Un momento...

21 de julio de 2026

21 de julio de 2026

20 de diciembre de 2025

LA EDUCACIÓN CINÉFILA DE LAS AMAS DE CASA

Silvana Aiudi

@Silvana.aiudi (IG)
Cultura
Tiempo de lectura: 4 minutos

Siempre me gustó mirar televisión. Cuando era chica, la maestra de la escuela nos decía que íbamos a quedar “cuadrados” -mientras dibujaba con los dedos la forma de un cuadrado en el aire- por mirar tanta televisión. La idea de mi señorita era que la televisión de los años ochenta y de principios de los años noventa nos iba a embrutecer. Lo cierto es que aquella televisión, con apenas cuatro canales que había en el aire, nos educaba, sobre todo, en cine. Era una televisión paternalista, que indicaba qué ver.

Me acuerdo de mirar películas con mi vieja a la hora de la siesta, durante la cena, y maratones enteros de Sábados de Súper Acción. También estaban aquellas del “horario de protección al menor” que, bajo supervisión, podíamos ver o no según el criterio de mi mamá. Por medio de aquella televisión y estos ciclos, las amas de casa tenían una cultura cinéfila que llegaba a los barrios en donde no había un cine o en los que ir al cine resultaba caro dentro de la economía familiar.

Recuerdo haber visto varias películas clásicas con mi vieja. A propósito de la reciente muerte de Héctor Alterio, me vino a la memoria La Patagonia rebelde, de Héctor Olivera. “Hoy vamos a ver algo constructivo”, era su frase. No sé cuántos años tenía entonces, pero me quedó grabada la escena del enfrentamiento de los huelguistas con la tropa que se acercaba a bordo del tren y el fusilamiento de Facón Grande. Por supuesto, ella ya la había visto antes.

Por medio de aquella televisión y estos ciclos, las amas de casa tenían una cultura cinéfila que llegaba a los barrios en donde no había un cine o en los que ir al cine resultaba caro dentro de la economía familiar

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Con tres hijos y encargada de las tareas domésticas, la forma de ver cine era distinta: la televisión estaba prendida como trasfondo mientras estas mujeres cocinaban y, durante las propagandas, salían a tender la ropa. Las películas estaban dobladas al castellano y mi vieja nos decía: “¡Avisame cuando termine la propaganda!”. Esa manera de mirar estaba lejos de los estándares de las élites que proponen tener un cine en la casa con sonido envolvente.

Muchos hijos e hijas recibimos una educación cinéfila por medio de aquella televisión y de una madre ama de casa que nos enseñaba. Ahora me vienen a la memoria varias películas: El último emperador, de Bernardo Bertolucci con música de Ryuichi Sakamoto; Ben Hur, de William Wyler; Los diez mandamientos, de Cecil B. DeMille con ese Moisés increíble interpretado por Charlton Heston o Rey de reyes, de Nicholas Ray y un Jesús parecido a Gabriel Batistuta -estas películas se pasaban en Semana Santa, Pascuas o Navidad-. Otras eran argentinas como Los isleros, con Tita Merello, que interpreta el personaje terrible de “La Carancha” y Nazareno Cruz y el lobo, de Leonardo Favio, película que tenía además un atractivo particular para nosotros: parte del rodaje había sido filmado por Vicealmirante Montes, una estación de tren cerca de donde vivíamos.

Fue un acceso para ver películas que de otra forma no hubieran llegado a las clases populares ni a las amas de casa a cargo de la familia. Con propagandas en el medio, que nos permitían ir al baño, ponerle agua al perro, preparar el mate a las corridas o hacerle una pregunta a mi mamá sobre algo de la trama que no habíamos entendido, las películas se veían desde el inicio hasta el final

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Una escuela cinéfila

El momento de mirar películas era sagrado. Cuando las anunciaban en las propagandas de los llamados, por aquel entonces, canales 7, 11 o 13, mi mamá nos decía: “tenemos que verla”. Para una generación, el amor por el cine nace, en gran parte, por la cantidad de películas que pasaban desde terror clase B, extraterrestres y reptiles gigantes hasta obras maestras que se transmitían por esos pocos canales de televisión.

Nuestra mayor escuela cinéfila fueron los Sábados de Súper Acción en el 11, ciclo que empezaba alrededor de las dos de la tarde y terminaba a la medianoche con Hollywood en castellano. Este fue un acceso para ver películas que de otra forma no hubieran llegado a las clases populares ni a las amas de casa a cargo de la familia. Con propagandas en el medio, que nos permitían ir al baño, ponerle agua al perro, preparar el mate a las corridas o hacerle una pregunta a mi mamá sobre algo de la trama que no habíamos entendido, las películas se veían desde el inicio hasta el final. Había un principio de unidad y de concentración. A este ciclo se sumaba Función privada, con Carlos Morelli y Rómulo Berruti (canal 7); La película sorpresa, único sin cortes publicitarios; y El mundo del espectáculo (canal 13).

La educación cinéfila de estos canales nos dio acceso a Hitchcock, Roger Corman, Jacques Tourner, John Ford, Fellini, Pino Solanas, entre otros. Y también a películas como El dólar marcado, Ladrones de bicicleta, El bueno, el malo y el feo, Casablanca, La noche de los muertos vivos o El Monstruo de la laguna verde. Movilizados, comprendo ahora, por el placer de esas matinés de cine en la cocina o el comedor y la educación cinéfila de un ama de casa, porque, después de todo, no sabría explicar qué otra cosa podía fascinarnos tanto al ver películas en televisores de cualquier tamaño, color o comportamiento, aparatos a los que a veces había que darles un golpecito para que funcionaran.

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