Un momento...

19 de julio de 2026

19 de julio de 2026

28 de diciembre de 2024

ESCENA E INSTANTÁNEAS

Juan Di Loreto

@elchara
Café Panamá
Tiempo de lectura: 5 minutos

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Nadie es quien quiere ser, ni nadie es quien los otros quieren que sea. Hay un medio término neblinoso, impreciso pero justo, donde estamos; que apenas rozamos se escapa o dejar de ser lo que era. Está ahí, pero huye. Eso es ser humano, “realidad humana”, decía Sartre, Dasein, decía Heidegger. Luego las personas mueren. Somos un pasado, el pretérito que fue y que no mutará, que no será. 

Beatriz Sarlo murió hace unas semanas y se dio con su fallecimiento el fenómeno de gente compartiendo mails de la propia Sarlo. Para el anónimo lector de posteos, scrolleando, se encontraba con comunicaciones privadas, dadas a conocer en homenaje a la escritora (y a los remitentes que se viralizaban). Podría ser un apéndice póstumo de sus libros sobre la posmodernidad: el autor fallecido vive por la desaparición absoluta de la frontera que separa la vida privada de la conversación pública. Pública, publicar, publicidad, un ejercicio de narcisismo contemporáneo.

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Sarlo fue moderna, pero sobre todo pensó sus presentes sucesivos. Sus décadas fueron los 80, los 90, los largos 2000. La vida argentina cuenta los años como los perros. En la pampa estaba el aceleracionismo. Pero ahora todo es detenerse, como volver a la juventud o la infancia. La ciudad de Sarlo es la ciudad brava de los 90, la picante luego del estallido del 2001, la de ahora, la libertaria. Hay escenas crudas, un narrador sin compasión consigo mismo, con la puntillosidad del ironista fino.

“Al día siguiente, cuando abría la puerta de mi casa, un muchacho me pidió que no me asustara. Tenía un cuchillo bastante grande en la mano derecha y me lo apoyó, suavemente, sobre el estómago. En el breve diálogo que mantuvimos, me informó que la plata, que se iba a llevar de mi billetera, era para su madre. Me pareció un gesto estético y mítico del robo”.

Para el anónimo lector de posteos, scrolleando, se encontraba con comunicaciones privadas, dadas a conocer en homenaje a la escritora (y a los remitentes que se viralizaban). Podría ser un apéndice póstumo de sus libros sobre la posmodernidad

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Buenos Aires es la ciudad que narra Sarlo; la ciudad pasada, mandibuleante, que nunca duerme, del posmodernismo menemista. Es la ciudad sin contrato social, del miedo, como escribía ella misma: “Ese contrato secreto no se percibe hasta que comienza a disolverse”. Los 90 lo tuvieron todo: mercancías, excesos, guita, pastiches memorables, pero nos dejaron sin alma, ojitos de chico con Poxiran. Condenados al nomadismo que describía Sarlo en los shoppings:

“El shopping es un artefacto perfectamente adecuado a la hipótesis del nomadismo contemporáneo: cualquiera que haya usado alguna vez un shopping puede usar otro, en una ciudad diferente y extraña de la que ni siquiera conozca la lengua o las costumbres. Las masas temporariamente nómades que se mueven según los flujos del turismo encuentran en el shopping la dulzura del hogar, donde se borran las contratiempos de la diferencia y del malentendido”.

3

Sarlo creó un canón literario. Se dio ese lujo, no menor, de elaborar su propio índice de la literatura argentina. El recambio en Letras, en lo que se daba, a quién se leía y debía leer. David Viñas dando siglo xix y Sarlo dando siglo xx. Al mismo tiempo se construyó a sí misma como narradora, en el uso puntilloso de la palabra. Hay textos en que se notan esos hilos, los de las prendas finas. Ahí hay todo un ejercicio y una febril relectura. Leer y leerse. Escribir.

Después, Sarlo y su invención, Saer, Juani, en un texto de 1980 deja en claro su punto de vista. Con Nadie nada nunca “se comprueba una triple persistencia: de la perfección de la escritura de Saer; de su fidelidad a un núcleo de experiencias, percepciones, zonas básicas de su narrativa; de una poética que, desde El limonero real, pero en particular desde dos relatos de La mayor, se consolida en este último texto”.

Saer, el litoraleño, el inventor del “regionalismo no regionalista”. No fue su descubridor, pero sí su impulsora. Un escritor que Sarlo pone después de Borges en su ranking personal, probablemente porque no lo podía poner primero. Pero tal vez lo ponía segundo, no en términos de preferencia, sino de continuidad. El Borges que vale la pena llega hasta los 60, que es el Borges que leía, como dice Ricardo Piglia, después sigue siendo de altísima calidad, pero se nota que ha dejado de leer; hay algo, una vacilación, otra cosa. Y Saer arranca su carrera en los 60, donde Borges deja. Saer después de Borges, literal. Saer, un tipo sin agente literario, es decir, un tipo que no tenía quién le gestione premios y concursos; que tenía que dar clases (Saer odiaba dar clases) para vivir. 

Sarlo se recorta con el fondo de esa historia, su voz es muy distinta a las que lo rodean, todos tan llenos de verdades, de reproches, sin poder ver la diferencia, con la cadencia de un Forster capaz de dormir a un elefante con su discurrir.

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Muchos revisitaron en estos días aquel programa de 678 con Sarlo de invitada. 678 era un programa diurno de la Televisión Pública gestionada por el gobierno de Cristina Kirchner dedicado a hacer informes de actualidad y la crítica de medios de comunicación. Un formato continuador del pionero Las patas de la mentira y sus variantes sucesivas: Televisión Registrada, Perdona Nuestros Pecados, etc. La distinción de 678 era que se asumía como un programa abiertamente militante y retomaba el viejo aire del periodismo “denuncista”, desocultador de “los medios hegemónicos” (una expresión característica de la época). Muy en sintonía con el vanguardismo iluminado que venía a salvar al espectador víctima del mensaje de los medios. Aquel programa bien podría caracterizarse con este fragmento de Escenas de la vida posmoderna en su capítulo sobre la televisión:

“Gozar con la repetición de estructuras conocidas es placentero y tranquilizador. Se trata de un goce perfectamente legítimo tanto para las culturas populares como para las costumbres de las élites letradas. La repetición es una máquina de producir una felicidad apacible, donde el desorden semántico, ideológico o experiencial del mundo encuentra un reordenamiento final y remansos de restauración parcial del orden”

Ahora bien, Sarlo era invitada como una persona opositora a ese sistema de pertenencias, donde casi no había voces disonantes. El clásico mecanismo era asociar por contigüidad la práctica del periodista con el medio en que trabajaba. Si estabas en Clarín todos los valores se adjudicaban automáticamente a las personas que allí desempeñaban tareas. Volver a ver aquello muestra cómo este presente estaba ya gestándose en ese pasado. Los mismos mecanismos usados para crear un sentido común. La historia sabemos que no se repite, pero sí da vueltas en un trompo, es espiral hegeliana, un recomienzo parecido pero distinto. Nos confunde y creemos que la historia se repite, pero nunca se repite. Ahí, Sarlo se recorta con el fondo de esa historia, su voz es muy distinta a las que lo rodean, todos tan llenos de verdades, de reproches, sin poder ver la diferencia, con la cadencia de un Forster capaz de dormir a un elefante con su discurrir.

Vale la pena asomarse a todo eso, para vernos a nosotros mismos, quiénes éramos, qué hacíamos, para releer a Sarlo, su exquisita escritura, la construcción de sus objetos y de sus persistencias.  

Café Panamá