19 de julio de 2026
En política mucho se resuelve cuando encontrás la metáfora, el concepto, el leitmotiv. Ordena lo demás. Porque, trilladísimo citar a Fernando Cardoso pero… gobernar es explicar. Bueno, el Gordo Dan tiene algo para decirnos acerca de lo que todos repetimos a la vez (¿Qué es esto?) ¿Y qué es esto? “La revolución del hombre común.”
Así la llamó y así le dio un sentido al gobierno de Milei. Y la explicación de un gobierno es algo que lo sobrevive, que lo explica aún si les sale mal, porque deja tallado qué quiso ser aún si no pudo ser nada. Los gobiernos son intenciones, mandatos históricos, interpretaciones, borradores y, todos, un gran pagadiós (pasan los gobiernos, quedan los acreedores). Y Milei, con ajuste, cagándole la vida a los pobres jubilados como se las caga, con mesianismo y “¡fenómeno barrial!”, con todo encima, se ajusta a lo que dice el Gordo Dan: “somos la revolución del hombre común”. Aunque de común, común, tenga poco y nada (ya diremos al respecto). Y aunque haya otros comunes, como un trabajador de una automotriz que escribió en una historia de Guasap: “¡La casta al final era mi vieja de 74 pirulos sin remedios hasta nuevo aviso! ¡Viva la libertad!”.
No hay mucha originalidad en el concepto. No es una definición económica de la escuela austríaca, ni de la ciencia política (por suerte). Históricamente alude al qualunquismo italiano, pero la referencia se puede obviar por obvia. Se representa como una revolución de aquellos capaces de recuperar lo que Steve Bannon dice que perdieron las personas de Occidente: la confianza en sí mismos.
La fantasía de un “cordón sanitario” es la fantasy de un cordón por arriba, de casta y secta de buenos modales, con políticos de lobby de hotel y entrega de premios con actores solemnes, que dejan afuera lo que está abajo y viborea
Así, con esa definición, Dan, “nuestro Bannon”, avanza como intérprete intelectual del gobierno en el que promueve, además de todo, el ingreso de los puros a la gestión para romper el deep state. El “Estado profundo”. Pero empecemos por el principio. Por Los Simpson. Y un capítulo: cuando Homero conoce a su hermano perdido. Lo explico:
Su hermano creció huérfano en la pobreza y se hizo millonario fabricando autos. Rico de cosas, pobre de corazón. Un día se encuentra con Homero y el contraste: de un lado el millonario solitario, del otro lado el hombre blanco trabajador. (Pactemos el estereotipo: Homero es el votante modelo de Donald Trump.) Entonces, el hermano millonario se ilusiona con el encuentro de una familia americana, no sólo un hermano. Y esa fascinación inclina la cancha para lo que organiza el capítulo: que Homero diseñe el auto del futuro. El auto del hombre común.
Homero empieza de a poco, prudente y asustado en las reuniones con los ingenieros, que vendrían a ser la casta de la industria, de quienes el hermano piensa que “olvidaron sus raíces”. En esas primeras reuniones sólo escucha, titubea, está inseguro. Hasta que el hermano lo envalentona, le da “confianza en sí mismo”. Te elegí porque eres el hombre común. Así, Homero diseña su auto. El “Homero-móvil”. Auto con aletas, techo burbuja y demás gustos para un jefe de hogar y trabajador cuyo premio tras el yugo diario es el confort en cuatro ruedas. Si toco bocina quiero que suene “La Cucaracha”. Pero el auto es invendible, carísimo, un tonel de aluminio fofo que funde al hermano delante de todos. El abuelo Abraham llega tarde. El hijo perdido está fundido. “Su vida era un éxito desbocado hasta que descubrió que era un Simpson.” Fin.

La política del hombre común libertaria está en esa etapa de diseño. Está Homero a los gritos, callando a los que “saben”, y cómo no disfrutar algo de eso. Encima su fruta noble es la baja de la inflación, “la mejor política social” dijo Francos. Tienen razón. El “Homero-móvil-político” es la gran promesa, el sueño de una vida mejor. Pero, ¿quién se anima a escribir detalladamente ese sueño? Su golosina diaria es esta venganza a cuentagotas -en el ya clásico anti progresismo- contra todo el Estado lleno de “políticas de género”, microorganismos, cupos, fantasías del diseño anterior que gobernó dieciséis años la política y resultó tras dos décadas, no un país inclusivo, sino un “Estado inclusivo”. Un Estado que funcionó, al final, más que como transformador de la sociedad, como una maqueta de la Utopía progresista. Transformar el Estado sin transformar a la sociedad. El organigrama estatal como el mapa de una sociedad ideal. Y así nació la casta. En esa confusión en la que muchos que creían encarnar la distribución de derechos terminaron encarnando sólo su beneficio propio a los ojos de millones. “El narcisismo del espejo en el gimnasio”. Así, el leitmotiv cristinista puede resumirse en esa “alianza” entre progresismo y peronismo con esta síntesis: democratizar es estatizar. Entonces, la vida del Estado se convirtió en una vidriera que la crisis social fue volviendo -frente a los sufridos millones que la miran desde afuera, la ñata contra el vidrio- una imagen cada vez más obscena. No importa lo que haga el Estado, pero igual me molesta: molesta más el teje y maneje de una funcionaria para colar a su empleada doméstica y tercerizar lo que no sale de su bolsillo que un Kun Agüero gambeteando el fisco.
Lleguemos al “pero”. Pero, tarde o temprano, vendrá la pregunta sobre esta nueva solución libertaria para los problemas argentinos: ¿cómo es esa economía para el “hombre común”? Cuando Homero lo presente, ¿será viable? ¿Habrá economía para los deseos materiales del hombre cualquiera? ¿En qué consiste eso? ¿Cuál será ese otro relato económico, la “pareja del Galicia” de este ciclo, la parte virtuosa que no depende de la satisfacción de la batalla cultural? ¿Dólar barato, cuotas sin interés, vida sin impuestos y Estado que brinda seguridad a la vez, servicios con tarifa plena, trabajadores con sindicatos, economía abierta, y cuánta tasa de desempleo, jóvenes profesionales yéndose a la cordillera, siguiendo la ruta del RIGI? ¿Cómo es la economía para el hombre común? ¿Habrá derrame?
Nuevo siglo, nuevas siglas. Empezó así el desconche del 2001: cuando el Estado fue a meter mano en la caja de ahorro en dólares. Cuando el Estado abrió ese clóset no hubo marcha atrás. Y no la habrá. La primera red social de este siglo: las cacerolas
Un aspecto central que el Gordo Dan saborea es que el hombre común produce su propia comunicación en las redes sociales. Es la batalla cultural, el “¿qué te pasa, Clarín?” por mano propia, sin televisión educativa. “El derecho a la libertad de consumir/producir/prosumir mi fake news” pareciera representarse así contra un periodismo clásico que hoy rememora los “tiempos aquellos” (inmediatos) a la llegada de Milei al poder como idílicos: la grieta era un camino de negocios, pautas, sobres en cada turno, pero todo era seguro. Nadie con micrófono y audiencia vivía comiéndose los ahorros. Ya se ha dicho: el periodismo es esa parte central de “la casta” que también reescribe un pasado reciente donde todo se jugaba en la armonía de ese incendio controlado (¡el negocio del país dividido!). Pero algo se rompió. ¿Y será para siempre? ¿O la economía que maneja Caputo será lo suficientemente frágil, de nuevo, para hacer temblar el orden y restablecer un orden anterior, con todas las castas en su lugar?
Pero esta “batalla” de este primer Dan arrastra una sabiduría concreta: no se necesitó una Ley de Medios para “terminar” con la eterna amenaza de las “tres tapas de Clarín” y sus variaciones (las doscientas tapas de Página 12 o los editoriales de Saguier) que, según nos decían, volteaba presidentes. Se necesitó lo que llegó hace rato: el futuro, el salto tecnológico, la banda ancha, los nativos digitales que devolvieron al olvido el nombre Magnetto. Así, los políticos que discuten con las tapas de Clarín producen hoy un solo efecto en la sociedad: recordar que existen. Y en ese aspecto el Gordo Dan tiene una ventaja: se lleva con él toda la gracia simbólica de la libertad que le molesta a los Joaquín Morales Solá, y todos los que sienten el síndrome gorila de la casa tomada. Con el plus mortificante de que eso llegó para quedarse, porque es el salto material. Si te gusta la democracia, bancate al Gordo Dan. Porque así va a ser la democracia del siglo 21. La fantasía de un cordón sanitario funcionará como con la profecía de la canción soviética: “la mato y aparece una mayor”. Matarás al Gordo Dan y nacerá otro. Y otro. El hormiguero de esa Argentina ordenada está pateado. Porque, además, la fantasía de un “cordón sanitario” es la fantasy de un cordón por arriba, de casta y secta de buenos modales, con políticos de lobby de hotel y entrega de premios con actores solemnes, que dejan afuera lo que está abajo y viborea.

El 2001 empezó la rebelión de los comunes
Después del 2001 no hubo una sola parte de la sociedad que no sea capaz de movilizarse y obtener cosas. Ya va un cuarto de siglo del nuevo siglo. El siglo 21 tiene pantalones largos. Como los sindicatos, como la Iglesia, como los partidos políticos, como los centros de estudiante, como los organismos de derechos humanos, como los desocupados, como todos esos “clásicos” todo el mundo marcha en el siglo 21. Y se rompieron los antiguos protocolos en todos los espacios públicos. Sé tu propia plaza, sé tu propia Orga, sé tu propio medio. Nuevo siglo, nuevas siglas. Empezó así el desconche del 2001: cuando el Estado fue a meter mano en la caja de ahorro en dólares. Cuando el Estado abrió ese clóset no hubo marcha atrás. Y no la habrá. La primera red social de este siglo: las cacerolas. Este siglo empezó en las cavernas de las clases medias rotas. El siglo 21 y las redes sociales no empezaron en internet: empezaron en una democracia con calle sin los protocolos de “plaza pública”. Entonces, cuando Morales Solá cerró los comentarios a sus notas o cuando TVR escrachaba por “ordinarios” a los manifestantes del campo o caceroleros, fue cuando empezaron a morir. La Nación pedía voto calificado, 678 pedía plaza calificada.
“Devuélvannos el siglo 20”. El siglo de las formas. Porque hasta Quebracho tenía protocolos de barricada: su pañuelo palestino, sus piedras y palos, su lista de seguridad, su abogado con traje color whisky pegado al teléfono para sacar presos de la Intifada Infiltrada. De golpe, llegó hace veinte años el hombre común. ¿Y qué es? Simplemente será aquel que no estuvo ni está al amparo de ninguna “identidad” con su organismo público adjudicado o marcha del orgullo. El Gordo Dan invita a otra Marcha: la de los que no tienen marcha, ni calendario militante, ni “narrativa”. Aunque un día, mañana o en diez años, el Gordo sea un recuerdo. Y aunque aún sean “pocos” si les contás las costillas. Podría sonar en el Gordo Dan una risa negra de fondo, que emula a todas las risas de estos años. Las reabsorbe y juegan a ser malos en su misa, y a veces hasta no les sale. Todavía no pueden creer la jugada que salió el año pasado.
Diría Touzon: “Fuimos todos hobbesianos por eso: nacimos del cadáver del viejo Leviatán”.
El siglo 21 empezó con el ahorrista golpeando la chapa de un banco cerrado. Con todo derecho. Con la marcha del orgullo capitalista engañado: los miles que sin pudor mostraron como un colchón tajeado la estafa del corralito. Como el viejo “terror al Sida”, el virus prostático sobre el ahorro: “dicen que van a abrir las cajas de seguridad”. El 2001 sacó la culpa a todos: puede ser cada vez más privado lo que ponemos en público. Porque el Estado en crisis fue a fondo. No se llevaron en pijama a un militante de su casa, se llevaron mis ahorros. Más rea, caprichosa, catártica es la plaza. El clóset nacional: mi homebanking y mi dolor. Cada cual lleva a la calle lo que se le canta. Las velas de Blumberg en 2005, la guerra de almohadas del Planetario en 2006, el chacarero del “Yegua montonera” en 2008, el chico disfrazado con dólares contra el cepo en 2012, las mucamas en la puerta de Nordelta en 2018 (“¿quieren que contemos las tocadas de culo de los patrones?”), el terraplanista contra las vacunas en 2020. Y así. La grieta es el régimen que quiso protocolizar, poner un Sabatella a ordenar el tránsito. Pero mi cuerpo, mi plaza, mi brainstorming, mis dólares. “Nos hicieron neoliberales y ya no saben cómo gobernarnos.” Milei es el último jinete de esa doma, produciéndola, no “ordenándola”. El 2001 empezó a correr el velo de cómo iba a ser este siglo. A las patas en la fuente las bajaron del cuadro: nuevas patas, nuevas fuentes. El sueño del hombre común (ser de clase media) nos hizo salvajes e indomables. Plaza de deshilache, símbolos menos controlados, matete “amateur” como cuando colgaron bolsas negras en las rejas contra Alberto en el COVID y no se entendía si eran amenaza o denuncia porque no tenían la “curaduría” de un taller de arte y política. ¿Dónde está el 2001? En el fin de la “plaza calificada”. La plaza es de todos.

Pero esa “indisciplina” de la sociedad desde 2001 tiene su contracara: lo que el estallido disciplinó de la política y la política tradujo como mandato (NO ESTALLAR). Desde 2001 el terror de la política a la sociedad fue mutando: de ordenar el conflicto a producirlo, a regularlo. Eso era Kirchner y luego Macri. Que la sociedad no estalle. Una cosa con la que lidió el kirchnerismo y el macrismo en su miedo al conurbano y a la clase media. ¿En qué convirtió el helicóptero presidencial Kirchner después de De la Rúa? En la forma de llegar a Moreno en cinco minutos. Con planes sociales, con retenciones a la soja, con moratoria jubilatoria, con cepo, con bancos enganchados a la joda de los bonos públicos, con subsidios y dólar atrasado. Todo ese modelo duhaldista de gobernabilidad es el que Milei quiere desmontar desde el Estado. Y ahora les toca la tarea difícil de transformar en gobierno esa fuerza que viene del “hombre común”. Porque si no, tarde o temprano, los tendrán a los “comunes” esperando su parte, con su Homero-móvil de chapa, y con palos y piedras a la salida de “la Misa”. Porque ese es el búmeran del juego con fuego libertario: motivarla a la sociedad a perder la paciencia hasta que también la pierden con ellos. Y es tarde. Como Cristina y Macri jugando a la grieta mientras el lobo no estaba, hasta que vino uno que los polarizó a todos.
Dejemos un pero para el final. Por línea privada Pablo Touzon tiene un punto. Dice: “Así como los nazis no eran arios y los bolcheviques no eran obreros, estos comunes no son comunes. Contienen la misma paradoja: en el fondo no hay nada más alienígena y freak que Las Fuerzas del Cielo.” Yep: no es que uno va por la calle y se encuentra a Lila Demoine o Agustín Laje debajo de cada piedra. “Tampoco creo que la ‘nueva normalidad’ sean ellos, en un sentido estricto. Entre el mileísmo social qualunquista que constituye la fuerza histórica de su movimiento y su plantel dirigencial hay diferencias que plantean también un núcleo de contradicción libertaria”, remata Touzon.

Pero se ve algo. Estos libertarios más jóvenes son la primera generación política en el Estado que no tiene encima, paradójicamente, el disciplinamiento político del 2001. Su problema no es el estallido, son los límites de esa gobernabilidad que lo evita. No es el corralito, es el cepo. Jóvenes que no tienen el 2001 encima y que, a su modo, lo encarnan con su impaciencia y su voluntad de romper la casta. El amor después del amor: no temen un estallido porque se muestran así, estallando ellos. No son los hijos de la generación diezmada, son los hijos de la política disciplinada en el terror al estallido. Estaban en líquido amniótico cuando el orden volaba por el aire. Y ese pasado no los viene domesticando puertas adentro del palacio, no llevan esa “marca generacional”. Irreverencia e irresponsabilidad; comparados a una generación (la nuestra) que se crió con la tutela de ayudar a reconstruir un orden que se había roto. El Nestornauta era una de las formas que amasaba el mito de gobernabilidad, “Partido del Orden”. Diría Touzon: “Fuimos todos hobbesianos por eso: nacimos del cadáver del viejo Leviatán”. El Gordo Dan o su mentor, Santiago Caputo, son el rostro de los que están libres de eso. Y esa es la primera libertad de los libertarios. Respetan una sola ley física del “antiguo régimen”: planchar el dólar. El resto, ¡afuera!
Escribí en 2021, perdón la autocita, una nota sobre “lo que se venía” que terminaba más o menos así: “Hay más 2001 en los ojos desorbitados de Milei reivindicando a Cavallo que en las evocaciones militantes doctrinarias que recuerdan cuando lo echaron al Mingo. La memoria de fuego del 2001 la lleva más encendida esta parte de la sociedad que lo olvidó, esta parte de la juventud que no la vivió”.



