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27 de junio de 2026

27 de junio de 2026

18 de agosto de 2024

ES LA HIPOCRESÍA, MARMOTA

Lorena Álvarez

@Lualvarez
Política
Tiempo de lectura: 5 minutos

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La bomba nuclear que explotó tras enterarnos de la denuncia por violencia de género de Fabiola Yañez hacia Alberto Fernández es apenas el puntapié de lo que posiblemente vendrá en términos de derrumbe. Porque lo que acaba de destruirse, en el fondo, más allá de la persona-imagen Alberto Fernández, es el relato construido por el peronismo y que signó estos últimos tiempos.

El “somos los buenos, somos los normales” se hizo añicos envuelto en violencia, infidelidades, doble vara y un dedo acusador que servía para hacer sentir en falta a buena parte de la sociedad. La misma que hoy, viendo las últimas noticias, parece confirmar su voto a Javier Milei, aunque eso implique tirarse a un abismo desconocido y sentir cada vez más raído su bolsillo.

La gran frase “es la economía, estúpido”, utilizada más de una vez para entender los vericuetos de la política, tiene en este país su reversión: “es la hipocresía, marmota”. Y es la que, quizás, mejor puede explicar la paciencia hacia este proyecto, cuya gestión en materia económica deja muchísimo que desear. Porque lo que parece inexplicable en asuntos de números tal vez se entienda con claridad en términos emocionales.

Nadie aguanta una sensación de engaño más y el albertogate es una prueba de ello. Al final Fernández, el aliade feministo, no era otra cosa que un machista de manual. El gol en contra cultural que faltaba. Y viendo sus videos reclamando amor a una conocida figura nos deja pensando, encima, si su única aspiración no sería tan solo emular a Julia Roberts en el film Notting Hill a la hora de decir: “soy tan solo un chico frente a una chica pidiéndole que lo ame”. Lástima que en horas laborales y en el sillón de Rivadavia. Un psicotécnico antes de ser presidenciable no vendría nada mal.

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Pero creer que este escándalo solo se llevará puesto a Alberto Fernández es negar lo que tenemos frente a nuestros ojos desde hace muchos años: una sociedad harta del doble discurso que le carga al peronismo ese pecado. Aunque éste, a su vez, sienta distancias infinitas entre sus partes perdiendo de vista que para un anti o para una ancha avenida del medio no existen diferencias entre un Axel Kicillof y un Guillermo Moreno o entre Cristina y Fabiola o entre Wado y el simpático Alejandro Kim. Es que esos pequeños o inmensos detalles, desvelos dentro del peronismo, a los ojos del afuera son insignificantes.

El “somos los buenos, somos los normales” se hizo añicos envuelto en violencia, infidelidades, doble vara y un dedo acusador que servía para hacer sentir en falta a buena parte de la sociedad

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Tanto que se pierde un tiempo infinito apuntando puertas adentro sin entender que pedir perdón y dar un paso al costado de muchos que llegaron hasta acá construyendo esta escalera al infierno, sería mucho más fructífero que seguir rasguñando diferencias. Porque a la noche, cabe recordar, para cualquier vecino todos los gatos son pardos. Y si se pelean, bajo este panorama, ya no se vislumbra que se reproduzcan, sino que se fagocitan entre ellos.

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A su vez, lo impresionante de estos tiempos es cómo la espectacularidad sobrepasa todos los límites. Recordemos que todo este escándalo empezó con una causa por supuesta corrupción, algo que no movió el amperímetro salvo para fans de programas políticos. Pero bastó que salieran a la luz unos chats hablando de maltratos, una foto de Fabiola golpeada y un video de una famosa tomando cerveza en el despacho presidencial, mientras el mandatario le pedía que le dedicase alguna palabra de amor, para que estallara el asunto. Encima, agregando al entuerto, sospechas de una larga lista de amoríos presidenciales con bellas mujeres y un descargo televisado por youtube de Fabiola en una entrevista exclusiva para Infobae, anunciando que su silencio se romperá en un documental que saldrá en breve por una plataforma.

Reflejando, además, que solo mueve la aguja, fuera del nicho politizado, lo que llega a LAM, el programa conducido por Ángel de Brito o a “Bendita”, el clásico de Beto Casella. La política como una extensión de “Intrusos” en su máximo esplendor en tiempos donde no hay tiempo para entender tramas difíciles. Sexo, mentiras y videos sigue siendo un hit inoxidable y fácil de recordar a la hora de indignarse.

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Pero más allá de la política, este escándalo terminó de dinamitar la base discursiva de los últimos años. Fabiola, de comprobarse sus denuncias, en este nuevo contexto, así todo, no se salva del repudio de una buena parte de la sociedad a pesar de su condición de víctima. Es que el encono de muchos, nació al calor de aquella foto del cumpleaños en Olivos, el parteaguas emocional de una población que no estaba del todo de acuerdo con la forma en la que se desarrolló la cuarentena, aunque aplaudiera médicos religiosamente a las 21 horas.

Será cierto que la historia la escriben los que ganan, pero un hueso hay que tirar porque solo de cuentos no vive nadie

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La economía atada con alambres, el reproche contra supuestos privilegios estatales y políticos, una sociedad mucho más familiera de lo que se la relataba y una sensación, que venía hacía tiempo, de miedo a discutir algunas máximas -“yo te creo hermana”, entre ellas-, dejó un tendal de heridos contra el relato oficial que ni la promesa sobre una mejora económica bastó para que a la hora de las urnas un personaje de lo más exótico se quedará con los votos. Y con la lapicera que tanto pedía Cristina que usase Alberto. Una lapicera que hoy escribe su propio relato y en el cual no hay hecho que no tenga su revisión. Y todo ante una sociedad que no se escandaliza por visitas de diputados a genocidas, ni se inmuta por esclarecer el detrás del atentado a la ex vicepresidenta.

Una sociedad que parece tener puestas sus últimas esperanzas en Javier Milei y está dispuesta a leer las primeras páginas de su novela. Un relato que va por todas las vacas sagradas sin ningún problema, un “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo” en términos culturales y en la que Milei le pone toda su garra. Es que un tiempo de revisión y de reescritura de la historia no se le niega a ningún presidente.

Derechos humanos, economía, feminismo, todo puesto sobre la mesa cual banquete para hacerse una panzada con la seguridad de tener una mayoría que acompaña. Y para ser dolorosamente sinceros, con una buena parte de los votantes opositores tentados en silencio, también, de escribir una nueva historia. No está, quizás, pero sí otra. Una que solo podía empezar a imaginarse luego de tamaña explosión. Como si escribir otra historia sobre el garabato anterior ya no hubiese podido ser posible. Y el oficialismo a su vez, que hoy va por todo con una vara moral altísima, corre el riesgo de chocar su propia calesita. Será cierto que la historia la escriben los que ganan, pero un hueso hay que tirar porque solo de cuentos no vive nadie. Ni siquiera los que querían empezar un libro nuevo.

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