20 de julio de 2026
Gracioso como un Therian resultan los que en X miran este espectáculo de máscaras y agradecen a sus viejos haberlos “cagado a cintazos” para no terminar así. Nadie que sufrió cintazos reales escribiría esto probablemente. La violencia familiar es un asunto demasiado serio para dejarlo en manos de Twitter. Y los Therian son un asunto demasiado tonto como para tomárselo en serio. ¿Y el padre? Una respuesta que se extiende mucho en aquellos que cultivan la fascinación de escuchar cada mañana a Ernesto Tenembaum o a Marcelo Longobardi en sus editoriales y monólogos es adjudicar ese éxito de audiencia a las ganas de todos los días desayunar con el padre. ¿Qué queda del padre?
Los dos últimos presidentes no peronistas (Macri y Milei) revelaron conflictos con sus respectivos padres. Salieron a la luz por voluntad propia. Macri terminó escribiendo en su libro más sincero el trauma de haber sido hijo de Franco. Milei sí recibió cintazos de su padre, y no se hizo Therian: se convirtió en presidente. La relación de él y su hermana tuvo en la protección de ella frente a las biabas paternas la explicación definitiva de esa incondicionalidad. (La tentación: a cada chico Therian arrancarle la máscara y seguir la huella humana hacia atrás.) La “ley tuitera del cintazo” -cuya “virtud” fue evitar a cada golpeado autopercibirse zorro- se hizo carne en quien se autopercibió presidente.
Un psiquiatra combinó dos cosas en la psiquis de Milei: padre y Estado. Y de allí concluyó que matar al Estado en Milei significa matar al padre. Dice “que puso al Estado en el lugar del padre, y por eso lo describe como un ente abusador que hay que destruir”. Se dijo también que en muchas cosas Milei parece más un duro restaurador de la autoridad pública que su topo destructor. En cualquier caso, es esclavo de sus palabras: Milei dijo desde el vamos que el Estado es una mafia a la que quiere romper. Pero el matar al Estado-padre de Milei en Macri cumplió otra función: matar La Clase de su padre. Una “deriva” de la causa de los cuadernos (la gran trama judicial nacida en la era macrista que tiene a Cristina y parte del kirchnerismo contra las cuerdas) bien podría asumir esa interpretación con su decena de empresarios nacionales relevantes también contra las cuerdas, balbuceando arrepentimientos. De cuando tembló el acero de Techint y no fue por una licitación perdida. Fue por las ganadas.
“¿Qué queda del padre?”. Esa es la pregunta y el título de un libro del psicoanalista italiano Massimo Recalcatti, publicado en 2011, para una época a la que consideraba de máximo declive de la función paterna. Resumo que entre la ausencia de un Pater religioso que ordene la ley universal (un padre severo, “inhumano”) y el culto narcisista del yo de la era híper moderna (“un deseo sin ley que tiende a la dispersión desregulada del goce pulsional…”), imagina Recalcatti la nueva figura de un padre singular, más frágil, que emana su autoridad en tanto sea capaz de dar testimonio, que sepa unir la Ley y el deseo, y que “custodia el vacío”, aquello que no sabe ni sabemos. Pero la actual caída de la tasa de natalidad, el invierno demográfico donde el rechazo al migrante en Occidente se muerde la cola, profundiza también ese declive de las figuras paternas en un salto mayor: literalmente cada vez hay menos padres. Y no es joda.
Massimo Recalcatti dice que lo que el padre deja al hijo nunca es un testimonio ideal. Un auténtico testimonio nunca lo es, dirá. ¿Qué queda de un padre después de verlo salir de un telo? Esa pregunta formulada por un hijo educado y criado por un padre clásico del siglo XX se hizo Marcelo el día que lo vio salir de un hotel barato de una ruta a su padre tan rígido y formal. Él estacionó su auto para esperar que cumpla su turno y por la sola idea de pescarlo in fraganti, correrle el velo, verlo caer -a él también- en la tentación. El relato de Marcelo puede sonar moralista, ocurre que es la flecha que se vuelve sobre un padre del cintazo.
Quedó fumando, pensando si tenía que estar ahí hasta que se dio cuenta que no se iba a mover. Era su decisión botona: pescarlo, aunque después, ya intuía, no iba a saber qué hacer con eso
Veamos. Marcelo empezó como taxista. El trabajo se lo “recomendó” su hermano mayor, que a su vez era remisero en la puerta de un club en zona oeste, y envidiaba la rutina libre de un tachero: moverse por la ciudad. Marcelo era el menor de una “familia tipo” del Gran Buenos Aires, en el magma de la clase trabajadora. Su viejo tenía una antigua camioneta Ford con la que, luego de años de trabajo en una fábrica, se dedicó al cuentapropismo: fletes y mudanzas. La colimba familiar se impuso así sobre cada hijo varón: si no tienen laburo, serán los peones de papá. Así, cada hermano.
Marcelo, siendo el más chico, tuvo la relación más distante con su viejo, pero también menos áspera, de menos palizas (el padre no era un violento compulsivo, pero perdía la paciencia demasiado rápido y repartía). Así que no conoció tanto ese lado de fajador. De hecho, compartían el gusto por los fierros, por el TC, y los sábados a la mañana se cruzaban mirando carreras. A los dos les hacía bien esa línea. No existía la obligación de hablar, ni de hacer de eso un rito. Había mate. Se lo pasaban. El padre traía facturas. La compartían. Punto.
Ese padre era la clase de personas que no conocieron otra cosa que el sacrificio. Así lo pensaba él. Y era verdad. Desde la primera mañana, cuando acomodaba la camioneta, preparaba las sogas, los canastos, cuando subía y bajaba haciéndola rechinar o cargaba el agua para el mate. Marcelo sentía esos ruidos desde su cama. Lo dicho: el siglo XX fue un siglo de padres que no sabían hacer otra cosa que trabajar. Y fueran de la clase que fueran: en mameluco, con uniforme, guardapolvo o traje gris.
El matrimonio de sus padres era lo que se esperaba de un matrimonio: en el desgaste y las estrías del cuero de un sillón viejo se escribía la historia de un amor que partió allá lejos, con el peso de toda familia en su alianza para el progreso. Y a cambio el país les donó naufragio, una canasta de monedas, la subsistencia volátil a la que se someten vidas cuyas predicciones parecían anotadas todas en la misma libreta (llegar a fin de mes, a fin de año, los hijos a fin de curso). M’hijo el dotor en mil lenguas y a mil leguas a la redonda. Cosas que había hecho la industria: motores, tanques, personas, matrimonios. Y lo que ya sabemos que no sabemos: ¿y esto cuándo se jodió?
Las vidas normales no existen, aunque exista la normalidad. Ese padre un día se pegó un tiro. Una mañana de diciembre dijo no va más. ¿Adónde? La bala entró por la boca. Se hizo líquida, hilo de mar negro hasta el final del naufragio personal. La bala no termina de silbar más cuando rompe a una familia, cuando la parte en dos, en tres, en mil pedazos. Pero lo que viene a cuento es porque mucho antes, después de un largo viaje, una vez Marcelo encontró la Ford paterna en el estacionamiento de un hotel alojamiento sobre la ruta. Él volvía de un largo viaje y quedó duro cuando vio a la camioneta brillante sobre el mic, con toda impunidad. “¿Es papá? Es”. Frenó. Estacionó. Se ortibó un poco, y contado ahora no suena para nada “grave”, salvo en eso de correr el velo de una moral ajena. Así que se sentó a esperar. Quedó fumando, pensando si tenía que estar ahí hasta que se dio cuenta que no se iba a mover. Era su decisión botona: pescarlo, aunque después, ya intuía, no iba a saber qué hacer con eso. ¿Entonces? En principio, lo quería cruzar. Se sabe que muchas mentiras organizan a muchas cosas, a muchas familias. Tampoco esto era la gran cosa: conocer de prepo el lado B de un padre seco, conservador, bravo, inmolado, que depositaba en su madre las tareas de cuidado que no sabía ni por dónde empezar.
¿Qué queda de la autoridad cuando el padre cae? ¿De esa caída puede salir un límite que no sea golpe?
Y se abrió el telón después de un rato: salió el viejo con la muchacha, y Marcelo, medio vigilante, se puso a tiro para que lo vieran. A medida que se acercaban se olía en el aire la fragancia del pelo mojado con el perfume de un sobrecito de shampoo cortado con los dientes bajo la ducha. Ella, levantada en la ruta, minorista del destello en la carne, parafraseando al gran Joaquín Giannuzzi, como si nada. El padre vio al hijo, y su rigor cayó al piso. Marcelo cruzado de brazos mirándolo fijo, y ya un poco dándose cuenta de que todo era al pedo. Vio un padre herido, enojado, con la garganta seca de golpe. ¿Y ahora?, habrán pensado los dos. Las puteadas fueron mínimas. “¿Qué haces acá, boludo?”, le dijo. Quién faja a quién. Primera vez que le decía boludo. El padre replicó “¿Y vos qué haces acá?”, intentando igualar una situación inigualable. ¿Qué habrá hecho la pobre muchacha? Testigo privilegiada. Superado el incidente, esperó que la devuelvan a su punto. Así fue. Y cuando unos años después el padre ya estaba muerto, Marcelo descubrió que el recuerdo más intenso que tenía con él era ese. La salida del telo. El secreto olvidado. ¿Qué queda de la autoridad cuando el padre cae? ¿De esa caída puede salir un límite que no sea golpe?
En el tiro del final el padre dejó una carta en su bolsillo. A Marcelo fue el primero que le avisó un vecino que encontró el cuerpo del papá. Estaba como en una zanja. Y rajó a avisarle. Todos vivían en el mismo barrio. Esa carta tenía las cuitas de una familia mezcladas al agobio económico, cruzadas con la palabra Anses, entre los trámites de una jubilación eterna y reproches a la esposa, la distancia con los hijos, etcétera. La carta estaba escrita al comisario. Casi un guiño a la antropología. Como un cuento negro de Landriscina. Pero sólo Marcelo la leyó, y ese fue el segundo secreto. La guardó. Si la carta era hiriente, él no iba a dejar que hiciera el camino la flecha. El hijo menor y una memoria de papeles mojados.
Llegaron los años, los hijos, las mudanzas. Y algo perdura en el talante de enfrentar a un padre, verlo en una, perdonarlo. El cintazo al revés: el cuero vuelve a la mano, la carne al hueso, el palo a la madera, el tiempo atrás, los muertos salen del agua y la reconciliación. Ojalá todo fuera así. Marcelo mientras maneja el taxi como los dioses piensa que un día sos padre de tu padre. Un instante del destino de perdonar para ser perdonados.
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(Foto de portada: Henri Cartier-Bresson)



