Un momento...

05 de julio de 2026

05 de julio de 2026

5 de julio de 2026

ESTO NO ES UNA INTERNA

Martín Rodríguez

@tintalimon
Intentaré ser breve
Tiempo de lectura: 9 minutos

Al periodismo le encantan las internas peronistas, aunque ya no existan. Las mencionan como si tuvieran leyes talladas en piedra, taladran alegorías inmutables (oh, los gatos que se pelean, pero en realidad se reproducen), refranes de viejos vizcachas (“nos cagaron, entré yo solo” zzzzz), hacen el picnic en el viejo bosque de Ezeiza. Ese compilado simbólico viaja en el tiempo y se adapta, compone un “género” de escritura profesional para todo análisis mientras la particularidad peronista se come por dentro la particularidad argentina. Su mito de origen de internas donde corría sangre evolucionó hacia formas civilizadas que, sin embargo, evocan las viejas pasiones. 

Una escolástica para entender el Hamlet nacional: la interna peronista. Y una convicción más patriota: dentro de una interna peronista, por un instante, cabían los dilemas del destino del país. Preñaba eso. Tenían desde el propio Perón al primer teórico del juego pendular, de las líneas internas y la contención de disidencias. Ya una vez entrados a la civilización 83 (y con el líder muerto) las internas mostraban las mutaciones en un horizonte desconocido: una democracia de segmentos electorales a ser conquistados. El peronismo enfrentando que su “mitad más uno automática” ya no se eternizaba en las urnas. Ni Menem ni Kirchner iban a tener la mayoría popular de Perón, pero siempre habría internas. Aunque ahora se pueda repasar su cronología como en degradé, porque partimos de la interna entre los renovadores con los verticalistas, pasamos a la de Menem y Duhalde, luego la de Kirchner y Duhalde, y quizás una última, la de Cristina y Massa en 2013. Todas mantenían, a su modo y con los desgastes del tiempo, un sustento y una densidad, además del obvio juego de tronos. 

¿Y ahora? Ahora la interna kirchnerista no tiene el sustento de una interna peronista. No captura nada que no tenga adentro ya. No hay nada afuera. No es una interna, es una cancelación. No es simétrica, aunque enfrente dos partes. El kirchnerismo en versión cristinista vive en el metro cuadrado de esa “interna” como etapa infantil de su ortodoxia: ricoteros que no se la pueden explicar ni a la esposa del Indio Solari. ¿Quién es el monito, a quién se le ve el culo, adónde trepa? Empachados de proverbios que no saben digerir. Todo lo político es personal cuando perseguís por pensar igual. Así resulta que más que interna es un intento cancelatorio sobre Kicillof quien, bajo el microclima de los ataques que recibe, terminó siendo un inesperado desafiante: es como el purgado que vio todas las purgas y se hizo el sota porque sentía que tenía la ideología correcta que lo “salvaba” y ahora que desafía al poder central no-puede-creer que lo purguen a él. (El uso metafórico de la jerga estalina va de suyo con el imaginario que traspasa al cristinismo.) Pero ese intento de cancelación es otro síntoma del colapso de un proyecto reducido a un armado familiar sin retorno. Y es otra cosa que una interna peronista porque se hace en nombre de un liderazgo cuyos fieles no creen contingente (Cafiero, Menem, Duhalde, el primer Kirchner se creían de una época, Cristina no); porque no se rige bajo mínimas reglas de competencia (más bien consiste en sostener el poder soberano de una sola electora: Cristina y su lapicera); porque no hay peronismos en plural, hay un control de calidad ideológica para que no se inmute la versión cristinista (aunque mantengan el clásico coqueteo histérico con algún Pichetto que ande por ahí como decorado de una pluralidad virtual); porque no hay cosas como “el que gana conduce, el que pierde acompaña”, ni tiene reglas para el eventual derrotado; porque al fin de cuentas las cosas son así porque el peronismo como partido nacional no existe, funciona -como decía Ricardo Sidicaro- como una confederación de partidos provinciales con recuerdos en común; porque cualquier diferencia ideológica se esclaviza sólo al juego táctico de oferta electoral y luego hasta el candidato a ministro de economía puede ser auditado por Cynthia García; porque la dimensión geográfica de la disputa se limita al AMBA en ese efecto post convertibilidad que resultó achicar la Argentina para agrandar la grieta (y todo es entre porteños o aporteñados, como escribió Borges en El encuentro: “Todo se arregla en Buenos Aires; alguien siempre es amigo de alguien.”). Y porque se parece al macrismo: un nepotismo que defiende la propiedad privada de un proyecto con intereses corporativos en litigio. En definitiva, la parte quiso ser el todo y rompió todo. 

En su origen el kirchnerismo nació como versión del peronismo, peleando la interna. Aníbal Fernández llamaba “pelea de peluquería” al debate en Parque Norte entre Cristina y Chiche en 2004 cuando el kirchnerismo quería su desembarco definitivo al Conurbano. Se empezaban a sacar el traje de pingüinos. Si Duhalde era lo mejor del duhaldismo, ellos igual tenían que matar a Duhalde y quedarse con el duhaldismo. Cumplían la regla de oro de “matar al padre” -aunque sea apenas el encargado de tu propio triunfo- porque ese es otro motor de la Historia: la traición. Todo líder o aspirante sabe -y no hay que ser un carnicero como Stalin para saberlo- que finalmente se rodea de muchos alcahuetes y algunos traidores. Todo líder traicionó para serlo. Y ocurre que los traidores son más inteligentes que los alcahuetes. Porque la pregunta de toda aspiración finalmente es la de siempre: ¿producir poder o consumirlo? Esa dialéctica es un elogio de la traición. Duhalde dijo: el peronismo tiene un día de la lealtad y trecientos sesenta y cinco días de la traición. Se sabía traidor, se sabía traicionado. Vitalidad.  

¿Qué es un alcahuete? Un tipo que ofrece un solo commodity: su “fidelidad”. ¿Y cómo la demuestra? Pensando por debajo de sus capacidades. Los alcahuetes consumen poder hasta que no queda nada. Este “clima” de alcahuetería y persecuta produjo el terror a elaborar cualquier alternativa. No hubo cordobesismo, ni nuevo caudillo riojano, ni nada que tenga la mínima valentía de comenzar un camino nacional en serio que no se limite como mucho a probar suerte armando un personaje en un canal de streaming para medirlo en una encuesta al otro día. El kirchnerismo, en parte, no tiene la culpa. Porque quienes se le oponen desde el peronismo le han adjudicado no sólo una hegemonía ideológica, sino el patrimonio de lo ideológico. De ahí que las alternativas a él muchas veces hayan tenido el error de limitarse a ser un contraste de “temperaturas”: si el kirchnerismo es intenso, hay que ser liviano; si tiene demasiada ideología, hay que tener menos. Eso fue Scioli, la fórmula de aire y luz, y el gesto otario de un descuidista (estar cerca para ver si se les puede robar el poder). Y fue de terror. Un peronismo de baja intensidad como fórmula para no ser nada. Cuando el peronismo, en efecto, tiene su Historia más completa (y compleja) que la de una sola versión. Ahí anda por el mundo Aldo Dudzevich revisando uno por uno los lugares comunes de la Historia peronista tal como fue contada por su izquierda. Y fue contada mal, dice Aldo. Y, yo que ustedes, le prestaría atención. 

Nunca hay “Plan”

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Mientras Cristina y Máximo sellan su pacto filial imposible (una mamá que convence a todos sobre las virtudes del hijo y un hijo que convence a todos que su mamá lo ama), Axel perpetúa su traición de pensar igual que ellos y candidatearse en nombre de sus mismas ideas. Esa paradójica traición termina vaciando cualquier expectativa de contenido en un círculo vicioso condenado a hacer todo más personal. Y que termina en esos discursos de Máximo queriendo tener la última palabra, mientras se vuelve autorreferencial hasta el Edipo. No hay mucho más. Salvo que en esa desesperación se rodea de a ratos de un Moreno, Berni u otros sin tierra y sin votos que le llenan la cabeza de ideas diferenciadoras en una especie de outlet ideológico para ver qué narrativa que no sea la de la simple deslealtad personal se le puede adherir a Axel Kicillof. Una militante bonaerense amplía el espectro de nombres y dice que cuando piensa en Teresa García, Parrilli, Carignano, Fernández Sagasti se pregunta: “Y por casa, en sus distritos, ¿cómo andamos? ¿Cuántos gobernadores rodean a Cristina?”. Kicillof los vuelve locos: los azuza con ese juego que le funciona sólo para la interna de no diferenciarse, no responder, y hacer cristinismo en piloto automático, el playback gastado de una música que no conmueve a nadie, pero yendo hacia adelante. Como si nada. La traición de no esperar a ser elegido y pensar igual que ellos (porque pensar igual en Axel no es una simulación) da un escenario cerrado, sin esperanza fundacional, en una disputa política que quiere forzar el único mérito al libro de visitas de San Juan 1111 y el ranking de quién fue más veces a tomar el té. Mientras que para el resto es una pelea por el simple carácter nepotista del proyecto contra un “hereje” que tiene el pecado de no portar el apellido Kirchner y que se subleva sin animarse a decir su mayor virtud (la decencia). La táctica de Cristina de preservar su capital político y elegir un “otro” “por derecha” desde 2013 (con Scioli, con Alberto, con Massa) fue su fórmula para un solo éxito: la auto-preservación. ¿Qué le ofrece ella a la Argentina hace años más que su “actualidad política”? Eso da base al purismo que adoptó Máximo traduciendo sus movimientos al pánico escénico de nunca querer pagar un costo por izquierda. “¿Y mi capital simbólico?”, es la pregunta que hacen como respuesta a todo lo que no hacen. De hecho, era esa la objeción contra cualquier política de segmentación de tarifas o negociación con el Fondo o lo que fuera necesario pero ajeno a su repertorio en el último gobierno. Como el dueño de la pelota que la pincha cuando su equipo le va mal. Y promoviendo una extraña forma de valentía que puso en palabras un diputado cristinista en 2022: “No votamos el acuerdo con el FMI porque sabíamos que ya tenían los votos”. El barro es el otro. Los fanáticos del héroe colectivo a veces ponen la ideología para salvarse solos.

¿Entonces? Hablemos del problema de Axel. ¿En qué consiste su candidatura que no sea este “juego” de espejos rotos? Dicen que se albertiza, pero la albertización fue exactamente al revés. A Alberto lo eligió Cristina por pensar distinto (y ayudarla a romper el techo electoral) y finalmente se pelearon en el gobierno por pensar distinto. Acá Axel no quiere depender del dedo de ella, y su mejor argumento es que piensa igual que ella. ¿Y cómo se construye una esperanza así, bajo estas condiciones? Una esperanza. Un camino. Algo más imprevisible que no se explica sólo en la albañilería de techos, pisos y frentes electorales que propone la ingeniería electoral y sus profesionales del voto. Toda renovación consistió en morder un poco el fruto de estación. En preservar un legado y abrirse al futuro. Pero cualquier resultado y desenlace de la riña entre Máximo y Axel tal como está hoy podría “deslumbrarnos” con un slogan: Todo el pasado por delante. La renovación peronista de los años ochenta, con Cafiero a la cabeza, puso el Norte en cómo organizar a un peronismo derrotado en las urnas de la primavera democrática. Mordía la manzana de época: algo del alfonsinismo lo constreñía a la democratización, ser partido además de movimiento, formar cuadros profesionales. La renovación de Menem agregó fanatismo: ya no era sólo adaptarse a una nueva época, sino también fundarla. Una dialéctica entre la gallina y el huevo que Duhalde y Kirchner también replicaron iniciando un ciclo. Cambiar y sabiendo siempre qué principios no se negocian (como afirma León XIV en su última encíclica). La impresión amarga es que las ideas de Kicillof que aún no renovó parecen estar sólo sostenidas en la clásica pulsión distributiva y voluntarista que, en los hechos, se parece a una política de distribución de impresoras para que cada argentino imprima los billetes que consume. Una productividad limitada a la casa de la moneda. Sé tu propia emisión. Pero tiene que haber algo más, algo del orden fiscal, de productivismo, de densidad nacional e imaginación federal, de aura y pasta de líder. Y que, ¡a la vez!, tampoco en esencia depende sólo de una cadena de “juntadas” de dirigentes más o menos desarrollistas que elaboran un plan. Nunca hay “Plan”. Incluso las épocas mejor guionadas, como “los noventa”, son una sucesión de hechos zigzagueantes que la mano invisible de la Historia después deja envasados en la góndola de libros. Todo plan es retroactivo. Hay improvisaciones, y, como decía José Nun en su primera definición del kirchnerismo, un tacticismo atado a principios. No hay “plan” porque fuera del Estado se sabe poco y dentro del Estado se tarda en saber y dentro del gobierno se vive en la gran “paja nacional” del vamos viendo, semana que viene nos juntamos. Y esa semana que viene es como la utopía: das un paso y retrocede. Y obviamente que un paper para conocer el peso de la economía de servicios o el impacto en el empleo de una inversión de la Barrick, como un vaso de agua, no se le niegan a nadie. Lo que falta es olfato, intuición histórica, el zen y la lotería, el desborde de una personalidad que invente su versión del pueblo argentino y haga creer que sabe lo que nadie sabe, el Yo y Platero del desborde mesiánico necesario. Que frente al río salte y flote y diga síganme, o lea un rezo laico de memoria, o diga que donde hay una mujer humilde habrá una manzanera, hacer algo, algo, algo que haga sentir que él es el camino en esta larga crisis que nos va haciendo antipolíticos a todos. No hay nada así a la vista.  

(Foto de portada: Gaetano Mignogna)

Intentaré ser breve