19 de julio de 2026
20 de octubre de 2024
“ENCUENTADOS”: HISTORIA RECIENTE DE LAS BAJAS FINANZAS Y LAS CRISIS POLÍTICAS
Pablo Semán
¿De dónde surgen ya no sólo el desencanto y la ilusión sino la rabia que en ciclos cada vez más cortos y profundos licúan los lazos políticos e incluso de las expectativas en el régimen democrático? Una respuesta a esta cuestión puede ensayarse si uno mira retrospectivamente los altibajos de la esperanza política en la Argentina de los últimos lustros vinculados a un fundamento que no es obvio, pero es decisivo: las deudas de los sujetos y las familias, la toma de créditos de los que se espera capitalización y progreso y terminan en movilidad social descendente. Como lo grafica una expresión iluminadora rescatada por Ariel Wilkis en Una historia de cómo nos endeudamos: “Siempre vamos a estar encuentados, si no te encuentás, no tenés nada”.
Los argentinos no sólo están “encuentados” para tener cosas sino, cada vez más, para perder lo menos posible. La historia del crédito y las deudas, una dimensión clave de la vida social, es también la historia de avances, tropiezos y caídas de la mayoría de los ciudadanos. Es una historia de la democracia realmente existente.
No hay un solo presidente de la democracia que no se haya ilusionado con ser el presidente del despegue definitivo y quedar por esa hazaña eternizado en mandatos consecutivos y en bronce. Pocos lo lograron y desde 2011 nadie logra la reelección o, siquiera, aspirar a ella. No es casual.
La respuesta a la pregunta por el desencanto político incluye desde el vamos las oscilaciones sísmicas de la economía argentina. El vector que rige la vida económica de nuestro país obedece a una fórmula conocida: la necesidad de un tipo de cambio alto que garantice la acumulación de reservas a través de las exportaciones y la tensión con la exigencia de responder con dólares que se agotan a la activación de la producción y el consumo interno. La insostenibilidad en el tiempo de estos procesos erosiona la posibilidad de éxito de los proyectos políticos y de la propia estabilidad de un gobierno e incluso de un régimen, sea este democrático o dictatorial. Los ¡avances! derivados de los reseteos que generan exclusiones económicas por la vía del ajuste y relanzan la exportación y el ciclo de expectativas, los ¡pare! que surgen del agotamiento de las divisas y renuevan la “necesidad” de ajuste y exclusión, han sido sufridos por dictaduras y regímenes democráticos que, como consecuencia, padecieron las más diversas formas de desafección y revuelta de la sociedad (desde las huelgas contra el rodrigazo en 1975 hasta el rechazo de la casta en 2023 pasando por las crisis de 1989 y 2001).
La inclusión monetaria ha sido en la Argentina una de las formas de integración social como también lo han sido el trabajo, la educación, la salud pública, la seguridad y la justicia
Poco importa a esta altura con qué teoría se explique una observación incontrastable, aunque esa teoría luego importe a la hora de definir los hechos cabalmente. Sea por la “dependencia”, sea por la “emisión monetaria populista”, sea por la ambición y/o la irresponsabilidad de todo tipo de élites, lo cierto es que una de las maneras que encontró la Argentina de resolver de forma parcial y cada vez más costosa los déficits que suceden a los relanzamientos de la economía fue el endeudamiento externo que resultó cada más más gravitante en el bajísimo crecimiento de PBI y en la desigualdad. Argentina pasó sucesivamente por dinámicas variadas, pero todas regidas por la misma lógica: de los déficits externos y fiscales-devaluación-ajuste, a una de déficits-fuga de divisas-devaluaciones y nuevo ajuste, para seguir con una más espiralada que iba del déficit, la fuga de divisas y el ajuste con endeudamiento para terminar, finalmente, en otra que seguía la secuencia déficit-fuga de divisas y diversas formas agudizadas de cierre del intercambio con el exterior (el corralito en su forma crítica aguda y el cepo que es su forma crónica). Todas esas variaciones se reflejan en el nivel de la moneda que, como mecanismo de enlazamiento social, produce en nuestro país un proceso de integración conflictivo, frágil y, finalmente, tan exasperante que no puede no tener consecuencias sobre la “representación política” (ya veremos la razón de esas comillas).
Pero esa no es la única lógica erosiva que opera en la dimensión de la vida económica y política de sus ciudadanos. Hay otra fricción sólo parcialmente asociada al endeudamiento público y al de las empresas, la de las deudas de los individuos y las familias, que también fue creciente y cada vez más gravosa. Las deudas de la sociedad no son ni simple ni únicamente el resultado de la transferencia de la dinámica deudora del país a las familias, la transmisión vertical de la oferta monetaria global a la nacional y de ésta a la sociedad: las deudas también son sensibles, en otro plano, a las dinámicas económicas locales que anteceden los procesos de endeudamiento público.
Las deudas de las familias, personales o privadas, que pueden considerarse parte de las “bajas finanzas” son realidades inseparables de las “altas finanzas” y de la deuda pública aun cuando las deudas privadas, por estar a distancia del radar oficial, configuran una masa sumergida, desproporcionadamente grande y desconocida por la estadística pública. Ese continente desconocido es el objeto de estudio privilegiado de Historia de Cómo nos endeudamos. De la misma manera que los sueños con su carga de deseo y de trauma son la vía regia para acceder al inconsciente, una instancia determinante pero huidiza de la vida subjetiva, el de las deudas es un espacio privilegiado pero incógnito para interrogar la erosión del lazo político de Argentina. Tal como lo plantea el autor: “comprender la dialéctica entre aspiraciones sociales, promesas políticas y una economía cada vez más encerrada en sus contradicciones estructurales”.

A través de ese prisma lo que vemos es mucho menos una dinámica de decadencia lineal que un conjunto de movimientos que acompañan la redefinición del perfil de la estructura social argentina y de sus formas de experimentar esa transformación mayúscula que impacta de lleno en los lazos de representación y de gobierno. Es el recorrido por un sendero que de punta a punta es negativo pese a las disparidades y solo puede entenderse con términos intrínsecos a esos propios procesos de endeudamiento. Se trata de recorrer esa historia a partir de la trama que provee la lógica de la deuda mirada desde abajo. Por eso, para Wilkis, seguir el camino de las deudas “desde abajo” es un recorrido que nos recuerda que construimos durante cuatro décadas una democracia con el bronce de los derechos, pero sin el oro del progreso como lo describe Martín Rodríguez.
La investigación muestra desde 1975 en adelante la sucesión de crisis de deuda que afrontan las familias en períodos que incluyen la esperanza de comprar con crédito y terminan en la pesadilla de deber mucho más que aquello que el crédito permitió adquirir. Tomar crédito es a veces una alternativa a guardar (en dólares o en plazos fijos), aunque se pague con intereses un capital a invertir, un bien para producir más e incluso en el caso que el sacrificio de moneda se realice para acceder a una fuente de placer efímero que justifique el gasto. Pero la toma de crédito ha pasado a ser una fuente asociada fundamentalmente al displacer. Millones de argentinos han llegado a una situación en la que el crédito y las deudas “ya no son una opción sino una necesidad para los hogares, que los gestionan para proveerse una “red de protección” frente a aquellos riesgos que ya no pueden atender con sus ingresos laborales ni mediante la protección garantizada por el Estado.” Veamos brevemente esa historia.
Democracia y deuda, asunto inseparable
Los argentinos de los años setenta tomaron créditos atados a la inflación que luego se dispararía hasta arruinar las finanzas de las familias al punto en que éstas sufrieron penurias que terminaron, muchas veces, en la frustración de perder sus propiedades para saldar las acreencias de las mismas. La promesa de Alfonsín de terminar con la patria financiera y reparar los efectos de la circular 1050 del BCRA que ataba los créditos de vivienda a la inflación no tuvo mejor suerte que la promesa de comer, educar y curar con la democracia. La dinámica inflacionaria surgida de las contradicciones del modelo económico argentino, sufrida principalmente por las mayorías, aunque no solo por ellas, tiene en la emisión y toma de crédito la antesala de las devaluaciones que finalmente acontecen. En el estuario de la crisis de 1989 fluyeron también las aguas de los créditos que se habilitaron para dinamizar la economía durante el mandato radical. El auge de los créditos para el consumo de algunos bienes, instituido a través del curioso mecanismo de ahorro previo, suerte de “vaquitas” cuyos beneficios se sorteaban, terminó en las deudas cuya multiplicación coincidió con la crisis de 1989: hiperinflación en la Argentina micro y macro. Todo confluyó en el incendio inflacionario que empobreció a millones de hogares y acabó con las ilusiones del primer presidente de la democracia.
El transitorio paraíso de la convertibilidad pasó del crecimiento del crédito inmobiliario y para el consumo de cuanto gadget hogareño pudiera importarse a la venta de esos mismos equipos en cash converters, aquellos emblemáticos negocios de finales de los 90 donde terminaban juntos los merqueros que iban a vender equipos de música para comprar el último vuelo y surfear un mes en Sudáfrica a un precio más barato que el taxi a Ezeiza, los desocupados y los deudores inmobiliarios rascando fondo de la olla.
Las ciencias sociales han sido denostadas y algunas veces con justicia. Sobre todo, cuando no logran pensar con cabeza propia y se dedican a replicar cualquier problematización descontextualizada
Comparado con los anteriores ciclos, el de la convertibilidad fue largo. Practicada la cirugía mayor -esto es: la exclusión de millones de argentinos-, se produjo una estabilidad que debía su éxito aparente a la intimidación represiva, al plan real de Cardoso que salvó las cuentas de Cavallo, y a unas inversiones directas que le sacaron plus de rendimiento a modernizaciones ya amortizadas globalmente, pero que fueron pagadas como si toda la investigación y desarrollo de la telefonía celular se hubiese hecho en un laboratorio de Telefónica de Argentina. Todo con la excusa de que Argentina tenía “nezezidadez ezpeziales” derivadas de su “inezstabilidad”.
En ese contexto retornó, breve pero rampante, el crédito para la vivienda y el consumo. Y fue por la fragilidad de las bases de ese auge que las contradicciones de la economía argentina volvieron a manifestarse con una crudeza fatal: todo terminó en un sinceramiento que significó mucho más que sobre pagar la deuda, descapitalizar a las familias y a las pequeñas y medianas empresas que una vez más tomaron promesas envenenadas. En ese lapso el consumo a crédito de bienes efímeros resultó para muchos un paliativo de la pérdida de perspectivas de ascenso social o, al menos, de estabilidad.
En un largo epílogo, la convertibilidad fue sostenida con pulmotor: desde la crisis mexicana del 95 y con la obstinación por mantener el tipo de cambio con el costo de mayores niveles de exclusión, la dinámica crediticia pasó de la contracción al peligro para los deudores y amenazó con dejar un tendal de víctimas coetáneas de los trabajadores excluidos y las pymes reventadas. Todo anticipaba lo que finalmente se generalizó con el default de la deuda pública al que llevó la fuerza inercial del menemismo en el mandato de De la Rúa: la ejecución de bienes de los deudores, la confiscación de los ahorros de los ciudadanos, la miseria multiplicada hasta superar los picos del lapso 1988-1992. En la dinámica de la moneda y el crédito está siempre en juego la esperanza, y el fin de ese ciclo fue su contracara: la decepción. El rastro de dolor que dejó ese régimen, incomprendido también por muchos de los que lo criticaron, explica el techo electoral de Menem en 2003 y por qué su velatorio fue uno de los más solitarios de los de los presidentes electos de la democracia.

Pero la dinámica de decepción y odio alimentada de crédito y deuda que subsigue a la del relanzamiento de la esperanza tuvo un nuevo capítulo en la salida kirchnerista de 2003. Combinada con las oscilaciones de una economía que no puede conseguir las divisas que necesita para mantener el alineamiento político, el kirchnerismo montó la ola ascendente durante su primer mandato y la bajó en los dos siguientes con los frenos de mano de los ahorros previos de reservas y capital político. La suma de los años de vacas gordas, más o menos rellenitas y luego flacas trajo una paradoja que complejizó el panorama: el aliento al consumo materializado primero en creación de empleo y mejora de los salarios, y luego en transferencias monetarias, generó posibilidades de crédito al consumo que servían para darle sobrevida a un modelo que venía quemando aceite. El proyecto político que pretendía realzar la presencia del Estado tuvo en todo su desarrollo y, en una nueva larga agonía, un ensanchamiento de las infraestructuras de crédito y consumo que se diversificaron porque hubo créditos para todos los gustos y todos los usos, y al final potenciaron el poder del mercado.
Si durante entre los primeros tiempos y la mitad del ciclo del kirchnerismo asomó nuevamente la posibilidad del crédito para la vivienda, en los años finales el crédito era para bienes de mucho menor valor en un fin de fiesta del que todos sospechaban algo: mientras los padres gastaban en gastronomía renovada porque no había cómo ni para qué ahorrar, los hijos, la generación que salió al mercado laboral con el kirchnerismo en 2011, vivió crecientemente la angustia de alquilar para toda la vida mientras compraban a crédito primero cafeteras y luego cápsulas de nespresso. Los procrear, una iniciativa auspiciosa, terminaron devorados por la inflación mientras los bancos empezaban a hacer ofertas que no se podían rechazar con las tarjetas de crédito.
La pareja de padres, 60 años con casa propia e hijos mudados, accedía a un crédito del Banco Ciudad para edificar ya no una casa, sino una parrilla, eso sí, con horno pizzero empotrado y con termómetro. El gobierno de Cambiemos profundizó la línea minimalista al combinar el recurso al endeudamiento público con el retraso de la paridad cambiaria y la promoción de créditos cada vez más caros para gastos menores, pero también con la intensificación de formas de crédito que vinculaban directamente las cuentas de los empleados formales con las entidades financieras que acrecentaron un rasgo típico del crédito argentino: el precio final era muchísimo más caro que el del producto en el momento del crédito. Todo funcionaba como si la venta a crédito fuese una forma más de la valorización financiera. Pero visto desde abajo esto significaba una transformación decisiva en la dinámica de la relación entre familias y acreedores. La toma de crédito pasó de ser una operación con vistas de capitalización a futuro y por ende control del tiempo a constituir una maniobra que comprometía el presente y el futuro inmediato para pagar, pocas veces, casas y, muchas veces, los gastos corrientes de un hogar.
El crédito pasó de habilitar la ampliación del consumo a operar como el relleno insuficiente de los agujeros que dejaba la dinámica económica en las aspiraciones de la familia que estaban abandonando la pretensión de mejorar por la de mantenerse. Esta dinámica que fue acelerada durante el gobierno de Macri tuvo su apoteosis entre las desgracias, los automatismos mentales y la irresponsabilidad permanente del Frente de Todos/Unión por la Patria. Lo que venía para ser menos de lo mismo que se había dado entre 2011 y 2015 término entre la depresión y la manía. El gobierno creía contener con IFE un proceso pandémico que como una dieta salvaje se comió adiposidades y músculos de una sociedad que, además de perder vidas, debió sacrificar patrimonios, ahorros e ingresos en el altar de la mística sanitaria que, por otra parte, era al mismo tiempo inevitable y controversial. El anticipo de 2023, la elección de 2021, creó en el gobierno la convicción de que todo lo que se necesitaba eran “1,2,3 planes platita” (en este punto la observación de Wilkis es tan necesariamente descarnada como desoída por quienes se solazan con repetir “es la economía, estúpido” para dárselas de inteligentes). Incapaces de sospechar hasta dónde la dinámica inflacionaria erosionaba las dádivas ni siquiera sospecharon que una sociedad de sobrevivientes, de gente que había afrontado la intemperie y sólo tenía reproches para el Estado iba a ver con malos ojos el regalo que venía como compensación de un fracaso que a ojos de toda la ciudadanía era económico, pero también moral. Los privilegiados regalaban dinero que todos sabían inflacionario para seguir “representando” a quienes habían atravesado el desierto perdiendo salud, ingresos, ahorros y patrimonios. La descapitalización, acelerada entre la crisis del último tramo del gobierno de Macri y el de Alberto Fernández fue la última fase de la combinación entre inflación, recesión, decrecimiento del PBI y acentuación de las desigualdades. En esa escena, la dinámica de las deudas y los créditos consolidó el giro que se venía insinuando desde hacía al menos un lustro: una parte importante de las deudas ya no eran para anticipar un gasto, ni siquiera para tapar un agujero del presente para después despegar. Las deudas se empezaron a tomar para resolver deudas impagas del pasado: deudas obligadas para resolver con pérdidas a futuro las pérdidas del pasado.
El gobierno de Cambiemos profundizó la línea minimalista al combinar el recurso al endeudamiento público con el retraso de la paridad cambiaria y la promoción de créditos cada vez más caros para gastos menores
Desde 1974 hasta la actualidad surgió una realidad en la que la sociología del dinero debió abrir el capítulo de una sociología de las deudas, que fueron una de las formas de creación y destrucción de capital de la argentina de los últimos 50 años. Esa desazón que hoy se renueva en el desahorro de dólares que el gobierno de Milei promueve y festeja presenta el rostro bifronte de la erosión del lazo político y la moneda. Se entiende por esto que la obra de Wilkis, antecedida por varios libros que tratan sobre el dinero sea, como sociología de las deudas, un capítulo decisivo de la sociología política.
La inclusión monetaria ha sido en la Argentina una de las formas de integración social como también lo han sido el trabajo, la educación, la salud pública, la seguridad y la justicia. En una sociedad cuya renta principal viene de formas de producción que incorporan cada vez menos mano de obra y en la que no hubo una reforma agraria, la creación de macrópolis exige cada vez más una inclusión monetaria que pesa en las luchas por la distribución del excedente, en las relaciones entre clases, en las dinámicas de inversión, consumo y crecimiento. En esa sociedad, el crédito y la deuda vinieron a ser el mecanismo de bacheo de los agujeros de las rutas monetarias normales para transformarse ellas mismas en caminos intransitables. En la misma época que nuestra vida social erosiona la moneda al límite, la representación política entra en crisis. La dolarización, el corte de los grifos que se supone aseguran la “inclusión monetaria”, la imposición de la pura relación de fuerzas a través de los mecanismos del mercado, del no hay plata y de los reaseguros del Estado gendarme se han erigido en la utopía reactiva contra una lógica de representación política que al no poder atacar las contradicciones del régimen económico quiso comprar tiempo diluyendo la moneda en créditos, deudas y finalmente amenazas.
Las ciencias sociales han sido denostadas y algunas veces con justicia. Sobre todo, cuando no logran pensar con cabeza propia y se dedican a replicar cualquier problematización descontextualizada (algo en lo que algunos economistas son campeones olímpicos, pero que también cabe para la problematización colonial de la religión, la opresión y, paradójicamente, la colonialidad). También se suele castigar en ellas el hecho de que el Ave de Minerva toma vuelo al anochecer, y más cuando esos búhos vuelven de su vuelo varias semanas después y con resaca.
Este caso, que es importantísimo y por suerte no excepcional, balancea las cosas: el descubrimiento temprano de una dimensión que no está en el conocimiento canónico, el seguimiento analítico acumulativo de la misma con paciencia estratégica, el esfuerzo de ofrecer descubrimientos sin mistificaciones ni misterios para entendidos, da lugar a una publicación en que el sentido del término adquiere plenitud. La buena sociología cuando se publica debe ser también una sociología pública, una voz capaz de sostener una interlocución con públicos generales, activos más allá del círculo en el que se comparten los tecnicismos y las filias y fobias institucionales.
Habría que ver hasta dónde el capítulo del crédito y la deuda no está vinculado a una característica de los capitalismos latinoamericanos, tal como los trataron pioneramente los economistas de la CEPAL, Alain Touraine y Guillermo O´Donnell y tal como lo ha retomado contemporáneamente Juan Pablo Pérez Sainz: en una situación histórica en que la salarización ha sido al mismo tiempo parcial en términos de la población, insuficiente en términos del ingreso y carcomida en la etapa de la globalización, una inclusión monetaria por espasmos, más intensa cuanto más urbana la población -ya que esta no podía acceder a bienes de subsistencia como la rural- vino a sustituir políticas de creación de bienes públicos y ciudadanización para contener un tiempo a las gentes peligrosas sobre todo cuando éstas irrumpían.
Ese mecanismo que cumplió la función parcial de Estado de bienestar era jaqueado por las élites cada vez que el peligro desaparecía o parecía que lo hacía: élites para las que pagar salarios era casi un costo moral, disputar vía inflación la inclusión monetaria era un deber (aunque este no es el único mecanismo de la inflación). Si esto es más o menos así, el endeudamiento viene a ser, en la época de la crisis del régimen de industrialización sustitutiva de importaciones y luego en la de la globalización, la fase en la que conviven la ampliación de la inclusión monetaria con el argumento de que integrar por la vía del trabajo y los bienes públicos es imposible y el debilitamiento/colapso del conjunto de las formas de integración para dar lugar, justamente, a otras sociedades más fragmentadas y violentas en las que la “representación política”, en crisis o no, resulta cada vez menos eficaz en la “coordinación imperativa” del tipo societal emergente. En algún grado, como decía Caetano Veloso, y perdonen la exageración, Haití é aquí.



