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16 de septiembre 2022

Alejandro Galliano

LECCIONES DE LA PERESTROIKA

Tiempo de lectura: 8 minutos

A Protervi

«Los ojos se me llenaron de lágrimas. El fin de Gorbachov había sido presagiado casi mes a mes desde que había lanzado sus reformas, y él siempre había sobrevivido a su epitafio. Ahora ya no había reformas. Había un gigantesco agujero en el mundo. En mi mundo. Yo había amado a ese hombre. Me había devuelto la esperanza. Me había hecho sentir que no había estado equivocado al dedicarle buena parte de mi adolescencia a la militancia en la izquierda». Ese fragmento de la novela El traductor de Salvador Benesdra nos deja ver las lecturas que aún admitía Gorbachov a principios de los 90: reformador idealista, mártir de la burocracia, última oportunidad del socialismo, símbolo de la derrota.

Pero el tiempo simplificó a Gorbachov: la caída de la URSS quedó tan asociada a su persona que debió lidiar a la vez con el repudio de izquierdistas y nostálgicos que lo responsabilizaron casi exclusivamente por el fracaso del comunismo, y con el aplauso del Occidente liberal, quizás por el mismo motivo. Él aceptó ese lugar: en sus años post soviéticos apareció en publicidades de Apple y Pizza Hut, incluso estuvo en el estudio de Tiempo nuevo, el programa de Bernardo Neustadt (quien no resistió la tentación de sentarlo junto a su admirado Arturo Frondizi, ya tan senil que se puso a divagar sobre la guerra de Corea, para incomodidad de todos). Durante aquella visita, Sylvina Walger dijo, en una simplificación algo chusca, que Gorbachov era el Alfonsín ruso: reconocido internacionalmente por su aporte a las libertades civiles pero despreciado por sus compatriotas por dejar colapsar al país. Un campeón lockeano y un fiasco hobbesiano. Luego de obtener el 0,5% de los votos en las elecciones presidenciales de 1996, fue quedando relegado a un cada vez más oscuro rincón de la política rusa.

Todas esas capas de sentido quedaron atrás. Benesdra se tiró por una ventana, Neustadt y Walger murieron solos y olvidados, El traductor termina manejando un taxi luego de pasar por un manicomio. ¿Qué lectura podemos hacer hoy de Gorbachov? Un insumo fundamental será la biografía del politólogo William Taubman; otro, el documental de Werner Herzog; otro, las preferencias y urgencias de la coyuntura. Por mi parte, prefiero hacer un ejercicio más acotado: tomar su intento y fracaso por reformar a la URSS para pensar en qué consistió realmente el comunismo del siglo XX y en qué podría consistir un comunismo del siglo XXI.

"Sylvina Walger dijo, en una simplificación algo chusca, que Gorbachov era el Alfonsín ruso: reconocido internacionalmente por su aporte a las libertades civiles pero despreciado por sus compatriotas por dejar colapsar al país. Un campeón lockeano y un fiasco hobbesiano."

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Socialismo y mercado

Perestroika fue la palabra con que Occidente conoció al conjunto de reformas que Gorbachov encaró desde 1987, apremiado o envalentonado por el desastre de Chernobyl. Significa «reconstrucción» pero casi no fue mencionada en su discurso durante el XVII Congreso, en donde prefirió hablar de «aceleración» (uskorenie): redinamizar la economía rusa para llevarla al socialismo. El largo freezer político de Leonid Brezhnev no solo había detenido el reformismo de los 60 sino que había estancado a la economía: entre 1970-1975 la tasa de crecimiento fue del 3%; para 1975-1980, fue del 1,9%. El aceleracionismo gorbachoviano requería introducir elementos de mercado que permitieran mejorar la eficiencia en el uso de recursos y atender las necesidades de los consumidores. Gorbachov dijo inspirarse en las reformas húngaras, yugoslavas y chinas. Pero se trataba de procesos muy distintos. Las reformas húngaras y yugoslavas de los años 50 y 60 buscaban flexibilizar sistemas planificados dentro de los márgenes del bloque (Tito había roto con Stalin; Kadar debió gobernar la Hungría reprimida por el Ejército rojo en el 56); las reformas chinas de los 80, por su parte, respondían a un colapso interno, con China fuera de cualquier bloque y el PCCh en un pragmatismo desesperado por sobrevivir.  Y, sobre todo, se insertaban en un mundo muy diferente a aquel al que se había integrado la URSS.

«La Unión Soviética nunca había cortado lazos económicos con el mundo–nos recuerda Martín Baña en su libro Quien no extraña el comunismo no tiene corazón–ni aun en los días más intensos del movimiento revolucionario. La Fábrica de Automóviles Mólotov de Nizhny Novgorod se construyó gracias al aporte de los cuarenta técnicos que envió General Motors en 1937, y los ciudadanos soviéticos pudieron acompañar sus comidas con botellas de Pepsi Cola gracias a la planta que la empresa abriera en Novorossiysk en 1974». En efecto, pese a la imagen alimentada por los dos lados de la cortina de hierro, la URSS siempre estuvo integrada al sistema económico mundial. En Red globalization, Oscar Sánchez-Sibony explica la historia económica soviética a partir de esa integración, empezando por el fundacional Primer Plan Quinquenal de 1928, pensado para proyectar a Rusia como país agroexportador: «Tendríamos que habernos asegurado una posición en el comercio internacional de granos. Y no hemos tenido esa posición por un largo tiempo; sólo la obtendremos si podemos explotar las condiciones que se han alcanzado en este preciso momento. En pocas palabras, debemos presionar furiosamente las exportaciones de grano», escribió en agosto de 1930 un Stalin ofuscado por una crisis capitalista que iba en contra de sus planes.

"La intoxicación petrolera redujo a la URSS a la condición económica de un país periférico y fue la excusa para aplazar toda reforma económica. Cuando el precio del petróleo cayó, las ineficiencias de la economía soviética se habían acumulado y agravado por la dependencia externa"

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En los años 70, el estancamiento soviético encontró un lubricante en el petróleo. Entre 1961 y 1969 se identificaron 50 pozos en Siberia, la crisis de la OPEP encontró a la URSS lista para primarizar sus exportaciones. La Rusia de Brezhnev terminaba ocupando el mismo lugar que la de Nicolás II: exportadora de materias primas e importadora de tecnología. La intoxicación petrolera redujo a la URSS a la condición económica de un país periférico y fue la excusa para aplazar toda reforma económica. Cuando el precio del petróleo cayó, las ineficiencias de la economía soviética se habían acumulado y agravado por la dependencia externa. «Paradójicamente–concluye Baña–no fue el supuesto aislamiento de la Unión Soviética del resto del mundo lo que la terminaría debilitando–como lo deseaba Estados Unidos–sino su cada vez más estrecha conexión y dependencia de los créditos y de la tecnología occidental».

La integración soviética a la economía mundial no era sólo comercial, también era ideológica. Desde los años 30, la URSS participó de un paradigma global de economías más o menos cerradas, con fuerte intervencionismo estatal y planificación. En los años 70 ese paradigma entró en crisis y arrastró tanto al welfarismo occidental como a la planificación soviética. Como señala Charles S. Maier, el capitalismo pudo adaptarse mediante desregulación, tercerización y globalización; el socialismo, no. «Las dificultades económicas de los 70 plantearon espinosas alternativas tanto al Este como al Oeste. Acosado por el conflicto social y la confusión acerca de las políticas a seguir, Occidente optó en principio por la disciplina del mercado mundial. El Este, en cambio, dio marcha atrás respecto de las reformas económicas que había empezado a implantar. Retrospectivamente podemos situar el origen del colapso de 1989 en esta divergencia». Pero la dependencia de la URSS le impedía darle la espalda por mucho tiempo a ese nuevo mundo.

Las reformas económicas de Gorbachov no operaron sobre un socialismo abstracto, sino sobre una economía periférica y dependiente de un mundo que estaba cambiando radicalmente. Paradójicamente, China, con una economía muchísimo menos desarrollada, además de arrasada por los experimentos maoístas, estaba mejor preparada para integrarse al neoliberalismo mundial reiniciándose desde cero. La URSS cargaba demasiada historia, demasiadas expectativas, un sistema demasiado aclimatado en otro mundo como para adaptarse dulcemente. La primera lección de la Perestroika es que cualquier sistema, capitalista o no, debe pensar en cómo integrarse al sistema mundial que lo cobijará. Este momento de crujido geopolítico es una buena oportunidad para hacerlo.

"La primera lección de la Perestroika es que cualquier sistema, capitalista o no, debe pensar en cómo integrarse al sistema mundial que lo cobijará. Este momento de crujido geopolítico es una buena oportunidad para hacerlo."

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Mercado y democracia

La comparación de los destinos comunistas chino y soviético también nos permite pensar en la delicada cuestión de la libertad. En una necrológica demoledora, Branko Milanovic juzga al democratismo de Gorbachov como uno de los fracasos políticos más extraordinarios de la historia. «Desde el punto de vista de la humanidad, debe ser juzgado mucho más amablemente: permitió que millones de personas recuperaran la libertad, no solo proclamó, sino que se ciñó a los principios de la no violencia en los asuntos internos y externos. Pero al ser amable y, de hecho, antipolítico, dejó el campo libre a hombres mucho peores. Si Mijaíl Gorbachov hubiera mantenido la Unión Soviética y hubiera utilizado la fuerza como lo hizo Deng Xiaoping, quizás no estaríamos ahora ante una guerra interna sin sentido que ya se ha cobrado decenas de miles de vidas y podría degenerar en un holocausto nuclear». En el reproche de Milanovic hay más de Metternich que de Good bye Lenin. No hay que olvidar que George H.W. Bush recibió mal la noticia de la caída de la URSS: los acuerdos del 85 habían resuelto una paz de bloques, desarmarla podía abrir la Caja de Pandora. Y lo hizo.

¿Cuánta responsabilidad tiene la democracia en eso? ¿Cuán necesaria era para eficientar al sistema soviético? Yuri Andropov, padrino político de Gorbachov y precursor de sus reformas, estuvo al frente de la KGB por 15 años. Manejaba la información necesaria para diagnosticar al sistema pero el secretismo le impedía reformarlo. La economía es producción y distribución, pero  también información. En los años 30, Oskar Lange, el socialista que debatió con Hayek y Von Mises, terminó admitiendo que calcular las existencias y necesidades dispersas en la economía requiere de un sistema de precios. En los años 60 y 70, Victor Glushkov y Stafford Beer intentaron optimizar la planificación con una red de computadoras muy parecida a la actual internet. Sea con precios o con bites, la eficiencia económica requiere un grado de descentralización y horizontalidad de la información. Gorbachov pretendió generarla con una apertura cultural y política que comunicara las preferencias de los ciudadanos y consumidores.

"Al rasgar el velo de la opinión pública, Gorbachov no encontró una ciudadanía igualitaria sino a un racimo de intereses protocapitalistas incubados en décadas de mercado negro y corrupción burocrática."

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La cultura se abrió con la glasnot, la transparencia que permitió escuchar desde a viejos disidentes excarcelados hasta los Beatles, pasando los nacionalistas más reaccionarios. La política se abrió con elecciones libres. Pero al rasgar el velo de la opinión pública, Gorbachov no encontró una ciudadanía igualitaria sino a un racimo de intereses protocapitalistas incubados en décadas de mercado negro y corrupción burocrática. La «coalición procapitalista» que, según Baña, aprovechó la apertura mejor que nadie. «Con su objetivo de democratizar el sistema, Gorbachov dio un paso que a la postre resultaría fatal: luego de abrir la economía y el debate público, abrió también el juego político. Esa maniobra cercenó el monopolio del poder del Partido Comunista y permitió el surgimiento de un nuevo actor decisivo: la coalición procapitalista».

Pareciera ser que la democracia conduce al capitalismo. Una conclusión con la que estarían de acuerdo tanto Stalin como Milton Friedman pero que plantea una píldora dura de tragar para la izquierda no totalitaria. La contracara es China, que abrió su economía cerrando aún más su política. Pero supongo que ni Baña ni Milanovic propondrían a ese sistema como una alternativa deseable. Justamente China es la prueba de que el capitalismo no garantiza los derechos individuales, ni el pluralismo, ni siquiera a la propiedad privada. La historia de Occidente ha demostrado que el capital puede llevarse puesto todo eso si entorpece algún estadio de su desarrollo. Si la democracia conduce al capitalismo, el capitalismo no le corresponde. En todo caso, lo que permite el mercado es la canalización y domesticación del deseo colectivo: una fuerza irracional y disolvente que complica a cualquier orden social, incluyendo al propio capitalismo. La segunda lección de la Perestroika es que cualquier sistema que pretenda reemplazar o superar al capitalismo tiene que ser capaz de incorporar y gobernar esa líbido mercantil colectiva. Y este momento de creciente violencia política y colapso de las democracias es una buena oportunidad para pensar en cómo hacerlo.

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