21 de julio de 2026
“Pero él, inmóvil como un dios que se ha cruzado de piernas y se hace espejo de sí mismo, había dado siempre en la locura poética de adjudicarse, desarrollar y sufrir ad intra sus destinos posibles, mediante cien Adanes fantasmagóricos que su imaginación hacía vivir, padecer, triunfar y morir”.
Leopoldo Marechal
Tenía razón Umberto Eco: el fútbol es la última épica de los hombres. Su fundamento es tan antiguo como el tiempo: dos potencias se enfrentan a todo o nada. El que es poseído por el miedo se manca, pierde, como le pasó al director técnico de Inglaterra. Cuando puso dos defensores ganando 1 a 0 todos sabíamos que iba a ser derrotado. Por alguna razón ignoró todos los partidos anteriores de Argentina. “Se cagó”, dirán en el pueblo. Y tienen razón. Para conservadores estamos todos nosotros.
El seleccionado nacional construyó en este mundial una epopeya de la desventaja. Si era el campeón vigente, necesitaban, Messi sobre todo, construir un deseo a cada paso. Porque como decía Platón: “Lo bello es difícil”. Y así fue, y así es.
Los mundiales son maravillosos porque funcionan como una religión. Juntan, ligan, metamorfosean lo que los otros órdenes de la vida separan. Y, como se sabe, ya venimos bastante separados. Es la comunidad de sentido más grande a la que podemos aspirar. Todos en la misma, todos en lo mismo. Si un marco que nos contenga, como dice Martín Rodríguez en su Poesía Mundial: “todos somos huevos abandonados”.
La soledad innata tiene su remedio en el fútbol. Te perdés por ahí, divagás por los pasillos, las terracitas del mundo y en el momento menos pensado te dicen que les falta uno, que si no te querés meter en el picado. El fútbol es el idioma mudo que todos hablamos. Correr, patear, ganar, perder, salir a jugar después del partido, tomar agua de la canilla transpirado, ver morir el sol, descansar en el pasto de los vivos.
El fútbol es el idioma mudo que todos hablamos. Correr, patear, ganar, perder, salir a jugar después del partido, tomar agua de la canilla transpirado, ver morir el sol, descansar en el pasto de los vivos
Lo obvio: le ganamos a los ingleses y se te sale el alma del cuerpo. La selección “apolítica”, la que se contraponía a la de Maradona, actualizó como nunca la rivalidad con los ingleses y puso el foco en las Islas Malvinas con una bandera al final del partido. Como nosotros ya perdimos, necesitábamos ganar el partido que era sólo un partido, saltar para no ser ingleses e ir de la mano de Leo Messi. Necesitábamos que algunas cosas no pudieran cambiar. Que siempre haya un 10 lindo en la selección, ¿o acaso no es absolutamente disruptivo un país con un Messi y con un Maradona en un par de décadas? Esa sí es la excepcionalidad argentina.
Pero ahora estamos acá, todos, nos espera un sufrimiento más; ese privilegio de sentir unos nervios totalmente distintos. Es una vivencia nomás, pero es de las cosas que no tienen vuelta atrás. La ciudad grita y se enmudece; un penal, un gol errado, un tiempo que termina. Querés que el partido llegue ya, pero que no termine nunca.
Todo pasa rápido. Incluso ese “primero hay que saber sufrir”. Finalmente fue un mundial tanguero, nuestra inevitable alma de calefón rioplatense afloró por todos los poros. Agónico, esa es la palabra. Argentina fue y vino entre los sentidos de lo agónico: de la lucha, de lo que está al filo de la muerte, del enfrentamiento. De alguna forma necesitó eso, porque ante todo es un ciclo que se acaba, pero solo por el paso del tiempo. Entonces había que permanecer, afirmarse en el ser argentino, recostarse una vez más contra el farolito y recitar el tango de siempre.

La semana que viene nos espera el abismo, ya se sabe: las deudas, las apuradas, el mundo petrificado que no podemos cambiar (ahí están los textos de Diego Valeriano como crónicas de este tiempo sórdido). Primero hay que saber sufrir, pero lo que todos queremos es andar sin pensamiento. La minucia política, la peor interna de la historia, la inflación baja, aunque todo aumenta.
El domingo se puede perder o ganar, no pasa nada. Todos escuchamos que la final ya sucedió, lo que queda es un partido de fútbol, lindo, bravo, pero un partido. Lo que no va a permitir Argentina es marchar así, como Francia, una selección diluida en agua, sin pena ni gloria. “Son indios”, dijo Scaloni. Y todos sabemos que cuando suena la tierra el malón se acerca.



