26 de julio de 2026
El calendario electoral ni comenzó, pero ya están planteadas varias incógnitas por resolver. De manera inmediata podemos pensar en las meramente administrativas. Entre ellas se encuentran la fecha de los comicios, la suspensión de las PASO -que ya tiene media sanción- y el número final de desdoblamientos de la votación para legisladores provinciales/locales respecto de los nacionales. Sin embargo, lo más interesante para debatir y analizar se encuentra en el significado político de decisiones como esta última, ya que son esas acciones las que nos permiten observar el reacomodamiento de los actores políticos. Ese proceso tiene lugar en el marco de una reconfiguración del escenario social y representativo en su conjunto.
Ahora bien, dentro del gran tablero de jugadores, hay dos que nos interesan, y en realidad uno de ellos más que el otro (al menos en este escrito). Los problemas del PRO ya los conocemos. El otrora espacio que acaparaba la agenda con los globos amarillos parece tener frente a si el test en el que se juega su subsistencia. Síntoma de debilidad, el espacio creado y conducido por Mauricio Macri picó en punta a la hora de desdoblar la elección de legisladores porteños. Ya sea para negociar desde una posición de fortaleza o para acelerar en el intento de supervivencia, dicha maniobra se explica frente al riesgo claro que implica ir a una elección en la que una polarización entre La Libertad Avanza y el justicialismo lo borren de la discusión.
Por otro lado, para ir hacia el objeto de análisis de este ensayo, tenemos al espacio que fue el corazón del sistema político los últimos 50 años. Incluso podría decirse que llegó a convertirse en el sistema en sí mismo, para representar a una coalición social del mismo. Hoy, frente a su crisis de identidad, el PJ trata de reconectar con ese sector de la sociedad, enfrentándose por primera vez al hecho de no ser el actor que marca el pulso de las discusiones en la arena pública.
Los problemas del PRO ya los conocemos. El otrora espacio que acaparaba la agenda con los globos amarillos parece tener frente a si el test en el que se juega su subsistencia
Para entender la incomodidad del peronismo frente al mileísmo puede ser muy útil comparar su situación con el antecedente más inmediato en el rol de oposición, que fue la etapa 2016-2019. Aquella vez, el movimiento justicialista se paró frente a un rival que lo estigmatizó de manera creciente conforme avanzó su mandato. Primero haciendo hincapié en el kirchnerismo, para luego hacer referencia a los “70 años de peronismo”, el gobierno cambiemita que condujo el PRO no dejó de ser una expresión contemporánea del antiperonismo. Esa característica de definirse en oposición a algo específico y no por la positiva se transformó en un limitante central a la hora de plantear la agenda de transformaciones que habían pensado para el país. Pero mucho más importante, fue una limitación para moldear el tipo de sociedad que la dirigencia radical y macrista imaginaron, ya que nunca lograron hablarle al otro polo del sistema político, para así avanzar en la construcción de eso que tanto excita a los analistas políticos y sociales: una hegemonía. Hoy, la realidad es distinta. El Presidente, tanto por su estilo como por su procedencia, representa un desafío cualitativamente superior para el actor que se auto-identifica con lo nacional y popular.
El liberalismo popular que intenta construir Javier Milei posee 2 patas. La primera es el cumplimiento, al menos parcial, del contrato electoral que significa la desinflación sostenida hasta aquí. El otro pilar se encuentra en que los libertarios, además de un éxito de gestión, no encuentran una oposición real a sus intentos de hablarle a lo que históricamente fue “el pueblo peronista”. Esta ausencia de una presencia pareciera deberse fundamentalmente a que el amplio mundo de los PJs no logra canalizar el debate sobre a quién quieren/deben representar. Dicho de manera más sencilla, ¿qué quiere proponer el peronismo a su electorado y a la sociedad? ¿Aferrarse a un proyecto de industrialización similar a la Sustitución Importadora de hace un siglo? ¿Volverse un instrumento que represente a los jóvenes de clases medias que van a la universidad en las grandes urbes? ¿O están dispuestos a re-pensarse de manera integral para construir una coalición social que articule masas en el desafiante contexto del siglo XXI y ofrecerle una alternativa a la sociedad?
En el caso (fortuito para quien escribe) de que el justicialismo opte por la última opción, hay que mencionar que pueden existir ventajas a pesar de que en el corto plazo nos acerquemos a la consolidación política de los libertarios. La principal es que el proyecto económico de LLA, más allá de que no pretenda ser una nueva remake de una propuesta “gorila” y anti-plebeya, no puede ofrecer oportunidades parejas en el marco de un sendero de desarrollo. Es decir, que “si sale bien” en los términos del gobierno, no habrá lugares para todos. Ese es un dato estructural, pues ningún movimiento político puede ser de masas de manera duradera sin ofrecer un horizonte mayor que el de una estabilidad basada en la exclusión. Lo último no quita, de todas formas, que por sí mismo no llega a condición suficiente de posibilidad, sino solamente necesaria.
“Nada es eterno” y “nada desaparece” pueden tomarse como dos verdades igual de válidas, a pesar de sonar contradictorias. Como dijo Borges, y se escribió recientemente en estos lados, no hay escritura que no sea una reescritura
Para volver a construir un dispositivo que represente a una mayoría hacen falta varias cosas. La más repetida, al menos por algunos a los que nos obsesiona el asunto, desde hace varios meses es la renovación de la batería de ideas y la propuesta programática. Sin embargo, tal vez haga falta algo más, algo que puede aterrar a algunos y hacer enojar a otros. Ese algo no es ni más ni menos que asumir que hace falta un nuevo “-ismo” para interpelar a la sociedad del segundo cuarto del S XXI. ¿Qué significa eso? Que existe la posibilidad de que ya no alcance con nueva corriente del peronismo que reinterprete la época surfearla como una ola.
Pensemos brevemente cómo surgió el espacio liderado por Juan Domingo Perón. Identificando que la sociedad ya no volvería a ser la misma que antes, aquel militar entendió que las transformaciones acumuladas en materia social y económica durante los períodos bélicos, sumadas a la incorporación parcial la sociedad a la arena política en 1916, ya no tenían vuelta atrás. Ese ejemplo resulta fundamental para plantear las acciones políticas necesarias en los tiempos que corren. ¿Por qué la analogía de épocas? Porque la famosa “década infame” no fue otra cosa que el mecanismo abrupto que encontró la élite de la Argentina para conducir una serie de transformaciones que ya se encontraban en marcha. Javier Milei, como en aquellos tiempos, no deja de ser la herramienta de canalización de una serie de demandas sociales. Es el camino que había disponible, igual que aquella vez. La diferencia, en este caso, es que fue la sociedad desde abajo la que lo utilizó y no sus élites. Eso no significa que los argentinos hayan decidido no tener moneda, privatizar la educación pública, desmantelar la salud pública, renunciar a sus clubes de barrio, rifar los recursos naturales o vuelto a rechazar el aborto. Por el contrario, se puede entender como un grito de ayuda. El grito a la dirigencia por renovarse y construir una alternativa tanto programática como hasta litúrgica y simbólica es el verdadero mensaje a interpretar.
¿Quiere decir lo anterior que aquello que constituyó el peronismo kirchnerista o las distintas expresiones no kirchneristas del peronismo no tienen un rol en lo que viene? Para nada. La propuesta, en realidad, hace referencia a que el justicialismo fue el rector de un sistema político y representativo que fue dinamitado. Para reconstruir la versión aggiornada de dicho sistema, puede que le toque ser un condimento de la nueva receta, y no la receta en sí misma. Se trata de un ejercicio más difícil que el de sumar espacios bajo el paradigma de la aritmética electoral de corto plazo, pero que otorga la oportunidad de construir algo más duradero y consistente. Una identidad que recoja los legados de las experiencias políticas antecesoras que ocuparon su lugar a lo largo de los 200 años de dialéctica nacional, pero reseteada en función de las dinámicas económicas, sociales y culturales de la etapa histórica actual.
El grito a la dirigencia por renovarse y construir una alternativa tanto programática como hasta litúrgica y simbólica es el verdadero mensaje a interpretar
Pero sobre todo, el ejercicio de construir la receta de estos tiempos, y con ello descubrir qué lugar le toca al peronismo para interpelar al equivalente contemporáneo de su sujeto histórico-político, es sacarlo de una situación dicotómica poco menos que penosa. En la actualidad, las voces que se animan a hablar se dividen en dos grandes grupos. El primero, sigue creyendo (o al menos reproduciendo por carencia de ideas) que la solución al estancamiento argentino es multiplicar las bases monetarias hasta que haya una por cada compatriota. Una lectura muy literal, tal vez, de la multiplicación de panes y vinos en el nuevo testamento. La opción alternativa que ofrece el panperonismo es retomar alternativamente tópicos de la venida a menos agenda macrista, como decir que las posibilidades de consumo nunca pueden ser tantas (al estilo Gonzalez Fraga) o tratar de subirse a la disputa de proyectos de ficha limpia. Esto último puede sintetizarse en ponerle techo a los sueños de los hogares y tratar de entretenerlos con agendas que les quedan lejanas (todo lo contrario a un proyecto político que busca mejorar la vida de las mayorías).
“Nada es eterno” y “nada desaparece” pueden tomarse como dos verdades igual de válidas, a pesar de sonar contradictorias. Como dijo Borges, y se escribió recientemente en estos lados, no hay escritura que no sea una reescritura. Eso no quita que, a la vez, la reescritura tenga su propio matiz. El matiz que hace falta para edificar el vehículo electoral que represente a una coalición social, destinada a poner el cuerpo para recorrer el sendero del desarrollo nacional. Un sendero que, para ser recorrido, requerirá imaginación política, un programa innovador, nuevos rostros y prácticas novedosas.



