Un momento...

19 de julio de 2026

19 de julio de 2026

19 de octubre de 2024

ENSOÑACIÓN, UNA BUENOS AIRES FRAGMENTADA

Juan Di Loreto

@elchara
Café Panamá
Tiempo de lectura: 4 minutos

Esa “resonancia” es la que nos da el sentimiento

de estar vivos y no muertos hasta cuando dormimos.

Porque el cuerpo nunca duerme para estar vivo: sigue

elaborando el grano menudo de nuestra propia carne.

León Rozitchner

La pregunta por dónde es también la pregunta por cuántas. Buenos Aires es una ciudad de multitudes, se habla lenguas y tiene desmesuras que sus habitantes naturalizan. Hace poco se estrenó Los tonos mayores(2023), una película dirigida por Ingrid Pokropek y protagonizada por Sofía Clausen que, sin querer queriendo, traza los puntos de otra, la misma Buenos Aires, sin apelar a Corrientes, al Obelisco y al travelling con Piazzola de fondo. Quién te cuenta y cómo te ve.

Además de la historia de Ana, envuelta en un enigma de códigos y sonidos, Los tonos mayores revela de forma solapada cómo es eso que llamamos Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). La protagonista vive “ahí” de General Paz, la línea imaginaria de cemento, que divide una juntura, un mismo emplazamiento. Una película que sirve para tirar del hilo de una metrópolis que siempre nos está desbordando. En la novela Nanina (1968), Germán García ensaya un recorrido mental de entrada a la ciudad: “Viaja en colectivo. Ciudad grande. Perros no hay. Hay muchos autos. Extraña su familia. Besos a los hermanos, besos a mamá. La escuela nocturna. El sol y después del sol los carteles luminosos. Mis perdidos parientes. Hay calles hermosas. Gente linda… ¡ahora sí estoy en Buenos Aires!”.

El caminador de capitales sabe que en otros lados los lugares cierran demasiado temprano. El porteño siente alivio por estar en Buenos Aires porque allí lo esperan las pizzerías eternas y el café con leche con medialunas bien temprano.

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Buenos Aires siempre es una meca para los que vivimos ahí, aunque siempre sea un quilombo bárbaro. Una meca y un destino final. En El sueño de los héroes, Bioy Casares traza cierto recorrido de Gauna por Buenos Aires: “Salieron a refrescarse por la solitaria plaza Arenales y, después, junto al club Villa Devoto, los ocupó un breve y confuso incidente… cuando el calor se hizo más intolerable apareció una murga francamente ruidosa y molesta…”

Por fin llegó la murga

Los Chicos Musicantes

Si nos pagan la copa

nos vamos al instante

¿La narración arma la ciudad o la ciudad arma la narración? En un mismo lodo… Buenos Aires cambia demasiado rápido o muy lento. Depende del lado de la vidriera en que está uno. Vivimos nuestro propio recorte de la urbe, el resto es solo una imagen-movimiento (para usar la fórmula de Gilles Deleuze) que no alcanzamos a ver mientras vamos en colectivo o auto. El ajetreo del centro, de Barrio Norte, contrastan con el silencio bucólico de Villa del Parque, que tiene metros de silencio y cantos de zorzales ininterrumpidos en la calle Martín Pescador. Ahí el tiempo se detiene más de lo habitual. Un auto abandonado puede esperar años el acarreo de la Ciudad, los carteles de obras tardan varias administraciones en retirarse y los vecinos aún creen que “Buenos Aires No Duerme” todavía se organiza año a año (la ausencia de vándalos hace del punto geográfico citado casi una reliquia escondida dentro de la ciudad).

Llevamos un fragmento del todo en la cabeza, somos lo “particular universal” de esta ciudad. Buenos Aires no necesita de un todo único para ser, nos tiene a nosotros como las partes ambulantes del monstruo. Martínez Estrada en La cabeza de Goliat cita a Rilke, el gran poeta, sobre la inmensidad: “Hay grandes ciudades que parecen desdichadas y tristes de ser grandes. Se extienden, siempre, pero una secreta nostalgia las repliega sobre sí mismas”. Ese repliegue del que habla Rilke parece que aquello que dice el filósofo Yuk Hui en Fragmentar el futuro, la fragmentación es un remedio contra el Goliat tecnológico que nos subyuga en su sincronización invisible. “La tecnología es ante todo el soporte del pensamiento”, dice Hui. Y también ese fragmento que somos, esos barrios que llevamos a cuestas son el contraveneno de la gran máquina que vive transformando la ciudad, que se come los edificios, derrumba fachadas y promete paraísos de concreto barato y sin encargados.

Hay un afán del registro, de la desesperación de que todo se pierde siempre, que tienen ciertas sensibilidades que ven en el urbanismo desordenado una suerte de apocalipsis

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Como todo lo nuevo, la ciudad renace cada día sin memoria y sin pasado. Volvemos a Los tonos mayores: sorprende al entregar otra mirada, que es la misma, pero distinta sobre esas pistas que deja la ciudad y ninguna máquina (el término es de Deleuze para explicar, si Deleuze explica algo, lo que se hace uniforme y cómo la máquina lo que tritura es el deseo, es decir, al sujeto que nos soporta). En la película de Prokopek es posible otra ciudad, una ciudad intersubjetiva, donde uno puede pasar una noche un poco a la intemperie. No es la metrópoli sórdida de Pizza, birra y faso, es una ciudad de antes de la pandemia con su inquietud, pero que todavía insiste con lugares abiertos hasta cualquier hora. El caminador de capitales sabe que en otros lados los lugares cierran demasiado temprano. El porteño siente alivio por estar en Buenos Aires porque allí lo esperan las pizzerías eternas y el café con leche con medialunas bien temprano.

En una de las funciones que presenció con público, la directora de Los tonos mayores dijo que quería filmar esos lugares de la adolescencia. Hay un afán del registro, de la desesperación de que todo se pierde siempre, que tienen ciertas sensibilidades que ven en el urbanismo desordenado una suerte de apocalipsis. Las demoliciones dejan un pedregullo indescifrable. Un poco como lo entiende el proyecto unipersonal de Natalia Karbabian, conocida como Ilustro Para No Olvidar. Registrar, inscribir, antes que todo desaparezca, antes de que esté cerrado por derribo u otro emprendimiento gane el barrio con su café de especialidad. Porque, al fin y al cabo, ¿qué son las ciudades sino una ensoñación de uno, una marca, una huella mientras despertamos?

Café Panamá