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21 de junio de 2026

21 de junio de 2026

20 de junio de 2026

JUVENTUD DIVINO TESORO

Osvaldo Nemirovsci

@nemicom
Política
Tiempo de lectura: 11 minutos

 Prólogo del autor: “No me parece útil regalar historias y experiencias ni banalizar vivencias empíricas. Veo, metodológicamente, incorrecto exigir acreditaciones cronológicas como garantía de una praxis política óptima. La solicitud de documentos de identidad como salvaguarda de la buena política es de una gran vulgaridad intelectual. Estimo debe modificarse que al término y a la idea de “renovación” se lo vincule recurrentemente con una categoría etaria/juvenil, como si una realidad biológica pudiera asegurar calidades, per se, en cuanto a idoneidad analítica y ética y por encima de otros atributos axiológicos de una dirigencia.

Entonces, me decido a dar pelea en el campo del debate, a asumir el compromiso, desde modestas posiciones personales, de situar a una generación de militantes y dirigentes considerados “veteranos” (o viejos) en la consideración social, cultural y de la militancia.

El propósito de estas líneas es, precisamente, interpelar dichos paradigmas, diversificar las perspectivas vigentes y colaborar en la construcción de una síntesis intelectual y de práctica política superadora”

Sin fecha de vencimiento

No se equivocó el excelso poeta nicaragüense Rubén Darío cuando en 1905 y dentro de su poema “Canción de otoño en primavera” incluye la frase “Juventud divino tesoro”, ya que ese concepto es más un recurso poético que un indicativo cierto de alguna realidad concreta.

La juventud en sí misma y como término, es una imprecisa categoría sociológica que, alentada desde universos marketineros y sostenida en creatividades comerciales, logra desde su abusiva utilización un lugar en los discursos políticos, y en sus valoraciones.

Los recursos mediáticos le otorgaron enjundia casi imperial y desde ahí se construyeron imágenes y simbologías lindantes con la excelencia y que construyeron sentido alrededor de la idea de lo juvenil como dato positivamente adjetivado.

Lo que modifica y transforma la política son las ideas y no las edades. Al vincularse la juventud como un aceptable valor político, esa condición coloca en un lugar menor de importancia la discusión sobre trayectorias, experiencias, coherencias, honestidad e inteligencia.

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En verdad, al carecer el término “juventud” de un contexto mayor que el que solo brinda el calendario, no es correcto generalizar esa valoración fuera de pequeños marcos. No aparecen con nitidez similitudes entre un joven de 17 años estudiante del colegio Nacional Buenos Aires con un joven de esa misma edad que funge como trabajador en la cosecha yerbatera en Misiones. Iguales ejemplos pueden apreciarse entre situaciones etarias similares y la disimilitud en sus contextos como puede ser una joven de 23 años egresando con un título profesional de la Universidad Nacional de Río Negro y otra mujer de esa edad viviendo en el barrio Loma del Medio en El Bolsón donde su realidad se mueve entre la gran precariedad habitacional y la carencia de servicios básicos y cuya realidad laboral es dudosa, irregular y con bajísimas posibilidades de progreso.

Y así, podríamos dar cientos de ejemplos incluso marcando las diferencias entre los límites que la propia categoría reconoce y que según validaciones de organismos de las Naciones Unidas se sitúa entre los 15 y los 24 años y donde surgen con dudas las posibilidades de encontrar patrones muy comunes entre jóvenes, por ejemplo, de 17 con otros de 24.

Entonces podemos ver que, ante la falta de una situación identitaria real, el concepto de juventud se muestra casi como un fetiche estético y discursivo donde se apela a que el mero hecho biológico, los rostros tersos de los años jóvenes, traen consigo y por ese solo dato una renovación estructural que en el mundo de la política tiene cierto endiosamiento como verdad absoluta, cuando en verdad hay ideas vetustas amparadas en gente de veinte años con la misma pasión como en alguien de ochenta. Lo que modifica y transforma la política son las ideas y no las edades.

Al vincularse la juventud como un aceptable valor político, esa condición coloca en un lugar menor de importancia la discusión sobre trayectorias, experiencias, coherencias, honestidad, inteligencia y sustituye el debate de fondo por lo superficial de alguna frescura visual.

La edad comienza a mitologizarse y eso es una trampa que quita a la política, a la cultura, a la ciencia, su verdadera sustancia. No existe una masa homogénea juvenil que piense igual, sus condiciones sociales, sus géneros, su territorialidad definen mucho más su pensamiento que las fechas de sus cumpleaños.

Claro que tiene valor el hecho de ser joven, pero no en la forma en que se plantea como respuesta a necesidades renovadoras, revolucionarias, transformadoras y de modernidad, cuestiones éstas que son independientes de la edad de sus protagonistas y por el contrario requieren capacidades, probidades y decisiones que generalmente se toman desde edades de mayor madurez.

La materialidad de la vida social y, sobre todo, el universo político requiere fortalezas y virtudes que se alojan en personas con amplia diversidad etaria. El recurso poético de la juventud como metáfora de la primavera permanente y alguna pureza mítica brindada por la edad, no es lo que se juega en el mundo real del poder y de los conflictos políticos.

Al idealizar la juventud como una dinámica abstracta de cambio, el discurso sostenido en ese valor abandona su verdadero contenido social y se convierte en un simple exhibidor de esteticismo donde cualquier ideología puede ser parte mientras sea expresada por “los jóvenes”. Es una mistificación lírica que ofrece falsas antinomias como “joven y viejo” y se disimula, en un trampa difuminada, las reales fracturas que generan conflictos entre las personas como son su ubicación social, los niveles educativos, sus salarios, las oportunidades de crecimiento cultural y económico, la conectividad o no, los orígenes geográficos. Insisto, una joven precarizada de cualquier conurbano periférico a grandes ciudades argentinas, comparte menos intereses y necesidades con otras jóvenes que son parte de familias de alto nivel empresarial que los que ambas seguramente tienen en común con adultos de sus propios entornos.

La edad no es una categoría política homogénea ni garantiza convertirse en un factor de transformación por el solo hecho de existir. En Argentina, y según casi todos los estudios muestrales de las últimas elecciones ponen a los espacios juveniles como adherentes a las posiciones más retrogradas y conservadoras.

El año en que se nace, no posee sentido social intrínseco ni asegura inteligencias políticas, emocionales ni escuda corajes ni convicciones. Pensar que la conciencia política se determina biológicamente es un error.

La política y sus conflictos vistos desde perspectivas etarias puede llegar a convertirse en el símbolo del significante vacío, donde la “juventud” como definición de unos de los espacios en pugna, asume la vacuidad del significado, la insulsez del sentido ya que no existe, salvo en libros como Diario de la guerra del cerdo[1] y en películas como La Naranja Mecánica [2], experiencias históricas donde el tema central de las pujas, guerras y bretes se exprese en la diferencia de edades. No se agrupan todas las “juventudes” bajo un similar estandarte y la sacrosanta identidad brindada por los años que se tienen.

La edad no es una categoría política homogénea ni garantiza convertirse en un factor de transformación por el solo hecho de existir.

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Es muy posible, sin entrar en miradas de sospechas conspirativas, que los abusivos clamores para que los jóvenes cumplan roles hegemónicos y centrales, no configuren más que una desviación del foco más importante que es el que alumbra los conflictos verticales ciertos como por ejemplo la lucha entre opresores y oprimidos, conectados y desconectados, dictaduras y democracias.

“La juventud no es un mérito, es un accidente biológico.” decía Jorge Luis Borges quien criticaba la mitificación de la juventud en la política y en la cultura y solía afirmar que “cumplir años no es una elección y no se debe asociar lucidez o moralidad a una franja de edad.

Muy distinto es el concepto de “renovación y de transvasamiento generacional” tan necesario no solo en la vida política sino en toda organización que pretenda asegurar en el tiempo la continuidad de sus ideas y la permanencia de los valores que la sostienen e incluso, en ámbitos de la ciencia y la tecnología, la persistencia de investigaciones y estudios. El transvasamiento recoge una primera secuencia en donde la mixtura de edades busca un equilibrio que asegure fortalezas mediante la mancomunidad de sus distintas expresiones etarias, pero tiene, casi siempre la particularidad de que los más experimentados, los “mayores” son quienes reciben (en un partido político, en una organización gremial, en una cooperativa, en un club, en un Instituto médico o científico) a los más jóvenes a quienes van transfiriendo en un juego dialéctico sus conocimientos mientras toman de ellos sus pareceres. Tanto en el plano científico donde esta relación puede darse a través de la discusión, la elaboración de un marco teórico común y acordado, la elaboración de una hipótesis, la elección de una metodología de análisis para finalmente arribar a conclusiones, como en la propia dialéctica hegeliana donde tallan las necesidades de elaborar tesis (comúnmente iniciada desde una idea o una realidad primaria), antítesis (que surge de la contradicción, negación o los opuestos) para arribar a una síntesis (que es la resolución que supera lo inicial, conservando lo mejor de los opuestos, y se convierte, para que el curso continúe, en una nueva tesis) estos ciclos se entienden desde el esfuerzo conjunto y no desde la irrupción de actores protagónicos que se sostienen casi en exclusividad en el argumento de ser “jóvenes”.

“La juventud es una imperfección que se cura con el tiempo”, decía Aristóteles quien reconocía en los jóvenes una gran pasión y cierta notoria magnanimidad pero que carecían de la experiencia que se precisa para gobernar en la realidad.

Cuando en el peronismo se habla del necesario transvasamiento generacional, es útil acudir a la advertencia del general Juan Domingo Perón quien decía que ese traspaso de mando y renovación de cuadros políticos no consistía en “tirar a un viejo por la ventana todos los días”. Esta frase contiene una enorme sabiduría y una grande lección de conducción política pues pone de relieve que nunca los caminos del recambio deben ser destructivos (hoy la variable es la moderna idea de “cancelación” donde se convierte en invisible e innecesario a determinadas personas, en todos los ámbitos sociales) pues innovar conlleva el deseo de evitar estancamientos en el poder (cuestión ésta que también puede darse entre jóvenes) sin descartar a nadie por sus condiciones etarias y evitar así los desgastes que toda gestión contiene.

En Argentina, y sobre todo en el peronismo hay conducciones partidarias y hay legisladores, que dentro del marco estricto del dato juvenil, que es de donde provienen, vienen repitiendo periodo tras periodo sus permanencias en esos espacios de poder. No se necesita una edad avanzada para ser habitué de cargos, privilegios y distinciones.

Hannah Arendt advertía sobre la insuficiente memoria histórica de los más jóvenes y eso corría el peligro de ser instrumentalizado por posiciones políticas totalitarias.

Claro que existen condiciones en los jóvenes, que son ajenas a los mayores, pueden tener una espiritualidad más rebelde, más proclive a la acción, “se sienten bastante alejados de la muerte y todo eso otorga un manto creíble de invulnerabilidad[3] y eso ayuda a tener una poderosa energía de cambio.

La noción de juventud y de generación surge con fuerza en el discurso político en los años 60/70, en virtud de acontecimientos históricos que, si bien no postergan las ideas de Nación y de clase social otorgan mayor sentido protagónico, para las contradicciones que colocan en conflicto, a la cuestión de la edad como valía que enfrenta la viejo. El mayo francés en 1968 y la destacada conducción de las luchas juveniles por parte de líderes como Daniel Cohn-Bendit, anarquista que con 23 años fue la cara más visible de esas jornadas parisinas, Alan Krivine dirigente trotskista jefe de las Juventudes Comunistas Revolucionarias, Alan Geismar, maoísta y portavoz de la Unión Nacional de Estudiantes de Francia que enfrentaban al “viejo” Charles De Gaulle que con 77 años gobernaba Francia, dio la pátina necesaria de romanticismo, poesía y plafón político para ver en la juventud la nueva fuerza que debía encabezar los movimientos liberadores y “revolucionarios”.

Nicolás Casullo, filósofo argentino 1944/2008 entiende que en esos tiempos “Aparece de manera rotunda en la política, lo juvenil, como una nueva subjetividad con razones y valores y cierto sentido histórico y cultural”.

Y ese tono epocal instala una fuerte valoración de lo joven como actor principal de las variantes “rebeldes” de esos momentos, devenido luego en nociones más políticas y sensatas como la frase de Perón que plantea, como excepción temporal, “crear lo nuevo dentro de lo viejo” pero sin apelar a distinciones de etarias como representación de lo nuevo y lo viejo.

De cierta forma, las presencias juveniles como motores de lucha y movilización, en general han sido sobrevalorados y la historia demuestra que las transformaciones, reformas y revoluciones duraderas no se han sostenido desde la urgencia de la rebelión juvenil sino con la construcción y solidez de una arquitectura institucional de largo tiempo.

Ni sin jóvenes ni solamente ni mayoritariamente con ellos se consolidan los procesos de lucha política. Cunde entre cierta intelectualidad la ontologización del sujeto joven. Desde hace unos años cierta modernidad tardía ha colocado en el podio principal a una categoría ontológica de pureza moral para el valor etario de los más jóvenes. Obviamente y desde cualquier racionalidad no puede considerarse ese valor de la edad como una capacidad intrínseca que otorga mejores calidades dirigenciales y de gestión.

Puede existir en el pensamiento social actual, breve en calidad, cierta estetización de la acción política, una especie de deriva híper ornamental donde la juventud logra sus mejores performances y masifica esta realidad, con cierta condición falaz, en el ecosistema digital, en las redes en particular y en el seguidismo mediático que clama y exige “renovaciones” con la solitaria demanda de que se basen en la edad. No se demandan renovaciones de ideas, sino que se quedan en la medianía de creer que todo cambio solo puede devenir de la numeración más alta de los DNI.

Las presencias juveniles como motores de lucha y movilización, en general, han sido sobrevalorados y la historia demuestra que las transformaciones, reformas y revoluciones duraderas no se han sostenido desde la urgencia de la rebelión juvenil sino con la construcción y solidez de una arquitectura institucional de largo tiempo.

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Un fervor “adanista” irrumpe enérgicamente en la política. El adanismo, que es la tendencia a actuar y comenzar toda actividad como si nadie la hubiese realizado o pensados antes, se confunde en estos tiempos con el bullying a las personas mayores, conocido como “edadismo”. El síndrome de Adán se entiende tomando al primer hombre bíblico y está cargado de menosprecio hacia la experiencia previa y desconocer y desacreditar todas las historias previas. ¡Válido para Adán, pero inconveniente para un mundo como millones de años de evolución!

En todo el mundo y en cada acción política aparece, como factor invisible pero certero, un acumulado histórico que no puede ni debe ser interrumpido por feroces apelaciones a la renovación desde lo etario. Intentar la construcción de una épica política, y en nuestro caso, la segura necesidad de una recomposición nacional y reconstrucción argentina una vez finalizado el horripilante ciclo libertario, edificado sobre la identidad juvenil como valor clave, es asentar futuro sobre arenas movedizas ya que esta condición, obviamente, es de una transitoriedad biológica inequívoca. Solo una institucionalización política fuerte, contenedora, inteligente, justiciera y democrática va a alumbrar una nueva, y mejor, realidad nacional.

Todo bien con las presencias juveniles. Todo mal con la miopía y destrucción de un pacto intergeneracional necesario. Hay una dialéctica de la historia que no debe quebrarse con exageraciones hacia el sesgo juvenilcéntrico ni caer en el freudismo y su complejo parricida (matar al padre), trasladado a la política como el deber de “matar” a los mayores. Cargar un peso mesiánico sobre los hombros de cierta cohorte biológica solo puede finalizar en un desencanto generacional y en fracasos políticos.

Manuel Cruz Rodríguez, filosofo catalán y político español (nacido en 1951) que fuera presidente del Senado de España le pone mote al “adanismo” como la “enfermedad infantil del narcisismo” y reconoce que cien años después que el filósofo José Ortega y Gasset acuñara ese término, en su libro de 1910 “Como Adán en el Paraíso) el adanismo ha regresado con renovada fuerza y reconoce esa vitalidad en el potenciamiento desde las redes sociales y su imparable expansión. Cruz Rodríguez pone en valoración lo que considera una “cancelación de baja intensidad” que desde los espacios adanistas/juveniles se practica contra cualquiera que ponga en cuestión y no acepte las miradas críticas sobre ellos y sus planteos. En Argentina, es notoria la reacción retardataria, conservadora y violenta, que en ese sentido llevan adelante trolles mileistas, dirigentes libertarios y hasta el mismo presidente del país. El insulto “viejo meado” es solo una muestra entre muchos.

El autor de esta nota, se pregunta si escribir esto no tendrá que ver más con la edad que porta y que impide anotarse en el bando de los jóvenes y en consecuencia carga tintas contra una franja etaria a la cual no regresará jamás. Pero se responde que no, que es un pensamiento, una convicción, una cuota analítica y una certeza histórica.

Y en última instancia siempre habrá lozanías y modernidades, que habitan en personas con más de 75 años como lo fueron el general Perón y el Indio Solari.


[1] Diario de la guerra del cerdo (1969) es una novela del escritor argentino Adolfo Bioy Casares (1914/1999)

[2] La naranja mecánica, (1971) filme de Stanley Kubrick. Una pandilla de jóvenes ultra violentos comete atrocidades, incluyendo agresiones a personas mayores y vulnerables. Es una fuerte alegoría/sátira sobre la violencia juvenil, el fracaso de la sociedad y el conflicto generacional en una Inglaterra distópica.

[3] De La juventud es más que una palabra: Ensayos sobre cultura y juventud, cuyo autor fue Margulis, Mario (1932/2025). Sociólogo argentino, especialista en estudios culturales y primer decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.​

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