08 de julio de 2026
Un punk recibe una beca para investigar las pintadas de los grupos punks de Ezpeleta.
Una neurodivergente publica un paper sobre la neurodivergencia.
Un padre escribe para justificar el valor ético de tener hijos.
Un artista naufraga entre palabras para justificarse.
Un grupo de ricoteros escribe la historia de los seguidores de Los Redondos.
Un creyente escupe leche del espíritu santo.
Uno que coje sin forro explica el significado político del barebacking.
Un escritor maldito se larga a llorar después de perder un concurso docente.
Una activista toma hongos y escribe un libro sobre el carácter revolucionario del reino fungi.
Con las Ciencias Sociales se come, se cura, se educa.
El fracaso es no servir
Sin marco teórico no se vive. O al menos eso parece. Hoy en día, todos buscamos algún concepto o argumento que valide aquello que somos, hacemos o nos pasa. Es como si permanentemente tuviéramos que rendir cuentas ante un tribunal compuesto por profesores universitarios, activistas políticos y fantasmas personalmente diseñados. La palabra ya no se basta a sí misma. Para justificar su existencia ahora debe apelar a una finalidad superior. Debe servir para, servir a, servir de. Desde los ojos contemporáneos, el fracaso es no servir.
Pero el marco teórico miente. Y su engaño se descubre en la saliva pastosa de la palabra dicha. El lenguaje hablado, al no tener como destino el museo de la inteligencia tuitera, se extravía, se equivoca, se confunde. No hay nada más real que el vagabundeo errático de lo que decimos al hablar. Porque la verdad es esa: nadie tiene tan claro quién es, qué hace o qué le pasa. La devoción por el signo, esa necesidad imperiosa de disfrazarse de palabras, solo puede ser el síntoma de una ausencia. A los murciélagos no les importa Batman.
No hay nada más anti-político que la hiperpolitización de lo que hacemos, no hay nada más anti-intelectual que la hiperteorización de lo que somos
La politización es el malestar
Pretender politizar cada pavada que hacemos se convirtió en un gesto conservador. Quien dice “politizar” casi siempre busca explicar, disimular, emparchar, educar, convencer. Detrás de cada justificación teórica sobre la propia biografía sobrevuela una misma afirmación: “¿Cínico? ¿Frívolo? ¡Para nada! ¿No leíste el texto? Vas a ver que lo que soy/hago/me-pasa está comprometido con la realidad”. La política es una coartada infalible. Funciona como un hechizo o un truco de magia: decimos las palabras indicadas y de inmediato nos sentimos a salvo. La politización es un inodoro en el que se puede cagar sin bajar de peso.
Otra cosa
Cuando se habla demasiado sobre algo lo único que se evidencia es su ausencia. No hay nada más anti-político que la hiperpolitización de lo que hacemos, no hay nada más anti-intelectual que la hiperteorización de lo que somos. La cosa está en donde menos se habla de ella. Por eso los intelectuales más desalmados hablan de afecto, los puristas de cuerpo, los egoístas de comunidad. Se elabora un parche de palabras para esconder lo que no se quiere mirar.
Ni toda práctica reclama un concepto, ni todo concepto puede contar la verdad de una práctica. A veces pasa, a veces no. El problema, insisto, aparece cuando la palabra queda reducida a la justificación ética de la propia biografía. Porque al que teoriza para validar una identidad, una práctica o un padecimiento no le interesa ni la política ni la escritura. Le interesa otra cosa.
”La política es una coartada infalible. Funciona como un hechizo o un truco de magia: decimos las palabras indicadas y de inmediato nos sentimos a salvo
Porque sí
Hugo Savino dijo alguna vez que escribir no es solo contar lo que se siente, sino -sobre todo- transformar lo que se siente. Cuando se apela a la palabra como coartada identitaria se olvida que la escritura abre la oportunidad maravillosa de salir distinto. De poder ser otro (por un rato o para siempre) sin tener que rendirle cuentas a nadie.
Los textos más hermosos que leímos se hicieron con una imaginación y una libertad radicalmente distinta a la de quienes apelan a la teoría para justificar su propia vida. A veces se escribe contra uno, a veces para otro, la mayoría ni se sabe. La lectura y la escritura permiten reconocer que esa persona que uno se empeña en ser casi siempre fracasa. Uno no es el que es, sino alguien desconocido al que es necesario buscar. Y que nunca encontramos.
La devoción por el signo, esa necesidad imperiosa de disfrazarse de palabras, solo puede ser el síntoma de una ausencia. A los murciélagos no les importa Batman
Cuando se abandona la coartada, cuando se olvida la validación ética de la propia biografía, aparece una posibilidad: la de equivocarse, la de confundirse, la de correrse de la escena. La de hacer experiencia. Estamos tan cargados de teoría, con tantas ganas de rendir examen, que olvidamos el placer de una vida sin desdoblamiento.
Lo mejor que somos, hacemos o nos pasa casi nunca es fruto de la voluntad. No es lo que queremos ni lo que nos dan. Es lo que aparece. Y ahí, como en las mejores novelas, nunca importa el argumento. “El que explica es culpable”, decía Leónidas Lamborghini. Creo que ese es el único tribunal ante el cual vale la pena rendir cuentas. El que absuelve a los que no explican. El que se desinteresa por las coartadas. El que solo sigue el ritmo errático de la conversación. El que no quiere matar a la teoría, ni tampoco dejarse matar por ella.



