Un momento...

19 de julio de 2026

19 de julio de 2026

25 de mayo de 2025

ELOGIO DEL FALTAZO

Martín Rodríguez

@tintalimon
Intentaré ser breve
Tiempo de lectura: 5 minutos

Pasó una semana y el enigma quedó. No saber. No saber qué fue esa abstención y su misterio arrogante que mira de frente. “No votar”. Nadie preparado para esos que no fueron a votar. Los displicentes. Los que prefirieron no hacerlo. Los distraídos. Los enojados. Los indiferentes. Los indiferentes. La abstención porteña: una cosa para la que nadie tenía preparado su análisis. La oferta era amplima como una grilla de canal de streaming, contemplaba todo: mileistas de hierro y mileistas sin Milei, peronistas koreanos, radicales peronistas, kirchneristas, streamers, PRO puro con Macri a la cabeza en la campaña, radicales de lista 3 pura cepa, el FIT persistente, todo. ¿Y qué pasó? La mitad más uno que se quedó en casa. La política creyó que les tenía sacada la ficha. Que era un espejo.

Herida narcisista. De golpe, mucha gente se borró. No fue el viejo “voto bronca”, ese voto era un voto de autor, la feta de una ocurrencia, la carta abierta a la junta electoral. En 2001 el “voto bronca” era un laburo: pensarlo, prepararlo, llevarlo, poner cara de nada en la cola, risa por dentro, entrar, salir, esperar. El resultado no lo ibas a ver, iba a ser cosa de fiscales de mesa. Y era un casting secreto, porque el voto bronca más ingenioso traspasó las puertas del colegio y lo replicaron los medios. La Prehistoria de esta historia. Se viralizaba por los canales. La era rupestre de internet hecha de cacerolas, urnas y cavernas.

El carácter inerte de la cháchara interpretativa...

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Curiosidad de aquellos años. Con prólogo de Joaquín Morales Solá e impreso en marzo de 2003, la Argentina de la crisis seguía llegando a las góndolas. “Argentina: un país desperdiciado”, salía por Taurus y coleccionaba firmas clásicas de opinión, muchas de ellas, internacionales. Felipe González, Julio María Sanguinetti, Anne Krueger, Joseph Stiglitz y Mario Vargas Llosa se mezclaban con Andrés Rivera, Pepe Eliaschev, Roberto Gargarella, Tomás Eloy Martínez, “Pacho” O’Donnell y, de pronto, así, entre otros, nada menos que César Aira. El nombre de Aira, por razones alfabéticas, primero en la lista. Se supone que eran artículos anteriormente publicados en el diario El País de España. Fechados en el largo transcurso de los años 2001 y 2002, entre la incubación definitiva y el desenlace dramático de la crisis.

Escribió Aira: “El reciente festival de presidentes que tuvimos los argentinos fue una aleccionadora inversión de las premisas. Primero tuvimos la redundancia, el comentario, la música fúnebre, durante los cuatro interminables años que duró ‘la crisis’, y después vino la noticia, bajo la forma de la renuncia presidencial y el reemplazo. El carácter inerte de la cháchara interpretativa quedó demostrado por el hecho de que aun puesta antes no sólo no sirvió para explicar nada sino que ni siquiera aminoró la sorpresa de la noticia. (…) Fue como el naufragio del Titanic vivido de atrás para adelante: primero la filmación de la película, la construcción de la leyenda, los relatos de los sobrevivientes, su rescate, el hundimiento de los pasajeros uno a uno, la inundación de las cubiertas… y al final, cuando ya estaban todos aburridos de la vieja historia, el choque con el iceberg.”

Lo mesmo o algo así: de atrás para adelante. Milei es el presidente que llega cuando el país estalla, pero llegó antes. Ahora hay que hacerlo estallar despacito. Y en ese plan esto ocurre de acuerdo al plan: el crecimiento de la indiferencia electoral es un resultado también deseado, junto a su triunfo, para el oficialismo. Así, de a uno, de a miles, hasta que pocos, los mínimos, ¿vayan a votar?

Pero esto de ahora es otra cosa. Es la fuga de Alcatraz de la grieta. Sin protagonismo. En manada silenciosa. Sin selfie. Y el instante en que Milei quedó del lado de adentro del sistema. La abstención es un afuera en serio, afuera del afuera que trajo Milei como solución. Y es así, aunque Milei crea que gana por partida doble; y porque sí, porque gana por partida doble: Adorni fue el que más votos sacó de la gente que fue a votar y se produjo la más baja participación de la historia porteña. Parece cosa deseada por el oficialismo. La democracia de los intensos. Como el trotskismo universitario cuando gritaba “¡democracia de los que luchan!”, y que las cosas se decidieran en asambleas. En eso quedó la democracia. En asamblea por streaming. Y después, ni los que gritan por los canales 24/7 se llevan votos. Y los votos, los que votan, se empiezan a ir. El 50 y pico por ciento que no fue a votar hizo un “olee” memorable. “Entrenarse en el desapego”, escribe Diego Valeriano en su educación para la invasión zombie.

Una explicación que se la saco a mi amigo Pablo Touzon: la toxicidad tuitera se repartió por todos los rincones de la política y va tornando un reflejo frente a la política como frente a esa red social (“mejor ni entrar en twitter”). Mejor no votar. La política es un Chernobyl de fake news, de IA rompiendo vedas, de heridas narcisistas mal curadas intentando tuit a tuit morigerar ese dolor. Que se la queden los intensos entonces. Los pasados de rosca. Los que viven de ella gane quien gane. Los consumidores de poder. Los escribas de bestsellers del último “fenómeno”. ¿Y así será quizás?

Además, después del 2001, después de todo lo que ya sabemos, toda el agua bajo el puente (la reconstrucción kirchnerista y macrista, la batalla cultural y la grieta con anabólicos al ego militante), después de todas las pasiones se constata en resultados: no sirvió. La crisis no se fue. Mutó, y es la misma. Y vivimos una política de internas sin retorno entre personas de casa con pileta que tapan el bosque. El resultado es obvio: a menos personas les importa la política, cosa fatal para el narcisista politizado que no le entra una bala. Los gobiernos que no transformaron nada en los últimos años. Así, votar es como entrar a una aplicación a vivir una emoción. ¿De qué está hecha una abstención? Del fantasma de la democracia. ¿Qué pasa si no votás? Nada.

En el añejo 83 te acompañaba Raúl Porchetto a las urnas. Los juglares salían de las urnas. Vení, pibe, votá. El rock era un profesor de instrucción cívica. Esta vez, con toda el agua sucia bajo ese puente, la gente mayoritariamente no fue. Ya volverá, quizás. Y estas palabras se autodestruirán. Pero la imagen de un electorado ausente, de ese abstencionismo no sólo en la ciudad -como se vio en otras elecciones provinciales-, en esas deserciones hay una idea de masa en disponibilidad que podría ser convocada desde una audacia (audacia, gran déficit de la política de hoy). Si se miran las ofertas porteñas parecían hechas para volver a meter la pasta en el pomo: todas identidades políticas que piden el retorno a un cierto cauce original. Desde el peronismo, desde el PRO negro y amarillo, desde el radicalismo universitario, desde la sinergia usual de progresismo kirchnerista y transversalidades previsibles. Todo sin imaginación, todo corporativo. El gobierno estrenaba, de nuevo, su traje novedoso con la candidatura de Adorni (tal vez su mejor funcionario), aunque obtenía un triunfo que, visto en números, tenía más sabor a pírrico que a batacazo.

El gobierno avanza. Es eso. Una topadora. Avanza, mastica, interpreta, desecha. Es impiadoso con los propios también. Ramiro Marra, que hacía gárgaras de poder hace cuánto, ¿un año?, hoy es paria. Se imagina metiendo fichas en Boca. Ahora que Boca naufraga un poco. Todo a una velocidad que no nos deja pensar en lo importante: aunque sumes las partes, no tendrás el total.

Intentaré ser breve