21 de julio de 2026
Muchos países tienen sus “himnos no oficiales”. Canciones populares que, por contenido y alcance, consiguen el estatuto de himno. Podemos mencionar algunos de manera arbitraria: para el caso de México, “Mexico lindo y querido” de Jorge Negrete; de Estados Unidos, “This land is your land” de Woody Gunthire y de Austria, “El Danubio azul” de Johan Strauss. Pero sin dudas mi himno no oficial favorito es “Brasil pandeiro” de Novos Baianos. Es casi un lugar común envidiarle cosas a Brasil, la mítica alegría cotidiana, la dictadura nacionalista y la eficacia de la diplomacia de Itamarati. Pero más que esas cosas, permítanme envidiarles que tengan un himno no oficial como “Brasil pandeiro”.

Novos Baianos fue una banda integrada, entre otros músicos, por Moraes Moreira, Baby Consuelo, Paulinho Boca do Cantor y Papeu Gomes. Surgió en la ciudad de Salvador de Bahía en la década del 60 y Acobou Chorare, su álbum más famoso (cuyo tema de apertura es “Brasil Pandeiro”) se editó en 1972. Si bien Brasil estuvo gobernado por una dictadura militar entre 1964 y 1985, esto no impidió que durante esos mismos años se produjera una enorme cantidad de canciones de rock psicodélico, tropical e incluso de protesta (de 1973 es, por ejemplo, la canción “Cálice” de Chico Buarque). “Brasil Pandeiro” es una versión de una canción de 1940, compuesta por José Assis Valente y grabada por primera vez por la banda Anjos de Inferno en 1962. Pero la versión de los Novos Baianos de 1972 es la que marcó la popularidad de la canción.
“Brasil Pandeiro” no es un tema de protesta ni psicodélico. Es un himno y, como tal, lo que busca es hacer caber un país en una canción, mostrando elementos particulares que, a modo de sinécdoque (comidas bahianas, templos religiosos, vírgenes), reflejan al ser brasileño. Comienza afirmando la idea de que “llegó la hora de que esa gente bronceada muestre su valor” y pidiendo ayuda a sitios sagrados. Pero inmediatamente aparece el antagonista, cuyo lugar -en un 1972 en el que el imperialismo cultural es tema de discusión en América Latina- se resignifica respecto a 1940: el Tío Sam, símbolo de Estados Unidos de América. Al antagonista, en este himno, no se lo enfrenta, sino que se lo seduce:
O Tio Sam está querendo conhecer
A nossa batucada
Anda dizendo que o molho da baiana
Melhorou seu prato
“Brasil Pandeiro” no es un tema de protesta ni psicodélico. Es un himno y, como tal, lo que busca es hacer caber un país en una canción
Está claro que se trata de un Tío Sam que está dispuesto a ser seducido por los encantos de la música y la comida brasileña. Después de entrarle a tres comidas bahianas con orígenes africanos como el cous-cous, el acarajé y el abará, la Casa Blanca ya está bailando la batucada al ritmo brasileño. La seducción, como se sabe, tiene que ver (en parte) con devenir el otro. La canción pretende que el Tío Sam devenga brasileño, que toque el pandeiro y así poder ver “al mundo sambar”. Seducir para dulcificar el centro del poder occidental de la época.
La tradición brasileña de la seducción no resulta nueva si pensamos en la famosa historia de Pedro I, a comienzos del siglo XIX. Heredero díscolo del trono portugués, llegó a Brasil junto a sus padres (y toda la corte lisboeta) en 1808, como consecuencia de las guerras napoleónicas. Pedro I tenía diez años cuando se radicó en Brasil y veinticuatro años cuando lo reclaman de vuelta en Lisboa para hacerse cargo del trono. En ese momento, ya seducido por su tierra adoptiva, Pedro I dice la famosa frase “Eu fico” (“Yo me quedo”) y se convierte en el primer emperador de Brasil. La independencia se produce sin guerra y se sella en septiembre de 1822, con el grito de Ipiranga. Aún hoy en Brasil se celebra ese día, en el que Pedro I decidió quedarse, como “Día do fico”.
Hay algo sospechosamente dulce en la historia de Brasil. Lo explican muy bien acá Julia Rosemberg y Javier Trímboli cuando piensan el Bicentenario de la Independencia del país vecino. Se basan en un libro muy ambicioso que, con la misma pretensión abarcadora de “Brasil Pandeiro”, busca sintetizar toda la historia de Brasil en un solo libro, una biografía. Se llama Brasil. Una Biografía y es de las historiadoras Lilia Moritz Schwarcz y Heloisa Murgel Starling (2015). Va como por la sexta edición en Brasil y tiene una traducción al castellano. Desde la colonia hasta la reelección de Dilma Rousseff, el libro recorre toda la historia brasileña con una particular atención a fenómenos culturales y de la vida cotidiana. Lo hace con una prosa deliciosa. Parece mentira que una empresa así sea posible, pero funciona. Como en “Brasil Pandeiro” funciona sintetizar Brasil en una canción, en el libro de Schwarcz y Starling funciona contar Brasil como una biografía.
O’Donnell dice, básicamente, que si alguien pronuncia esa frase en Argentina, buscando reafirmar algún tipo de jerarquía social, el interlocutor contesta “¿Y a mí que mierda me importa?”
Inevitablemente, pensar estas cosas de Brasil nos llevan a pensar en Argentina. Pareciéramos no tener un himno no oficial muy claro. ¿”Cambalache”? Demasiado porteño. ¿”Zamba de mi esperanza”? Demasiado poco porteña. Y quizás sería imposible escribir una biografía de Argentina, que serían cinco tomos o tres o cuatro biografías con perspectivas contrapuestas. Esa certeza de las diferencias lleva a un texto genial de un politólogo argentino que vivió mucho tiempo en Brasil: Guillermo O’Donnell. Entre muchos talentos, O’Donnell tenía uno que no abunda en el mundo académico: el de poner buenos títulos. Uno de sus trabajos comparativos sobre Argentina y Brasil se llama “¿Y a mí qué mierda me importa? Notas sobre sociabilidad y política en Argentina y Brasil?” (1984). El autor comienza por admitir la seducción, tan inevitable, que produce Brasil. Pero luego se ocupa de profundizar en las diferencias a partir de un análisis exhaustivo de micro situaciones de la vida cotidiana como la interacción en bares o el tránsito en las calles. El punto de partida es la frase “Você sabe con quem está falando?” del libro de Roberto Da Matta Carnavais, malandros y heróis (1983). O’Donnell dice, básicamente, que si alguien pronuncia esa frase en Argentina, buscando reafirmar algún tipo de jerarquía social, el interlocutor contesta “¿Y a mí que mierda me importa?”. Esto sería un producto no tanto de la ausencia de desigualdades sino, más bien, de una relación diferente ante ellas, que implica la resistencia a asumir la sumisión como algo dado. O’Donnell, aunque seducido por Brasil, aclara que le gusta esto de Argentina, le gusta que la gente no asuma la desigualdad de forma sumisa. Aunque, también, termina admitiendo que “mandar a la mierda a quien invoca la jerarquía social, es ratificarla (aunque sembrando odios), no superarla o disolverla”. Parece decir: está buenísimo que no naturalicemos las desigualdad, pero llegó la hora de que hagamos cosas para combatirla. Lo está diciendo en 1984, pero aplica al presente.
La insumisión ante la desigualdad, el conflicto entre sectores de las elites, la disputa en torno a un proyecto de país (no hay un “Orden y Progreso” que nos abarque a todos) y no tener un claro himno “no oficial” son cosas que nos diferencian de Brasil. Todas tienen algo en común: cierto lugar del conflicto sobre la conciliación. Nuestra historia, épica y trágica, no tiene el dulzor brasileño. La supuesta historia dulce de Brasil nos muestra una película paralela en la que las cosas (parecen) darse de otra manera. No importa tanto si es realmente así o no, pero nos gusta esta imagen. Se acerca el verano y, entre el atraso cambiario y las playas de arena blanca, los pocos que pueden, se ven seducidos por los pandeiros.



