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09 de julio de 2026

09 de julio de 2026

7 de agosto de 2025

FOLKLORE: LO QUE EL PUEBLO (NO) SABE 

Gabriel Plaza

@gabyplaza
Cultura
Tiempo de lectura: 9 minutos

Es de noche. Hace frío. Me envuelven en un poncho rojo. Tengo unos seis o siete años. De lejos se escuchan las zambas carperas y las cuecas que toca un grupo de guitarra, bandoneón y bombo. Se levanta una nube de tierra por el baile. Estoy con mis abuelos en una ronda pequeña de un puñado de copleros. Ellos alzan sus voces agrietadas, voces que parecen lamentos, dolores ancestrales, voces afiladas que hablan de cabras que se despeñan, como crece el río, como extrañan un amor que quedó del otro lado de la banda, de los colores de sus animales, de las flores. No recuerdo mucho más que eso y el sonido de una caja, un tambor como un latido profundo de la tierra, retumbando allí cósmicamente bajo un cielo estrellado. Eso para mí es el folklore. O eso es lo que creía.  

La palabra folklore fue creada por el arqueólogo inglés Williams John Thoms, quien la propuso a la revista británica Athenaeum en 1846. Este vocablo está compuesto de dos palabras FOLK (pueblo o gente) y LORE (conocimiento o saber). Una de las definiciones del folklore dice: “conjunto de manifestaciones culturales y artísticas por las cuales se expresa un pueblo o comunidad en forma anónima, tradicional y espontánea, para satisfacer necesidades de carácter material o inmaterial”.

El reconocimiento oficial de la palabra folklore se logró a partir de 1878, cuando es fundada en Londres la Folklore Society. Los cuentos populares de los Hermanos Grimm, que rescatan en sus libros las leyendas populares que circulaban en los pueblos, la aparición del romanticismo alemán que absorbe esa identidad cultural, da el contexto. Desde entonces es aceptada universalmente por los estudiosos de la nueva ciencia folklórica que tiene por objeto de estudio la cultura tradicional del pueblo. 

“El folklore o no lo entendés y ni te interesa, o lo amás y te interiorizás completamente”, dice Milo J, el mismo que rapeaba en su último disco 166: “Me aburrí de hacer trap, negro, quiero hacer folklore”

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El investigador Carlos Vega, uno de los primeros musicólogos en abocarse de lleno a la ciencia del folklore en nuestro país, dice que el folklore es el pasado. Aquello que en algún momento formó parte de la vida en la urbe y luego pasó al medio rural. Y allí se quedó, como parte de una memoria, un retazo de la historia de la humanidad. Lo que es nuevo hoy será folklore en el futuro.  

Los primeros estudiosos del saber del pueblo en la Argentina de comienzos del siglo XX -Felix Coluccio, Carlos Vega, Isabel Aretz, Manuel Gómez Carrillo, José Alfonso Carrizo y sus primeros difusores Andrés Chazarreta y el escritor Ricardo Rojas- adoptaron el vocablo anglo de folklore y lo transformaron en objeto de estudio. La que se considera una música pura, nacional y de tradición, tiene una palabra y una definición de origen inglés. Isabel Aretz, una investigadora pionera en la ciencia del folklore aporta otra mirada:

“El folklore constituye un aspecto de la cultura popular. Es la que nos distingue regionalmente frente a otras culturas. La que nos ubica nacionalmente frente a otras naciones. La que nos identifica como pueblo frente a los pueblos de otras latitudes y las que nos representa regionalmente dentro de un país”.

Esto dicen los investigadores, pero hay otra realidad en la superficie. Hay una definición de “folklore” para cada persona. Hay un imaginario de lo folklórico para cada generación. Hay una idea de cómo suena el folklore para cada oyente y para cada región. Lo importante no es tanto la epistemológica de la palabra, o sí. La confusión está en el origen. 

El significado del folklore parece un malentendido. Su utilización cotidiana, también. Hace unas semanas el músico y conductor Roberto Pettinato dijo que le avergonzaba no entender el folklore. Yo tengo un problema y sé que mucha gente lo tiene y no lo podemos resolver”. El gobernador de Salta le salió al cruce: al folklore no se lo entiende, se lo siente”. Pero el debate, no puede, no tiene por qué cerrarse en esas dos posturas. Es mucho más complejo, tan complejo como explicar la identidad argentina. 

Hace unas semanas Milo J y Mex Urtizberea, -que posaron juntos en la nueva tapa de la revista Rolling Stone-, anunciaron el formato en vivo de ¡FAlklore! en el Movistar Arena el domingo 10 de agosto. Las entradas se agotaron en dos horas

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Atahualpa Yupanqui no hablaba de folklore sino de música nativa. Sobre coplas anónimas, saberes populares, ritmos que escuchó en cada región que visitó, creó su propia canción popular. Fue el primer trovador. Muchos años después, el Chango Farías Gómez, el visionario arreglador de los Huanca Huá, que introduce junto a la polifonía vocal el uso de las onomatopeyas en los sesenta, (un arreglo de su otro proyecto Grupo Vocal Argentino en la canción “Martín Fierro”, suena como sample en “Closed sunday” de Kanye West), habla de Música Popular Argentina

El folklore no es una música sino toda una cosmogonía, desde la comida a la artesanía, la danza y la vestimenta, las leyendas, los relatos orales, y la lista sigue. Los estudiosos en el tema señalan que los artistas a los que denominamos folkloristas, en realidad, tampoco hacen folklore sino una proyección folklórica. ¿En el uso cotidiano, dónde queda ubicada la palabra folklore? ¿Lo que escuchamos, entonces, es la reinterpretación del saber del pueblo? ¿A qué folklore se refirió Roberto Pettinato cuando dijo que le daba vergüenza que no le guste el folklore?

¿Es lo mismo lo que hace Manolo Juárez en su tema Chacarera sin segunda, una improvisación en el piano que dura once minutos, que un tema tocado por un violinista del chaco salteño? ¿Es lo mismo una zamba romántica de Los Nocheros, que dice te voy a comer el corazón a besos, que una zamba de Juan Falú y Néstor Soria que dice: “Buscan mi rastro los hombres/Y el monte me esconde/soy sombra nomás”?

¿Es lo mismo el chamamé maceta, que la nueva canción litoraleña de Coqui Ortiz, o las composiciones impresionistas del Negro Aguirre? ¿A qué folklore invoca el resto de los argentinos cuando piensa en esa palabra, en esa definición? ¿Es el sonido de una radio AM? ¿Es una imagen de un paisaje? ¿Es una música que está encerrada en un museo? ¿Es lo que se ve por televisión?

¿Por qué el folklore genera indiferencia en Buenos Aires? ¿Por qué para un pibe o una piba es más ajena una zamba, que un trap de Atlanta? ¿Cuánto sabemos de los géneros que están del otro lado de la General Paz: la chaya, la tonada, el lonkomeo, el bailecito? ¿El folklore lo abarca todo, lo integra todo?

Cuando en el nuevo programa ¡FAlklore!, un apéndice telúrico del ciclo ¡FA! de Mex Urtziberea, le piden una definición sobre folklore a la cantautora Teresa Parodi, una referente de la música popular argentina, ella dice: “es la música de identidad de cada pueblo”.

El ciclo ¡FAlklore! se estrenó en YouTube el 20 de junio y se subieron nuevos videos del encuentro, el 9 de julio, el mismo día del cumpleaños número 90 de Mercedes Sosa. En una reunión musical en la casa de Mex, coronada por una larga mesa con vino y empanadas, conversaron amistosamente el Chaqueño Palavecino, Soledad, Peteco y Cuti Carabajal, Chango Spasiuk, Teresa Parodi, Juan Abalos (nieto de “Machingo” Abalos del legendario grupo Los Hermanos Abalos y guitarrista de Ciro y Los Persas), Juan Quintero, Maggie Cullen, el grupo Los Campedrinos, Julián Kartún (cantante de El Kuelgue) y el streamer Coscu. 

Lo importante no es tanto la epistemológica de la palabra, o sí. La confusión está en el origen

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Durante dos horas de programa Mex, el anfitrión, lanzó disparadores para el debate sobre el significado de la palabra folklore, sobre el sentir del género, sobre las dificultades para definirlo, sobre las cosas que lo componen y sobre las diferencias. 

“El folklore no es algo estático, es parte de nuestra historia porque es nuestro presente y el futuro”, dice Soledad.

El Chango Spasiuk, que habla de la expresión estética de un pueblo, lo sintetiza con una frase de una letra de Peteco Carabajal: “Es la afinación de mi tierra”.

Para Juan Quintero, el folklore es “esta cosa media analógica, cercana, lenta. Hay algo ahí que me gusta en este tiempo tan acelerado. Así lo vivimos”.

“La indiferencia, también, es parte del folklore”, dice Peteco Carabajal. 

Lo que se ve en los festivales que retransmite la televisión pública, lo que se escucha en programas como la Peña de Morfi, lo que se visibiliza cuando se trata de representar la música folklórica, es solo una pequeña parte de todo lo que hay, una minúscula porción de una escena musical muy grande y diversa, que refleja esa Argentina dentro de otras argentinas. 

Lo que vemos, o escuchamos, es apenas un recorte, un imaginario caduco, que contrasta con la profundidad y belleza de su mensaje poético, o con su actitud sonora y contemporánea: ya son varias las camadas de músicos formados en escuelas como la EMPA, creada a fines de los ochenta por Manolo Juárez, la inclusión de la Carrera de Música Popular Argentina en el conservatorio Manuel de Falla, o la licenciatura de música popular en la UNSAM, entre otras instituciones públicas y privadas.

El folklore es movimiento. Sus representaciones musicales, también, lo son. En 1944, el investigador Carlos Vega escribió en su ensayo Panorama de la Música Popular Argentina: “Lo folklórico está renovándose siempre, por eso los hechos desaparecen, y el folklore subsiste”.

En el primer capítulo del programa ¡FAlklore! surgen muchas reflexiones y un acercamiento al género desde un lugar genuino. Artistas que tienen un alcance popular se entregan a la tertulia larga de una guitarreada, evocan su espíritu, revisan su propia historia, intentan completar un mapa, un imaginario, que incluso para ellos mismos se presenta casi como inabarcable conceptualmente. “Yo quería decir que tal vez no vamos a llegar a ninguna conclusión, pero hoy esta mesa tal vez es la cosa más importante”, dice Peteco, antes de cantar en vivo junto a su tío Cuti Carabajal (creador de más de 300 chacareras), y Soledad y el Chaqueño, “Chacarera del rancho”, un clásico de Los Hermanos Abalos, compuesta en la década del cincuenta. 

El ciclo surgió de una idea de Milo J, el artista de Morón de 18 años, que se sumó este año al equipo creativo de Mex y que pensó que, si en el ciclo original de ¡FA! se podían hacer tributos a los grandes clásicos del rock argentino, era necesario crear otro programa que permita hacer un puente entre los clásicos del folklore y las nuevas generaciones. Posar la mirada sobre otra parte de la identidad musical argentina.  

Hace unas semanas Milo J y Mex Urtizberea, -que posaron juntos en la nueva tapa de la revista Rolling Stone-, anunciaron el formato en vivo de ¡FAlklore! en el Movistar Arena el domingo 10 de agosto. Las entradas se agotaron en dos horas. El fenómeno de este nuevo formato, pensado más desde la emoción que produce la música de raíz folklórica que desde la lógica de los algoritmos, no para de crecer: la viralización se dio entre los más jóvenes que subieron a las redes los videos con sus propias versiones de estas canciones que escucharon en el primer programa de ¡FAlklore!

Atahualpa Yupanqui no hablaba de folklore sino de música nativa. Sobre coplas anónimas, saberes populares, ritmos que escuchó en cada región que visitó, creó su propia canción popular

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En los sesenta el folklore estaba en cada casa de la clase media argentina. Había concursos, revistas, artistas en todos los sellos. Fue un fenómeno cultural. Cada tanto el folklore se pone de moda, atraviesa las redes a partir de una polémica, un debate, una frase desafortunada, una vieja rencilla con el rock, o un artista que aglutina a distintas generaciones para visibilizarse nuevamente. Pasó con Soledad en 1996 cuando se convirtió en la revelación del festival de Cosquín con 16 años. Ahora está pasando con Milo J, un auténtico apasionado de las chacareras y zambas, que viajó a Santiago del Estero para conocer de primera mano ese sonido y reencontrarse con una banda de sonido que heredó de su familia. “El folklore o no lo entendés y ni te interesa, o lo amás y te interiorizás completamente”, dice Milo J, el mismo que rapeaba en su último disco 166: “Me aburrí de hacer trap, negro, quiero hacer folklore”. 

En el primer programa de ¡FAlklore! su versión de “La pucha con el hombre”, la chacarera de Cuti Carabajal y Pablo Raúl Trullenque, compuesta en la década del ochenta, no es solo una de las interpretaciones más emotivas, sino también una de las que más reproducciones alcanzó en un solo mes de estar subida a la plataforma YouTube: 2.4 millones de vistas.  

Allí, Milo J canta sin que le pese toda esa historia que tiene la canción atrás, todas las veces que otros artistas legendarios como Alfredo Abalos la cantaron, y se apropia con su melancolía existencial de sus versos, para ofrecer una de las mejores versiones que se escucharon en mucho tiempo: 

El hombre nace y muere a veces sin vivir,

camina desde el niño al viejo sin gozar,

eso que el mismo le llama felicidad,

si la tiene aquí la va a buscar allá

Milo J, también cantará, la zamba carpera “La taleñita” con Los Campedrinos, sin elementos tecnológicos. Sólo le basta con el característico sonido criollo de guitarra, bombo y bandoneón. Pasarán por el especial otras buenas versiones de clásicos del género: “Kilómetro 11” por Teresa Parodi y el Chango Spasiuk, “Alfonsina y el mar” por Maggie Cullen y Lito Vitale en el piano, “Déjame que me vaya” por Peteco y Cuti Carabajal, “Cuando me abandone el alma” por Soledad, “Zamba para olvidar” por Julián Kartún, “Piel Morena” por el Chaqueño Palavecino, y un final de fiesta como en un patio santiagueño con “Desde el puente carretero” y “Entre a mi pago sin golpear”. En el medio de todo eso discurre la charla. 

 En un momento, el Chaqueño Palavecino, toma la palabra y le pregunta sin aviso a Milo J: “¿Por qué cantas folklore? Se hace un silencio en la alborotada mesa. Milo J, responde.

 -Es mi comunicación más fiel del alma, lo que más se asemeja al alma del argentino. Eso, creo que es folklore.

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