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26 de febrero 2024

Ignacio Budano

ESCUELAS Y DOCENTES: CON PARAGUAS FRENTE AL TSUNAMI

Tiempo de lectura: 5 minutos

Mi cada vez más escaso contacto con el mundo por fuera de la escuela me hizo notar que una de las preguntas que se hace el resto de los mortales es qué hacemos los docentes en estos días en los establecimientos educativos antes de la llegada de las y los estudiantes. Revelo parcialmente el misterio con otro propósito: intentar transmitir algo que parece andar dando vueltas este año. Tareas como armar horarios, repartir roles, turnos o actos, leer legajos, planificar, establecer algún acuerdo en el Espacio de Mejora Institucional, concurrir a diversas capacitaciones, hablar del Proyecto Escuela, intercambiar información sobre grupos o contenidos (1) parecieran realizarse por un colectivo consciente de que el futuro inmediato parece bastante más complejo que tiempos pasados que tampoco fueron idílicos.

La sensación compartida es que algunas de esas tareas se hacen como si se estuviera fingiendo algún tipo de demencia: la crisis que se está profundizando puede afectar a escuela de manera drástica dado que docentes y estudiantes nadaremos en un mar de incertidumbres y faltas; por supuesto, cada cual a su medida.

En esta misma revista, en los primeros meses de las medidas de aislamiento preventivo de 2020, intentaba darle forma al recuerdo de algunas charlas entre docentes posteriores a la crisis del 2001 en donde circulaba la idea de que aun cuando se dejó atrás -o se tiene la sensación de que se dejó atrás- una crisis socioeconómica estructural, los coletazos de esa crisis permanecen en la escuela durante mucho tiempo. Las crisis pasan, pero en las escuelas pasan más despacio. Como un desagote a velocidad lenta, muchos efectos de las crisis quedan flotando por largo tiempo.

Voy a evadir la discusión sobre los indicadores de la realidad en forma de porcentajes simplificando de una manera torpe y coloquial: lo que se percibe es que la cosa ya estaba fulera hace años, pero ahora pinta mucho peor. ¿Cómo se nota cuando no empezaron las clases? En principio, en estudiantes que cambian de escuela (en algunos casos de jurisdicción) porque sus familias no pueden pagar el alquiler o en familias provenientes de escuelas de gestión privada que piden vacantes en escuelas públicas -por favor dejemos de decir que esto implica la pérdida de un derecho- (2). El otro indicador obvio es la realidad propia y de gente cercana. Todo esto nos hace ver en el horizonte unos nubarrones que no podrían significar otra cosa que una tormenta de las que dejan secuelas.

Difícil tarea de generar espacios de contención y aprendizaje desde el espacio público por excelencia cuando lo público es considerado el enemigo por las personas que están a su cargo en las más altas jerarquías

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Familias y estudiantes

Es bastante obvio que para un chico es más complejo que ninguno de los adultos a cargo tenga trabajo o ingresos, que vivir en una situación económica difícil, pero con las necesidades básicas satisfechas de alguna forma, aunque esto implique una alta vulnerabilidad socioeconómica. Para nadie es lo mismo no llegar -o llegar arrastrándose- a fin de mes, que saber que no va a haber ingresos en el horizonte inmediato. Esto, o el tema habitacional agravado, opera en el día a día de las familias generando ansiedades e incertidumbres que de alguna manera van a afectar a las y los estudiantes. Después están todas las realidades que conocemos. No tiene nada de romántico para una maestra, intentar contener o paliar situaciones adversas, casi sin recursos. No es cómodo ni grato contener desde lo que se denomina la primera trinchera del Estado, cuando el espíritu de época y las políticas explícitas lo consideran el enemigo a combatir. Y sobre todo cuando implica, disponer de menos recursos -a modo de ejemplo todo indica que este año no llegarán los libros de estudio que enviaba Nación o se sabe lo difícil que puede llegar a resultar pedirle plata a las familias para el micro de una salida didáctica-  y si bien contener y enseñar no son cosas antagónicas, a veces, como la Ley de la impenetrabilidad, solo una sola de esas actividades ocupa un lugar. Ya abundan especialistas que atribuyen toda merma en el rendimiento a la impericia o desidia docente o a determinadas corrientes pedagógicas de los lineamientos curriculares que se nota en las primeras líneas de sus diagnósticos que jamás leyeron. Al posible 2001 -que muchos dicen que está a unas cuadras-, sumémosle algunas cuestiones estructurales nunca resueltas desde entonces y novedades que asustan como la adicción a las apuestas en las y los adolescentes o chicas y chicas que se duermen en clase porque se quedaron hasta la madrugada con el celular. Vamos a la realidad de los sujetos que van a trabajar frente a todo eso de manera cotidiana

Docentes

En líneas generales, nada que le resulte ajeno a ningún miembro de la clase trabajadora: la suba de los alimentos, el transporte o el precio de los alquileres le sacaron varios cuerpos de ventaja al porcentaje de aumento de los salarios. Se complica un poco más abordar todo lo anterior en esas condiciones. Maestras complicadas para renovar el alquiler conteniendo, sin otro recurso público que ellas mismas, a familias en situaciones de mayor vulnerabilidad. Lo de siempre, pero más jodido. Y a esto hay que sumarle agresiones que van de lo concreto a lo simbólico, como la anulación de la Paritaria nacional docente (PND) o la negativa a transferir los recursos para el Fondo Nacional de Incentivo Docente (Fonid), que conforman ataques materiales, pero también van dirigidos a la otra fibra sensible: la quita de conquistas que suponíamos definitivas. El FONID es producto de una lucha que cualquiera que tenga más de cuarenta años recuerda: la Carpa Blanca Docente. Más de 1000 días de docentes realizando huelga de hambre que culminaron cuando se promulgó la Ley 25239 que garantiza los recursos para ese fondo. Paradojas de la historia, por entonces se acusaba al sindicalismo docente de horadar a un gobierno peronista y ser funcional al advenimiento de De la Rúa. Lo que parece cierto es que, frente a tanta trompada al aire, mucha organización popular debe extrañar esa combinación de compromiso y creatividad. Sobre el FONID, el Fondo Compensador y la PND se escribió bastante en estos días (les recomiendo los hilos didácticos que escribe Alejandro Morduchowicz – @alejmordu-). Sobre esta última valen algunas aclaraciones: esta confusión tan instalada de reducir la paritaria a la discusión por el porcentaje de aumento salarial, creo que afecta en mayor medida al gremio docente. Si se la piensa como algo más que establecer un piso mínimo salarial para el cargo base en todo el país, se ponen en juego otras cosas: las condiciones de trabajo, los recursos, lo edilicio y, de alguna manera, los contenidos.

Maestras complicadas para renovar el alquiler conteniendo, sin otro recurso público que ellas mismas, a familias en situaciones de mayor vulnerabilidad. Lo de siempre, pero más jodido.

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La escuela

La escuela son todas estas partes. La escuela es la realidad misma y a su vez pretende ser un lugar que proteja de la realidad hostil. Difícil tarea de generar espacios de contención y aprendizaje desde el espacio público por excelencia cuando lo público es considerado el enemigo por las personas que están a su cargo en las más altas jerarquías. No tengo mucha respuesta ante este panorama, solo confío en la creatividad y compromiso que vi durante mucho tiempo de parte de mucha gente con la que me tocó compartir esta tarea. Los docentes, conviviremos de manera más intensa con lo que sucede hace tiempo: la constante contradicción de comprometernos y hacer una de más, donde los recursos no llegan, con temor a que implique un mayor deterioro de nuestras condiciones de trabajo. Las familias, los estudiantes, seguramente recurrirán a la escuela en busca de algún recurso, alguna forma de contención, o un espacio para descargar una frustración o un enojo. Quizá con cierta empatía mutua, se genere un espacio posible, para empezar a juntar los pedazos de lo que se vaya rompiendo.

(Foto: Ojo de tiza)

  1. Son muchas más y se siguen haciendo a lo largo del ciclo lectivo y algunas veces trascienden las que corresponden al rol, como pueden ser comprar/colocar cortinas, limpiar/pintar aulas
  2. -De ninguna manera considero que el pase de una escuela de gestión privada a una escuela pública signifique una pérdida de un derecho como escuché decir a comunicadores de una amplia diversidad ideológica. Es una discusión aparte y no pretendo caer en antagonismos superfluos pero los números indican que existen amplios sectores de la población que optan por la opción pública pudiendo pagar la cuota de una escuela privada, entre otras cuestiones. No acepto pasivamente que la escuela pública es resignación por menor calidad, no hay ningún estudio serio que lo demuestre.

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