar a. Leiva no reacciona

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Lo axiomático nos introduce en una duda: ¿es así o actuamos como si fuese así?

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Hablamos de la atención, de sus transformaciones y de su necesidad. La atención es la arena de la disputa. La pelea más evidente es por nuestra atención y de tan evidente, solemos olvidarlo. En agosto de este año se estrenó en la plataforma Netflix “El Reino”, una serie de drama político religioso argentina que despertó más críticas que elogios y que organizó en el ágora de intercambios textuales un debate por lo que está bien o mal representado en dicho producto. La pregunta que apenas asoma es si estamos listos para la representación, es decir: ¿estamos listos para la ficción? Los estudios sobre culturas que se inclinan hacia el poder de negociación de los públicos repiten como mantras que nadie confunde el mapa con el territorio. Y quizás “nadie” sean todos excepto quienes elaboran críticas que se toman demasiado en serio lo que ven.

Porque la disputa no es por la representación, en todo caso es por ampliar el catálogo de las imágenes y por ende de los posibles productores. Pero el problema político no es si los evangelistas o los operadores políticos de “El Reino” aparecen más o menos caricaturizados, sino en todo caso que lo estamos viendo. Para oponernos, para reírnos o para aplaudir: poco importa el por qué sino que lo hagamos. Lo que cotiza es nuestra atención. ¿Cuántos estarían dispuestos a interponer la indiferencia en el circuito?

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Una tesis que enganchó bastante es la que nos arroja Pablo Stefanoni con el título de su último libro: “¿La rebeldía se volvió de derecha?”. Desde allí apareció otro mantra: la rebeldía es de derecha porque el progresismo se institucionalizó. Repite, repite, algo quedará, pisamos nuestro propio palito. Porque la derecha puede, a lo sumo, perder la elegancia y convertirse en revoltosa, pero jamás puede ser rebeldía. No se rebela contra el poder sino contra la entrada de más jugadores. Los conservadores y los liberales del nuevo siglo son caprichosos -exhibicionistas de una sinceridad siniestra, recalca nuevamente Diego Sztulwark-  pero no por ello menos peligrosos.

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El humor de Rebord nos señala que para recuperar la época nos falta épica. Nos falta aquello que perdimos: los relatos de grandezas y paraísos perdidos que debemos recuperar. Los revoltosos lo entendieron. Pero como el humor no suele asociarse al prestigio, con Rebord nos reímos y no nos lo creemos. Otro punto para Leiva: la solemnidad es la fuerza que lo acompaña. Será que le tenemos miedo a la inteligencia y respeto intelectual a la frugalidad.

Todo lo que pensamos que se conocía se cae o se expande. Una entrevista que da tiempo es una entrevista que permite la vida

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El tiempo es categórico, no hay segundas oportunidades ni detenciones. Lo que se suspende es una ficción que late. En principio, la pospandemia parece estar lejos de la detención de los automatismos neurálgicos del sistema. Es decir, lejos de esos extraños pronósticos alentadores que se vislumbraron en el pensamiento profundamente pesimista que caracteriza a filósofos como Franco “Bifo” Berardi. Sin embargo, algo de esa percepción temporal parece haber dejado su remanente. En productos masivos como los que protagonizan Leiva y Rebord aparece un indicio. Explotar la contingencia para ese lento y trabajoso combate de la guerra de posiciones sobre la que supo teorizar Gramsci, devenida ahora youtuber reflexivo y/o provocador antes que cuadro revolucionario.

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La vida es categórica y el tiempo no existe más que en la constatación del ciclo de una vida. Rebord reconoce que le damos ocho horas de nuestro tiempo, de nuestra atención, cada semana. Es una ofrenda recíproca -un don y un contra don- en la que uno ofrece sus interpretaciones a cambio de nuestro tiempo. Lo que le ofrendamos es parte de nuestra vida y con ella hacemos posible la suya, hoy, ahora, “un tiempo más”. Leiva también juega con el tiempo que constituye una vida porque la escucha. Más allá de lo monetizable, ambos aparecen como acontecimientos en el océano despótico y exigente de los contenidos. Eso sí: el medio siempre será el mensaje.

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