19 de julio de 2026
Tiempo atrás, Elon Musk y Javier Milei se sentaron a debatir sobre la caída de la tasa de natalidad y sus consecuencias para la innovación tecnológica. El CEO de Tesla sostenía que la solución del problema demográfico pasaba por “revertir el lavado de cerebro que se hizo en la población con todo lo que fue el Club de Roma”.
El presidente, por su parte, habló de “una agenda antigua”, impulsada por “los elevados del aborto”, ya presente en “la Torá y (…) el Antiguo Testamento”. Cuando el empresario le preguntó cuántos hijos tenía, respondió que era padre de cinco. “Los de cuatro patas no cuentan”, replicó su interlocutor. No hay remate.
La escena fue narrada, textualmente, por el propio Milei al recibir un premio en Madrid en 2024. También fue incluida en su último libro, La construcción del milagro.
Al asumir la presidencia, el mandatario decidió no utilizar el bastón de Juan Carlos Pallarols (el reconocido orfebre que fabrica la vara de mando hace cuatro décadas). En su lugar, optó por uno con los nombres y los rostros de sus perros tallados en la empuñadura.
Mucho se ha debatido sobre el número efectivo de canes y su eventual influencia esotérica sobre el jefe de Estado. Pero más allá de la ironía – la de un hombre de 55 años que se enfurece con las mujeres que no quieren ser madres y pregona la familia normativa, sin tenerla–, la especulación encontró un límite.
No solo por el silencio de Milei y de su entorno sobre el tema, sino también por el escaso rédito explicativo del debate y –hay que decirlo– por el escaso interés que este suscita en la gente.
Al fin y al cabo, ¿no fue Argos, después de veinte años, el único en reconocer a Ulises, despojado de todo, tras su regreso a Ítaca? El mejor amigo del hombre refuerza su carácter en una época de hombres solos.
La fórmula resulta particularmente eficaz para alguien que reivindica el individualismo, se asume como tecnooptimista y halla en la clonación una respuesta vital, exhibe una veta mística y, además, parece creer fielmente en los relatos que construye.
Antes que internarse en un ejercicio psicologista o detectivesco –contar animales, rastrear ADN, descifrar símbolos–, quizá convenga atender a lo concreto, a lo dicho.
Umberto Ecocierra El nombre de la rosa con una frase en latín: Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus. Es decir: “De la rosa primigenia nos queda el nombre; nombres desnudos es lo que tenemos”.
Los perros no cargan con meras etiquetas, sino con las “intenciones del alma”, siguiendo al pensador franciscano Guillermo de Ockham. Leídos como referencias espirituales, los nombres dejan de ser simples marcas biológicas y se transforman en una secuencia política: el trazado ideológico de un relato, una máquina de interpretación del poder.
En esa línea se condensa el debate filosófico medieval sobre los “universales”, que el autor recupera con destreza en el libro. El verso, levemente modificado, pertenece al benedictino Bernardo Morliacense, quien en el siglo XII sostenía que los grandes de antaño, las ciudades célebres, las princesas y los cuerpos se pierden con el tiempo, mientras que el lenguaje permanece.
En ese resto mínimo conviene fijar la mirada. Todos los nombres del presidente: Conan, Milton, Murray, Robert y Lucas. No se trata de comprobar la existencia de aquello que denominan, sino de reponer su origen.
Los perros no cargan con meras etiquetas, sino con las “intenciones del alma”, siguiendo al pensador franciscano Guillermo de Ockham. Leídos como referencias espirituales, los nombres dejan de ser simples marcas biológicas y se transforman en una secuencia política: el trazado ideológico de un relato, una máquina de interpretación del poder.
Al principio fue Conan. La barbarie argentina del siglo XXI, erigida como civilización. “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho”. Después fue Murray (Rothbard), en homenaje al economista cuya lectura condujo a Milei al libertarianismo.
En un fragmento de su última publicación –donde compiló ponencias propias, eludiendo cualquier polémica por plagio–, el mandatario confesaba que Monopolio y competencia, de Rothbard, le enseñó que todo lo que sabía sobre mercados hasta ese momento estaba mal.
“Dejé la plata para darle de comer a Conan y para tomarme el taxi. Me volví a casa y volví al otro día con la plata que me quedaba, y me compré todos los libros (…). Lo que era un tremendo drama en mi cabeza neoclásica, Rothbard lo resuelve. Obviamente, un camino de ida”, recordaba.
“Murray es muy cariñoso, pero muy territorial”, explicaba en CNN. Se refería a la mascota, no a quien fuera el hombre clave para el establecimiento de la corriente austríaca en Estados Unidos y creador del movimiento “paleolibertario”.
El historiador Quinn Slobodian describe al humano Murray como protagonista del “nuevo fusionismo”, una corriente que cobró impulso tras el fin de la Guerra Fría y buscó alianzas entre liberales-libertarios, tradicionalistas, conservadores y nacionalistas. El teórico y armador político proponía “una revolución de varones blancos eurodescendientes” y entendía que el igualitarismo era la raíz “antihumana” y “malvada” de todos los problemas sociales.
Según su diagnóstico, el mundo se había vuelto esencialmente “estatista” y estaba “dominado por una élite gobernante (…); poderosas élites corporativas y financieras del viejo dinero (…); y tecnócratas e intelectuales, incluidos académicos de la Ivy League y élites mediáticas”. Frente a ese panorama, proponía un nuevo “populismo de derecha”.
Rothbard buscaba invertir la dinámica planteada por Friedrich Hayek –una de las figuras centrales de la Escuela Austríaca–: utilizar a las masas para despojar de poder a las clases dominantes de su tiempo.
Claro que este pionero “anti-casta” era –como subraya Slobodian– una versión “mutante” de los neoliberales: ambos defendían menor intervención estatal, desregulaciones y reducción del gasto público. No por nada, uno de los “hermanos” del clon Rothbard es el clon Milton.
Gran parte de la plataforma de Milei –incluidos sus exabruptos y excentricidades–, lejos de ser novedosa, encuentra anclaje en la prolífera obra de su ídolo, fallecido en 1995. Esta no fue solo un bagaje teórico: se convirtió en un manual de instrucciones.
El argentino suele presentarse como el topo que destruye el Estado desde adentro, un “infiltrado en las filas enemigas”, y en ese gesto se ofrece implícitamente como ejecutor de las profecías del maestro.
Romper maquetas del Banco Central, vestirse de superhéroe o cantar en el Movistar Arena no son más que puestas en escena alrededor del núcleo conceptual de Poder y mercado, escrito por el estadounidense en 1970. “Un mercado verdaderamente libre es totalmente incompatible con la existencia de un Estado, una institución que presume ‘defender’ personas y propiedades subsistiendo mediante la coacción unilateral contra la propiedad privada”.
La utilización paroxística de epítetos como “comunista” o “marxista”, la privatización de empresas estatales y la eliminación de ministerios –que primero fueron ensayadas en la pizarra de un canal de televisión con uno de sus periodistas amigos y luego ejecutó desde el púlpito– también remiten a Rothbard.
En 1962, este advertía que “puesto que cada empresa del gobierno introduce su propia isla de caos dentro de la economía, no es necesario esperar el socialismo total para que empiece a actuar el caos”.
“Si la gente no llegara a fin de mes, las calles tendrían que estar llenas de cadáveres”, proclamó uno. “Limpiar las calles de vagos y mendigos. ¿A dónde irán? ¿A quién le importa?”, se preguntó el otro. Los dos se pronunciaron contra el asistencialismo, aunque Milei haya participado de un stream para recaudar fondos para refugios de perros, donando un millón de pesos de su bolsillo junto a su hermana.
En este juego de espejos distorsionados, ¿quién es quién? Solo queda descender por un largo agujero de conejo que no conduce al país de las maravillas.
En un video de 2023, viralizado recientemente, el presidente afirmaba que “no hay daño” si una empresa contamina un río, porque “lo que no está bien definido ahí es el derecho de propiedad”. Según su razonamiento, si hay polución es porque se trata de “una sociedad donde sobra el agua y el precio del agua es cero”. “¿Quién va a reclamar el derecho de propiedad? Nadie. Porque no puede ganar plata. ¿Qué pasa si el agua empieza a escasear? Ahí va a haber un negocio”, concluía.
Cuarenta y un años antes, Rothbard escribía Ley, derechos de propiedad y contaminación del aire. Allí sostenía que la contaminación constituye un derecho de propiedad si el emisor llegó primero a un área deshabitada. En sus palabras: “Toda norma o regla administrativa [ambiental] es por tanto ilegítima y en sí misma invasiva y una interferencia criminal con los derechos de propiedad de no criminales”.
El paleolibertario también afirmaba en 1971 que la educación –sobre todo, estatal y universitaria– era una forma de adoctrinamiento. Y decretaba, sin rodeos, que existía “una gran masa de jóvenes no educables”, que no debía ser forzada “a ocupaciones para las cuales no eran aptos”.
Lo hacía en pleno auge de movilizaciones estudiantiles feministas, antirracistas y antibelicistas, infinitamente más masivas y radicales que las protestas universitarias que Milei enfrentó en 2024.
Otro de sus blancos era lo que denominaba “privilegios raciales o grupales”. Estaba convencido de que “la estructura completa de derechos civiles” violaba los derechos de propiedad. Esa obsesión reaparece en su heredero vernáculo, en todo lo vinculado a los cupos LGBTIQ+ y de mujeres, aunque vale aclarar que el mentor (involuntario) mostraba menos interés por las cuestiones de género que el discípulo.
Como señala Slobodian, “la combinación de la cuestión racial con el libertarianismo fue lo que más identificó a la posición paleo”. Rothbard abrazó los trabajos de Richard Lynn y H. Philippe Rushton, que vinculaban tamaño craneal, raza, clima e inteligencia. En La importancia vital de la separación, publicado en el Rothbard-Rockwell Report en 1994, llegó a sostener que la solución para Sudáfrica era un “Gran Apartheid”: “no solo cantonización, sino naciones soberanas separadas dentro del territorio”.
También reivindicó a David Duke, ex Gran Mago del Ku Klux Klan, quien había obtenido más de la mitad del voto blanco en la elección para gobernador de Luisiana en 1991.
En el plano local, Milei instaló una “cuestión racial” respecto de los pueblos indígenas, tanto en el discurso como en la práctica. Reinstauró el “Día de la Raza” y, mediante un video difundido por Casa Rosada, el propio Ejecutivo calificó la llegada de Colón a América como “una de las gestas más trascendentales de la historia”.
Allí se la presentó como el inicio de un proceso de “civilización, orden y progreso”, frente a pueblos descritos como enfrentados entre sí y portadores de costumbres con “rituales sangrientos”, supuestas señales de un continente “sumido en la barbarie”.
Murray Rothbard murió en 1995. Pero su nombre –de pila– sigue vivo, en el sentido más literal. Está en la Quinta de Olivos, donde una vez hubo un tigre y, hoy, un león autopercibido. Algo apartado de los otros clones, porque, según su padre de dos piernas, “son muy territoriales”. Y, sin embargo, cerca del centro de las decisiones de una Nación.
Rothbard también ensayó su propia operación historiográfica. En 1968 publicó un editorial de homenaje a Harry Elmer Barnes, historiador revisionista que cuestionaba los consensos sobre la Segunda Guerra Mundial y sostenía que el conflicto había permitido a Estados Unidos convertirse en un imperio militarista. Allí lo celebraba como figura “antiestablishment” y llegaba a calificar a Franklin Delano Roosevelt como “la persona más despótica de la historia del mundo”.
Omitía, sin embargo, que Barnes relativizó y, finalmente, negó el Holocausto; puso en duda la existencia de las cámaras de gas; y redujo drásticamente el número de víctimas, atribuyendo esos crímenes a una construcción política posterior. Es un pasado que Milei parece dispuesto a perdonarle al hombre “que la vio”, el fundador de los populismos de derecha.
Murray Rothbard murió en 1995. Pero su nombre –de pila– sigue vivo, en el sentido más literal. Está en la Quinta de Olivos, donde una vez hubo un tigre y, hoy, un león autopercibido. Algo apartado de los otros clones, porque, según su padre de dos piernas, “son muy territoriales”. Y, sin embargo, cerca del centro de las decisiones de una Nación.
Tranquilo ante cada nuevo recorte, cada privatización, cada reforma. Con el plato siempre lleno, con la mejor comida, sin deuda de tarjeta. Sereno, porque él es “de raza” –inglesa–.
En el cielo, algunas aves sobrevuelan con desconfianza. Como al final de Rebelión en la granja, cuando los animales observan a los cerdos brindar con los humanos y ya no pueden distinguir a los primeros de los segundos.



