18 de julio de 2026
La economía argentina está desnutrida. Sigue ahí, pero muere cada día, cada hora. Los números de cierres, despidos y pérdida de poder adquisitivo se han convertido en una larga lista, casi una elegía. Hay changas, no trabajo.
Si volvemos la vista atrás, vemos que el gran pecado kirchnerista es no haber sido un poco liberales a tiempo. Bajar el costo argentino en la bonanza, como dice Leandro Zicarelli: ajustar en momentos de crecimiento, gastar en épocas complicadas; poder abrir importaciones para competir y no para consumir. La clave, con el diario del lunes, no es sólo crecer, sino hacer los deberes en la época de crecimiento. El timing es la clave de casi todo, pero no es fácil darse cuenta a tiempo, claro. Todos creen que estarán ahí para siempre.
Y la lectura del momento económico es crítica. “¿Qué hacer?”, es la gran pregunta. La respuesta es temeraria: todo lo que sea necesario para sobrevivir. Los hechos son claros, la economía se achica día a día. Tanto oferentes como demandantes viven momentos de atrofia, nada se expande. Ni siquiera hay parripollos que florezcan en el horizonte, porque los costos de servicios siguen subiendo y los consumidores no existen. Los que queden podrán rentabilizar algo en el futuro. Ni importar sirve en el fondo.
las importaciones bajaron 12% con respecto a enero del año pasado. no hay avalancha importadora porque todo está muertísimo
— mariano (@buensalvaje) February 19, 2026
Una economía argentina que no es de emprendedores o que planifica inversiones, es una economía de los que quedan. Casi nadie invierte en Argentina, esa es la triste realidad. ¿O la venta de grandes marcas, como HSBC o P&G, todas a empresarios nacionales no es un síntoma de una economía que sigue con un cepo? Claro, está el RIGI y Vaca Muerta, pero eso es casi un regalo, casi imposible no invertir en condiciones tan favorables. No está mal. Pero las condiciones no están dadas para que nadie apueste al mercado interno argentino. ¿Quién entraría un dólar a un país donde no podés sacarlo?
Lo que podría ser una gran economía del futuro, apostando a la formación del mundo en sus universidades y su tierra, no es más que una economía pequeña pequeña. El otro lado de este desbarajuste es la clase política. Tan atrofiada como la economía, la clase política vive hoy su reducción a la facción. Hablar del peronismo hoy es un verdadero sofisma. Un flatus vocis, una cáscara vacía de contenido. Cambió todo o mucho en los últimos años, pero las categorías mentales siguen ahí. Con Milei murieron todos los cucos. Es el Thanos argentino, que con un chasquido destruyó sindicatos, peronismos, progresismos…
La clave, con el diario del lunes, no es sólo crecer, sino hacer los deberes en la época de crecimiento. El timing es la clave de casi todo, pero no es fácil darse cuenta a tiempo, claro
La ventura política del gobierno se contrasta con su mayor imposibilidad: la economía real. A esta altura no sabemos si el achicamiento de la economía y la caída de los indicadores es un accidente o un plan. La reconversión económica son los padres. Como bien decía Maximiliano Montenegro en Ahora Play: “la secuencia debería ser: primero ordenás la macro, liberando el mercado cambiario y después te abrís”. Por eso la entrada de productos importados no tiene tanto sentido. Funciona un poco como ancla de precios, pero todavía hay que hacer demasiados ajustes. La inflación no llega a ser tan baja y en relación con la actualización de los salarios es alta. Un empresario decía que el problema no era tanto la competencia china, sino la falta de poder adquisitivo y de demanda.
Así, empresarios que finalmente bajan persianas porque la empresa no da ganancias sino que se mantiene. Si la baja de inflación está estancada con la capacidad instalada en menos de la mitad, hablar de reactivación es mala palabra. Cualquier reactivación puede hacer subir la inflación. Por eso los cierres de empresas son infinitos. No tiene nada que ver con la competitividad. A los teléfonos móviles se les bajaron impuestos y siguen igual de altos sus precios.
Es un escenario imposible. No hay que esperar para decirlo: la economía argentina es como La balsa de Medusa de Géricault: la desesperación por salvarse. El único plan es matar la economía para liquidar una inflación, que no termina de morir.



