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14 de septiembre 2022

Martín Prieto

Escritor, profesor de Literatura argentina en la Universidad Nacional de Rosario.

LA VIDA QUE VIVISTE

Tiempo de lectura: 8 minutos

Qué difícil regalarle un libro a quien tiene libros. No tiene que tenerlo, pero no porque no quiso, sino porque no lo consiguió (raro, en un tenedor de libros) o porque no se dio cuenta de que lo quería tener. ¿Y cómo saberlo? Los catálogos de las bibliotecas de los amigos no están online y consultar a algún conviviente resulta embarazoso. Así que, en primer lugar, valoré muy especialmente la estrategia del regalador. Me escribió para preguntarme si tenía determinado título, de determinado autor. La comunicación parecía urgente. Como si me lo fuera a pedir prestado. Como si lo necesitara él. Le dije (volvía de la Facultad, de noche, por la ingrata calle Córdoba, muerto de frío) que el libro era buenísimo, que me parecía excelente que lo quisiera leer, que no se conseguía en papel, pero que me habían pasado un PDF, que se lo mandaría apenas llegara a casa. De repente, me ponía contento, era yo quien estaba por darle algo a él. Quien cubría su necesidad. Me contestó de inmediato, para cerrar el tema y tirarlo al olvido: ya había localizado el PDF.

Dos o tres días después nos encontramos, antes de entrar a dar clase, en el Laurak Bat. Un amigo que nos vio desde la ventanilla de un ómnibus nos dijo más tarde que parecíamos, en ese bar vacío y extremadamente iluminado, el resto arqueológico de las multitudinarias reuniones de cátedras (Argentina II una en una mesa, Argentina I en otra, las chicas de Crítica en otra más, los pibes de la futura asociación de graduados en otra más allá) sucedidas en un tiempo fabuloso que la economía de pensamiento redujo a “antes de la pandemia”, aunque cabría precisar que se trató de una declinación progresiva de la sociabilidad universitaria a la que la enfermedad pública terminó de liquidar. En esa entonces íntima escena (no había nadie más que nosotros dos y, allá lejos, la moza esperando que nos fuéramos de una buena vez para cerrar) y visible a la vez (se podía observar desde las ventanillas de los colectivos) mi compañero extrajo de su portafolios un imprevisto sobre y me dijo: “esto es para vos”. Dentro del sobre estaba el volumen 35 de las Obras completas de J.M. Vargas Vila, la “edición definitiva” de su extraordinario Rubén Darío.

Y si vive, no es que viva en sus poemas (¿por qué los poetas tendrían ese privilegio por sobre todos los demás?) ni en otra vida, ya que no la hay. De Andrade vive, nos dice Bandeira, en la vida que vivió

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Una tarde, de esas lindas tardes sin principio ni final de la juventud, me llenaba las manos y la ropa de polvo en la librería Longo y una de las dos hermanas dueñas de casa vino a darme conversación y viendo que estaba manipulando algunos de esos títulos restallantes de Juan José de Soiza Reilly –La muerte blanca. Amor y cocaína, No leas este libro (el amor, las mujeres y otros venenos), El alma de los perros– cuyas terceras, cuartas, sextas ediciones medio rotas o descabaladas aparecían desperdigadas en los anaqueles de calle Sarmiento me dijo, amante, como todos, de sus propios buenos tiempos: “ese era un bestseller, un verdadero bestseller de miles y miles de ejemplares, no como los de ahora”. El otro grande, el otro gran vendedor, apuntó la locuaz señorita Longo, era Vargas Vila, a quien yo veneraría muchos años después no por su pasado popular, por sus más de veinte novelas, a las que habría que sumarle una treintena de libros de Filosofía, Historia, Política (y un aun inconseguible y atractivo desde la lejanía libro de conferencias titulado Polen lírico), sino por su hermosa y valiente y rendida biografía sobre Darío. Escrita y compuesta como ya casi nadie sabe escribir y componer. “Su Musa -dice de la de Darío- preciosista y meticulosa, es como una monja lírica llena del deseo de pecar, y enamorada de la suave tristeza de haber pecado”.

Rubén Darío en la redacción del diario La Nación en Buenos Aires.

En 1893 Darío fue designado cónsul de Colombia en Buenos Aires por el presidente Rafael Núñez, que murió el año siguiente y a quien Darío dedicó la segunda parte de su grandísimo poema “Los cisnes”, algunos de cuyos versos deberían formar parte de todos los programas de estudios de todas las carreras de Ciencias Políticas de España y de América Latina:

Brumas septentrionales nos llenan de tristezas,/ se mueren nuestras rosas, se agotan nuestras palmas,/ casi no hay ilusiones para nuestras cabezas,/ y somos los mendigos de nuestras pobres almas.// Nos predican la guerra con águilas feroces,/ gerifaltes de antaño revienen a los puños,/ mas no brillan las glorias de las antiguas hoces,/ ni hay Rodrigos ni Jaimes, ni hay Alfonsos ni Nuños.// Faltos del alimento que dan las grandes cosas,/ ¿qué haremos los poetas sino buscar tus lagos?/ A falta de laureles son muy dulces las rosas,/ y a falta de victorias busquemos los halagos.// La América española como la España entera/ fija está en el Oriente de su fatal destino:/ yo interrogo a la esfinge que el porvenir espera/ con la interrogación de tu cuello divino.// ¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?/ ¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?/ ¿Ya no nobles hidalgos ni bravos caballeros?/ ¿Callaremos ahora para llorar después?

Darío, como Roberto Arlt unos años después, sentado en la redacción del diario al lado del teletipo, esperando algún cable que le diera noticias para escribir (y cobrar), firmó inmediatamente en La Nación el artículo “Un suicidio romántico: José M. Vargas Vila † En Siracusa, Grecia”

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Menos atento a la grandeza del poema que al dedicatario de su segunda parte o, tal vez, muy atento a esa grandeza y desconsolado por ese envío dirigido al presidente conservador y “tirano”que lo había perseguido hasta obligarlo a exiliarse de su país, Vargas Vila apostrofó a Darío como “el poeta cortesano” y lamentó que “para expresar su gratitud, de rodillas”, deshojara “las más bellas flores de sus rosales líricos a los pies del Herodes Taciturno, que entre los arrecifes de la costa, cerca al divino mar azul, deshonraba tanta belleza con el bochornoso espectáculo de su Despotismo y de su bigamia”. Poco tiempo después, ambos coincidieron en Nueva York. José Martí, atento al desencuentro y dispuesto a remediarlo, le envió a Vargas Vila una tarjeta que decía: “Comemos hoy con nuestro Darío y esperamos contar con nuestro Vargas Vila”. Vargas Vila rechazó la invitación. Darío se fue a los pocos días: “sin habernos estrechado la mano; sin haber sido amigos”. Dos años más tarde y, como en el alocado argumento de algunas de sus “novelitas sentimentales, decadentes o desaforadas” (quien adjetiva es César Aira, en este caso, qué raro, despectivamente) el barco en el que viajaba Vargas Vila a Grecia se accidentó en las costas de Sicilia y un equivocado telegrama informó que había muerto. Se especuló, aun, con que se había suicidado acompañado, en el fatídico acto final, por una actriz. Darío, como Roberto Arlt unos años después, sentado en la redacción del diario al lado del teletipo, esperando algún cable que le diera noticias para escribir (y cobrar), firmó inmediatamente en La Nación el artículo “Un suicidio romántico: José M. Vargas Vila † En Siracusa, Grecia”:

“¡Amable enemigo mío! Como en la tumba de la Aphrodita griega de Pierre Louys pondría en la tuya un conmemorativo y sonoro epigrama, en un griego de Nacianzo, y dejaría para ti, y para tu bella desconocida -¡así tendría a Venus propicia!- ¡rosas, rosas, muchas rosas!”.

Manuel Bandeira.

Vargas Vila depuso las armas. Adoró al hasta entonces poeta cortesano. Fue su amigo, su confidente y su biógrafo. Esto último es una manera de decir. Pues Rubén Darío no es, estrictamente, una biografía, sino una serie cronológica de testimonios de Vargas Vila de sus sucesivos encuentros con Darío, casi todos en París y comenzados igual: Era 1894. Era 1896. Era 1900. Era 1902. Y luego, los singulares párrafos de Vargas Vila. Cada frase o párrafo cierra con un punto y coma y abre el próximo en línea siguiente con sangría y con minúscula, lo que le da al conjunto una idea de pausa discreta y continuidad, una música no altisonante, como la que marcarían mayúsculas al comienzo y punto y aparte al final de cada párrafo, muy acorde con el objeto del conjunto. Y en cuanto a él, a Darío, acá está:

            el don de la palabra le había sido concedido con parsimonia por el Destino; el de la Elocuencia le había sido negado,

            la belleza de aquel espíritu era toda interior y profunda, hecha de abismos y de serenidades, pero áfona, rebelde a revelarse por algo que no fuera el ritmo musical y el golpe de ala sonoro;

            y luego, con ese aire dementizado que solía tomar cuando la inspiración lo poseía, empezó a escribir, mirando alternativamente las ruinas del Palacio, los animales monstruosos que la sombra creciente hacía tentaculares y el cielo sereno, como un espejo azul, adornado con anémonas de oro…

            su mano, tan bella que él creía de marqués, en sus esnobismos de plebeyo, y que era más bien la de un obispo cortesano, escritor de panegíricos en la corte del Rey Sol, se deslizaba sobre el papel, con sobresaltos de gacela, ora rápida y nerviosa, ora lenta y con gestos musicales, como si escribiese sobre un pentagrama las notas de una Sinfonía ideal, y se alzaba a veces, quedando en suspenso, como una paloma sobre el Tabernáculo, inmóvil, en un éxtasis de creación;

Rubén Darío murió en 1916. Al año siguiente, en Madrid, se publicó la primera edición del libro de Vargas Vila, que tuvo una segunda “definitiva, debidamente revisada y corregida por el autor” en 1935. En esta última, en su prefacio, Vargas Vila se lamenta del olvido en el que había caído el poeta: “el injusto silencio que empieza a extender sus alas letárgicas sobre la tumba de Rubén Darío”. Y, también, “¿por qué las rosas de la Indiferencia crecen así, tan prematuramente, sobre el Sepulcro de aquel que cultivó otras más bellas y más fragantes, que tenían la Belleza y la Fragancia de las cosas eternas: las rosas de sus versos, sembradas en el Jardín de la Inmortalidad?”. Luego, más terrenalmente, anota: “es cruel a este respecto el destino de los poetas; todo calla en torno a ellos cuando calla la lira que pulsaban”.

Los catálogos de las bibliotecas de los amigos no están online y consultar a algún conviviente resulta embarazoso. Así que, en primer lugar, valoré muy especialmente la estrategia del regalador. Me escribió para preguntarme si tenía determinado título, de determinado autor

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En eso pensaba, mientras viajaba a Santa Fe, con el librito de Vargas Vila como talismán, lamentándome de la suerte de los poetas, por si acaso esa fuera a ser la nuestra. Unas horas después, escuché a Marilyn Contardi despedir a su amiga, Estela Figueroa. Pensé que tal vez iría a leer alguno de los lindos poemas de Estela y se abrazaría al consuelo de que los escritores, las escritoras, siguen vivos en su obra, perviven en sus libros, o algo así. Pero la sabia Marilyn, prefirió, en cambio, una vía indirecta, y nos leyó un poema majestuoso de Manuel Bandeira, dedicado a su amigo Mario de Andrade, en versión de Rodolfo Alonso. Da lo mismo, parece decir Bandeira, que de Andrade fuera poeta si es que, al fin, murió igual. Y si vive, no es que viva en sus poemas (¿por qué los poetas tendrían ese privilegio por sobre todos los demás?) ni en otra vida, ya que no la hay. De Andrade vive, nos dice Bandeira, en la vida que vivió. Y cabe agradecerle a Vargas Vila el tenue testimonio que nos deja de la que vivió el divino Rubén para que lo adoremos, quienes lo adoramos, tanto como adoramos a sus poemas.

Anunciaron que moriste./ Mis ojos, mis oídos lo atestiguan:/ El alma profunda, no./ Por eso no siento ahora tu ausencia.// Sé bien que ella vendrá./ (Por la fuerza persuasiva del tiempo)./ Vendrá un día de súbito,/ Sin que la adviertan los demás./ Así, por ejemplo:/ Se conversará en la mesa de una cosa y otra,/ Una palabra lanzada al azar/ Golpeará en el fleco de los lutos de sangre,/ Alguien preguntará en qué estoy pensando,/ Sonreiré sin decir que en ti,/ Profundamente.// Pero no siento ahora tu ausencia./ (Siempre es así cuando el ausente/ Partió sin despedirse:/ Tú no te despediste.)// Tú no has muerto: te fuiste/ Diré: Hace tiempo que no escribe./ Iré a Sâo Paulo: no vendrás a mi hotel./ Imaginaré: Está en la quintita de SâoRoque./ Sabré que no, te fuiste. ¿A otra vida?/ La vida es una sola. La tuya continúa/ En la vida que viviste./ Por eso no siento ahora tu ausencia.

Bibliografía.

J.M. Vargas Vila. Rubén Darío. Ramón Sopena, Barcelona, 1935.

Rubén Darío. Poesía. Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1977.

César Aira. Diccionario de autores latinoamericanos. Emecé/ Ada Korn, Buenos Aires, 2001.

Manuel Bandeira. Estrella de la vida entera. Antología poética. Selección, traducción y prólogo de Rodolfo Alonso. Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2003.

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