23 de julio de 2026
Acaba de decirle que está afuera, que es por su bien, que está destinado a ganar mucha guita y que él no se la puede pagar. Suena a excusa, pero el Gordo es un amigo, un pan de dios, ¿cómo desconfiar de su honestidad? Ahí mismo ensaya un montón de argumentos para convencerlo de quedarse, de seguir en la orquesta. Inclusive se hace presente –de prepo- en actuaciones en las que ya no está convocado, pero no hay caso: es el año 1964 y Roberto Goyeneche ya no es cantor de la orquesta de Aníbal Troilo. La formación de Pichuco era una escuela de intérpretes, el punto máximo para cualquier muchacho (o muchacha porque tuvo dos cantoras) que soñara con “la pinta de Carlos Gardel”. Los mejores pasaron por su micrófono y él se encargaba de moldearlos: desde Floreal Ruiz a Edmundo Rivero, pasando por Raúl Berón, Alberto Marino y Fiore, como muestra de la diversidad de timbres y personalidades que ahijó el Gordo. Roberto Goyeneche se había incorporado en 1956, en uno de los recambios que usualmente hacía el director, y la mayor parte del tiempo hizo dupla con Ángel Cárdenas, aunque también coincidió con Roberto Rufino y Elba Berón. Hasta ese momento, Goyeneche había cantado en la orquesta del Horacio Salgán, su primera experiencia profesional. Antes de eso, ganó un concurso de cantores en un club barrial y cantó un tiempo con la agrupación de Raúl Kaplún cuando era un pibe y ayudaba a la economía de su madre viuda y sostén de la familia. Durante los años posteriores, se ganó la vida como colectivero, pero el laburo con Salgán le permitió dejar el volante y dedicarse al tango. Fue ahí que le echaron el ojo (o el oído) el entonces joven poeta Horacio Ferrer y Zita, la esposa de Troilo. A Pichuco no le terminaba de convencer, no por sus dotes de cantor, sino por la pinta, dicho con sus palabras: no imaginaba un cowboy en su orquesta. Rubio, de ojos claros, flaco y espigado, así era Roberto Goyeneche, tan lejos de la estampa gardeliana del morocho porteño, pero muy cerca a la vez. Por lo pronto hay controversias con el lugar de nacimiento de ambos, pero en el caso del Polaco no genera ninguna disputa porque él mismo lo contó: “Yo nací en el barrio de Saavedra, en la casa de mi abuela, de mi madre, en la calle Avenida del Tejar 3050, donde se junta con Superí. Vivía con mi madre, con mi hermano, con mi tía Margarita y con mi tío Amadeo. Lo adoraba yo a Amadeo, era inglés”, bromea en una entrevista que le hizo Antonio Carrizo en 1984, “se llamaba Caramanna (con doble n). Era lo más lindo que había”, remata. La entrevista está subida hace años a YouTube y es una hermosa manera de acercarse a Goyeneche. En esa misma época también se trenzaron con Carrizo -ambos apasionados tangueros y compinches- en largas y prolíficas entrevistas dentro del programa “La vida y el canto” de Radio Rivadavia. Se juntaron a escuchar –durante varias emisiones- un centenar de tangos de entre los que llevaba grabados (en ese momento unos 1300) y charlaron sobre ellos, sobre la vida, los poetas, los directores y compositores. Durante su quehacer televisivo y radial, Carrizo se metió a fondo con hombres y mujeres del mundo culto y popular: “hice un ciclo mensual con Borges, Tita Merello y Sábato, y un día se me ocurrió Goyeneche. Apareció en el estudio vestido con jogging. Era maravilloso. Roberto había descubierto la palabra “tremendo”, por eso en las charlas la usa mucho. Fueron momentos inolvidables, unas 20 sesiones de una hora aproximadamente”, le contó el conductor al diario La Nación y agregó: “El Polaco es el más grande de todos; entendió al tango como nadie. Si el tango tiene lágrimas, Goyeneche retuerce el pañuelo y le saca una más, sin necesidad de ser lacrimógeno. Además, era un inocente.” Esas charlas fueron editadas quince años después (en 1999) en formato de CD por uno de los patronos de la música popular argentina: Lito Nebbia, que con su sello Melopea puso a salvo el olvido varias joyas. Hoy son tres volúmenes que están disponibles en Spotify. Dejamos por aquí una lista de música que empieza con algo de ese material rescatado del olvido y que emprende, en orden cronológico, un paseo por gran parte de los discos y momentos del Polaco.
Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de Roberto Goyeneche, apodado –por la ya señalada cabellera rubia- “Polaco”, fruto de la ocurrencia de Ángel “Paya” Díaz, compañero de la orquesta de Salgán, amigo y maestro. Cuando la voz de Goyeneche asomó a la vida profesional, el tango ya empezaba a despedirse de la gloriosa década del 40, faltaba poco para que reinara la primera música destinada a los jóvenes, el rock. Por eso, los argumentos que Troilo esgrimió para desvincularlo de su orquesta en 1964 no son tan alocados, él mismo empezaba a laburar mucho menos y armó un cuarteto, con el inmenso guitarrista Roberto Grela, para ofrecer una opción más accesible, con menos músicos, y así poder seguir tocando. El contexto los apretaba y Troilo se deshacía de un cantor que ya empezaba a mostrar su personalidad, pero que hasta ese momento era un cantor de orquesta, de los buenos, pero sólo eso.

Después vinieron 2 años de poco laburo, lo contó en muchas entrevistas Luisa –la esposa de Goyeneche y madre de sus dos hijos- que en ese momento paraba la olla familiar cosiendo por encargo. “No lo llamaba nadie”, repite Luisa desde el archivo, sentada en el living de la casa en la que siempre vivieron en el barrio de Saavedra, una sala llena de fotos, pinturas que retratan al Polaco y premios. Ese espacio sigue intacto, en esa misma casa familiar vive Roberto, uno de los hijos. Con Luisa se conocieron en la década del 40, bailando en el club El Tábano de Coghlan, mientras recorrían la pista él le contaba que era cantor y ella pensaba que era un chamuyo. Luisa lo sobrevivió muchos años, murió en 2020. El Polaco se le adelantó el 27 de agosto de 1994, con apenas 67 años de edad pero con toneladas de vida en la noche sobre los hombros. Durante gran parte de los años nocheros, y sobre todo cuando sus hijos eran pibes, el Polaco inventaba rutinas para continuar con la vida familiar: llegaba de cantar por la mañana y seguía de largo subiendo a toda la familia al auto: se iban a cazar pajaritos, que era uno de sus berretines. En una jaula doble o trampera se pone un pájaro que hace las veces de llamador y cuando otro se acerca a comer alpiste –atraído por el canto-, pisa el palito y queda atrapado. Costumbres de otra época: cazar pajaritos para tenerlos en la casa, los Goyeneche tenían un jaulón donde entraban como 200 pájaros. En la película documental “Roberto ´Polaco´ Goyeneche, las formas de la noche” (2023), el director Marcelo Goyeneche –sobrino nieto del cantor- pone en pantalla videos familiares en formato Súper 8 donde aparece ese otro Polaco: el que caza pajaritos en Mercedes como cualquier otro tipo de barrio y se hace el payaso para la cámara hogareña. Era un hombre sencillo, siempre vivió en la misma casa, frecuentaba a diario el boliche San Quintín de Avenida del Tejar y Tamborini y el bar La Sirena de Balbín y Núñez; no le gustaban los viajes largos y los evitó todo lo que pudo.

Volviendo al 64, mientras Luisa cosía y cosía, el laburo del cantor escaseaba. Pero un día sonó el teléfono, era Aquiles Yacometti, director artístico de la discográfica RCA Víctor, para proponerle grabar con Armando Pontier, uno de los grandes directores de tango de todos los tiempos. El Polaco aceptó sintiéndose muy halagado, el LP se llamó “Otra vez Armando” y salió en 1967. Queda claro desde el título que el que gozaba de mayor popularidad era el director, en la portada del vinilo se puede ver una gran foto de Pontier y una pequeña de Goyeneche anunciándolo como “artista invitado”. Ese es el germen del Polaco que conocemos: daba el primer paso de una carrera solista que luego lo llevó a grabar acompañado por el dúo Baffa-Berlingieri, la Orquesta Típica Porteña dirigida por Raúl Garello y Osvaldo Berlingieri y de vuelta con Pontier. Con Astor Piazzolla grabó un disco simple con los flamantes “Balada para un loco” y “Chiquilín de Bachín” en 1969. Y hasta se editaron grabaciones con la orquesta de Troilo que no habían sido publicadas en un disco que Pichuco eligió llamar “El Polaco y yo”. Más tarde, grabó dos larga duración con la orquesta de Troilo: “Nuestro Buenos Aires” de 1968 y “¿Te acordás Polaco?” de 1971. Al final, el Gordo tenía razón: la figura del cantor había crecido y pocos años después de invitarlo a dejar la orquesta ya compartían cartel. Después, vinieron los tres discos con Atilio Stampone, que hizo arreglos a la medida de Goyeneche, pensados ya no para bailar sino para escuchar, con una orquesta inusual para el tango: que tiene timbal, mucha cuerda e instrumentos de viento. “Sentimiento tanguero” de 1972, “Goyeneche 73” y “Personalidad y tango” de 1974 son los discos que compartió con Stampone, tres joyas de dos artistas que se animaron a jugar con los tangos, a armarlos, desarmarlos y correr los límites. En esas jornadas de grabación, que coincidían con sus actuaciones en el local de música en vivo que tenía Stampone con otros socios, Caño 14, compartían el fanatismo por Tony Bennett y se daban panzadas con los discos del crooner ítalo-norteamericano.

Era tal el éxito de Goyeneche que en los 70 grabó casi un álbum por año. De 1982 es su disco con el quinteto de Astor Piazzolla en el Teatro Regina, grabado en vivo en pleno fragor social por la guerra de Malvinas. Goyeneche interpreta “Cambalache” y, a pesar de que era muy obsesivo con decir exactamente lo que los poetas habían escrito, se toma la licencia: “mezclao con Stavisky van Don Bosco y la Mignón, la Thatcher, Napoleón, Carnera y San Martín”, arrancando un aplauso que quedó para siempre impreso en la cinta. El Polaco no solía hablar de política públicamente y éste es uno de los pocos momentos de toma de posición que se le conocen. Tampoco parece que la política estuviera entre sus principales intereses, era de una sensibilidad más bien humanista, un tipo que se dejaba envolver por los dramas de los tangos, que pasó la vida desvelado buscando la mejor forma de decir a los poetas, de ponerse en su cuero y entregarse al público. A medida que fueron pasando los años, su canto se puso cada vez más al servicio de la poesía. Echaba mano del recurso de adelantar o ralentar la letra dentro de la música (eso que llaman frasear) para entregar los viejos tangos como si fueran de hoy o de mañana. Como si los estuviese cantando por primera vez. Con el tiempo y las noches largas, la gola lo fue abandonando, pero la palabra siempre tuvo de su lado.

En 1988 Pino Solanas lo convenció de que actuara en su película “Sur” y fue en la pantalla grande el papá del personaje de la protagonista Susú Pecoraro, un atorrante y tierno cantor de tangos. Entre el humo y una lluvia de papelitos de viejos festejos, emerge ese increíble personaje en el que él mismo ya se había convertido. Es muy difícil no conmoverse al mirar una vez más la escena en la que, acompañado por el fueye de Néstor Marconi, canta “La última curda” en una esquina de ensueño de Barracas. Esa película reeditó la mitología tanguera a afines de los 80, la propia Adriana Varela se arrimó al tango después de ver “Sur”.
En los últimos años de su vida Goyeneche se convirtió en puente, en una voz capaz de seducir a los músicos y el público del rock. Una voz decidora que conquistaba a los más jóvenes y se alejaba del gusto de los tangueros más ortodoxos, que recordaban su época dorada de cantor. Parte del público joven lo descubrió en 1993, cuando Marcelo Piñeyro incluyó en la película “Tango Feróz” una versión de “Malevaje”, que Goyeneche grabó con la Típica Porteña en 1977. El film es una versión muy libre de la vida del pionero del rock argentino Tanguito. En una escena, Fernán Mirás y Cecilia Dopazzo intentan bailar un tango desnudos, en un cuarto hippie, lleno de velas, mientras suena el Polaco de los 70, una topadora de gola y emoción.

A pesar del paso del tiempo y de que el presente tanguero ofrece muchas nuevas voces, el lugar de Goyeneche como cantor iniciático sigue intacto. A diferencia de otras puertas de entrada al tango, como puede ser Julio Sosa, hay tanto y tan variado para bucear en la discografía del Polaco que admite múltiples escuchas, inclusive para expertos tangueros. Y a la par de la obra, lo sobrevive el mito, el personaje entrañable: un tipo sensible, predispuesto a la emoción, cercano a sus amigos. Un hombre de gustos y costumbres simples, a pesar de la noche y sus intrincados laberintos. Hincha de Platense, vecino de Saavedra, agradecido y generoso. Tan cercano es, que con sólo decir “el Polaco” lo invocamos y nos sentimos más cerca de él, incluso un siglo después.

