06 de julio de 2026
¿Y si esta vez pudiera ser distinto?
La imposibilidad histórica de los intendentes bonaerenses para alcanzar la gobernación quizá no haya sido solamente una anomalía electoral asimilable a la de los gobernadores para convertirse en presidentes. Es probable que exprese algo todavía más profundo, vinculado a la dificultad de la provincia de Buenos Aires para construir una narrativa política propia desde sus intereses e incumbencias, desde su agenda, la de sus ciudades y sus territorios. Pero algo parece empezar a modificarse. Y esta vez, silenciosamente, los intendentes podrían haber entendido que el verdadero desafío no es solo competir, sino construir reglas para que uno de ellos finalmente llegue al sillón de Dardo Rocha.
Hay una anomalía política en la provincia de Buenos Aires que se repite desde hace décadas y que, sin embargo, rara vez se convierte en objeto de discusión y reflexión política. Ningún intendente bonaerense logró alcanzar de manera directa la gobernación. La estadística parece apenas una curiosidad institucional. Pero acaso esconda algo más profundo como cierto impedimento histórico de la provincia para producir poder político desde su propio territorio.
La paradoja es significativa. La provincia más grande, poblada e influyente de la Argentina nunca terminó de consolidar una dirigencia plenamente propia. Su dinámica política estuvo, una y otra vez, subordinada a las lógicas nacionales, a liderazgos construidos desde el centro y a estructuras cuya legitimidad descendía desde arriba hacia abajo. Incluso cuando Buenos Aires concentra buena parte de las tensiones económicas, sociales y urbanas del país, sigue apareciendo muchas veces como un territorio administrado desde narrativas ajenas.
La política argentina construyó buena parte de su legitimidad alrededor de grandes relatos nacionales. Gobernar implicaba hablar en nombre de una totalidad: la Nación, el pueblo, el movimiento, el Estado. En comparación con esa escala simbólica, el intendente quedó asociado a lo pequeño, a lo local, a lo administrativo
Como ha señalado en distintas oportunidades el historiador Roy Hora, Buenos Aires arrastra una dificultad persistente para pensarse a sí misma como unidad política con identidad propia. A diferencia de otras experiencias provinciales más cohesionadas, el territorio bonaerense parece fragmentarse entre múltiples centralidades, periferias y pertenencias superpuestas. Quizá por eso le cuesta tanto producir una épica política genuinamente bonaerense.
En ese esquema, los intendentes ocuparon históricamente un lugar ambiguo. Son, probablemente, los actores políticos con mayor contacto material con la vida cotidiana. Administran aquello que afecta de manera más inmediata la experiencia social: el espacio urbano, la movilidad, los servicios, la seguridad, el deterioro o la transformación concreta del entorno. Conocen el pulso territorial mejor que nadie. Pero esa misma proximidad que constituye su fortaleza, también parece haber funcionado, durante décadas, como un límite para su proyección.
La política argentina construyó buena parte de su legitimidad alrededor de grandes relatos nacionales. Gobernar implicaba hablar en nombre de una totalidad: la Nación, el pueblo, el movimiento, el Estado. En comparación con esa escala simbólica, el intendente quedó asociado a lo pequeño, a lo local, a lo administrativo. Como si gestionar la vida concreta careciera del espesor necesario para producir representación general. Algo que dista bastante del rol que ocupa en otros lugares del mundo.
Durante mucho tiempo, la trayectoria hacia el poder provincial no surgió desde abajo hacia arriba, sino en sentido inverso. La visibilidad política se construía en ministerios nacionales, estructuras partidarias centralizadas o escenarios mediáticos de alcance nacional. Luego esa legitimidad “descendía” sobre la provincia. El intendente, aun gobernando territorios enormes y complejos, mucho más que varias provincias, quedaba atrapado en una paradoja persistente: administrar lo real sin lograr representar la totalidad.
Hay además una dimensión cultural del problema. Los municipios bonaerenses desarrollaron históricamente una lógica fragmentada y competitiva. Cada intendente construye poder dentro de su propio ecosistema territorial, muchas veces sin una articulación estable con los demás. Esa dinámica dificulta la aparición de liderazgos capaces de sintetizar una visión provincial compartida. La fortaleza local rara vez se transforma en proyecto colectivo.
Gobernar una ciudad no equivale automáticamente a construir una narrativa provincial. La provincia de Buenos Aires sigue siendo un territorio fragmentado, desigual y difícil de sintetizar
¿Puede cambiar?
Ahora, quizá la principal novedad no pase únicamente por los nombres propios sino por la aparición de una racionalidad política distinta. Por primera vez en mucho tiempo, varios intendentes bonaerenses parecen haber comprendido que, si vuelven a competir entre sí de manera desordenada, la provincia terminará otra vez resolviendo su liderazgo desde afuera. Es decir: desde figuras nacionales con altos niveles de conocimiento público, capacidad mediática y centralidad comunicacional.
La amenaza no es abstracta. La política tiende cada vez más a premiar la visibilidad. En un ecosistema de liderazgos hipermediatizados, la construcción territorial muchas veces aparece en desventaja frente a figuras con instalación nacional previa. La provincia, históricamente, resolvió buena parte de sus liderazgos de esa manera. Es decir, importando volumen político desde arriba. Este tema se vincula con la dificultad que tienen los jefes comunales para traspasar los límites de sus distritos, y también la de la provincia para construir un ecosistema mediático fuerte que no esté subsumido por los medios nacionales.
Quizá por eso, comenzó a emerger entre algunos intendentes una conversación silenciosa, y no siempre visible, alrededor de una pregunta estratégica: cómo garantizar que esta vez el próximo gobernador sea verdaderamente un emergente territorial que no haya pasado por el gobierno nacional.
Primus inter pares
La cuestión no es solamente electoral. Es organizacional, cultural y hasta psicológica. Porque el principal desafío no consiste únicamente en seleccionar un candidato competitivo, sino en evitar que quienes pierdan rompan el acuerdo colectivo. En otras palabras, cómo construir reglas de juego capaces de procesar la competencia sin destruir la posibilidad de una representación común.
Se solía argumentar también que uno de los inconvenientes para que un intendente pudiera ascender (si es que vale el término) es que sus pares no lo aceptaban. Por qué el y no yo. ¿Están ahora los intendentes en condiciones de identificar a un primus inter pares?
Muchas veces en silencio, algunos intendentes parecen haber entendido que la única manera de romper la maldición histórica es construir un sistema de legitimidad compartida. Un acuerdo político donde la competencia exista, pero donde prevalezca la decisión colectiva de sostener al que gane
Durante décadas, el municipalismo bonaerense careció precisamente de mecanismos de articulación política sostenida. Los intendentes acumulaban poder local pero pocas veces lograban construir confianza horizontal entre sus colegas vecinos. Cada uno defendía su territorio y casi ninguno lograba proyectar una arquitectura provincial compartida.
Alterar la lógica
La crisis de representación que atraviesa a las democracias comienza a modificar también las escalas tradicionales del poder político. En un contexto donde las grandes narrativas nacionales aparecen cada vez más abstractas, polarizadas o desconectadas de la experiencia cotidiana, la proximidad adquiere un nuevo valor político. El territorio vuelve a convertirse en un espacio de verificación concreta de la gestión y de la legitimidad.
El filósofo Pierre Rosanvallon trabajó esta idea bajo el concepto de “legitimidad de proximidad”: la necesidad de reconstruir vínculos más directos entre representación política y experiencia social. Algo de eso parece emerger en el nuevo protagonismo de los gobiernos locales. Es decir, ya no se trata solamente de administrar servicios, sino de interpretar formas de vida, incertidumbres y demandas fragmentadas que muchas veces las estructuras nacionales no logran procesar.
Las ciudades empiezan a ocupar un lugar central en esa transformación. No solo porque concentran población y actividad económica, sino porque se convierten en el espacio donde las crisis adquieren forma tangible. La política se vuelve nuevamente territorial porque es allí donde la vida cotidiana experimenta con mayor intensidad las consecuencias de las transformaciones globales.
En ese escenario, los intendentes aparecen con una ventaja inesperada. Son los últimos dirigentes que todavía conservan una relación relativamente directa con la experiencia concreta de la sociedad. Mientras gran parte de la política se desplaza hacia universos mediatizados, la gestión local mantiene un contacto inevitable con la materialidad del territorio. Pero aquí aparece una pregunta decisiva: ¿puede la proximidad transformarse también en conducción política de escala?
Porque gobernar una ciudad no equivale automáticamente a construir una narrativa provincial. La provincia de Buenos Aires sigue siendo un territorio fragmentado, desigual y difícil de sintetizar. Un mosaico de ciudades, conurbanos, corredores productivos, periferias y realidades superpuestas que muchas veces carecen de una imaginación común.
Tal vez por eso el verdadero desafío de los intendentes no sea solamente ganar una elección. Tal vez sea construir, por primera vez en mucho tiempo, una idea compartida de provincia.
Los intendentes acumulaban poder local pero pocas veces lograban construir confianza horizontal entre sus colegas vecinos. Cada uno defendía su territorio y casi ninguno lograba proyectar una arquitectura provincial compartida
No alcanza con administrar bien. No alcanza con tener buena imagen. No alcanza siquiera con mostrar resultados de gestión. El problema de fondo es, entonces, cómo producir una narrativa política capaz de articular territorios distintos sin volver a depender de una figura nacional que ordene desde afuera. Y es ahí donde empieza a jugarse la verdadera novedad de este tiempo.
Porque muchas veces en silencio, algunos intendentes parecen haber entendido que la única manera de romper la maldición histórica es construir un sistema de legitimidad compartida. Un acuerdo político donde la competencia exista, pero donde prevalezca la decisión colectiva de sostener al que gane. Un mecanismo que impida que, frente a la primera encuesta desfavorable o el primer candidato nacional competitivo, vuelvan a sacar los pies del plato.
La pregunta es, entonces, si lograrán hacerlo antes de que la lógica tradicional vuelva a imponerse. Es decir, antes de que aparezca otra vez una figura con mayor nivel de conocimiento, mejor performance mediática y capacidad de ordenar el escenario desde afuera. Antes de que la provincia vuelva a resignar la posibilidad de construir liderazgo desde sus propias ciudades.
Tal vez la maldición de los intendentes no haya sido simplemente electoral y haya sido, sobre todo, histórico cultural. La expresión de un sistema político que durante demasiado tiempo subestimó la potencia estratégica del territorio y confundió representación con distancia.
Y la gran duda es si por fin, la verdadera novedad no sea que algunos intendentes aspiren a gobernar la provincia, sino que por primera vez puedan estar dispuestos a construir las condiciones políticas necesarias para que efectivamente lo haga uno de ellos.



