20 de julio de 2026
La Semana Santa del 87 obviamente era feriado, y Eduardo Duhalde, entonces intendente de Lomas de Zamora, estaba de licencia. En la municipalidad no volaba una mosca. La primavera democrática comenzaba marchitar flores bajo una economía en crisis. Democratizar con economía de guerra era una fórmula compleja. Pero la sublevación militar ponía a prueba los años dorados de esa transición: ¿cómo iban a resistir el plantón castrense? Duhalde sintonizaba con los 80: valoraba la política de partidos, e incubaba un respeto reverencial por Alfonsín (es el peronista más ortodoxo en cuatro décadas de democracia y el mayor admirador del líder radical). Pero estaba de licencia y lo reemplazó Juan Bruno Tavano, primer concejal, que se había ido unos días en familia a Las Toninas. La militancia de Lomas, entre los que estaba el Chino Navarro como asesor del bloque de concejales del PI, escuchaba las noticias por radio. Alarmados, se fueron temprano a la municipalidad. El pueblo quiere saber de qué se trata; y los militantes, dirigentes, punteros y rosqueros también. No eran más de diez de aquella Juventud Intransigente, entraron a la guardia del municipio con decisión. “Che ábrannos”, gritó el Chino. Pidió que les habiliten el despacho del Intendente, pero prefirieron instalarse en otro despacho donde Duhalde reunía al gabinete. ¿Qué había que hacer? Llamar a medio mundo. Por empezar, a los conocidos de La Coordinadora para tener información más fina. Llaman a Marcelo “Oso” Díaz, dirigente de Fredy Storani en Lomas. “Oso, venite a la municipalidad, tenemos que armar una movilización, tenemos que ir de acá a la plaza”, le dicen.
Nadie sabía qué carajo hacer. La militancia tenía en la punta de la lengua su vicio: movilizar. Al rato cae Alberto Pérez (mismo nombre que el sciolista, otra historia). Éste era un militante que en los 70 fue cercano a Montoneros y que para ese entonces militaba en el espacio de Osvaldo Mércuri. “Siempre transgresor, simpático e inteligente, tenía mucha presencia en Cuartel X”, dice el Chino. “Chino, lo que necesites acá me pongo a disposición”, le dijo Pérez ese día. Los del Chino llegaron primero a la intendencia y una jerarquía precaria se amasó por orden de llegada por un rato. Lo que Pérez ponía a disposición también eran algunos fierros. Los fierros en los ochenta eran otra verdad de esos años: los había, un poco porque quedaron (y se desenterraron) de la década anterior, otro poco porque eran un vicio del siglo XX (voto a voto, fusil contra fusil).
“Pero para mí un fierro era para una parrilla, la cosa del horno que la ponía afuera con ladrillos y parrilla”, dice el Chino y se ríe. (El Chino en los 70, nacido y criado en una pequeña ciudad rionegrina, había sido arquero en los torneos Evita, alguito de militancia en un centro de estudiantes y oyente exclusivo en la cocina de una casa politizada.) Movilizar era la consigna, y empezaron a llamar a algunas empresas de transporte para que manden micros a la plaza. Se iban juntando en la municipalidad. Y el mensaje era que todas las fuerzas de la democracia se movilizaran juntas. Así salieron para la plaza los radicales, la Jotapé, la Juventud Intransigente, la Fede, los socialistas, y mucha gente suelta. Mucha gente que se subía a esos micros como huéspedes de esa aventura cívica.

La semana santa iba a ser larga. Alfonsín, como dijo Halperín Donghi sobre el 2001, era el jefe del monopolio de la fuerza al precio de no usarla. El chiste sobre la lentitud del General Aláis se extendió por décadas (tenía que reprimir a los sublevados y se tomó su tiempo). Sólo Menem, tres años después, como presidente y a tiro de indultos, pudo dar la orden que parecía imposible en un civil: que un militar le dispare a otro. El 3 de diciembre de 1990 también “nace la democracia” cuando un civil, demasiado civil, es jefe del monopolio de la fuerza al precio de usarla. Pero volvamos.
El segundo día cae a la municipalidad un comisario, un tal Oscar Rossi, de la comisaría 1era de Lomas. Llegó “con toda la pompa”, pidió formalmente una audiencia, lo que literalmente fue golpear una puerta abierta en el Municipio, en un despacho del primer piso donde medio mundo entraba y salía, donde se comían empanadas, se tomaban gaseosas, se usaban los teléfonos, se distribuía la información y se escuchaba la radio. “Sshhhhh, ¡momento! Pase, comisario”. Rossi dijo: “Yo tengo mandato de la superioridad de apuntalar el sistema democrático y acompañar con los patrulleros la columna de micros que sale para la plaza de mayo”. ¿Qué era Rossi en ese momento? Un comisario bonaerense que con los años ganó espacio en la fuerza. ¿Cuánto podía Rossi? Nadie sabía. Lo que se supo es que los tiempos estaban cambiando. La Bonaerense, esa banda, esa maldita policía, era también parte del nuevo orden. Así que un comisario le hizo la venia a ese grupo de “civiles” ahí. 1987 y el círculo del tiempo: la policía por un rato garantizaba la seguridad de una movilización para defender a un gobierno civil ante lo que todos creían (otro clásico golpe de estado). ¿Era una orden real o el tipo se mandó? El tipo parecía convencido. “Le puso el cuerpo, ordenaba y los policías con nosotros, dos patrulleros adelante, cuatro atrás, salíamos con los colectivos y autos, fuimos los tres días seguidos.”
“Che ábrannos”, gritó el Chino. Pidió que les habiliten el despacho del Intendente, pero prefirieron instalarse en otro despacho donde Duhalde reunía al gabinete. ¿Qué había que hacer? Llamar a medio mundo. Por empezar, a los conocidos de La Coordinadora para tener información más fina
A Alfonsín por ese entonces se lo veía frágil. “Había compañeros radicales, de la Jotapé y de la JI que decían que había que reprimir, pero, ¿con qué íbamos a reprimir? ¿Vamos a ir nosotros a Campo de Mayo?”, tira el Chino. “No nos regalemos”, gritaba en el despacho. Cono los años, a ese discurso de la casa está en orden lo recuerda razonable. Entre la sangre y el tiempo. “Lo pudo resolver en paz, bien o mal los oficiales se subordinaron. Fue muy importante la presencia de Cafiero, Manzano, Ubaldini, Alende, todos acompañando a Alfonsín, y en un gesto inteligente. Por un momento fuimos patriotas.” La primera transición, el orden entre 1983 y 2001 tuvo ese primer hito agridulce. Se terminaba la luna de miel. La primavera. Llegaría otro momento crucial para la militancia de Navarro y tantos en el 89: la híper, las ollas populares, los saqueos. La gobernabilidad. Empezaba la democracia de la desigualdad.
…
“Yo siento que nunca tuve poder”, dice el Chino hoy. Lleva décadas del lado de adentro de la política, lo sabe, y se contradice: “bah, ¿es verdad que no tuve poder?”. ¿Tuvo o no tuvo? La mente pasa a detalles de cosas cotidianas “que a veces uno no le daba importancia”, y que tuvo incorporadas desde el ´83. El poder como hábito, como privilegio natural, como lo que tenés sin saber que tenés. ¿Tuvo poder o no tuvo poder Luis Fernando Navarro Román? Hijo de madre soltera, de Margarita Román, nacido en San Antonio Oeste, provincia de Río Negro, fue inscripto como Luis Fernando Román, pero a los cinco años su mamá se casó con Adalberto Navarro y entonces pasó a llamarse Luis Fernando Navarro. Adalberto generosamente lo reconoció como hijo propio. Pero el Chino nunca supo quién fue su papá. La historia no termina ahí: paralelamente fue criado por la familia Muñoz, por Pancho y Gela, una mamá y un papá del corazón, “aunque esa es otra historia”, y en esa otra historia se cruza la política. Pancho fue la primera versión de un político en la cabeza del Chino. Un tipo que le enseñó esa lengua.
Conozco al Chino hace años. Siempre lo sentí abierto a bancarse debates y diferencias, que incluso se podían acalorar. Con los años nos hicimos amigos. Los años estos que, además, no fueron fáciles; más bien fueron los del desenlace de lo que empezó en 2003, y parecía arrasador, infinito: la segunda transición democrática, los consensos de la post convertibilidad, ese tiempo que ahora Milei se llevó puesto. El Chino no fue el más poderoso del kirchnerismo, pero tuvo habilidad para representar los movimientos sociales. No venía de ahí, pero pudo ubicar para él y ellos un par de sillas en mesas de decisión, aún tomando posiciones a veces sin medir el riesgo. Así es como salta sobre la granada si dicen casta: el Chino se siente eso, y lo dirá con todas las letras. Estos tiempos decidió correrse de escena. Cuando se fue del gobierno hace dos años, tomé un café y escuché a alguien que se retiraba. Dos años después, el 10 de diciembre pasado, quise saber cómo seguía después de dos años ese retiro. En 2023 él creía que Milei era el último de lo viejo, una expresión disruptiva de la crisis y degradación de la política como se la conocía desde el 83, pero que “el último de los mohicanos”. “Pasaron dos años, ganó una elección intermedia que parecía perdida y la Macroeconomía está más ordenada, pero en el metro cuadrado millones sufren mucho, y soportan y aguantan, algunos apoyando al gobierno, otros criticando”, dice el Chino. La política está desconcertada, en el 2027 puede pasar cualquier cosa, incluso reelegir Milei, “pero yo espero de otros una política que se una sin prejuicios, porque Milei no lo va a hacer, es lo último de una etapa que se termina”. “La realidad nos empuja el pesimismo pero cuando en calle, en la parada del colectivo, sentado en un café, caminando, uno ve personas yendo para adelante, a mí me empuja al optimismo”. La intrusión de Milei replica ahora la misma esperanza esotérica para quienes se le oponen: que la crisis económica finalmente simplifique la política. Aparezca algo. Alguien. Lo que despierta que muchos se froten las manos subestimando al electorado e imaginen outsiders de diseño tipo Guebel.
Entre la intrascendencia presidencial y la auditoría vicepresidencial se cocinó la peor experiencia posible: casi todos querían ser opositores con goce de sueldo y dejar el poder vacante entre 2019 y 2022. En ese juego el Chino fue de los pocos que intentaron darle a ese gobierno una mínima explicación racional, sin el pánico “albertista” al veto ideológico del Instituto Patria. Así, lo que podía salir mal salió peor. La economía quedó en manos de Massa. “¿Tuve poder? Respecto a las personas comunes sí tuve poder, aunque no lo veía como poder, lo sentía natural”, masculla el Chino, tildado en su propia pregunta.

El 10 de diciembre de 1983 lo designan secretario del bloque de concejales del Partido Intransigente de Lomas de Zamora y tenía acceso a pasajes que tenían los diputados nacionales, porque había un lugar que pedía en el Partido Intransigente si eras dirigente. Por esos deslizamientos empezaba a ocurrir su vida: “las cosas que vos no te dabas cuenta que la política te facilitaba, te abría puertas y a medida que esto fue progresando: fui concejal, después la gente te hablaba de otra forma, hasta fines de los ´80 había un respeto por el dirigente político o el funcionario en la mayoría de la ciudadanía que te distinguían, vos ibas a una casa y eras una personalidad”.
-¿Cuándo se corta eso?
-Ya mediados de los ´90.
–Vos decís no saber cuándo tuviste poder, pero sí vos miras para atrás ves que hay una especie de Salón Vip.
-Como el VIP de los aeropuertos. Cuando sos funcionario podés entrar a cualquier VIP en general. Eso es privilegio. Lo que queda claro es que el poder a los políticos y a nuestros entornos nos cambió la vida. A algunos mucho, de una forma casi desmedida, a otros más o menos. Pero a todos nos cambió. Mi primera aproximación política fue ver que un viejo paisano, un indio, lo saludó a mi papá por la calle. “Don Pancho, ¿cómo anda? ¿Cuándo hay elecciones? Nos tiene que avisar porque nosotros con mi familia lo votamos a usted y a su cuñado que nunca nos robaron, siempre nos defendieron”. Mi viejo se abrazó con él. Le dijo que sí, que le iba a avisar. Y yo me sentía orgulloso. Esto es la política, me dije. Pensaba que los humildes, los morochos, reivindican a sus dirigentes. Mi viejo fue interventor, secretario de gobierno de la provincia. A los tres años lo acompañé a la Casa Rosada. Veía que la policía le hacía la venia. Pero el día que ese paisano lo saludó, yo tendría 11 años, me sentí orgulloso. Mi papá y su cuñado lideraban un partido vecinalista que siempre le ganaba a los radicales y que su base terminó diluida en el peronismo.
¿Tuve poder? Respecto a las personas comunes sí tuve poder, aunque no lo veía como poder, lo sentía natural
-Cuando aparece la palabra casta, ¿te sentiste interpelado?
-Hoy me siento interpelado, pero no lo veía así hace diez años. Hace diez años me hubiese ofendido. Hubiera dicho: “Si yo me rompo el orto todos los días laburando, entro a las seis de la mañana, me acuesto a las dos, me llaman y a cualquier hora estoy, y este boludo que me viene a decir a mí que yo no laburo”. Y la verdad es que laburar laburo, pero de algo que me gusta, elegí la política y no entré por concurso. Empecé a tener chofer en el año 2000, en el peor momento de mi vida, pesaba 160 kilos, había salido de un proceso judicial que lo resolví positivamente, pero me golpeó por más que me sobreseyeron y la jueza pidió perdón. Yo era distraído, usaba dos celulares al pedo, y había chocado siete veces en un año, era parte de un grupo que se llamaba Corriente Peronista Nuevo Espacio. Y mis compañeros me dijeron: “Vamos por alguien que le maneje el auto al Chino que se va a matar”. No era funcionario público, mi situación era mala pero los compañeros lo decidieron. Íbamos en un Gol, los dos éramos gordos, no sé cómo entrabamos. Muchos años después tuve un auto oficial con chofer, y ahí ya lo incorporás para el trabajo que hacés. Pero un día casi sin darte cuenta también para ir al cine, como si el auto fuese tu propiedad. O llamás a un teléfono y te atienden, llamás a un empresario y te atiende, a un periodista y te atiende, el teléfono suena mucho. Y un día no suena más.
-¿Hubo un día que dijiste “después qué hago”?
-Pero mucho tiempo después. Tengo una cabeza rara, soy muy práctico, mis mejores momentos en la política fueron durante las crisis, cuando había que improvisar. Soy más táctico que estratégico. Y la táctica era lo que me llevaba a lugares insólitos, porque no fui intendente, no fui gobernador, e hice cosas públicas que no se condecían con el lugar formal que ocupaba. Aunque nunca lo disfruté, porque pasaba algo bueno y ya estaba pensando en la próxima jugada, con lo cual en vez de estar media hora diciendo “Che, qué golazo que hicimos”, ya estaba pensando que el otro equipo juega bien, que no seamos boludos. Pero siempre fui tacticista y discutidor de la estrategia. En el PI, en el duhaldismo, en el kirchnerismo y el Evita. Y yo venía medio en crisis desde la 125. Me hacían ruido muchas cosas y con la 125 me estalla la cabeza… si bien a Néstor lo conocí en el 2001, empezamos a tener entre fines del 2007 y principios del 2008 una relación estrecha, de vernos cada quince días mínimo. O sea, más cerca estaba y menos me cerraba la estrategia. Y ya en 2019 todo fue como un espejismo, la ilusión me duró poco, y todo en esa cosa loca de estar en la Casa Rosada, de hacer cosas, de sentirte protagonista, hablar con el presidente, ver que cuando él decía algo quizás era su versión de lo que le habías planteado, y también peleas, discusiones de gestión y simultáneamente ver que el barco estaba en el mismo lugar y cada vez se hundía más. Pisar Balcarce 50 fue una experiencia paradójica: comprobé todo el poder que no había ahí. Era como un espejismo.
-El beneficio de estar en un poder que no transformaba.
-Y ahí empezaba a tomar conciencia de que estábamos muy lejos.

-Además ese gobierno que venía torpedeado por dentro y por fuera, y tu lugar era el de los que trataban de construirle un hilo, un relato al gobierno.
-¿Cuál era mi mejor momento? Cuando había un quilombo no hablaba nadie. Los de Cristina no hablaban, los íntimos de Alberto tampoco, entonces me llamaban todos, era uno de los pocos que hablaba. Pero lo que decía era mi versión. A mí lo que me dio mucho oxígeno fue la cercanía con la gente porque nunca traté de perderla. Después del 10 de diciembre de 2023 me di cuenta que extrañaba hablar más, salir más en los medios al principio, como que sentía desde la soberbia o petulancia que no estaba mi voz, yo tengo que decir qué pasa con Milei, pensaba. Y se me fue pasando. Hoy me chupa un huevo. A veces quiero escribir algo, pero por necesidad, no porque quiero que lo lean en el círculo rojo. A veces voy a reuniones, como el otro día con un compañero con quien discutía mucho, y me hacía planteos que en otro momento hubiera discutido horas, y ahora no tengo ganas. O porque no me sale nada o porque no me interesa discutir… por ahí puedo discutir más con una persona en la calle. Me pasó de estar cuarenta minutos hablando con uno en una esquina. El teléfono suena mucho menos, es verdad, eso nunca lo sufrí. Y también siento que te salva la calle, ando mucho, camino seis kilómetros por día y generalmente me habla gente que me aprecia, me saluda y aún en la crítica vos notás cierta cercanía… Aunque sea porque el que te discute sabe que vas a aceptar la charla. Después por supuesto hay gente que de lejos vos ves una mueca o una cara de orto, y alguna vez me putearon. Pero tengo la tranquilidad de caminar a donde se me canta, y que me puedo sentar en cualquier mesa a discutir lo que sea. No soy el mejor, no puedo tirar la primera piedra, pero me podría bancar cualquier charla. A veces tengo reacciones bobas. Ponele, yo cuando camino compro una gaseosa Zero que sale dos mil pesos y hay negocios que la venden a dos mil trescientos, entonces un día le digo a la piba por qué me la vende a dos mil quinientos. Le digo que me están choreando. Y ella gracias a Dios no me reconoció, porque podría haber dicho: “El chorro sos vos, político y la concha de tu madre, salí de acá, ¡ladrón!”. Porque es el concepto que tiene cualquier persona común sobre la política. Y después quería ir a pedirle disculpas, pero cómo le voy a pedir disculpas si no sabe quién soy.
Siempre fui tacticista y discutidor de la estrategia. En el PI, en el duhaldismo, en el kirchnerismo y el Evita. Y yo venía medio en crisis desde la 125. Me hacían ruido muchas cosas y con la 125 me estalla la cabeza…
-¿En qué momento del gobierno dijiste “esto se va a la recontra mierda”?
-Nunca tuve muchas expectativas. Mi expectativa más alta duró hasta el día posterior a la primera vuelta que ganamos, pero con una gran elección de Macri que levantó muchísimos puntos respecto a las PASO. Era una advertencia. Se lo dije a Alberto y me dice: “Ya sé lo que me vas a decir, antes de que me lo digas, para que te tranquilices te digo que lo subestimé a Macri, no entendí lo que estaba pasando, no me di cuenta que si nos kirchnerizamos en el discurso mientras él se radicalizaba en el anti peronismo y anti kirchnerista lo iba a aprovechar”. Pero nunca me sentí demasiado reconocido y lo acepté. No esperaba ser ministro. El día que me peleo en un medio con mi amigo Sergio Berni, que nos acusaba de ser los responsables de la ocupación en Guernica, en el programa de Johnny Viale, Alberto me dejó de hablar por treinta días, y ahí me dije: si banco al gobierno lo banco a él y encima resulta que se enoja y me ignora. Y ahí con Emilio (Pérsico) decimos: “Terminamos mal acá”.
-¿Había una procrastinación de cualquiera que intentara armar algo distinto que la simple unidad?
-Hay una cosa rara, porque Alberto a pesar de sus limitaciones, omisiones, me niego a pensar que es un cagón, creo que es más complejo.
-Cada gobierno peronista de la democracia para acá fue el fundador de una versión alternativa del peronismo. Lo hizo Menem, lo hizo Duhalde, lo hizo Néstor, lo hizo Cristina. Ser una versión del peronismo, adaptarlo a una época, rendía más que la unidad abstracta sellada al vacío.
-Alberto no quiso hacer eso. Pero también debo decir que siempre nos defendió, por lo menos con el Evita. Había reuniones en Olivos, muy chicas, que empezaban con media hora de puteadas contra Emilio o contra mí, y Alberto siempre nos bancó. Cuando le pidieron la cabeza nuestra nos bancó, o en algunos momentos de mucha debilidad, cuando sus ministros más cercanos alguna vez, porque nos peleamos con alguno de ellos por razones complejas de explicar, me acuerdo que le dijo: “Vos sos un pelotudo, con el único que no te podés pelear acá es con el Evita, estamos acá porque nos sostiene el Evita, si no están ellos no duramos 48 horas”. Y hasta el último día con sus limitaciones, con sus errores, con que no cumplió un montón de cosas, él a su manera trató de bancarnos. Es más, él debe creer que no nos bancó tanto, pero como no banco a casi nadie, ese poco pasa a ser mucho.
-Tenés una concepción política en donde la palabra “acuerdo” o “consenso” no son malas palabras. Armaste amistades transversales, sos amigo de Esteban Bullrich. ¿Esa concepción tuya no es una contradicción fundamental con la concepción kirchnerista de la política?
-Sí, y no. Creo que también en el kirchnerismo existía una pose. “Somos los Montoneros del 2000, somos revolucionarios”. Me acuerdo que un día le digo a Néstor: “Néstor te quiero contar que voy a ir a almorzar con Julio Blanck”, era el momento entre 2009 y 2010, después de la derrota con De Narváez. Me re puteó, y le respondí: “No te estoy pidiendo permiso, te estoy informando que voy a ir a almorzar con Julio Blanck a un restaurante de la calle Caseros a la vista del todo mundo”. Y ahí aproveché para chicanearlo. “No como la mayoría de tus ministros que se juntan con los de Clarín en alguna habitación perdida de un hotel importante para hablar mal de vos y contar cosas del gobierno, yo voy a defender al gobierno y además Julio me cae bien”, le dije y me re puteó. A las dos semanas caemos con Emilio, y en medio de la charla le digo: “¿Sabes lo que me dijo Julio Blanck de vos?”. “Ese, ¿qué dijo?”, me dice. “Que te pareces a Monzón”. ”¿En serio?”. “Que Monzón a veces, en algunas peleas, parecía que estaba sentido, se iba a las cuerdas, levantaba la guardia, los contrincantes se cebaban y los agarraba de contragolpe y los planchaba, los noqueaba, que vos vas a hacer lo mismo, que los vas a planchar”. “¿Eso dijo Julio Blanck? ¡Un fenómeno! seguí almorzando con él”.
-Reformulo: vos tuviste la política de avanzar y conquistar espacios, y en simultáneo otra más contraria al cristinismo y sus teorizaciones siempre a favor de una política polarizada, que se empantanaba en debates infinitos, donde era más importante preservar un “capital simbólico” antes que pagar cualquier supuesto costo.
-Siempre tuve características de construir relación con el que pensaba distinto. Una vez nos enfrentamos en una interna en la Juventud Intransigente con Roberto Felicetti, al que quiero mucho. Él era candidato a secretario general por la lista verde y nosotros habíamos llevado de candidato a Martín Andicoechea, lista roja y negra, para ser secretario nacional de la Juventud Intransigente. Después que ganamos la interna tuvimos una charla y me encontré con un tipo bárbaro, y ellos se portaron muy bien, nos acompañaron en el proceso nacional siendo que teníamos diferencias importantes. Me pasó lo mismo con algunos dirigentes radicales cuando fui concejal. En la Legislatura Bonaerense me pasó lo mismo. Y con Esteban Bullrich, para ser sincero, es él quién provoca la relación. Nosotros teníamos dificultad en el Senado. Y Esteban se acercó, me planteó que el kirchnerismo no hablaba con ellos y que él entendía que era un momento tan difícil, esto fue pre Pandemia, y empezamos a hablar, cosa que la Pandemia agudizó. Incluso le conté que teníamos un programa para desarrollar actividades productivas vinculadas a los sectores pequeños y medianos de la producción. Y le comenté eso de que hay que evitar a toda costa un cuarto cordón del conurbano, que si no podemos consolidar y mejorar el tercer y segundo cordón y no frenamos el cuarto no tenemos destino. “Nosotros tenemos un proyecto” me dice, ahí yo ya lo conocí a Grobocopatel, ellos habían estudiado cómo desarrollar un trabajo para evitar el cuarto cordón a partir de la instalación de sistemas que apuntalen la creación de pequeños emprendimientos productivos, quintas con hortalizas, pequeñas y medianas industrias y también centros logísticos. Ahí armamos un equipito, él aportó dos compañeros, con nosotros estaba Enrique Palmeiro que era una persona muy ligada a Francisco. “Argentina armónica” era nuestro proyecto y la verdad que siempre tuvo una actitud muy digna y generosa Esteban. A mí me sorprendió porque vos decís “Esteban Bullrich oligarquía”, uno tiene ese prejuicio. Y fui conociendo un pibe bárbaro. Él era de los pocos dirigentes que entendían las dificultades porque venían de ser gobierno y vieron el abismo de cerca. Después, cuando se produce su enfermedad, fui a visitarlo y cuando me invitó a participar de un libro sobre qué habría que hacer con la provincia de Buenos Aires, me dio la posibilidad de escribir una página. A la presentación me invitó. Estaba Macri y su plana mayor. Me trataron bien, me subieron al escenario, me hicieron hablar. Yo estaba incómodo porque me imaginaba cómo me iba a putear el kirchnerismo. Podría haber dicho que me tenía que ir, y me rajaba, pero me quedé y después salió una foto que estaba Macri, yo estaba con una cara de asustado. Después, cuando Esteban se enfermó, todos los que me putearon me pidieron su contacto…



