21 de julio de 2026
En Brasilia y Buenos Aires las elecciones en los EEUU se vivieron con una intensidad pocas veces experimentadas. Si los resultados de ese acontecimiento político siempre son importantes para Brasil y Argentina (como para cualquier país del mundo por su impacto sistémico) ésta en particular fue percibida como determinante tanto para los proyectos políticos, la inserción internacional y el devenir económico. Cualquier resultado implicaba efectos antagónicos sobre el Palacio Planalto como sobre la Casa Rosada, como dos caras de una misma moneda. La contienda electoral que se miraba desde una lejana tribuna dado que no existe capacidad alguna de incidencia, iba a provocar inexorablemente –como quien apuesta en una carrera de caballos- un ganador y un perdedor. La mañana del miércoles trajo caras largas, preocupación y mucha incertidumbre en la ciudad diseñada por el arquitecto Oscar Niemeyer, mientras que hubo júbilo, euforia y festejos en las oficinas gubernamentales de la “París” latinoamericana.
La concentración de la suma del poder público y político de Trump 2.0 (control bicameral y afinidad con la Justicia) reforzará la importancia -mucho más que en su primera experiencia como presidente- de contar con fluidas relaciones interpersonales, lograr distintos puntos de acceso a la Casa Blanca, como así también tener poder de negociación en lo que se espera que sea una más dura diplomacia transaccional en la dinámica bilateral, hemisférica y global. Los checks and balances de la democracia estadounidense y los actores con capacidad de veto sobre el ejecutivo serán menores de lo ocurrido entre 2017-2021.
Cualquier resultado implicaba efectos antagónicos sobre el Palacio Planalto como sobre la Casa Rosada, como dos caras de una misma moneda
Queda claro que los caminos se bifurcan. Mientras Lula perderá desde enero de 2025 interlocutores y capacidad de acceso a las burocracias de Washington (por el poder relativo de Brasil los canales de comunicación y diplomáticos seguirán abiertos), el gobierno de Milei tendrá línea directa (e indirecta con algunos empresarios del Silicon Valley) para intentar lograr ciertos objetivos de su gestión, por ejemplo, en una excepción de una medida arancelaria o, como todos esperan, en la intervención directa frente al board del FMI para que apoye las peticiones del país en cuanto al tamaño y desembolso de un nuevo acuerdo.
Este punto es clave. Para los emergentes, el triunfo de Trump es una mala noticia. Altas tasas, y proteccionismo implican un dólar fortalecido, presión devaluatoria y una baja en los precios de las materias primas. Los países con fuertes desajustes fiscales -Brasil es uno de ellos- tendrán un frente externo muy complicado. Además, si Trump intensifica la guerra comercial con China, es de esperarse que la respuesta de Beijing sea cambiaria (devaluando el Yuan), con lo que para los entramados productivos e industriales locales la “sobrecapacidad” de China será imparable por el lado importador. La dinámica descrita son efectos de mercado, tendencias muchas veces ajenas a la botonera de la Casa Blanca. Sin embargo, ante ese escenario generalizado, quienes tengan acces points en Washington podrán tener una herramienta para intentar paliar los costos u obtener alguna zanahoria. Acá hay un punto para Milei. Ahora bien, las relaciones interpersonales y la afinidad política no reemplazan en política internacional el peso relativo de un actor en la estructura internacional. Brasil, a diferencia de Argentina, es un geopolitical swing states clave en el devenir de la fragmentación geoeconómica, con un peso gravitacional que le da poder de negociación estructural gobierne quien gobierne en Washington. Si Argentina tiene visibilidad coyuntural, Brasil tiene peso regional. Punto para Lula.
Para los emergentes, el triunfo de Trump es una mala noticia. Altas tasas, y proteccionismo implican un dólar fortalecido, presión devaluatoria y una baja en los precios de las materias primas.
Para el devenir de los proyectos políticos los resultados electorales del martes no son inocuos. El bolsonarismo como oposición es un perro que muerde. Con Kamala y los Demócratas Lula podía contar con una correa que atemperase su virulencia y ferocidad, como quedó demostrado en la injerencia de Washington para evitar el intento de Bolsonaro no reconocer la victoria de Lula. La llegada de Trump seguramente empodere y alimente las pulsiones de los sectores más radicalizados en socavar la gobernabilidad del actual gobierno. Bolsonaro buscará que el líder republicano presione a través del Departamento de Justicia a los magistrados de la Corte Suprema para lograr la amnistía que elimine su inhabilitación. Cabe recordar, además, la pelea entre Elon Musk (uno de los grandes ganadores del proceso electoral) y las autoridades brasileñas no hace mucho tiempo. El tecno-utópico tributará con sus algoritmos y su influencia política para un cambio político en Brasil, de eso no caben dudas. Para el libertario argentino el efecto es todo lo contrario. Su proyecto de poder se fortalece de cara a las elecciones de medio término del 2025, tanto desde la cuestión material como hemos descripto como desde el fortalecimiento de la narrativa de las alt-right globales. Una amplificación de su visibilidad internacional tendrá efectos domésticos frente a una oposición desarticulada y aturdida.
Por último, el impacto electoral será importante en la política exterior. Para Milei el triunfo de Trump representa un espaldarazo a su opción por el plegamiento a Washington, que además de una opción de orientación estratégica ahora se complementa con un mimetismo político y personal. Tendrá el más fuerte aliado para seguir poniendo en el centro de su política exterior la batalla cultural y las críticas a agendas (como la ambiental y de género) en distintos foros internacionales. Además, el abrazo de Milei a la “tecno-polaridad” (la importancia del espacio digital y las Big Tech sobre el espacio físico y las relaciones entre los estados) será retribuido desde los empoderados empresarios cercanos a Trump. Para Lula, al contrario, implica recalibrar su política exterior. Como señaló el académico Bruno Binetti, Lula esperaba que el G-20 en Rio (noviembre 18 y 19) marcara “el regreso de Brasil al mundo”, pero en cambio será una celebración para Milei y Meloni sobre el nuevo contexto político. En este escenario el acuerdo Mercosur-Unión Europea se vuelve imperioso desde lo geopolítico más allá del trade off comercial. Brasilia y Bruselas necesitan una “autonomía estratégica relacional” que le dé oxígeno frente a los desplantes y el bullying que seguramente sufrirán por parte de Trump.
Para la dinámica bilateral, cualquiera resultado de las urnas representaba una nueva fuerza centrífuga, ésta de carácter externo. La polarización y la disfuncionalidad al interior del Washington se traspola dados las contrarias apuestas realizada y preferencias -no disimuladas- en torno al proceso electoral, lo que alguna vez -no hace mucho tiempo- fue catalogada como la “alianza estratégica” de América Latina.



