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23 de junio 2024

Federico Zapata

LA UNIÓN DE FUERZAS SOCIALES

Tiempo de lectura: 14 minutos

Estado de la Federación

¿Cómo hacer una nueva oposición en esta nueva era? ¿Hay algo no representado en estos 40 años de democracia? ¿Qué universo podría agregar y qué impacto podría tener sobre esta fraternidad en crisis que es la Argentina? ¿Qué podría implicar para el sentido y la funcionalidad de un Estado Nacional roto? Este análisis no está escrito para conservadores: los fundamentalistas de los pisos y techos, los lugares seguros y sus exégetas del imposibilismo ya existen y nos trajeron hasta acá. Es posible y necesario intentar otra cosa. En esa línea de fuga, asumamos la premisa deleuziana: “escribir es hacer un mundo que falta”. ¿Qué falta?

Durante los últimos 30 años la Región Central se transformó, un poco a espaldas de la contradicción pendular de los sucesivos gobiernos y la economía nacional (del menemismo al cristinismo), en un modelo autónomo de desarrollo productivo del sector privado en la Argentina. En el contexto de un mar tortuoso de inestabilidad económica, de proyectos nacionales “ortodoxos” y “heterodoxos” que se neutralizan mutuamente (en vez de confluir en una especie de “Plan Real” argentino que saldara –como saldó en Brasil- la discusión sobre el orden macroeconómico de producción y desarrollo) la Región Central fue la tierra firme del upgrade capitalista posible del país. En cada etapa, avanzó en la modernización expansiva del mercado (inversión, reconversión, agregado de valor, innovación, exportación, productividad) desde los 90 hasta acá.

Este desencuentro entre una región y un país supuso en las profundidades, que, mientras en la Región Central se consolidaba una estructura dinámica capaz de competir en el mundo y empujar la reconversión del territorio en sintonía con la nueva gramática económica internacional, a nivel político nacional, subsistía una infraestructura que buscó una y otra vez reprimir ese dinamismo en post de sostener un viejo, anacrónico y retrógrada patrón de desarrollo. Como reza la introducción del dossier, Pampa Húmeda, Política seca. ¿Objetivo deliberado de la Nación AMBA? ¿Incapacidad endógena de la Región para la agremiación política? En cualquier caso, lo cierto es que la Región Centro no pudo transformar ese poder económico dinámico en poder político efectivo.

Como en 2001-2003, hoy Argentina está viviendo una crisis combinada singular: Milei no resolvió el “Que se vayan todos en cuotas” de la última década (es un hecho social más crónico y de largo plazo que el fogonazo del 2001), sino que se subió a esa furia social para explotarla en favor de su inédita hegemonía de poder. Es decir, el estado de crisis sigue abierto mientras Milei no construya un partido de gobierno que suture la conflictividad institucional que emana de su propio estilo presidencial. A ese “Que se vayan todos” latente, se agrega una crisis estructural del peronismo, de la estrategia de desarrollo fordista, de los modelos corporativos, y de la gestión estatal del conurbano bonaerense.

Por lo tanto, es la crisis actual y su páramo institucional la que habilita la oportunidad política de instaurar un nuevo poder junto con una nueva institucionalidad y un nuevo modelo económico que corte el monopolio político del AMBA de los últimos 20 años. Un nuevo bloque histórico. Milei no va a llenar estos tres casilleros. Su política, según lo que hemos visto en estos seis meses, transcurre precisamente operando en ese vacío. El Topo que destruye al Estado (nacional) desde adentro. Por eso, su experimento se ha tornado terreno fértil para el entrismo y la colonización de elementos del viejo orden, que trabajan para fundar una nueva gobernabilidad en crisis: “antes cazábamos en el zoológico, ahora cazamos en la selva”. De Lijo al Régimen de Tierra del Fuego. Pues bien, la política de la Región Central encuentra un espacio inédito para proyectar un nuevo aspiracional y un nuevo partido del orden y el desarrollo. Este ensayo intenta aportar algunas líneas para una discusión constructiva en torno a ese desafío: una tecnicatura, una intensidad sociológica, una economía política y un clivaje.

"El estado de crisis sigue abierto mientras Milei no construya un partido de gobierno que suture la conflictividad institucional que emana de su propio estilo presidencial. A ese “Que se vayan todos” latente, se agrega una crisis estructural del peronismo, de la estrategia de desarrollo fordista, de los modelos corporativos, y de la gestión estatal del conurbano bonaerense."

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Una tecnicatura: ir hacia la sociedad

A mediados de 2022, en medio de la crisis del Frente de Todos y de su núcleo estratégico (el kirchnerismo), me propuse -estimulado por sanos compatriotas- la tarea de escribir un libro sobre el peronismo salmón. Aquel que había nadado contra la corriente dominante de la política nacional post-2001, que tanto había molestado a los “policías” del peronómetro enamorados de su rol de disciplinadores identitarios. Si bien la empresa tenía varios objetivos, uno me interesaba particularmente desde el punto de vista político: con independencia de que Córdoba pudiera o no protagonizar el nuevo tiempo nacional que entendía se abría con la caída de la iglesia kirchnerista, estaba convencido de que en la historia de esa iglesia protestante anidaba un elemento de profunda significancia práctica para una política en la era de la crisis de la política: una tecnicatura. Un know how.

En otros términos, la hipótesis principal que estructuraba el libro podía ser también la piedra fundacional de una nueva empresa política con vocación de poder nacional: la elite política que tomó las riendas de la conducción del peronismo cordobés al regreso de la democracia y que llegó al poder en 1998, tuvo que afrontar, de una manera creativa y original, el desafío de seducir y gobernar una sociedad no peronista. A diferencia de la receta kirchnerista (traer la sociedad hacia el peronismo o peronizar a la sociedad), el peronismo cordobés optó por una hipótesis de trabajo radicalmente diferente: ir hacia la sociedad. El peronismo local se hizo cordobés antes de intentar que la sociedad se hiciera peronista. Dicho de otra forma: el nuevo peronismo cordobés de aquella primavera democrática (el peronismo renovador), en el llano, interpretó, a diferencia de la ortodoxia que conducía el partido, que la democracia había inaugurado una nueva era (nuevas reglas, nuevos actores, nuevos imaginarios, nuevos desafíos), y que, por lo tanto, para poder protagonizarla (y liderarla), debían pensar afuera de la caja. La hipótesis que ensayaron (la tecnicatura) fue diseñar una morfología societalista: la Unión de Fuerzas Sociales. Así, el peronismo renovador se construiría desde el llano, transformando su debilidad, su carácter periférico, en una fortaleza. En medio de la hegemonía burocrática-radical, se dejó llenar de los outsiders de aquella época, construyó coaliciones con nuevas fuerzas productivas dinámicas de la provincia, incorporó a profesionales prestigiosos a lo largo y ancho de todo el territorio, montó un dispositivo plural y colectivo de conducción, archivó los viejos estandartes y se postuló como un partido de las cosas y no de los símbolos.

Volvamos al presente: ¿por qué una nueva oposición en la actualidad requeriría una morfología societalista? La renovación social de la nueva coalición política aparece como necesaria si entendemos que la figura de Milei recalibró, también, los mecanismos partidarios de acumulación política en un nuevo “equilibrio extremo”: LLA representa un “exceso de llano” frente a la práctica política y la política tradicional representa un “exceso de Estado” frente a la práctica social. Como siempre, en la Argentina el promedio llega por los extremos. Al exceso de casta se le responde con un exceso de llano. Vale decir: hay una mayoría silenciosa “oficialista” a nivel federal que es necesario disputar y que piensa que el problema del poder político es que se auto-hereda intra-estatalmente, alejado de las experiencias y los problemas cotidianos de la sociedad. Para esta perspectiva silvestre, la política ha mutado de clase a casta parasitaria, y en ese tránsito, ha perdido el aura de legitimidad que fundamentaba su relación y funcionalidad vertical con la multitud. Según este punto de vista, la política no tiene ninguna clase de llano, entonces el exceso de llano de LLA es un rasgo positivo porque, aunque sea deficiente en la gestión, es fértil en la conexión con el malestar social. Este sentimiento “ordena” la apreciación que la clase media y los trabajadores informales hacen hoy de la política. En principio, una fuerza política que apela al llano es “más democrática” que una fuerza política que apela, quizás racionalmente, a su virtuosismo burocrático de gestión. Por lo tanto, ¿quiénes pueden ser el llano de una nueva fuerza mestizada con la política federal? La revolución copernicana del mileismo reformula la vieja máxima mazzonista: hoy lo peor no es el llano. Es casi la condición de posibilidad de cualquier nuevo poder.

"LLA representa un “exceso de llano” frente a la práctica política y la política tradicional representa un “exceso de Estado” frente a la práctica social. Como siempre, en la Argentina el promedio llega por los extremos. Al exceso de casta se le responde con un exceso de llano."

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Una sociología intensa: del sujeto económico al sujeto político

¿Quiénes son los “hijos famosos” del modelo económico de la Región Central? En los últimos años, la política de la región no se preocupó por hacer visible en el terreno nacional (y en el AMBA) el componente civil de su alianza social. Si el fenómeno político de Milei aparece inorgánico, pero nítidamente ligado al delivery, al youtuber, al broker financiero, al administrador de un casino virtual, al bitcoiner o a los pichones barriales de Elon Musk, ¿cuál es el estereotipo laboral famoso y pujante que parió y expandió la economía de la Región Central como propaganda cultural de su éxito? La clase media que nació de ese proceso tiene que individualizar su nombre para darle dimensión social y credibilidad política a la frialdad tecnológica y colectiva de la agroindustria, los biocombustibles o la economía del conocimiento, y transformar ese modelo económico en una coalición política dinámica, con capacidad de representar fuera de la región.

El conflicto del 2008 entre el campo y el kirchnerismo logró plasmar una incipiente subjetivación social a través de la entronización popular del chacarero, que además de encarnar la legitimación del reclamo social, operó como el factor revelador de una nueva burguesía trabajadora, esforzada y dedicada al progreso que terminaría de eclipsar, en el campo político, el imaginario ficcional de la vieja oligarquía.Sin embargo, fuera de aquel conflicto, la dirigencia política y económica de la Región no logró masificar otros ciudadanos ilustres paridos por su economía y por las sucesivas modernizaciones económicas y educativas que llevaron adelante sus instituciones. Además del chacarero, la política de la Región Central debería promocionar cuáles son sus actuales estereotipos laborales para el progreso, que hagan verosímil esa economía a nivel nacional como alternativa política al capitalismo informal, simple y autogestionado del modelo Milei.

La irrupción solitaria pero potente de Juan Schiaretti en los debates presidenciales condensa algunas lecciones y deja un piso para desarrollar hipótesis de trabajo. El gringo, con su tonada barrial intacta y la disciplina del viejo hogar obrero, sintonizó muy bien con el nuevo electorado independiente, a pesar de la debilidad de su construcción política y comunicacional. Sin exagerar, podría decirse que Schiaretti sólo, en los minutos de un debate donde todo parecía cocinado, logró instalar una voz federal que contrastaba con la dinámica tanática del evento, empecinado en hablar de “hechos de gestión” (y por lo tanto de su provincia, donde se radicaban esos hechos). Schiaretti fue meme y se viralizó. Si Rodrigo nacionalizó el cuarteto, Schiaretti nacionalizó el modelo de Córdoba y dejó sentada las bases para la construcción de una nueva mayoría social federal: ¿quién quiere un presidente que no sea del AMBA?

"Schiaretti, Llaryora, Pullaro y Frigerio pueden aportar la profundidad, pero deberán construir el llano que le aporte pasión a la nueva oposición: el bloque agrario, sus embajadores del humor, sus canales y sonidos culturales (la nueva cadena 3 pero 4.0), su scaloneta de deportistas, los nuevos jóvenes turcos, su Raquel Chan, los empresarios de la nueva economía y también los trabajadores del conocimiento."

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Ahora bien, su soledad (duplicó los votos entre agosto y octubre a partir de sus intervenciones en los debates), también narra los defectos de la estrategia política y comunicacional que lo llevó a la elección: una y otra vez, la reiteración de la foto de Schiaretti con viejas representaciones políticas en el contexto de la implosión de la corporación política. Si eso tenía algún sentido en 2015 o 2019 (previa experiencia del Frente de Todos), no tenía ningún sentido en 2023 y no lo tendrá en 2025 ni 2027. La nueva oposición, puede tener a un Schiaretti (no más), pero con la finalidad explicita de ser el último de su especie, el que viene a traer una nueva generación social, económico, cultural a la política. Una especie de Cafiero en 1983: el hombre maduro que abre la tranquera de la renovación, que generosamente forma a una nueva línea de cuadros.

Esto quiere decir, que la construcción de una coalición política nacional, con epicentro en la Región Central, debe implicar una incorporación primordial de nuevos estereotipos sociales, que expresen la novedad cultural, económica y social que esta coalición podría darle al país. Es decir, debería implicar en forma transparente y de cara a la sociedad, un proceso genuino de renovación dirigencial en sintonía con las emociones anticasta de la sociedad. Se trataría de actualizar el modelo de acumulación política desarrollado por De la Sota en los ’80 y 90´. Una nueva Unión de Fuerzas Sociales que sea menos corporativa y más individual (más outsider) que la de 1991.

En concreto, Llaryora, Pullaro o Frigerio son productos estatales que deben construir un nuevo equilibrio entre su condición profesional de burócratas políticos y su condición electoral de líderes sociales: transformar sus fuerzas políticas (y su vieja filiación al PJ, la UCR y el PRO respectivamente) en fuerzas sociales novedosas, con outsiders institucionales de su propia economía local, con los que compartan listas, el poder y una visión del llano. Schiaretti, Llaryora, Pullaro y Frigerio pueden aportar la profundidad, pero deberán construir el llano que le aporte pasión a la nueva oposición: el bloque agrario, sus embajadores del humor, sus canales y sonidos culturales (la nueva cadena 3 pero 4.0), su scaloneta de deportistas, los nuevos jóvenes turcos, su Raquel Chan, los empresarios de la nueva economía y también los trabajadores del conocimiento. El desafío de esta época es poder mostrar como locura el camino de una racionalidad. Pues bien, sin llano, no hay contrahegemonía o poder nacional posible.

Una nueva economía política: las capacidades glocales

¿Cuál es el rasgo determinante del modelo de acumulación de una nueva oposición antagónica al viejo fordismo y al novel extractivismo de las fuerzas del cielo? Las capacidades glocales. Es decir, si hay una lección que nos deja la Región Central para repensar el país, es que el motor del crecimiento y el desarrollo pueden ser las capacidades nacionales-globales. Como bien afirma Roberto Bisang, nadie vio ni verá en esa geografía en expansión un bosque de soja o una manada de novillos. La Región Central, lo que tiene, son capacidades técnicas de producción. Se trata de rutinas empresariales de nivel medio y organizadas en sistemas cooperativos. Terceras y cuartas generaciones de inmigrantes, profesionalizados, en universidades públicas o privadas, extremadamente pragmáticos y propensos a incorporar tecnología e internacionalizarse.

Si las fuerzas del cielo avanzan en la senda del equilibrio fiscal por la vía extractivista y sin reconvertir la matriz productiva (economía de enclave), las fuerzas de la federación deberían contraponer un modelo comprobado donde el equilibro fiscal no es consecuencia de una estructura productiva desintegrada y gobernada por grandes conglomerados extranjeros, sino fruto del desarrollo de un empresariado nacional dinámico e internacionalizado. Si la región centro era un territorio fijo, la región central es un territorio en expansión: todo el territorio en el que es posible industrializar biomasa a partir de la creación de capacidades glocales. Hasta el límite hegemónico de la nacionalización de un nuevo paradigma productivo más allá de la región centro propiamente dicha.

Ahora bien, puesto que la biomasa viaja mal, el paradigma implica repensar el país desde las regiones. Si el viejo paradigma fordista se organiza en forma top-down, desde el Estado Nacional, el Puerto y la conformación de conurbanos fabriles (hoy postfabriles), el nuevo paradigma biodesarrollista debería pensarse al revés: down-top. Eso implicaría potenciar el federalismo de cooperación, generar soporte de infraestructura para que las regiones puedan integrarse en forma directa al mundo y potenciar la conformación de ciudades intermedias. Por lo tanto, allí donde las fuerzas del cielo dejan librado al mercado la arquitectura de un país, las fuerzas federales deberían propiciar e instalar en la agenda pública reformista en torno a la infraestructura federal crítica y del futuro: la Hidrovía y su calado, una red inteligente de autopistas, el riego, el 5G, open access para el ferrocarril (para una economía con epicentro en el mundo asiático).

"Allí donde las fuerzas del cielo dejan librado al mercado la arquitectura de un país, las fuerzas federales deberían propiciar e instalar en la agenda pública reformista en torno a la infraestructura federal crítica y del futuro: la Hidrovía y su calado, una red inteligente de autopistas, el riego, el 5G, open access para el ferrocarril (para una economía con epicentro en el mundo asiático)."

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Finalmente, la economía política de la nueva oposición debería incluir en forma estratégica una solución federal para el conurbano bonaerense. Una esperanza social. Vale decir: un ingreso político hacia el plano nacional de una hipotética coalición política de la Región Central debe tener una economía para el Conurbano de la PBA. No se trata solo de exportar al resto del país los postulados de la economía desarrollada de la región, sino de predicar una esperanza productiva para un conurbano que sufre, a dos tiempos, el resultado ineficaz de las políticas sociales del Estado frente a la pobreza y la crisis de su economía privada. Por ello, no es una coalición contra el pueblo del conurbano, es con ellos. Es una coalición a favor de un salto de desarrollo del conurbano, de la liberación de las fuerzas productivas del señoreaje de la política de la inviabilidad. Integrar al conurbano social es subordinarlo a una región central en expansión y no seguir subordinando la región central al conurbano político.

La Región Central es la única región política y económica del país que, en estas décadas de larga crisis nacional, pudo producir, a través de su fortaleza institucional histórica, un proceso bastante homogéneo de una movilidad social ascendente posible, real y tangible en el país. La riqueza que, en patrones extractivistas, genera progreso para sectores sociales focalizados directamente vinculados al crecimiento de una actividad económica puntual (minería, petróleo, litio), en las provincias del Centro se ha logrado canalizar a través de un conjunto de redes de valor organizadas en torno a la tecnología (la capacidad de hacer de un cuerpo social-empresarial de pequeña, mediana y gran escala). En ese sentido, la Región Central tiene una esperanza más social que individual de progreso para ofrecerle al resto del país, y esa esperanza también es una respuesta política a la crisis. No es un conjunto de recursos naturales exportables, ni una Dubái controlada por sus emires. Es una visión colectiva que opera como un antídoto al efecto político de la enfermedad holandesa. Los sueños del petróleo que construyen tiranos.

"La economía política de la nueva oposición debería incluir en forma estratégica una solución federal para el conurbano bonaerense. Una esperanza social. Vale decir: un ingreso político hacia el plano nacional de una hipotética coalición política de la Región Central debe tener una economía para el Conurbano de la PBA"

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Un clivaje: la batalla por la reforma

El principal consenso social desde abajo que enmarca la discusión en torno a cualquier intento de construcción potente de una nueva oposición se sintetiza en una premisa: existe un colapso operativo de la política tradicional y una crisis terminal de la economía, que inevitablemente se solucionan con un nuevo sistema de representaciones políticas (una política de los sin voz) y un conjunto de reformas estructurales (un capitalismo popular). En este marco general, el viejo clivaje central que organizó la política argentina desde 2008 a la elección de noviembre de 2023 (kirchnerismo versus antikirchnerismo) se ha visto desplazado por un nuevo clivaje ordenador: reforma versus veto. Sin que exista una racionalidad crítica intermedia entre ambos polos que genere una expectativa relevante entre la sociedad ni que tenga peso representativo dentro del sistema político que dejó el resultado del ballotage. La oposición, entonces, debería elegir de qué lado de esta nueva polarización se ubica, para luego definir qué clase de oposición va a desarrollar contra Milei en el corto y mediano plazo. 

La oposición en el campo del veto es no propositiva, se centra en las consecuencias sociales negativas del ajuste y está funcionalmente monopolizada por el kirchnerismo y las instituciones corporativas del peronismo metropolitano realmente existente (CGT no dialoguista, movimientos sociales, intendentes del conurbano), orbitando dentro del subsistema de poder de la Provincia de Buenos Aires, con serias dificultades de expansión federal. Precisamente, por no incluir matices o diálogos con la época, la política del veto lleva al aislamiento del kirchnerismo en la Provincia de Buenos Aires, y potencialmente, como por efecto de la gravedad, podría empujar a una internalización de la crisis política nacional en alguna forma de nuevo internismo antropofágico provincial. Saturno devorando a su hijo. Una política sectaria que auspicia una pelea de tribus digitales en formato de memes con distintos viajes intensos al pasado. Como si la solución a los 70´ fuera volver a los 40´.

Por el contrario, la oposición en el campo de la reforma es naturalmente propositiva, implica una discusión “reforma contra reforma” con Milei, y se conecta mejor con las expectativas positivas que suscita la promesa reformista libertaria en la clase media, los trabajadores informales y el emprendedorismo. Estos tres segmentos sociales, crecieron como nuevo electorado independiente a lo largo de la gran crisis económica de la grieta y la postpandemia, y, conforman un electorado clave a la hora de conformar nuevas mayorías en un sistema político atomizado que ya no se ordena bajo las condiciones extorsivas del conservadurismo de una grieta que el viejo sistema coalicional (FdT-JxC) había construido para satisfacer sus intereses de permanencia en el poder.

En ese sentido, la oposición que opte por el veto podría quedar del lado del viejo régimen pese a sus “verdades”, y la oposición que opte por discutir la índole de la reforma quedaría del lado de la nueva configuración del sistema y los espacios políticos que nacen, para bien, para mal o a pesar mismo del presidente, con la “era Milei”. Pues bien, la Unión de Fuerzas Sociales es o debería ser, más que una oposición del veto (anti-mileista) una oposición reformista (post-mileistas). Un nuevo artiguismo cuyo norte no sea achicar la sociedad para agrandar la política, sino ir hacia la sociedad. Un nuevo artiguismo cuyo norte no sea expandir el Estado, sino expandir la sociedad y la economía. La Unión de Fuerzas Sociales debe ser la coalición de los garibaldinos que, ávidos, en el llano, esperan su tiempo para subir a la colina.