Un momento...

19 de junio de 2026

19 de junio de 2026

3 de mayo de 2026

LAS FRACTURAS

Martín Rodríguez

@tintalimon
Intentaré ser breve
Tiempo de lectura: 10 minutos

1

Como regla pensamos la sociedad polarizada. Cerrás los ojos y ves la boutique de la política: funciona, todo ordenado, la polarización es un argumento sólido, las ciencias blandas chochas, un país electoralista y consagrado al puro castigo del inevitable fracaso ajeno, un país que mide su estado de salud por intensidad política, negocio redondo del país dividido mientras crece la pobreza, y la economía no crece, y no hay solución pero “tenés a quién votar”. Con ese criterio se acompañó la decadencia de las últimas dos décadas. Por lo menos desde 2011. También, ahora, y quizás porque toda época no debería ser “en vano”, hay cantos de sirena en la oposición (peronista) para decir que es necesario cuidar la “Macroeconomía”. Algo obvio salvo para cuando toca tallar presupuestos. Pero parece que aún en su fracaso Milei dejará la semilla, aunque sea a modo de pregunta: ¿esto con qué se paga?

Los que odiamos la grieta creímos -contra la corriente- que siempre era la sobreoferta de cómo vivir la crisis sin solucionarla, manteniendo el estatus burocrático de quienes representan. Y dicho y hecho: ese elenco estable de políticos intensos pasó de grieta a casta, llegó Milei y los sacudió.

Así las cosas, y a riesgo de errar el viscachazo, nos definimos más por pensar que la sociedad tiene fracturas, y no una grieta decisiva (aunque lo electoral organice la polarización lógica del juego). Pero hay fracturas profundas por abajo, fracturas que no le piden upa a la representación, fracturas que quedan mientras pasan las “novedades políticas”, fracturas que conviven con el péndulo electoral cada vez más veloz, donde se hace más fácil ganar que reelegir, o sea, llegar al poder que mantenerlo. Donde la única capacidad transformadora es destructiva.  

Así pasa lo que pasa en el desgaste político: los viejos símbolos no arrastran acontecimientos, no hay ola infinita de “ultraderechas”, ni nuevos 17 de octubres por líderes presos, ni proscripciones que enciendan la pradera, nada hace mella en el estado de ánimo. Detrás de la “grieta” las fracturas, detrás de las fracturas la indiferencia, detrás de la indiferencia una fractura peor.  

La política, a su vez, está fracturada, pero de todo lo anterior. No logra que todas esas fracturas la oigan. El rito electoral es el día de la marmota: votar para que nada cambie, mientras todo empeora. Del lado de la política oficialista están haciéndose casta en el clásico de todo segundo año de todo gobierno (cuando se empieza a entender su esquema de corrupción). El espectáculo de sostener a Manuel Adorni acuna en sus imágenes los costos de la economía libertaria: la auditoría de gastos suntuosos del jefe de gabinete se conoce en detalle casi morboso mientras cae el consumo popular. Entonces, lógicamente se siente más el movimiento del péndulo, se siente que vuelve a moverse hacia su contrario, y todos se hacen eco de un comentario habitual entre los profesionales: A MILEI LE GANA CUALQUIERA. Ahora Myriam Bregman trepa de popularidad mientras vivimos en un estado de situación que semana a semana nos detalla la prosa de Diego Valeriano: descomposición, bruxismo y padecer el lugar que te toca en la cadena alimenticia como un puro presente sin futuro. Volvió el no future.

2

“Bajo las matas, en los pajonales, sobre los puentes y en los canales” hay fracturas. Hay fracturas entre abajo y arriba. Hay fracturas entre ciudad y Conurbano, y hay fracturas adentro de las ciudades (¿cuántas Rosarios hay en Rosario?). Hay fracturas en Retiro: entre vecinos que piden título de propiedad para normalizar su vivienda y el gobierno porteño que les dice que quieren vivir gratis. Hay fracturas que explica la vecina Eulalia: “hubo dos incendios acá en las casas y con las calles que cerró el gobierno por los desalojos no pudieron entrar las ambulancias ni los bomberos, no se manifiesta la gente porque están con miedo, porque la policía directamente actúa, te hablan mal, como era antes, parecen que están en la guerra y en realidad somos personas”. Hay fracturas entre la pampa húmeda y las economías menos exitosas, entre competitivos y obsoletos, entre quienes exportan y quienes alimentan el mercado interno venido a pique, entre quienes dan trabajo y quienes dan dólares. Hay fracturas entre los “a mí nadie me regaló nada” y los que “viven de la política”. Hay una fractura desde la Pandemia entre los de sueldo fijo del Estado y los del “sector privado”, esa pasta que salió del pomo cuando el Frente de Todos descubrió que el #Quedateencasa no podía reducir el país a una cofradía de politizados con Netflix y jardín. Hay fracturas porque años de piripipí estatista amplificó un anti peronismo nuevo y popular que imputa que “en el peronismo del siglo XXI los únicos privilegiados son los estatales”. Hay fracturas simultáneas. Hay fracturas entre los ganadores de Milei y perdedores de Milei: los textiles y la industria del calzado (cómo pierden); la minería y los bancos (cómo ganan). Hay fracturas entre tuiteros ociosos y la CGT real que cobija lo que queda digno de la clase obrera. (Si la CGT hiciera un paro por cada vez que se lo piden en redes sociales, la CGT no tendría el poder por el que le piden que haga ese paro.) Hay fracturas entre quienes no saben si preferir derechos o libertad, vestirse de “fordistas” o mudarse a las fatigadas plataformas. Hay fracturas en la misma persona: mameluco de día, Rappi de noche. Hay fracturas entre aristocracia obrera y “planeros”. Hay fracturas de concepto: entre lo que la antropóloga Julieta Quirós nombra “cuentapropismo popular del siglo XXI” y los que no saben cómo llamar a eso mismo que ven (le siguen diciendo “informales”; siguen pensando que hay que enseñarles a mejorar su CV, como si algún “empleo” los estuviera esperando). Hay fracturas entre curas de la doctrina social y pastores evangélicos de la teología de la prosperidad (aunque a todos Dios les susurra: “haz tu parte”). Hay fracturas entre iglesias del SÍ e iglesias del NO. Hay fracturas a tiros entre policías y narcos poco domesticados. Hay fracturas solucionadas por abajo: tacheros que se aplican a Cabify. Complete usted AQUÍ su propia fractura ahora que Milei no sabe decir para qué sirvió eso que parecía tan útil y didáctico: la motosierra. El pueblo argentino es un monstruo grande y pisa fuerte su propia inocencia: votó un plan de estabilización, pero ahora el gobierno no sabe para qué estabilizó, ni siquiera sabe si estabilizó. Hay fracturas sin solución: del modelo anterior ya insostenible (un país con una economía supeditada a gobernar el conurbano) pasamos sin escala a un nuevo modelo (un país con una economía supeditada a gobernar contra el conurbano). ¡Duhaldistas somos todos! Menos Milei. Hay fracturas en las clases medias: “¿Contratamos la empresa de seguridad que te instala una pantalla con la cara del que vigila diez monitores a la vez o contratamos una persona de carne y hueso para que nos cuide por más guita y lo tengamos que saludar?”, se preguntan en la asamblea del consorcio. Hay fracturas en colegios parroquiales: entre los pocos que siguen abonando la cuota subsidiada y la mayoría de familias morosas. Hay fracturas del ajuste estrábico: todos somos el ajustador de unos y el ajustado de otros. Motosierra y carne. Hay fracturas entre trabajadores golondrinas de la economía de servicios y los molinetes de los trenes en la vuelta a casa. Hay fracturas de conciencia: Trebucq ya no entrevista en las estaciones a los que no tienen más que su cuerpo. Hay fracturas entre los que votaron a Milei y ya no lo harían, hartos del chiste largo sin resultados, pero siguen siendo el pescador de la ría de Guaite: “del partido de mis manos”. El día del trabajador es el día de las fracturas: el día del informalariado, que dice Federico Zapata, del trabajador bajo convenio, de la inmensidad. Hay fracturas en el tiempo: donde antes había un “MTD” hoy hay una aplicación; donde antes había un desempleado hoy hay un pluriempleado; donde antes había un patacón hoy hay uno desinstalando Mercado Pago para ver si zafa del crédito que vence el 5 de mayo. Tu fractura no será televisada, así que ¡sienta la satisfacción de romper su cadena equivalencial!

Detrás de la “grieta” las fracturas, detrás de las fracturas la indiferencia, detrás de la indiferencia una fractura peor

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3

La inercia de la Historia: toda crisis finalmente solucionará la política. La oposición depende de ese plan y casi de ningún otro. La mano invisible de la Historia resolverá lo que no puede por sí misma. En 2001 la popular cantaba “Que se vayan todos” y dos años después el problema era la vocación hegemónica de un Néstor Kirchner a quien dos años antes no conocía casi nadie (ni sus patrullas vanguardistas de hoy sabían quién era en ese entonces). Ahora, llegó esa hora del optimismo opositor. Pero tiene un problema, un nudo, ese optimismo esotérico. ¿Cuál? La mejor línea de Mario Benedetti era apenas un refrán: “no hay peor gordo que el que no quiere huir”. Hay uno que no quiere huir. Porque frente a estas profecías de paisajes tan “resueltos” (la fe en que ahora a Milei le gana cualquiera) aparece una contradicción: el gobernador de la provincia de Buenos Aires no quiere huir, no quiere abandonar su candidatura, ya está demasiado instalado, casi cómodo. Axel Kicillof se plantó y obtura cometiendo para el cristinismo su peor “traición”: no prometer nada nuevo. Ese es su problema principal con ELLA en esta interna kirchnerista (que nos desafía a cómo decir algo nuevo de un tema que no le importa a nadie). Vamos al corazón de su tiniebla: Axel es un perseguido por pensar… igual. El problema, al final, no eran las canciones nuevas, el problema es que la canción es la misma. Todo su discurso se reduce a ese kirchnerismo anticipatorio que practicaba Alberto (sin convicción) y que replica Axel (con convicción). Porque, ¿hay un emergente más “puro” de kirchnerismo que Kicillof? ¿Quién expone mejor lo que Cristina engendró que Axel Kicillof (a quien mentó en su carrera haciéndolo ganar la interna económica en 2013, y quien mentó a su vez gran parte de las ideas económicas que tenía Cristina hasta hace diez minutos)? Y ese es un problema para Cristina porque altera la decisión irreversible que tomó acerca de cómo ser líder desde 2015: liderar el peronismo siendo la electora, y haciéndolo desde su poder bonaerense, desde el Gran Buenos Aires que tracciona al resto, a lo que queda de peronismos en el resto del país, desde aquella herencia duhaldista que desde 2002 no se pudo superar (la conurbanización que achicó la Argentina). Ser la que elige el candidato. El único dedo que señala sin internas, sin primarias, sin opiniones ajenas al núcleo familiar. La lapicera exclusiva. El culebrón de un peregrinaje que pasa por San José 1111, y antes pasaba por “el Patria” o la sede del PJ de calle Matheu. Ser la electora es lo que además añora su propio hijo (aún reacio a presentarse a alguna elección que lo mida como hicieron sus progenitores). Si Perón era el primer trabajador, Cristina es la primera electora. Ella elige primero. El “voto calificado” que decide el candidato. Dirán: en eso consiste un liderazgo. Otros dirán: ¿y de qué le sirvió? ¿De qué le sirvió al país ese juego corto que sólo reproduce (y desgasta) la preservación de un “capital simbólico”, y que termina subordinando a gran parte del peronismo a esa santificación? Lo comenzó a ensayar luego de maltratar y pisarle la manguera presupuestaria al incombustible Daniel Scioli en 2015. Lo repitió en 2019 para sorpresa de todos cuando solo ella vio en Alberto Fernández un presidente. Luego se inclinó por Sergio Massa, que se había hecho del ministerio de economía tras los años de serrucho coordinado contra Martín Guzmán entre cristinistas y massistas. Llegó Massa, el SIRA, la inflación galopante y la derrota con el (financiado) Milei en 2023. En todos los casos ella elegía a alguien “por derecha” -según sus términos-, preservando su base y exhibiendo en su elección una jugada “estratégica y generosa”, un “giro” para consumo inocente en un esquema ponzi electoral que nacía frágil. ¡Movió la dama! Entonces Axel la contradice en eso: lo que ella menos estaba dispuesta a aceptar era que alguien se autoproclamara, y encima en nombre de sus mismas ideas -aunque intentando zafar del juego de pinzas entre una candidatura pasada de madura (Larreta) y una lentitud que no le permita al menos intentar referenciar por afuera (cosa que discursivamente aún ni intentó)-. Entonces, resulta que el problema con Cristina antes de una elección no es pensar distinto, es pensar igual; aunque luego el problema con Cristina después de una elección que se gane sea pensar distinto. O sea, la parábola de Alberto: “te necesito para ganar porque pensás distinto”, para después decir: “no puedo creer que gobiernes sin pensar como yo”. Pero Axel no tiene ideas distintas a las de Cristina (sólo tiene una ambición más irreductible, una voluntad de sí menos consumista de poder.) Pero se ofrece como alguien capaz de repetir incansablemente las mismas ideas, el playback gastado de un discurso cristinista, aunque omitiendo lo que sería su verdadero activo, la decencia. Una decencia comprobada que no puede nombrar porque eso sería cruzar la línea roja definitiva. Pero en ese acorralamiento cristinista -porque el gobernador se supone que no denuncia lo suficiente la “proscripción”- se fuerza su única solución posible (y de la que escapó Alberto) para producir poder: que sólo le queda fundarlo contra ella. Es eso u obedecer. Cada apretada cristinista lo enfrenta sólo contra ellos mismos. Así, para colmo, esta interna repite el juego del fuego amigo frentetodista, eso de oponerse a un gobierno sin renunciar a él. Oposición con goce de sueldo. Y todo con la profundidad de un charco. Porque esta interna no está, ni por lejos, a la altura de las viejas internas peronistas. Quizás la última interna profunda fue la de Menem y Duhalde: ex amigos y enemigos íntimos que finalmente se enfrentaron por dos modelos distintos. Pero esta simbiosis conceptual con el ancla en un progresismo saturado, esta ocupación de la misma base como referente electoral (es natural que nadie que vota a uno no votaría al otro) es la forma paradójica de su sublevación. La traición de Axel es ser cristinista, quedarse en ese mundo de ideas. Y, mascullará el gobernador, también, que tampoco se avizoran los hits de los peronistas que votaron la ley bases, por ejemplo (el peronismo de lobby de hotel, como decía Mariano Pinedo), ni ninguna otra opción con votos. Así, toda la interna funciona mordiéndose la cola: imaginemos que un día hipotético Kicillof fuera capaz de decir que si llega a la presidencia indulta a Cristina; bueno, ese mismo día probablemente ella terminará de decir fuerte que no aceptará ningún indulto porque supone admitir delitos. Es como un juego de las siete diferencias casi imposible, pero a todo o nada. Alguna vez Massa tuvo en la misma semana una cena con cada bando (con Axel, con Máximo) y confesó que entendía todo menos exactamente cuáles eran las diferencias ideológicas. Se odian, están obsesionados, pero no entiendo “la explicación”. Ni cuando fue al programa de Carlos Pagni Axel pudo decir algo distinto, y todos vimos que el conductor sufría por dentro esa monotonía. Entonces lo que irrumpe con Axel por ahora no es un liderazgo alternativo, distinto en algo, sino simplemente sustitutivo, calcado en sus bordes ideológicos, filial y asfixiante para ella porque la inhibe del gesto decisorio que “amplía”, y eso saca de las casillas también a su tropa. Es una lucha cruda sin siquiera el vestido ideológico de las internas con Alberto. La de Axel es la traición paradójica de quien dice “yo pienso igual que vos”. Axel vio las “purgas” mediáticas, el trolleo a las disidencias, puso cara de póker mientras limpiaban a otros, y ahora, de golpe, le tocó a él ser el purgado, tocó su “Juicio de Moscú”. “¿Cómo, si yo tengo las mismas ideas?”, se preguntará. Es que su fidelidad ideológica achica el gesto de “generosidad” del que Cristina se siente soberana, el que arma su juego de apertura electoral y el que tratará de evitar que él intente armar por mano propia.

Por eso ahora, mientras venden cara la piel de Milei antes de ganarle, entre alquimias y operaciones solidarias de Massa, surgirán múltiples ofertas capaces de generar sensación de río revuelto con potenciales outsiders de diseño (evangélicos o mediáticos) y exgobernadores que despiertan de sus siestas y se imaginen candidatos a “vice” del que sea, y todo lo necesario que restituya en ese “caos” algo de la capacidad decisoria de Cristina. La que -y ese es el deseo obvio de Massa- vuelque finalmente el dedo sobre él. Lo contrario sería más sano: que el fin de las PASO pueda tener una despedida triunfal (la de un peronismo que por fin tiene su interna). Axel entonces es el “perseguido por pensar igual”, y el duelo melancólico de que la prisión de Cristina no desató ningún quilombo se sublima en más violencia contra él: “seguro vos no condenaste su proscripción lo suficiente”, encontrando el culpable de lo que es en realidad una indiferencia social más profunda en una sociedad llena de fracturas (y en la que se habla poco y nada de política o elecciones). Una Argentina inmensa y a la intemperie con una política cerrada sobre sí misma.

Intentaré ser breve