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27 de junio de 2026

27 de junio de 2026

27 de junio de 2026

ENTREVISTA A CARLOS ULANOVSKY: “EL PERIODISMO ES EL EJERCICIO DE LA MIRADA”

Juan Manuel Mannarino

Entrevistas
Tiempo de lectura: 7 minutos

En tu nuevo libro, Notas musicales de un periodista cultural (Gourmet musical), se sucede una compilación de textos periodísticos a lo largo de un extenso abanico histórico, de 1967 a 2025. Hay, entonces, diversos momentos personales, un periodista que empieza, que se forma, que se foguea, que se va afirmando en el tiempo con su firma.

Veo el libro, o esos casi 60 años, y veo una aproximación a mi vida. Lo lindo y lo feo; los traspiés y las recuperaciones, lo bueno y lo malo tanto en términos personales como profesionales. En ese mismo camino, advierto también, con alegría, una persistencia con la música y con los músicos. Tal vez esa recurrencia tenga origen en mi frustrada vinculación con la música, con el estudio de, por lo menos, dos instrumentos, cosas de las que hablo en el prólogo del libro.

Justamente en el prólogo, Humphrey Inzillo pondera tu falta de prejuicios. Tu conjunto de notas es versátil, desde entrevistar a una estrella de rock a un pianista clásico, a un folclorista, a una leyenda del tango o a un bolerista. ¿De dónde vino todo eso? ¿Cómo lo fuiste cultivando en el tiempo? 

Tal vez tu pregunta se refiere a una herramienta fundamental entre los muchos recursos que un periodista debe tener y ejercitar: la curiosidad. A cada entrevistado me acerqué por alguna característica suya que me hizo agitar la campanita de la curiosidad. También me acerqué por gusto personal, porque, en algún momento me hicieron cantar, me sacaron a bailar y me mejoraron la vida. Por admiración, para saber un poco más de sus vidas y, por qué no, por cholulismo. Inzillo acierta con lo que menciona como falta de prejuicios. Esa apuesta a la amplitud me permitió armar mi propia y ecléctica playlist, pero que, lo juro, nunca imaginé que podía volver a cobrar distinta expresión en un libro.

De todas las épocas que te tocó transitar, ¿hubo algún tiempo dorado en el periodismo cultural?

Cada tanto me invitan a charlar en escuelas de periodismo o en alguna facultad de comunicación. Suelo decir que no soy afecto al “todo tiempo pasado fue el mejor”. Sí cuento, por experiencia, que en periodismo (no sólo el cultural) todo tiempo pasado fue más fácil. Y doy pruebas. En el inicio de la década del 70, por lo menos hasta el inicio de la dictadura, en los kioscos se encontraban 10 diarios de alcance nacional y, por lo menos, diez semanarios de actualidad. Vale decir que había muchas posibilidades de trabajo. Ibas a cualquiera de esos medios, te atendían, te escuchaban y si llevabas un sumario de ideas atractivo salías con el encargo de una colaboración que, además, se pagaba en tiempo y forma y no a precios dramáticamente bajos y a los premios, como ocurre desde hace varios años. También les hago notar una condición de privilegio, porque en términos de búsqueda informativa y en tecnología, las oportunidades aumentaron y eso convirtió al trabajo en un poco más sencillo de resolver. Localizo dos momentos “dorados” (entre comillas, porque problemas y limitaciones hubo siempre). El del diario La Opinión cuya sección cultural integré y el de la revista La Maga, por la búsqueda de una independencia total y que, aun así, nos volvía dependientes. Pudimos publicar lo que quisimos, pero dependíamos que el día de aparición no lloviera, ni hiciera mucho frío o mucho calor y que el puñado de miles de lectores que habíamos podido juntar esa semana no se distrajeran y se olvidaran de ir a buscar el ejemplar.

Nadie me había dicho que en las entrevistas el que debe brillar es el entrevistado, que el periodismo es un servicio para dar a conocer lo que hasta el momento no se sabía y que nada de este precioso oficio puede estar basado en la impostura.

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Hablas de una precoz iniciación musical en tu familia, donde la música estaba muy presente. Coqueteaste con el piano, con la batería. Luego, la música se hizo carne en los programas de radio donde trabajaste, y uno se pregunta cuándo fue el momento o los momentos esenciales en el que te decidiste a entenderla periodísticamente para poder escribir sobre ella, para poder indagar en sus personajes, estilos, lenguajes.

Me da gracia imaginar que mi acercamiento al piano o a la batería haya sido un coqueteo. Si lo hubo estuve lejos de cumplir con las reglas del perfecto seductor, por lo que en todo caso lo que tuvimos fue una atracción no correspondida. Pero no soy un periodista frustrado. Alcancé un porcentaje considerable importante de mis propósitos sin haber caído en traiciones o en indignidades. Con el periodismo mostré, conté, narré, interpreté, me divertí, fui feliz.

Tenés un libro publicado sobre Palito Ortega que “fue inicialmente prohibido, luego secuestrado y finalmente incinerado en sede judicial”, como decís en el libro. ¿Podés contar brevemente su historia?

Lo que pasó está descripto en tus preguntas. Escribí una biografía autorizada, sobre un cantante popular de moda, que, finalmente, fue desautorizada y condenada a desaparecer de la faz de la tierra. Ese fue mi primer libro, tenía 25 años y eso que fue una frustración enorme, por suerte no me paralizó. Seguí escribiendo notas y muchos libros. Por ejemplo, este, que es el número 28. Lo que pasó con ese libro sigue siendo, solo, un pésimo recuerdo.

En el libro se nota el disfrute, la pasión, tu conexión con la música. Eso, en tu historia, parece clave: sin eso, no se puede transmitir nada. ¿Pero qué otros elementos, recursos y herramientas de comunicación te parecen indispensables para hacer periodismo y, en este caso, más en el terreno de lo gráfico?

Me alegra que, como lector, hayas podido advertir disfrute, pasión, conexión. En cada nota intenté volver propio algo de lo que aprendí de mis maestros. Todas estuvieron resueltas con más transpiración que inspiración; con más esfuerzo que con facilismos. Espero que también te haya quedado claro que no soy un periodista musical, como supe tener cerca en distintas redacciones (Jorge Aráoz Badí, Jorge D’Urbano, Jorge Andrés, Pompeyo Camps, Gloria Guerrero, Jorge Marziali, Alfredo Rosso, sólo por mencionar algunos) ellos y muchos más, notables especialistas. He sido, todavía soy, un cronista frecuentador de lo general, intérprete de un oficio que tanto aquí como cuando viví afuera me permitió ganarme la vida.

A la hora de hablar de la entrevista, ponés el ejemplo de lo que te pasó con la legendaria cantante Tania. “Cuando leo ahora la entrevista que le hice a finales de los años sesenta para Confirmado y la charla que mantuve con ella veintisiete años después en La Casona del Tango en La Habana, publicada en La Maga, compruebo que el burlador burlado fui yo. El primero era canchero y rabioso; el segundo fue humano y esencial”. ¿Podés profundizar qué quisiste exponer con ese ejemplo?

Siempre tuve claro que quería ser periodista. Tuve las condiciones necesarias, no es presunción. Pero nadie me había dicho que en las entrevistas el que debe brillar es el entrevistado, que el periodismo es un servicio para dar a conocer lo que hasta el momento no se sabía y que nada de este precioso oficio puede estar basado en la impostura. Podría justificarme: empecé de chico, creía que sería inmortal, el clima de época en los 60 y 70 propiciaba confusiones. Luego aconteció la realidad que llegó a darme un par de sopapos y de a poco pude ir acomodando lo que serían mis elecciones definitivas. Me gusta mucho el género de la entrevista y también pude desarrollarlo en la radio.

En cada nota intenté volver propio algo de lo que aprendí de mis maestros. Todas estuvieron resueltas con más transpiración que inspiración; con más esfuerzo que con facilismos.

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En el libro no solamente hay entrevistas, sino crónicas, retratos, perfiles, críticas, ensayitos. Algunos más breves, otros más profundos y extensos. De Antonio Tormo a Charly García, de Astor Piazzolla a Kevin Johansen, de Libertad Lamarque a Spinetta. Un amplio y diverso interés en el campo de la música popular argentina. Y, al mismo tiempo, una visita a personalidades tan distintas, como Piazzolla que disuelve cada dos por tres a sus grupos porque se cansa, o un joven Facundo Cabral que dice que se siente un poco alcahuete, que en sus canciones “cuenta lo que vive” y la guitarra en la mano le abre puertas en todos lados. ¿Cómo fuiste viviendo todos esos años de gente, de fascinarte con entrar por un rato en la vida de tantos creadores, de investigar sus obras, de tomar el pulso de las épocas a través de su arte?

Hay una frase (no se a quién le pertenece, pero cada tanto me la apropio) que define a nuestro oficio de modo luminoso: “El periodismo es el ejercicio de la mirada”. Aquel que, respaldado en vida vivida, en cultura adquirida, en intereses diversos, en esfuerzos previos de información e investigación y sea capaz de sumar esos recursos en el ejercicio de la tarea, ese periodista es el que tendrá la mirada más firme, clara, sofisticada, novedosa, divertida. Algo muy gratificante: que un lector o un oyente, luego de haber escuchado la entrevista diga, este tipo preguntó lo que yo hubiera querido preguntar. En cuanto a decepciones, si las tuve no fueron decisivas. De a poco fui aprendiendo a no ir con prejuicios. Eso posibilita encarar cada charla como un nuevo conocimiento.

En el terreno de la escritura por momentos vas a los formatos clásicos, como pregunta-respuesta o presentación formal del personaje, así como en otros soltás la escritura con escenas más sueltas, glosadas, yendo de una época a otra, subvirtiendo el orden cronológico, o incluso usando la primera persona. ¿Cómo trabajar la escritura en el tiempo, cómo repensarse como periodista a la hora de enfocar las historias, los temas?

Lo más importante es trabajar la escritura tal como lo recomienda la ortodoxia del oficio: verbo, sujeto, predicado y luego todas las fiorituras de las que uno sea capaz. Y, siempre, sea el medio que fuera, escribir lo más de lo menos permitido.

Citás a innumerables colegas, tanto como la ayuda y el cariño de tu familia. ¿Cuáles fueron los maestros que te marcaron en el periodismo, aquellos editores o colegas que fueron fundamentales?

Tuve suerte: fueron muchos mis maestros. Yo fui un buen discípulo con ansias de saber más. Como para dejarlos por escrito, negro sobre blanco, los he mencionado en libros como Paren las rotativas, Redacciones o El periodismo es lindo porque se conoce gente. Y me gusta seguir descubriendo jóvenes maestras y maestros que, voluntaria o involuntariamente, lo sepan o no, me siguen enseñando.

En muchos años de vida, de oficio. Entonces, ¿qué diablos es la música?

En mis clases de teoría y solfeo, en el Conservatorio Williams, de Floresta, aprendí que la música era el arte de combinar los sonidos. Bueno, es un decir, porque aprendí la letra y lamento no haber hecho lo mismo con la música. Ahora sé que la música es un lenguaje que permitirá cosas relevantes en grandes escenarios, pero también ganar el sustento tocando a la gorra, en la calle, en el subte o en el bodegón más cercano. Admiro mucho a los músicos. Los buenos tienen algo de los periodistas de estos tiempos. Para ellos aplica la fabulosa definición de Horacio Malvicino, uno de los entrevistados del libro. Él, como buen y digno trabajador que andaba a los saltos, de un trabajo a otro, dijo: “Música es el arte de combinar los horarios”.

Foto: Diego Levy

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