16 de junio de 2026
Hace días que me resuena una palabra en la cabeza: crueldad. No es algo que me pase solo a mí, es una idea que aparece cada vez más seguido: en charlas con amigos, en redes sociales, en televisión. Siempre relacionada al gobierno nacional y su política de ajuste sobre hospitales, escuelas, jubilados, discapacitados, operarlos políticamente, hacer caso omiso a sus reclamos. Pero también por algo que se volvió bastante evidente: parece no doler tanto como debería. Parece no importarnos lo suficiente.
En los últimos 14 años tuvimos 4 presidentes con sus respectivas gestiones. Todos tuvieron conflictos en los que como argentinos fuimos implacables en la defensa de estos sectores e instituciones que forman parte de nuestra identidad. Pero da la sensación de que algo cambió, que no los sentimos como antes. ¿Los argentinos nos volvimos más crueles?
No escribo esto para tirar postas, porque no tengo ninguna. Es más, sé que hablar de “crueldad” hasta puede sonar abstracto, exagerado, poco útil para describir lo que nos pasa. Puede parecer lejano a las preocupaciones cotidianas: casa, comida, trabajo, seguridad. Es más, cuando Leandro Santoro quiso instalar la idea como lema de campaña porteña me pareció eso: un concepto demasiado amplio que no servía del todo para explicar la situación. Me dio la sensación de que no tenía anclaje con la vida real.
Pero a partir de las peleas que eligió el gobierno nacional durante el último tiempo, la sensación de crueldad empezó a aparecer sola y por todos lados. Porque la verdad es que algo de eso hay. Algo del orden de lo cruel en la forma en que se decide avanzar sobre instituciones y sectores que hacen a lo más elemental de un país que alguna vez se pensó a sí mismo como grande, colectivo y solidario.
Y, sin embargo, y a pesar de todo, el gobierno avanza por dos cosas: primero, porque puede; segundo, porque siente que tiene legitimación popular para hacerlo
Ni solo, ni acompañado: nadie se salva
No quiero exagerar. No estoy diciendo que antes estábamos bárbaro y todo funcionaba perfecto. Pero hay decisiones del gobierno de Javier Milei que rompen algo más que el tejido económico: rompen pactos, desintegran los vínculos de comunidad.
Pareciera que para La Libertad Avanza ya no se trata solo de ajustar, porque lo que se está recortando no son solo partidas presupuestarias o “personal administrativo”. El vaciamiento no es solo del Estado: también es de sentido colectivo. Es simbólico y es real. Se ve en rutas sin asfaltar, en escuelas sin terminar, en todo lo que se hizo invisible de tanto estar y que ahora se nota por su ausencia.
El Garrahan, las pensiones por discapacidad, los tratamientos suspendidos, la represión a jubilados, la obra pública paralizada, los sueldos docentes que ya no alcanzan ni para cargar la SUBE. Todo eso en un año y medio. Pareciera que hay algo sistemático, insistente. Y ni el gobierno ni su guardia pretoriana parecen tener intenciones de retroceder ni siquiera un paso. Es más, van a fondo, fieles a su política de, ante la duda, profundizar.
Alcanza con escuchar las últimas declaraciones de la diputada Santillan o leer un rato el Twitter de Lilia para entender que retroceder no es una opción, alenls desde lo discursivo. Es interesante escuchar la opinión sobre la situación del Garrahan del Gordo Dan, líder supremo del libertarianismo online, que egresó de una residencia hace poco. Y por interesante quiero decir por lo menos contradictorio.
Pero no hace falta ser médico genetista como Dan para comprender el drama social de la discapacidad, sobre todo frente a las políticas de ajuste. Y, sin embargo, y a pesar de todo, el gobierno avanza por dos cosas: primero, porque puede; segundo, porque siente que tiene legitimación popular para hacerlo.
Con cualquiera que hables te va a decir que está cansado, enojado o preocupado, que la gente en la calle está al borde, que la realidad social es una olla a presión. Pero a pesar del malestar general, y aunque muchos profetizaban (¿o deseaban?) un gobierno de seis meses de duración, no hay estallido. Lo que sí parece que hay es algo más peligroso: una implosión silenciosa. Una tristeza extendida pero fragmentada. Una sensación de estar librados a nuestra suerte, 47 millones de cuentapropistas.
La bronca no se ordena. Se vuelve meme, se debate en redes, se expresa en alguna marcha, pero no se termina de organizar, no tiene una expresión política o un horizonte de algo parecido. Y mientras tanto, el gobierno avanza en su plan con interés por la macro y desinterés por las personas. Literal.
Ojo, no digo que nadie haga nada. Los residentes del Garrahan, los jubilados, los trabajadores universitarios: son muchos los que le ponen el cuerpo a esta nueva era y expresan en carne propia la cuestión central: ¿cuánto vale una macro ordenada si en el medio nos quedamos sin hospitales, sin escuelas?
Pero innegablemente hay algo roto. Una distancia. Y no creo que la respuesta sea que los argentinos nos volvimos malos, sino que básicamente estamos agotados. La indignación para muchos se volvió un lujo que no pueden darse.
Pero a pesar del malestar general, y aunque muchos profetizaban (¿o deseaban?) un gobierno de seis meses de duración, no hay estallido. Lo que sí parece que hay es algo más peligroso: una implosión silenciosa
Da la sensación de que estamos más cansados que enojados, más empobrecidos que combativos. Y eso se siente en la calle, en las conversaciones. La gente está en la suya, porque trabaja todo el día y no le alcanza, porque toma 3 colectivos para ir a trabajar, porque no llega, porque no cree en nadie. Lo veo en todos los que hablo. Lo siento yo también.
Algo nuevo, algo viejo, algo prestado
Milei no inventó el odio a lo público ni la desconfianza en la política. Representa –o, mejor dicho, canaliza- un montón de broncas que venían de antes. Y cuenta con la gran ventaja de no tener ni trayectoria en la gestión ni un pasado que lo condene. A diferencia de otros, de casi todos, no trae decepciones encima. Se hizo fuerte gracias a una narrativa de outsider, de venir de afuera. Pero ojo: Milei no descubrió nada. Es, más bien, el que mejor encarna lo que piensa mucha gente desde hace años, solo que ahora alguien lo dice en voz alta: que el Estado no sirve, que los planes son para vagos, que los sindicatos traban el progreso. Esas ideas que llevan años instaladas en una sociedad que vio pasar varios gobiernos que solamente confirmaron sus prejuicios. Lo nuevo –o, mejor dicho, lo distinto- es que hoy esas ideas gobiernan y tienen un canal legítimo: el Estado nacional y todos sus recursos.
Muchos votaron esto. Votaron ajuste, ruptura, eligieron la motosierra. Y sienten que, por primera vez, alguien cumple lo que prometió. No hay cinismo ahí. Hay algo que hasta puede pensarse como sinceridad. La gente que apoya a Milei lo hace por lo económico, por la bronca, por la novedad, eso está claro. Lo que no sé es hasta dónde lo van a bancar frente al desmantelamiento de lo común, cuando la educación se convierte en costo y el hospital y las rutas se convierten en gasto. ¿Dónde está el límite? ¿Qué cosas siguen siendo intocables?
El gobierno parece convencido de estar en su mejor momento. A punto de comerse al PRO, con el dólar más estable en años, sin cepo, y con tanto control narrativo que se puede dar el lujo de no saludar en el Tedeum, pelearse con Ricardo Darín o convertir la represión a jubilados en un clásico de los miércoles. Todo en un año electoral que les permite soñar hasta con ganar en la provincia de Buenos Aires, sin necesidad de fingir interés por los remedios de los jubilados o las pensiones por discapacidad.
Y mientras volvemos a casa cansados y preocupados nos preguntamos por qué no pasa nada, por qué no explota la bronca. Tal vez la respuesta esté ahí. Tal vez no haya estallido porque hay una implosión. Tal vez la gente no reacciona porque hace años que está ocupada sobreviviendo. Y también, tal vez, porque venimos de demasiadas decepciones. Porque, seamos sinceros, no todos los discursos que hoy se horrorizan frente al recorte fueron garantes de lo común cuando pudieron serlo. Porque el daño no empezó ahora, aunque ahora haya tomado otra escala. Y eso también lo sabe la gente.
Los residentes del Garrahan, los jubilados, los trabajadores universitarios: son muchos los que le ponen el cuerpo a esta nueva era y expresan en carne propia la cuestión central: ¿cuánto vale una macro ordenada si en el medio nos quedamos sin hospitales, sin escuelas?
Un mar de preguntas
¿Qué cosas no deberían estar en discusión? ¿Qué pasa cuando nos convencemos de que todo se puede ajustar? No tengo respuesta ni moraleja, solo una sensación que es mía pero también de otros, y que nace desde el tren, desde la calle, desde la fila del súper, desde Argentina. Desde esa mezcla rara de angustia y duda constante que nos atraviesa, aunque no siempre sepamos cómo nombrarla.
Me gusta pensar que la crueldad, en un país históricamente solidario como el nuestro, tarde o temprano va a encontrar su límite. Porque achica el Estado, sí, pero también se achica la idea de país.
Porque vivimos en una nación que cuenta, por nombrar algunos, con un hospital de alta complejidad en Varela, donde se atiende a los chicos sin importar cuánto ganan sus papás. Tenemos el Garrahan, que funciona todos los días y atiende desde una angina hasta un trasplante. Instituciones, profesionales que salvan vidas. Y para la mayoría de nosotros, votemos lo que votemos, Argentina es eso. Aunque se esté deshilachando.



