Un momento...

10 de julio de 2026

10 de julio de 2026

25 de agosto de 2024

ENTREVISTA A POLA OLOIXARAC

Pedro Yagüe

@peyague
Cultura
Tiempo de lectura: 8 minutos

En tus distintas novelas se advierte un cruce entre narrativa y crítica cultural. Quería preguntarte cómo se gestó ese punto de vista.

Siempre sentí el asedio de la cultura. Me gusta prestar atención a lo que hay alrededor y dilucidar cuáles son los mandatos de mi época. Genero sensibilidad, piel de gallina, ante esos mandatos. Y eso termina siendo mi musa, esa piel de gallina. Con Las teorías salvajes fue un poco así. Yo veía cómo había una romantización del héroe montonero, de la víctima, y cómo esa romantización de la víctima era al mismo tiempo una forma de vencer. Eso me parecía fascinante y tuvo mucho que ver con la forma en que empecé a escribir la novela. La sentía como un lugar para pensar y para resolver esas cosas. Había también todo un mundito blogger que me fascinaba, que formó parte de los personajes. Y que, al mismo tiempo, se cruzaba con esa romantización de los setenta.

Las teorías salvajes sale en el año 2008. Es decir, en un momento del país en que el cristinismo todavía no había dividido el campo cultural del modo en que después lo haría.

Exacto. Era re lindo, era otra cosa. Las teorías salvajes vivió un 2009 donde yo podía hablar con peronistas, donde había gente de todo tipo y era súper divertido. Tenía algo parecido a un debate cultural. Sé que en Bad Hombre hay una mini nostalgia respecto de eso. En el 2010 la cosa cambia. Empiezan a aparecer espacios donde no podés entrar.

Claro, yo tenía la impresión, viéndolo a la distancia, de que Las teorías salvajes había sido elogiada por un sector de la cultura que después te empieza a ver con distancia.

Los que crearon Las teorías salvajes como una especie de fenómeno de internet fueron los de Revista Planta con una crítica en la que me llamaron Videla, Hitler, todo lo que quieras. Después de esa crítica, Selci escribió una especie de encomio de Máximo Kirchner. Creo que ahí terminó un poco su carrera literaria: ahora se dedica a ser intendente. Revista Planta hizo esa reseña donde buscaban asesinarme y hasta pedían que retracte la novela en la facultad. Al mismo tiempo, eso generó que un montón de gente viera que había un intento por acallar una voz. Y que ellos eran los que marcaban, como un comisariato cultural.

¿Cómo pensás tu lugar en el campo cultural? Porque tus libros son libros de intervención.

No lo pienso tanto como si tuviera que hacer una intervención. Las cosas me empiezan a acosar y me mueven a escribir. La escritura está unida a mi voz y a mi cuerpo. Lo que es re loco y copado de internet es que en ese ambiente que se solía llamar virtual (me parece alucinante esa palabra) se juegue lo más parecido a la carne y a la voz. Nunca opuse internet a escribir. Siempre estuvieron unidas.

Acabás de publicar Bad Hombre que, si no me equivoco, es tu primera novela escrita en primera persona. ¿Por qué esa decisión?

Hay mucha gente que escribe sobre sí misma en primera persona y a la vez no se conoce. El ángulo del conocimiento o el ángulo de la literatura que te da un narrador omnisciente tiene mucho más que ver con el saber, con lo que vos podés entender de un personaje. Lo siento incluso cuando escribo sobre figuras políticas. Es la descripción del personaje la que hace emerger la psicología interna. Por eso nunca me sentí muy interpelada por la primera persona como lugar de conocimiento. Para nada. La primera persona es el lugar donde te engañás, donde ves cómo la gente se autoengaña. Pero para este libro sentí que sí. Era sobre casos reales, sobre gente que conocí, con la que traté, que me permitió grabarla. Había un sustrato periodístico, de captación del mundo real, donde aparecían mis elementos y los estaba manipulando. Y si los estaba manipulando estaba yo también. Pensar la tercera persona me hubiera generado demasiada distancia en relación a mi objeto.

Lo que es re loco y copado de internet es que en ese ambiente que se solía llamar virtual (me parece alucinante esa palabra) se juegue lo más parecido a la carne y a la voz

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Hay dos ejes que me interesan y veo constantes en tu narrativa. El primero tiene que ver con el secreto y el chisme. En Bad Hombre, por ejemplo, en un momento decís que te convocaba “la tentación del secreto”. Quería preguntarte qué lugar ocupa esta tradición del chisme y lo secreto en tu escritura.

Me fascina cuando siento que la gente está hablando en voz baja y que en realidad hay algo de lo que no se puede hablar. Es la misma sensación, medio delicuescente, que siento cuando la cultura se organiza para armar áreas electrificadas que no podés tocar, porque no sabés qué puede llegar a pasar si te acercás. Quizás tenga que ver con la manera en que vivimos después de la dictadura. Todavía vivimos con… no es terror por que venga el militar y te aporree. No es esa pesadilla progresista de que te van a venir a buscar, sino que quizás son tus propios pares los que te van a delatar como persona que hay que extirpar. Y eso me parece que tiene bastante que ver con Bad Hombre, con cómo en la dinámica de ciertos grupos se narran cosas para ser felices consigo mismos, para sentirse virtuosos, y en la construcción de esa virtud hay cosas que no se pueden decir. Que no se pueden ni pensar.

El segundo eje que te comentaba es el de la traición. En tus novelas siempre hay una traición a los pactos de silencio que son constitutivos de los grupos a los que pertenecés.

Te diría que lo siento al revés, que lo que ahí aparecen son mis ganas de no pertenecer a cualquier precio. ¿Cómo construís autenticidad en relación a tu voz y a lo que tratás de que sea un pensamiento o una crítica si te dejás chantajear por cada grupito que te pide “para estar acá tenés que aceptar esto”? Yo soy católica. Estudié la trinidad, los conceptos, acepto que dentro de la religión hay ciertas cosas que no tiene sentido decir. Pero que los católicos decimos “estos son los misterios”. El de la virgen, el del espíritu santo. Entiendo perfectamente que esa es la conformación de un grupo grande y necesitás tener cosas que no podés tocar. ¿Pero para la cultura educada en Puán? Yo no acepto esos misterios. Que lo haga el chat GPT. No tengo tiempo para someterme a lo que el grupo espera de mí.

Hay un momento de Bad Hombre, donde siento que aparece la hipótesis más fuerte del libro. Son dos o tres párrafos en los que advertís la existencia de una homologación víctima-verdad-voz como característica distintiva de esta época.

Si estás de acuerdo con Carl Schmitt (o con Jorge Dotti que lo leía de esa manera) y ves que hay una transvaloración de los valores en un mundo sin autoridad, ¿dónde empezás a forjar los espacios de autoridad y escucha? Tendés a atomizar todo y esa atomización es la que lleva a que la voz de la víctima sea la única cosa sagrada. El único espacio en el que podemos volver a conectarnos con lo sagrado.

La primera persona es el lugar donde te engañás, donde ves cómo la gente se autoengaña. Pero para este libro sentí que sí

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En un momento del libro decís que el único héroe posible es la víctima. ¿Creés que el discurso de Milei está cuestionando un poco esa lógica?

Hay un hartazgo muy fuerte con la entronización de la víctima como el elemento de la verdad. Entonces uno puede leer en Milei un discurso que apunta a pasar de corderos a leones. Esa fue la manera en que él intimó a sus votantes o a su base. Eso lo podés leer como si, quizás, la experiencia del kirchnerismo hubiera pensado a los sujetos más como hijos. Y ahora Milei les está diciendo: “ya son grandes, ahora son ustedes quienes van a hacer su destino”. Algo de eso está en su fanbase, en esa idea de liberación de un yugo que venía de Cristina, Alberto Fernández y la pandemia. Infantilización total de los ciudadanos en la que el vecino te delata si salís, que tenés que tener un permiso para pasear al perro. Con Milei aparece la fantasía de llegar a la mayoría de edad.

Durante los últimos años, la literatura progresista cayó en una lógica identitaria donde el arte no hacía más que confirmar lo ya sabido, lo ya pensado, lo ya sentido. Te quería preguntar lo siguiente: ¿cómo hacer para que la crítica al progresismo no reproduzca, como en espejo, esa misma lógica?

Eso es dar por sentado que hay una configuración binaria de la cultura, que hay un ellos y un nosotros. El problema es que el kirchnerismo o el progresismo se preocupó demasiado en construir quiénes están de este lado y quiénes están del otro. Hay librerías en las que no estoy porque el dueño quiere parecer kirchnerista. Hay un alardeo moral de los que somos. Hay gente dentro de la facultad que se jacta de excluir autores porque cree tener el poder de definir qué es la literatura. Son comisarios. Puán tiene mucho de eso. Pero no me parece que haya un “del otro lado” tan evidente.

¿No ves que hay un antiprogresismo muy sólido como alguna vez lo fue el progresismo?

Pero a mí, por ejemplo, los de Milei me re putean. ¿Entonces qué? ¿De qué lado estoy? ¿Quedé del lado del antiprogresismo? No sé, porque ellos me re putean. ¿Sabés cuál es el efecto positivo que yo veo de Milei? Que es el tipo de presidente que no te tiene que gustar. Y la presencia de un tipo así hace que de pronto podamos volver a conversar. Estoy hablando por ejemplo con un montón de amigos peronistas con los que antes no hablaba. Me doy cuenta de que, incluso con el nivel de agresividad tan fuerte que tiene Milei, hubo algo de la vida civil que se recompuso. Esa es mi sensación. O es mi fantasía y lo que me gustaría que pase.

Yo soy católica. Estudié la trinidad, los conceptos, acepto que dentro de la religión hay ciertas cosas que no tiene sentido decir. Pero que los católicos decimos “estos son los misterios”. El de la virgen, el del espíritu santo. Entiendo perfectamente que esa es la conformación de un grupo grande y necesitás tener cosas que no podés tocar

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Quizás hubo algo de lo que impedía ciertas conversaciones que hoy parece desarmado.

Ya tener la sensación de eso me da algo parecido a la libertad. Sentir que podés entrar a un lugar y no es que se va a dar vuelta todo el mundo porque criticaste a Cristina, como pasaba antes. O porque habías votado a Macri, que me pasó a mí. Yo voté a Macri y firmé una carta (ahora no firmo una carta nunca más en mi vida) y ahí me constituí como la certificación del enemigo. Lo cual es demencial. No se puede votar a nadie. Ni a los trokos, ni a nadie. Solo al Partido. La cultura te cancela porque no estás votando al Partido y sos funcional a qué se yo.

Y eso responde más a una lógica del campo cultural que a la política misma.

Exactamente. La política misma es cien mil veces más civilizada y entre ellos se mueven y se entienden dentro de su performance, mucho más que la cultura que es donde están las actitudes más cerriles de todas.

Al mismo tiempo, la cultura progresista constituye una tradición larga en la Argentina, que muchas veces termina siendo caricaturizada. ¿Qué cosas valiosas rescatás en el progresismo de estos últimos años?

¿Sabés cuándo te das cuenta lo bueno del progresismo? Cuando salís del país y ves lugares donde hay espacios de un vacío cultural enormes. Había algo también interesante del progresismo que terminaba en un buenismo pedorrón, pero en el que podías notar que había una unión entre hacer cultura y tener buenas intenciones. Había un hálito humanista marcadísimo. Me parece que el problema fue más la manera en que el kirchnerismo terminó desvirtuando las banderas del progresismo y usándolas como coartada para tapar cosas, para tapar discusiones y acallar voces. El problema fue esa utilización política, no el progresismo en sí. Lo mismo se puede predicar del feminismo. Lo que pasó con Ni Una Menos fue increíble. Cristina en Sinceramente dice “yo pensé que era un movimiento en contra, la verdad es que no me copé”. Las minas tampoco estaban con Macri. No estaban con nadie. Era algo muy sui generis.

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