Un momento...

19 de julio de 2026

19 de julio de 2026

5 de octubre de 2024

ENCONTRARSE NO EXISTE MÁS

Juan Di Loreto

@elchara
Café Panamá
Tiempo de lectura: 5 minutos

La propulsión de singularidad resulta siempre de un pequeño milagro de encuentros que puede desembocar en transformaciones que no son ya singulares porque pueden envolver el planeta entero…”.

Félix Guattari

La piedra fundamental de los encuentros cara a cara es el movimiento. Es algo físico. Dos cuerpos se mueven en una superficie y en algún punto determinado se cruzan. En las ciudades chicas uno se encuentra más por estadística que por casualidad. Pero en la gran metrópoli encontrarse es todo un arte, casi una imposibilidad en sí misma. Mirá si en este hormiguero…

El otro día pasó. Iba por una avenida comercial de la ciudad y me cruzo con un amigo. Conversamos un poco de actualidad, de la vida, de la falta de guita. Caminamos un trecho y nos paramos en un umbral, antes que se meta en la boca del subte. Parecíamos dos jugadores antes de entrar a la cancha por lo rápido que hablábamos. En eso me dice: “Tapame, tapame”. Justo pasaba alguien que no quería ver. “Te das cuenta – me dice – te crucé a vos para no encontrarme con esa persona”.

Encontrar y vagar van de la mano. Hay que tener tiempo, disposición y “excepcionales condiciones de soñador”, escribía Roberto Arlt. Estar un poco al pedo, bah. Hoy en día es un lujo. Hay que ser demasiado joven o fatalmente viejo para perder el tiempo como Dios manda. El clásico de que cuando sos joven tenés tiempo pero no plata, y cuando sos viejo… Los del medio están sonados. Tienen innumerables ocupaciones como para tirarse un lunes a la mañana a disfrutar del sol de primavera en una plaza. Todo lo que encontramos a nuestro paso es trabajo, demandas, infinita cantidad de notificaciones. 

Encontrarse con alguien de casualidad, quedarse charlando, “ir a tomar algo”, o compartir una caminata por ahí es un lujo de los que tienen tiempo. Hay un momento de la vida en el que el tiempo se vuelve una obsesión por su escasez. Al repetido “no hay plata”, se le suma el “no hay tiempo”. Coordinar una cena entre padres y madres, amigos, colegas es más complejo que lograr una teoría unificada en física. Nadie puede, a todos se nos complica, lo veo, esperá que reviso la agenda.

Como muestran diferentes ámbitos, las tecnologías no liberan ni simplifican, sino que complejizan todos los espacios. Una de las paradojas de la tecnología “en casa”, y en todos lados, es que suben los estándares de vida y por tanto las obligaciones

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Que estamos cansados ya no es noticia (perdón Byung-Chul Han, ni a vos que escribís libros cortitos tenemos ganas de leerte). Todos estamos medio pasados. El problema ronda el tiempo y sus ocupaciones, las tareas asignadas, las crisis y la nueva forma del capitalismo. La logística y la gestión de la existencia se destartalan al ritmo de las protecciones sociales. Segunda ley de termodinámica, ¡allá vamos! Porque no es una cuestión individual, personal, que nos encontremos. Eso casi que sería un alivio. Hay una inercia del “sistema mundo” que hace que el tiempo libre se disuelva en el aire. Es difícil no estar haciendo nada, sobre todo cuando no tenemos que hacer nada. Olvidamos hacer fiaca.

Todo es o da trabajo. El viejo correo electrónico ahora es un Workspace. Como muestran diferentes ámbitos, las tecnologías no liberan ni simplifican, sino que complejizan todos los espacios. Una de las paradojas de la tecnología “en casa”, y en todos lados, es que suben los estándares de vida y por tanto las obligaciones. Como dicen Helen Hester y Nick Srnicek en Después del trabajo: una historia del hogar y la lucha por el tiempo libre: “Si bien puede que las capacidades para ampliar el tiempo libre hayan crecido, las normas sociales, los estándares y las expectativas han evolucionado de manera tal que estos avances quedan minimizados”.

Por algo los autores de Después del trabajo usan la frase “Nunca suficientemente limpio”. Porque la cosa del ser humano es no llegar nunca. Todavía estamos pagando la salida del paraíso. El postrabajo, la tarea doméstica y reproductiva se torna infinita. Pasa en la casa y en las expectativas sociales. No podemos soltar amarras de las estructuras que nos gobiernan. ¿O dejás de pagar el buen colegio o de hacer ese posgrado? Las ataduras para pertenecer son cada vez más y se multiplican. Y todas implican trabajo, un descomunal y silencioso trabajo sin más dueños que nosotros mismos. No por nada la medicina prepaga y el colegio de los chicos es lo que se resiste hasta el final. Pasar a la gestión pública es admitir que ya no somos de la clase que percibimos que éramos. 

Al repetido “no hay plata”, se le suma el “no hay tiempo”. Coordinar una cena entre padres y madres, amigos, colegas es más complejo que lograr una teoría unificada en física

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Junto con la tarea doméstica, la tarea social (social mediatizada) nos esclaviza día a día. El que no quiera un poquito de reconocimiento del otro que tire la primera piedra. El que todo sea personalizable hace que el trabajo se le traslade al individuo. Es como las plataformas para ver series. Hay que tomarse el tortuoso trabajo de qué es lo que hay para ver. Y una vez que lo encontraste, comentarlo, darle like a la serie… Si tenés dos canales, como en los años 80 en el interior, ves lo que hay y te vas a hacer otra cosa.

Era un poco obvio que una época que se la pasa gritando “libertad” no esconde  mas que complejas formas de vasallaje. El intento, una vez más, de “serialidad” de la sociedad, aquel concepto que Jean-Paul Sartre usaba en Crítica de la Razón Dialéctica es más explícito que nunca. La “serie” es ese momento en que creemos estar solos socialmente, somos unos. Lo que se nos escapa es ver que tenemos la potencialidad de formar un grupo, es decir, tenemos la potencialidad de fijar un objetivo en común y llevar un proyecto adelante.

Por eso perder el tiempo se ha vuelto algo fundamental. Dejar de replicar mensajes, desconectarse de todas las redes, escribir por escribir, dibujar por dibujar, cumplir con las citas sin estar avisando que vamos, que estamos abajo, que estamos llegando, mirar algo sin contarle a nadie, dejar de compartir para no saturar tanto el espacio con lo que está pasando, con lo que pensamos, ver que menos es más, porque más siempre es más y más. Estar con los otros, con nosotros mismos, charlar, escuchar, es lo más cercano a lo político que podemos estar hoy día. Construir aquel “saber de pasillo”, como decía Horacio González, la textura de la que está hecha la vida, el equívoco, el olvido y error de nuestra memoria, lo que no queda inscripto en ningún servidor de Google y se pierde para siempre. No es que hay que dejar las redes, estamos ahí todo el día, quién puede en realidad, pero el trabajo fino, existencial de estar juntos es irremplazable.

Café Panamá