20 de julio de 2026
Hay imágenes que nos faltan mientras dura nuestra vida. Esa del origen, el acto de nuestra concepción; esa del final, el momento del deceso hacia la muerte. Y hay otras que son necesarias para sobrellevar determinados presentes sin tantas inferencias ni cavilaciones sobre el futuro inmediato. Sobre todo, en su dimensión económica.
La geometría de lo faltante nos pone a lidiar como personas, como nación, como comunidad, como familia. Los azares, los condicionamientos de nuestra vida anterior en esta. Los desafíos que nos impone el pasado, cada página dicha y escrita que pincelan la geografía en la que nacemos, como un vástago a donde vamos y al cuál vinimos, nos movemos. Faltas que entrenan en la tolerancia y su convivencia y otras que nos destrozan. Sobre las postas y las cargas que una generación le lega a la siguiente y sobre nuestros maestros -los hijos- a la hora del límite también se hace un país. Así como un plan económico incide en la cotidiana de un hogar, también la economía de cada día y la reproducción material traza el destino de un gobierno tras otro en la Argentina. El domingo, finalmente, el bolsillo fue a las urnas contra un plan económico.
La desdoblada provincial que se ideó para desnacionalizar, que luego derivó en la internísima kirchnerista a cielo abierto contra el gobernador bonaerense, terminó siendo un plebiscito del gobierno nacional y una imagen sin filtro del liderazgo de Axel Kicillof en el peronismo en la contienda nacional. La elección que acusaban de pifiada, al final enfiló un rumbo: castigó al gobierno de Milei y ubicó a un nuevo y claro enemigo presidenciable que gobierna ganando elecciones. Fue la economía y otros escándalos, la que nacionalizó la elección, de ambos gobiernos de los economistas. ¿Cómo enfilará la siempre madre de todas la batallas -la económica- las propuestas del actual modelo y del que pretende vencerlo de ahora más?
Son muchos ya los amigos, parejas, jóvenes y no tan jóvenes, familias consolidadas, hogares con una sola jefatura, que están en un padecimiento laboral y económico sin encontrar la salida
El desgarro de esas imágenes que no tenemos son también un refrán popular: “nadie muere en sus vísperas”. Tampoco los gobiernos nacen y saben el día de su final. Nuestro país parece encaminarse hacia un nuevo colapso económico: cuesta saber cómo y cuándo sucederá exactamente. Se anuncia desde que asumió el libertario que esto se cae en tres, seis, nueve, doce meses hace rato. Esa sensación que flota en el aire, ya con olor a diluvio, se hace más permanente, aunque continúe difusa. Si nos encontramos curtidos, o vencidos, se verá; pero lo más seguro es que nos encontramos agotados y exhaustos de otro gobierno fallido más, con la economía en las nubes.
¿Pueden preverse efectos sociales -y hasta figuras políticas- de este “nuevo amanecer”? Pero las formas y fondos que inauguren las próximas derrotas y victorias electorales que precipitan el final de otro gobierno con más fallas que arreglos en hacer una economía que nos guste y proteja, que conjugue con armonía los índices sociales y los fiscales en los próximos 24 meses hasta 2027, siguen siendo inciertas.
Día a día, respirar profundo como en ayuno obligado y seguir, pareciera ser la estampita que pueden darse en los meses que corren los perdedores de la restricción económica de esta larga década y media que sortea la Argentina. Como cadenas entre sus pies, como trago malversado de otra larga noche de excesos que arrastramos del pasado reciente. Algo sorprendente hoy, más claro después del domingo pasado: no hay candidato, figura, gobernante que arrase en motivación con sus propuestas sobre qué hacer con la economía argentina después del abrupto ascenso al gobierno del economista experto en crecimiento, Javier Milei, y su creciente rechazo actual. Como si avanzara la calvicie sobre la cabeza nacional: la economía. Como si nos hubiésemos rendido a no dejarnos seducir por una propuesta seria de qué hacer con la economía argentina y como ansiolítico frente a la falta, llenamos todas las páginas con imágenes sobre política que nos resulten familiares, un viejo álbum de figuritas repetidas, frente al deterioro de ideas y sustento económico al que nos habituamos hace tiempo.
La economía argentina, una presa política a los ojos de la sociedad. Son muchos ya los amigos, parejas, jóvenes y no tan jóvenes, familias consolidadas, hogares con una sola jefatura, que están en un padecimiento laboral y económico sin encontrar la salida; un punto muerto, que se lleva puesta relaciones que desafían el refrán; sí se puede ver quienes están asistiendo vivos a su propia agonía; economía de subsistencia al deceso material de necesidades y placeres, una tras otra. Un estado permanente de restricción que reconfigura vínculos -con más alto impacto en las masculinidades- y redefine protocolos de vida.Abandonados a la suerte de un mañana lo menos devaluado posible se encuentran muchos argentinos y argentinas que votaron más por la billetera que por las crueldades señaladas del gobierno libertario.
Si nos encontramos curtidos, o vencidos, se verá; pero lo más seguro es que nos encontramos agotados y exhaustos de otro gobierno fallido más, con la economía en las nubes
¿Hay un mañana económico mejor? En las imágenes de ambos bunkers del domingo, el de la victoria y el de la derrota, no faltaron ex ministros de economía, presidentes, candidatos, precandidatos fallidos, técnicos de áreas económicas y comerciales, cancilleres, que no hayan intentado hacer algo con la economía argentina. Para bien o para mal, ningún experimento desde hace más de 10 años deja parado por un tramo considerable a un tercio más uno de los que vivimos acá. Nos guste o no, son los equipos técnicos y políticos que gobiernan alternadamente la Argentina desde hace más de dos décadas.
Sí llega alivio y motivación con el desahogo político después del domingo para quienes rechazan al gobierno actual, porque pierde un plan económico que es malo y puede ser peor, mientras aumenta el ahogo en la economía doméstica, con una desorientación compartida de cómo cambiar el rumbo económico desde ambos bunkers.
Entre todas las imágenes del domingo, sí sobresale una, bien presente. Por su eficacia apabullante en este round eleccionario; un gobernante que conoce la economía argentina como su criatura de estudio, que la gobernó durante un lapso breve pero fundamental para explicar el pasado reciente; que parece que con método e hidalga resistencia les pone un límite a sus propias entrañas. Desafiando -ojalá- su concepción política también de origen -por ahora, hasta ahí-, sin enemistarse, honrándola como mandamiento antes de su discurso, y abriéndose paso con una astucia electoral que hoy le pertenece (en su resultado, casi toda), como autor intelectual y realizador. Además, Kicillof no es corrupto ni tiene exabruptos violentos.
El límite más efectivo al pasado y al presente político provino de alguien anterior, de ese “adentro”, de un hijo que quiere despedir lo mejor posible a su madre política, aunque ella le niegue méritos. Que además cumple con otro mandamiento hacia adentro y afuera: juntó a todos en su celebración, inclusive a los que había que apartar por innecesarios. La maternidad y la paternidad también prueban en política, sus propias trampas. Solemos creer que en el límite que le imponemos a nuestros hijos, en el recuerdo permanente de lo prohibido y de la castración inevitable con la que llegan a este mundo por obra y gracia nuestra, los estamos salvando de algo peor. Pero al final de cuentas en el ejercicio sostenido de ese rol, caemos en la dicha que son los hijos quienes vienen a rescatar a los padres, de algo tan propio y subyacente a la existencia como el pavor a la intrascendencia y a ser olvidados, que acecha a casi a todas las personas, cuando nos limitan en nuestra vocación permanente de seguir siendo protagonistas a través del control de los que tuvimos a nuestro cargo -y mando- que, además, nos deben la vida.
La elección que acusaban de pifiada, al final enfiló un rumbo: castigó al gobierno de Milei y ubicó a un nuevo y claro enemigo presidenciable que gobierna ganando elecciones
Axel tiene vida y ya no tiene dueña. Con los intendentes municipales, araron juntos el desierto, ganaron una elección haciendo política cuerpo a cuerpo: familiar, cercana, poniendo a prueba sus gestiones mientras el afuera de lo “local” se derrumba a pasos agigantados. ¿Cómo imaginar la hora de los intendentes -los obligados a dar la cara- frente a la disolución paulatina del Estado Nación que conocimos?
Un hijo cuando logra trascendernos nos honra, y cuando no, solemos frustrarnos, ambos. En cambio, cuando no se queda detenido en el espejo de imitación a quienes lo antecedieron, hace historia, la propia, con sus contemporáneos. Pero a todos esos mandamientos en ciernes que lleva adelante Axel Kicillof –nombrarlo en primer y privilegiado orden, sin esparcirlo ni indiferenciarlo nunca más -, a esos honores y límites políticos le sigue faltando la imagen de la economía, de un ex ministro de economía nacional y presidenciable. Revisionismo histórico económico del pasado, actualización y encuadre actual. Propuestas de cómo se relanza el proyecto económico productivo, además de distribuir el ingreso. De cómo se alivian los hogares de las fallas que cargan de décadas. Un mediano plazo económico sostenible para poder planificar mejor la vida familiar no puede ser una utopía. Las secciones electorales pasan, la economía queda. Se puede armar bien la rosca y contarla con la mano, pero la pucha con el homus económico: el único capaz de odiar, de volver a creer, de ganar y perder con su voto. ¿Podrá la astucia electoral hacerse económica y programar resoluciones a las faltas económicas anteriores, actuales y próximas?



