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12 de junio de 2026

12 de junio de 2026

11 de junio de 2026

LA OTRA CLASE: ENTREVISTA A DIAMELA ELTIT JUNTO A MARÍA NEGRONI Y LILIANA HEER

Maricel Cioce

@maricelcioce
Entrevistas
Tiempo de lectura: 5 minutos

Entrevista realizada de su visita a Buenos Aires para participar en la Serie de Lecturas FROST

Una cámara enfoca a una mujer joven con un lunar justo encima de la comisura de los labios. Escribe de manera obsesiva; dentro de poco publicará su primera novela, Lumpérica (1983), un libro poblado por cuerpos vigilados, castigados, expulsados hacia los márgenes. Pero por ahora está acostada sobre el piso de una fábrica metalúrgica abandonada. El cemento está frío. Estamos en Chile, en 1981. Afuera, la dictadura de Augusto Pinochet.

Ella es Diamela Eltit. La escena pertenece a El fulgor de la huelga, una de las acciones realizadas junto al Colectivo de Acciones de Arte (CADA), el grupo que durante la dictadura chilena intervino calles, fábricas y espacios públicos para alterar los códigos de una sociedad atravesada por la censura. Mucho antes de convertirse en una de las escritoras más influyentes de América Latina, ya cruzaba política y experiencia social.

Diamela Eltit durante la preparación de El fulgor de la huelga (1981), una de las acciones realizadas junto al CADA en plena dictadura chilena. Mucho antes de publicar Lumpérica, el cuerpo ya era el centro de su intervención estética y política.

La vanguardia cultural chilena de aquellos años era pequeña pero intensa. Aparecían Pedro Lemebel y Francisco Casas, las dos mitades de Las Yeguas del Apocalipsis, capaces de irrumpir montados en un caballo blanco en una universidad o bailar cueca descalzos sobre un mapa de América Latina cubierto de vidrios. La época estaba marcada por intervenciones que desbordaban la normalidad cultural chilena.

En 2019, el estallido social chileno volvió visible el territorio en disputa, la represión policial y la violencia estatal. Desde Lumpérica hasta Falla humana, pasando por El cuarto mundo y Mano de obra, Eltit ha construido una de las exploraciones más persistentes de la literatura latinoamericana sobre clase y poder. Sus novelas regresan una y otra vez a espacios donde la vida aparece administrada por instituciones, jerarquías económicas o mandatos familiares. De libro en libro cambian los escenarios; los expulsados siguen ahí.

No es casual que en El ojo en la mira, el libro donde reflexiona sobre sus propias lecturas, afirme que necesita leer “en el sentido más amplio del término”: lee libros, diarios y relaciones de poder con la misma atención. Sus novelas observan cómo una sociedad distribuye prestigio, precariedad y silencio.

El estallido chileno fue alucinante, se desplegó de manera inédita en todo el país. Yo lo relacioné con el estallido de un volcán que arrastra todo: lava, piedras, barro y más.

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En El cuarto mundo (1988), dos mellizos hablan antes de nacer desde el interior del vientre materno. La convivencia es forzada, asfixiante, aunque brota una muestra de comunidad (no romanizada):

“El espacio no nos contenía a pesar de ponernos en distintas posiciones. Apelamos a una última y humillante alternativa: mi hermana se puso debajo mío, aumentando aún más la presión. Nuestros cuerpos empezaron a sufrir. La instalación del dolor entre nosotros fue la primera forma de entendimiento que encontramos”.

Cuando se le pregunta qué experiencias siguen poco representadas en la literatura contemporánea, su respuesta apunta menos a una cuestión estética que política. “El mundo popular está poco abordado”, dice. También podría leerse como el resumen secreto de toda su obra. En sus ficciones aparecen personajes al borde de las instituciones: trabajadores agotados, madres exhaustas, enfermos, sujetos fuera incluso del lenguaje.

La conversación empezó en la literatura y terminó, inevitablemente, en la otra clase (como ella la llama), pasamos por el estallido social chileno, de las nuevas derechas a la inteligencia artificial y de la persistencia de la memoria como forma de conflicto más que de reparación.

Colectivo Acciones de Arte: democracia radical en el Museu de Arte de São Paulo Assis Chateaubriand – MASP

Clase, política y presente latinoamericano

El tiempo pasó. Más de cuatro décadas, una dictadura convertida en memorias y una veintena de libros (novelas, ensayos y testimonios) en los que la cuestión de clase reaparece una y otra vez.

Pero volviendo al presente, en la literatura contemporánea ¿qué experiencias, sujetos o territorios siguen poco representados?

-Pienso que parte importante de la literatura se ha volcado al “yo”, en gran medida respondiendo al individualismo neoliberal que es anticomunitario. Por otra parte, existe una literatura de espacios cerrados, burguesa, sensata o audaz, novelas muy buenas. Sin embargo, el mundo popular está poco abordado. No hablo de la narconovela que ocupa un mercado importante, sino de vidas, dilemas y complejidades de la otra clase, la desigual.

¿Cómo leyó el estallido social chileno de 2019 desde su trabajo sobre los cuerpos? ¿Qué fue lo más significativo?

-El estallido chileno fue alucinante, se desplegó de manera inédita en todo el país. Yo lo relacioné con el estallido de un volcán que arrastra todo: lava, piedras, barro y más. Se produjo por el colapso de las demandas básicas: salud, educación, vivienda, salarios, jubilaciones y desigualdad de género y social. Como todo proceso insurreccional existieron saqueos, pero eso fue menor. Los carabineros se ensañaron, se fueron directo a los ojos de los manifestantes. Pero claro, la derecha política y sus medios redujeron el estallido a mera delincuencia. Lo que detuvo esta explosión ciudadana fue el COVID y su confinamiento.

En los últimos años convivieron grandes movilizaciones sociales, nuevas olas feministas y el avance de las llamadas nuevas derechas. ¿Cómo lee ese desplazamiento en América Latina?

-Hay una crisis. En el caso de Chile, la migración produjo rechazo ciudadano en parte porque la relacionaron con el Tren de Aragua. Así se unió migración y delincuencia, y esa es la oferta de la ultraderecha, una propuesta tramposa que enloda a los migrantes.

Durante buena parte del siglo XX la figura del intelectual tuvo una presencia activa en el debate público. ¿Qué opina sobre esa figura en la actualidad y su capacidad de articulación con la realidad social?

-La figura del intelectual está rezagada y reducida al espacio intelectual. Ya no incide en el espacio público ni tiene relación con decisiones estatales.

Parte importante de la literatura se ha volcado al yo, en gran medida respondiendo al individualismo neoliberal que es anticomunitario... Sin embargo, el mundo popular está poco abordado.

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La memoria atraviesa su obra y en Falla humana la narradora parece resistirse a cualquier cierre definitivo. ¿Cómo dialogan memoria y escritura? ¿Y cómo sabe que un texto encontró su respiración?

-Pienso que hay que esperar: la memoria es intermitente, pero sigue y más aún, persigue. En cuanto a mis novelas, permito cierta autonomía; en cierto modo se mandan solas, entonces, cuando se terminan, pues se terminaron.

¿Cómo piensa los cambios que trajeron las redes sociales y las tecnologías digitales a la escritura y a la exposición de los autores?

-Estamos en los inicios de una revolución tecnológica intensa. Mientras la revolución industrial generó la serialidad, esta revolución apunta a la exclusión del cuerpo más material para disponer del cuerpo-red, cuerpos digitales articulados y vigilados desde todos los ángulos por el capitalismo en línea. Por otra parte hay que pensar en tres tipos de novelas o poemas: escritos por IA, híbridos, en parte por IA y la artesanía de la letra autoral. Siempre han existido autores convertidos en marcas, pero también hay marcas y marcas. Ese es el umbral que habitamos, que probablemente luego será muy convencional.

¿Qué está leyendo hoy? ¿Algo para recomendar?

-He estado releyendo Autor Material, de Matías Celedón, que aborda la dictadura. Es muy bueno, extraordinario, admirable.

Este mes Eltit regresará a Buenos Aires el 17 de junio invitada por María Negroni para participar de la Serie de Lecturas FROST de la UNTREF, organizada junto a la Fundación Jan Michalski y la Fundación Medifé, donde también compartirá intercambios con Liliana Heer. Cambiaron los dispositivos, las lenguas y los mercados; pero en su literatura y en su pensamiento persiste una búsqueda por imaginar formas posibles de comunidad.

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