20 de junio de 2026
Full Metal Jacket es la anteúltima película de Stanley Kubrick, la última que llegó a estrenar. Es una historia sobre la guerra de Vietnam, dividida en dos partes. La primera parte transcurre en el Centro de Entrenamiento de Reclutas de Parris Island, en Carolina del Sur. Allí, un pelotón de reclutas es entrenado por el abusivo y gritón Sargento Hartman, que se ensaña particularmente con Pyle, un gordo torpe y retraído (de hecho, le debe su apodo a Gomer Pyle, una serie cómica de los años 60 sobre un soldado inútil) pero con buena puntería. Pyle va acumulando odio silenciosamente hasta que al final explota. La segunda parte nos muestra a los soldados desplegados en Da Nang en 1968, en plena ofensiva del Tet. Aquí el pelotón no parece estar a la altura de la realidad de la guerra y, al entrar en la ciudad de Huế, van cayendo hasta quedar arrinconados por una francotiradora vietnamita adolescente, que los tiene a raya casi hasta el final.
Kubrick ya había filmado películas bélicas críticas: Paths of glory en primer lugar, pero también Dr. Strangelove e, incluso, la primera parte de Barry Lyndon. En estas películas, la mirada crítica parece concentrarse en los mandos superiores, en la prepotencia y/o ineptitud de las autoridades militares y civiles de la guerra. En Full Metal Jacket, un Kubrick de casi 60 años, se enfoca en la incapacidad de los soldados de llevar a cabo la misión para la que fueron entrenados. Casi como una refutación de Reto al destino, estrenada cinco años antes, los soldados de Full Metal Jacket salen de los gritos y humillaciones de Hartman, o bien locos, como Pyle, o bien inútiles, como el resto del pelotón: boludean con prostitutas, caen en trampas, Jocker usa un collar con el símbolo de la paz y un casco con la inscripción «Born to kill», sin asumir la contradicción.
El kirchnerismo y el mileísmo coinciden en aceptar a la masa marginal tal como es: el kirchnerismo montó su modesto welfarismo subvencionando directamente la precariedad con plata en el bolsillo, el mileísmo practica su anarcocapitalismo dejando que sobrevivan como puedan
D- Generaciones
De alguna manera, la hipótesis de Full Metal Jacket se puede extender en el tiempo como una historia de las generaciones. La camada que combatió en la Segunda Guerra Mundial salió de sus granjas polvorientas en Ohio para desembarcar en Normandía, llegar hasta Berlín y, si sobrevivió, volver a casa para trabajar en General Motors, comprarse un Oldsmobile 88 y votar a Eisenhower, todo con el callado conformismo que le valió el nombre de «generación silenciosa». Sus hijos, los baby boomers, no fueron silenciosos: accedieron a mayores medios de comunicación, pudieron estudiar y tenían una idea más informada y completa de la sociedad y el mundo que los contenían. También contaban con tecnologías más desarrolladas. Pero no pudieron con la guerra que les tocó, ni ganarla, ni entenderla, ni asimilar la derrota.
Pero si los boomers occidentales perdieron la guerra (y la revolución, allí donde la intentaron), ganaron el capitalismo: dirigieron exitosamente la transición del fordismo al neoliberalismo, diseñaron la aldea global, crearon la web y desarrollaron la filosofía posmoderna que coronó esa transición.

Graham Nash cuenta que Jimy Hendrix (que había pasado por el Ejército y todavía en 1967 defendía la participación de Estados Unidos en Vietnam) podía ganar al TEG totalmente colocado. En Full Metal Jacket, Cowboy mira a la cámara en medio de la batalla y dice «enciendan las cámaras, esto es Vietnam, la película». Esa capacidad de gestionar lo virtual, de disolver la realidad en una hiperrealidad para poder gobernarla, fue el gran triunfo boomer. La Generación X que le siguió se limitó a usar ese mundo virtual, sentados frente a la TV o la PC. Y por esa lasitud se ganó el repudio de sus mayores, los perdedores de Vietnam y de Monte Chingolo, que los tacharon de cínicos y flojos.
En los albores de la web, Jerome Ravetz y Silvio Funtowicz, dos epistemólogos posmodernos, señalaron que «es difícil imaginar cómo una nueva generación que se ha visto inmersa en la hiperrealidad podrá aún ser capaz de manejar el nivel de destreza que se requiere para operar esta subestructura tecnológica especial».
Sin embargo, ese problema pasó de largo a los indolentes Gen X y aterrizó con fuerza sobre la vida de las generaciones siguientes, los milenials y centenials que tienen que lidiar no solo con subestructuras tecnológicas aún más complejas, como los LLMs o el blockchain, sino con el efecto cultural y somático que fueron acumulando de esas tecnologías, desde la «esquizofrenia digital» de Anne Alombert a la «pérdida de soberanía cognitiva» de Juan Ruocco, pasando por los lloriqueos de Sadin y Han. Y apagar la computadora no es opción. Al igual que el pelotón de Kubrick, no parecen preparados para esa misión histórica, y oscilan entre el odio de Pyle (una especie de incel avant la lettre) y el cinismo melancólico de Jocker. Sin embargo, predomina una tercera opción de asumir esa realidad: encerrarnos de nuevo en la virtualidad de una misión histórica aún más imposible.
Pero si los boomers occidentales perdieron la guerra (y la revolución, allí donde la intentaron), ganaron el capitalismo: dirigieron exitosamente la transición del fordismo al neoliberalismo, diseñaron la aldea global, crearon la web y desarrollaron la filosofía posmoderna que coronó esa transición
El ansia metafísica
Desde la pandemia a esta parte, con el auge del streaming y el colapso del peronismo (junto a otras «catedrales», como la OMS y el Partido Demócrata), fue surgiendo con fuerza creciente un conjunto de opinadores e influencers promotores de un peronismo más o menos mítico, soberanista, tradicionalista y globalifóbico. El perfil del grupo es desalentadoramente homogéneo: seres urbanos de clase media, de alrededor de 30 años, mayormente varones, con estudios superiores, algún paso por la militancia (kirchnerista o izquierdista), la asesoría legislativa o puestos menores de la administración pública. Podría pensarse como una respuesta al éxito de Milei entre los varones jóvenes: purgar al peronismo de todos los elementos supuestamente progresistas o woke que lo contaminaron en estos años, y reivindicar algún tipo de identidad nacional y de reivindicación soberana amplia ante la avanzada libertaria, pero también trumpista, sionista, neoliberal, globalista, Agenda 2030, etc. Pero también puede ser el síntoma de un fenómeno que excede al peronismo y a la Argentina: el ansia metafísica.
Antes de seguir, quisiera aclarar que soy un Gen X educado en los más elevados estándares del posmodernismo: el catolicismo posconciliar (no olvidar que Juan Pablo II premió a Paul Ricoeur), la fragmentación de la Historia, el juicio a la Razón y el Progreso, la disolución del Sujeto, la relativización de los valores, la ironía como método. El posmodernismo nació en mayo de 1968 y murió joven y hermoso en 1996, con el affaire Sokal. Desde entonces, su fantasma ronda vergonzante en algunas galerías de arte, agencias de publicidad y planes de estudio de humanísticas. Muy poco después de la crisis posmoderna de 1996, comenzaron los reclamos filosóficos por volver a alguna forma de totalidad, como El frágil absoluto (2000) de Slavoj Žižek, y su coda cristiana El títere y el enano (2003); o, aquí en Argentina, El fin de las pequeñas historias (2002), de Eduardo Grüner. Aun así, se trataba de autores curados en años y años de posmodernidad reclamando una totalidad que sabían que no podía volver entera, que sabían que era necesariamente contingente. Podemos abjurar del posmodernismo pero no es tan fácil dejar de ser posmodernos. En definitiva, tanto el kirchnerismo como el macrismo son (¿fueron?) dos productos de la posmodernidad, hijos de Laclau, Duran Barba y la construcción deliberada de relatos.

Las generaciones educadas luego del atentado las Torres Gemelas (o a la crisis de 2001, si prefieren un hito criollo) repudian al posmodernismo buscando formas de totalidad más transparentes e intuitivas, que ya desde su impacto estético garanticen un universo entero, sensato, con coordenadas morales claras, sujetos históricos macizos e identidades listas para usar: el cristianismo medieval, la sociedad salarial de posguerra, Tolkien, el estalinismo, la Federación rosista, la industrialización por sustitución de importaciones, Singapur, San Martín, el Imperio romano, el aceleracionismo, la CGT de Rucci, Curtis Yarvin o el Art Decó. En la búsqueda de totalidad, el lenguaje conspirativo de las agencias de inteligencia se combina con el esoterismo de la tecgnosis. Incluso la moda de la «geopolítica» funciona, al decir de Pablo Touzón, como otra teoría conspirativa, dándole transparencia a un mundo reducido a mapa y a unas líneas de conflictos reducidas a civilizaciones eternas que combaten o se alían a través de estadistas como Putin, Xi, Bukele o Claudio Vidal: «Geopolítica es la palabra mágica para lo que no se comprende o no es evidente. La contraseña para hablar de las grandes fuerzas históricas y los intereses inmensos e inabarcables que construyen “el sentido de la Historia”. Es el nombre de una racionalidad inmanente: como la geografía no habla, hay que hacerla hablar».
Es el espíritu de la época y así hay que aceptarlo. Esto también pasará. El problema, el primero de ellos, es que esa totalidad no va a venir, no existe en ningún lugar ni existió en ningún momento. En todo caso, aceptaremos sucedáneos de totalidad, una realidad virtual de artefactos estéticos con sabor a cosmos, como escribiera Borges en los años 40: «Hace diez años bastaba cualquier simetría con apariencia de orden -el materialismo dialéctico, el antisemitismo, el nazismo- para embelesar a los hombres. ¿Cómo no someterse a Tlön, a la minuciosa y vasta evidencia de un planeta ordenado? (…) Tlön será un laberinto, pero es un laberinto urdido por hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres».
La camada que combatió en la Segunda Guerra Mundial salió de sus granjas polvorientas en Ohio para desembarcar en Normandía, llegar hasta Berlín y, si sobrevivió, volver a casa para trabajar en General Motors, comprarse un Oldsmobile 88 y votar a Eisenhower
El ansia metafísica es el síntoma de la profecía de Ravetz y Funtowicz: una generación educada en entornos virtuales que, ante la imposibilidad de gobernar la infraestructura que hace posible esos entornos, se encierra en la búsqueda de una totalidad, que no deja de ser otra forma de realidad virtual.
¿Vos y cuál ejército?
El segundo problema del ansia metafísica es político. En la persecución efectiva de esa totalidad, que es virtual, se amasan proyectos políticos y sociales de escala imposible para los propios sujetos que los enuncian: escuelas técnicas formando a miles de trabajadores calificados para hacer funcionar fábricas instaladas estratégicamente a lo largo de la Patagonia; tropas bien equipadas desplegadas en todo el territorio nacional bicontinental, incluyendo la extensa plataforma marítima; barrios con viviendas accesibles, palacios de estilo neoclásico, cafés notables con mozos de moño, grandes salas para ver películas nacionales y pequeños comercios de proximidad que ofrezcan carne de cuota Hilton y electrodomésticos de fabricación nacional a precios bajos; todo ello administrado por cuadros políticos y técnicos de elite pero de extracción popular y coordinados por una doctrina nacional única para garantizarles bienestar y seguridad a todos los ciudadanos y, al mismo tiempo, dirigir una estrategia geopolítica soberana ante las grandes potencias. El Argentinean Empire, por usar el nombre de una cuenta de X gestionada por Gonzalo Sánchez Rey, ex libertario, ex progresista, ex macrista, ex radical, actual nacionalista católico.
«¿Vos y cuál Ejército?» le responde Homero Simpson a las amenazas de Montgomery Burns, en el pico de la paranoia de ambos, vestidos con harapos y encerrados en una cabaña bajo un alud. En ese momento, aparece tras Burns un ejército fantasmal de hombres de nieve. Esos son los recursos con los que cuentan los milenial y centenial que quieren huir mentalmente de la Argentina que les tocó (y de todos los cuarentones y cincuentones que se suben a la moda solo por miedo a quedar afuera). Si el modesto proyecto de restauración tradicionalista ya chocaba con las condiciones de vida objetivas de sus promotores (okcupid, el mercado inmobiliario, la vida DINK), el más ambicioso Argentinean Empire va a tener que lidiar con problemas mayores: una dirigencia política quebrada y acorralada en sus distritos, y una sociedad arrasada por el estancamiento y la precarización económica, el colapso educativo, la digitalización de la vida, y el efecto de todo eso sobre la salud mental y física de cada individuo.
Un cartonero, un mantero, un delincuente ocasional no pueden reciclarse dócilmente en un operario de una fábrica ni en un soldado, menos aún con la tecnología industrial y militar del siglo XXI. Ya a fines de los 90 algunos patrones notaban la indisciplina de sus operarios ante la posibilidad de sobrevivir en la precariedad. Treinta años después eso no hizo más que agravarse. El kirchnerismo y el mileísmo coinciden en aceptar a la masa marginal tal como es: el kirchnerismo montó su modesto welfarismo subvencionando directamente la precariedad con plata en el bolsillo, el mileísmo practica su anarcocapitalismo dejando que sobrevivan como puedan. Ninguno pretende que el precariado se convierta en proletariado, quizás porque sospechan que no va a ser posible.
Podemos abjurar del posmodernismo pero no es tan fácil dejar de ser posmodernos. En definitiva, tanto el kirchnerismo como el macrismo son (¿fueron?) dos productos de la posmodernidad, hijos de Laclau, Duran Barba y la construcción deliberada de relatos
Los propios promotores de esa imagen de grandeza industrial militar nacional son el producto de la virtualidad y la precariedad, con poca experiencia en gestión y hábitos de deliberación e información amasados en el inmediatismo, la fragmentación y el estilo taxativo de la digitalidad 2.0. Rasgos totalmente comprensibles en una generación aún joven pero incompatibles con la misión histórica que se proponen. Es sintomático que, en su búsqueda de un peronismo puro y ancestral, ninguno de estos voceros haya articulado alguna crítica al liderazgo de la familia Kirchner, que ocupó 20 de los 40 años del peronismo en democracia. Full Metal Jacket.
En esas condiciones, solo se puede apelar a un ejército fantasma de hombres de nieve, grandeza virtual apta solo para discutir en la digitalidad y en los espacios físicos que orbitan a su alrededor: charlas en bares, libros de ocasión, algún café + selfie con un periodista o dirigente político de segunda línea completamente desorientado. Mientras tanto, el Imperio Argentino realmente existente va a seguir tirando mantas, sembrando soja, pagando el monotributo y ensamblando Hilux.
Este no es un problema exclusivo de Argentina. Es válido preguntarse hasta qué punto la sociedad norteamericana es capaz de pagar el costo de Ser Grande Otra Vez; o la sociedad europea, de armarse contra Rusia y expulsar al Islam; o Brasil, de cumplir la promesa de Sweig («Es el país del futuro») sin el corolario Di Tella («y lo seguirá siendo»). Pero aquí quise limitarme a pintar mi aldea.
Vicente López, noviembre de 2025.
Posdata de 2027:
En 1958 Perón escribió que «Es preferible un pequeño país de hombres felices a una gran nación de individuos desgraciados». Se puede discutir si esa dicotomía era válida en el momento en el que fue formulada, pero es evidente que hoy ni siquiera podemos planteárnosla: luchamos por no ser un pequeño país de individuos desgraciados. El sueño de la gran nación puede funcionar como un horizonte de expectativas que busque incentivar el presente, que nos ayude a salir del estancamiento y el desánimo. Sin embargo, la estética megalómana que envuelve ese horizonte termina envenenando la misión: si estamos destinados a la grandeza y la grandeza no llega, alguien tiene que tener la culpa; si alguien tiene la culpa, tenemos que encontrarlo, destruirlo y el éxito llegará. Hace 80 años que estamos en eso. Pero nadie puede tener la culpa de un problema de 80 años. Fuimos todos.
Hernán Vanoli, después de leer una primera versión de este texto, me habló de las virtudes del nacionalismo. No soy nacionalista pero, como cualquier persona formada en Historia, sé que la Nación existe, negar su resiliencia es tan necio como esencializarla. La Nación es una larga construcción histórica, fruto de las luchas políticas, de la modernidad capitalista, y, en el caso de América latina, de la ruptura revolucionaria con España y Portugal.
Pero, como cualquier persona formada en Historia, sé que se lucha por la Nación realmente existente, la formada históricamente. No soñemos con un Imperio si todavía no construimos una República, un orden, una ley, una economía. Vamos a ser mejores cuando aceptemos lo que somos. Cuando no busquemos salidas mágicas, con dólares baratos, golpes en la mesa, medidas provisorias que se vuelven permanentes, explicaciones instantáneas para problemas complejos y grandes enemigos a los que siempre podemos culpar, pero nunca podemos derrotar ni negociar.
Tenemos una meta grande que cumplir: gestionar la doble crisis planetaria que provocan el calentamiento global y la nueva escala de la digitalidad. Y una meta chica, que es precondición de la grande: normalizar la macroeconomía para que pueda ser posible planificar las microeconomías, desde un hogar hasta una empresa. Si vamos a construir realidades virtuales para ordenar las expectativas e infundirnos ánimos, que no dejen de apuntar a esa realidad material.



