19 de julio de 2026
¿Y si la clave de nuestro mundo solo es la ausencia y la atención? Estar acá estamos. Contamos las pocas estrellas que se ven en nuestras islas de calor y luz, que llamamos “grandes ciudades”; ya no hay noche ni firmamentos. Tampoco es que importe, nadie está mirando. Ya no se puede sentir vértigo ante lo que nos vuelve ínfimos.
Porque no estamos. Nadie está en ninguna parte. Pero todos estamos en todos lados. En una reunión alguien escucha un mensaje en alta voz como si estuviera solo, responde, la conversación circundante continúa. Nuestro peso existencial se pierde aquí porque estamos descolocados. Por eso todos en algún punto somos multitasking. Tener más de un trabajo porque no llegamos sincroniza con la posibilidad técnica de estar en más de un lugar. El epitafio de una tumba del futuro rezará: “Lo resolvía todo desde el celular”.
Nuestro mundo, un lugar con demasiado trabajo por resolver, con un nivel de complejidad único en la historia, muy acelerado, con cansancio por doquier, que nos requiere en todos lados. Todos demandamos atención, todos somos parte de la destrucción de lo sublime, el tiempo que se suspendía todo para festejar. Byung-Chul Han escribía: “Deberíamos percatarnos que hoy, habiendo absolutismo del trabajo, el rendimiento y la producción, hemos perdido toda festividad, todo tiempo sublime. El tiempo laboral, que hoy se totaliza, destruye aquel tiempo sublime como tiempo de la fiesta”. El tiempo de los tres ochos que funcionó hasta los 90 en Argentina: 8 horas de trabajo, 8 horas de tiempo libre, 8 horas para dormir.
Estamos en la intersección de todo lo que circula. Escapar no se puede escapar de nada, ya se sabe. Pero lo que se puede es crear nuevos flujos, nuevas cadenas que lleven a otras máquinas, sí, pero no tan enajenantes
Desbordados de trabajo, mensajes confusos, múltiples presencias / ausencias en redes, fake news, imaginarios financieros, cryptos, guerras en varias partes del mundo, migraciones y catástrofes climáticas, tecnologías, incitación al odio… todo eso disperso a lo largo del tiempo también constituye una suerte de máquina social. Michel Foucault lo llamaba “dispositivo”, que era un aparato para fabricar algo (en este caso a nosotros mismos). La gran pregunta es, ¿qué máquina social está formando eso que llamamos “sujeto humano”?
Escapar de la máquina social sigue siendo una clave en este tiempo. Lo había advertido tempranamente Martín Heidegger con su noción de Uno (das Man) en Ser y tiempo. El hombre que es hablado por un otro, que hace no lo que quiere, sino lo que se hace, lo que todos hacen. Todo ese ensamble infernal que enumeramos (trabajo, redes, imaginarios…) nos atrapa, nos saca de nosotros mismos y nos mete a estar pendiente de otros, de lo otro. No porque uno se baste a sí mismo. Pero la máquina social atrapa nuestro ser singular y nos codifica, tematiza, nos organiza en este mundo para que cumplamos funciones. ¿O acaso postear algo todos los días a intervalos regulares no es un modo de ser obligatorio de esta época?
Nuestro deseo no existe, está dislocado, muerto en la máquina social. No sabemos qué queremos, no podemos estar con nosotros mismos. No es casual que la capacidad de enfocarse, hacer lo que estamos haciendo se haya vuelto uno de los grandes desafíos de esta época. No podemos salir de la máquina. La dinámica nos tiene atrapados en su goce, en ese residuo que la misma máquina produce (¿likes?, ¿seguidores?, ¿Interacciones infinitas?).
Tener más de un trabajo porque no llegamos sincroniza con la posibilidad técnica de estar en más de un lugar. El epitafio de una tumba del futuro rezará: “Lo resolvía todo desde el celular”.
Un ejemplo para ver el goce de la máquina es la disputa de redes sociales. Entre X (ex Twitter) y la flamante Bluesky. ¿Qué tan dispuesto está un usuario con miles de seguidores a pasarse a otra red en teoría más “pacífica” pero con menos personas? ¿Por qué renunciar a la interacción, a los likes, a la recompensa por cualquier cosa que digo? Estamos sujetados a nuestro propio goce dentro de un sistema de cosas. Y como todo goce tenemos ganancias y pérdidas, como interpreta el psicoanálisis. Porque al fin y al cabo el goce es el goce de las palabras. Si se formula una economía política de las redes sociales esta no puede ser separada de una economía del goce, de la producción infinita de una satisfacción que nos sujeta y de la que no podemos irnos.
Por eso es difícil plantear resistencias. Este mismo texto el autor quiere que lo lean, pero también que lo compartan, que lo mencionen, que lo recorten… el triunfo está en la diseminación, en el flujo en la red. Entonces, ¿dónde establecer el corte? ¿Hay que hacer un corte? ¿O, como dice Deleuze y Guattari, nosotros mismos somos los cortes? Estamos en la intersección de todo lo que circula. Escapar no se puede escapar de nada, ya se sabe. Pero lo que se puede es crear nuevos flujos, nuevas cadenas que lleven a otras máquinas, sí, pero no tan enajenantes.
El mundo supo funcionar de otra manera. Nadie necesitaba tanto ni todo era tan complejo. No había que estar en otro lado, porque alcanzaba con poner el cuerpo en un lugar. El goce que propone el mundo de hoy no da libertad, porque como explicaba Jean-Paul Sartre en El Ser y la Nada la libertad no es “obtener lo que se ha querido”. El goce de las redes implica querer más de eso y sacarnos de donde estamos. Que nuestros hijos nos vean con la mirada en el teléfono mientras nos hablan. Le estamos enseñando una forma de ser en el mundo. Si el hombre era arrojado al mundo y estaba condenado a la libertad, hoy está arrojado al ágora digital y condenado a ser su avatar, su otro su doble: felicidad, ira, pensamiento, profesionalismo… el sesgo que las redes imponen.
¿Qué tan dispuesto está un usuario con miles de seguidores a pasarse a otra red en teoría más “pacífica” pero con menos personas? ¿Por qué renunciar a la interacción, a los likes, a la recompensa por cualquier cosa que digo?
¿Y si la clave del mundo es la ausencia y la atención? Estar donde hay que estar, enfocarnos en donde tenemos que enfocarnos. Igual que la distancia, ya todo está a la mano. Por eso lo solicitamos, nos solicitamos todo el tiempo. Todos quieren nuestra atención, que no queda en el aire, sino que queda registrada y se transforma en estadísticas, en una métrica y es usada para fines que desconocemos. ¿Y la ausencia? Se vuelve impensable. Ya vivimos para siempre en ese mundo de ceros y unos. Arrobamos a los que se fueron, a los que están, a los que desconocemos. Un mundo lleno de fantasmas.



