Un momento...

01 de julio de 2026

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27 de octubre de 2024

EL SOCIÓLOGO DEL CAOS

Tomás Borovinsky

@borovinsky
Mundo
Tiempo de lectura: 8 minutos

Giuliano da Empoli visitó Argentina, una vez más, y dio entrevistas y una conferencia en el MALBA (en conversación con Carlos Pagni, Diego Sehinkman y Héctor Pavón) que agotó las entradas días antes de su llegada. Una estrella en Buenos Aires y un furor que ni el autor italo-suizo debe poder explicar del todo. Auditorio lleno, autógrafos y pedidos de reuniones de parte de líderes de todo el espectro político. ¿Uno de esos fenómenos argentinos inexplicables donde el rockero o el autor es más famoso acá que en su lugar de origen? No. Giuliano da Empoli es todo menos un escritor secreto y tampoco es un caso de esos de “nadie es profeta en su tierra”. Este sociólogo y escritor fue asesor del primer ministro italiano Mateo Renzi y ganador del Gran Premio de Novela de la Academia Francesa, Premio Honoré Balzac y finalista del Premio Goncourt, entre otros. Más conocido en Argentina por su novela El mago del Kremlin (2022), esa que cita Carlos Pagni semanalmente para referirse a Santiago Caputo, es también autor del ensayo Los ingenieros del caos (2019), libro prácticamente inconseguible en nuestro país.

Son dos libros sobre el poder, entrelazados, que vale la pena leer juntos. El mago del Kremlin cuenta la historia de Vadim Baranov, un consejero de Vladimir Putin. Basada libremente en la historia real de Vladislav Surkov, asesor estrella y hombre de confianza del líder ruso en la vida real. Surkov tiene similitudes biográficas, el pasaje del mundo de la televisión a la política, con el personaje ficticio, aunque también diferencias que de hecho hacen a Baranov más interesante. Mientras que Surkov es hijo de unos maestros checheno-rusos en la vida real, el personaje de El mago del Kremlin es nieto de un aristócrata ruso e hijo de un importante intelectual del régimen soviético. Las memorias y los vínculos entre esas tres generaciones permiten atravesar sutilmente la historia de Rusia de la mano de tres altos representantes de los tres regímenes políticos que tuvo el gigante ruso en el siglo XX. Monarquía zarista, Unión Soviética y Federación. Muerte, nacimiento y transmigración del alma rusa.

Como cuenta da Empoli, con la caída del comunismo se producen cambios vertiginosos. El soldado y el maestro de escuela, el camionero y el obrero eran los héroes rusos y en pocos meses todo eso se desbarató y los nuevos héroes pasaron a ser los banqueros y las top models: “Los rusos habían crecido en una patria y se hallaban de pronto viviendo en un supermercado”. En muy poco tiempo trecientos millones de personas experimentaron una revolución pacifica desde arriba pero los años ’90 parecían estar marcados por el éxtasis y desorden general. Y cuando hay anarquía el poder es de quien lo toma.

Podían ir contra la corrupción como contra la inmigración según el momento, según cuál fuera la demanda. Como explica da Empoli “el partido-algoritmo concebido por Casaleggio padre tenía el único objetivo de satisfacer la demanda de los consumidores de política de manera rápida y eficiente”

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El mago del Kremlin es una novela sobre el poder y sobre cómo construir un nuevo régimen. Baranov va del teatro a la política y participa de la “puesta en escena” de un nuevo liderazgo político. No es nuevo pensar el poder en esos términos y el propio vínculo del arte y el teatro con el poder tiene su historia en general y en Rusia en particular. Pero Baranov nos invita a presenciar todo eso una vez más desde la primera fila. Por eso quien invita a Baranov a sumarse a la política le dice “¿Qué te parece dejar de crear ficciones y empezar a crear realidad?”. Uno de los sueños de la vanguardia rusa y una de las cuestiones que estudia desde otro lugar Boris Groys en Obra de arte total Stalin. Como dice el único epígrafe de la novela, una famosa cita del filósofo ruso-francés Alexandre Kojève, “la vida es una comedia en la que hay que actuar seriamente”. Tanto Baranov como Surkov parecen haber encarnado esa máxima kojeviana.

La ira y el algoritmo

Menos conocido que su novela multirepiada es su ensayo de 2019, Los ingenieros del caos. Este forma parte de toda una flota de libros sobre la disrupción tecnológica y su impacto en la sociedad y la política que vienen saliendo en los últimos años. Si La rebelión del público de Martin Gurri pone el foco en el carácter exponencial de la información generada en el siglo XXI y en los efectos disruptivos que tiene sobre el poder y las élites en general de la mano de los nuevos públicos y las nuevas rebeliones desde abajo, el ensayo de da Empoli pone la lupa en el rol de los algoritmos en la política contemporánea y en la construcción de nuevos liderazgos.

Como decíamos en junio de 2023 aquí, la ira no es nueva entre nosotros. Ocupa un lugar tan central en la cultura occidental que la primera frase de la tradición europea, en la Ilíada, empieza así: “la ira canta, oh diosa”. Pero hoy el mundo vive un momento particular de grandes iras públicas. Tsunamis contra el establishment, el orden establecido y la sociedad como la conocemos que aceleraron con fuerza en los últimos años a nivel global de distinta forma y, como decíamos en aquel momento, en la Argentina de 2023 fue el sentimiento que marcó el final de una época. Una época de expectativas, decepciones y “lagrimas derramadas por plegarias atendidas”.

Este contexto de ira, tan estudiado por Peter Sloterdijk en Ira y tiempo, uno de los libros de cabecera de Santiago Caputo según Hugo Alconada Mon, conecta con la era del algoritmo que se alimenta, explota y potencia con toda esa energía social que busca a veces responsables y otras veces chivos expiatorios. En Los ingenieros del caos da Empoli estudia diversos procesos significativos y fundamentales para entender este cruce entre la ira y el algoritmo, no solo la política de los últimos diez años sino quizás también la de los próximos diez. Toma algunos casos ejemplares como el Movimiento 5 Estrellas de Italia, el partido Fidesz de Viktor Orbán en Húngría, Donald Trump y el Brexit.

El caso italiano es realmente pionero, por eso da Empoli dirá que Italia es “el Silicon Valley del populismo”. El Movimiento 5 Estrellas nace en 2009 de la mano del humorista y activista Beppe Grillo y de Gianroberto Casaleggio, su estratega digital luego reemplazado por su hijo Davide Casaleggio. El movimiento comenzó en la web, en un blog nacido en 2005. Desde ahí fue construyendo una comunidad cada vez más grande que participaba de intercambio de ideas a través de comentarios y chats y que fue creciendo hasta terminar en movilizaciones masivas convocadas por el propio Grillo haciéndose un lugar en la política italiana bajo la mirada cada vez más temerosa del establishment. Podían ir contra la corrupción como contra la inmigración según el momento, según cuál fuera la demanda. Como explica da Empoli “el partido-algoritmo concebido por Casaleggio padre tenía el único objetivo de satisfacer la demanda de los consumidores de política de manera rápida y eficiente”. O como decía el propio heredero, Davide Casaleggio: “la vieja partidocracia es como un videoclub Blockbuster, mientras que nosotros somos Netflix”.

El soldado y el maestro de escuela, el camionero y el obrero eran los héroes rusos y en pocos meses todo eso se desbarató y los nuevos héroes pasaron a ser los banqueros y las top models: “Los rusos habían crecido en una patria y se hallaban de pronto viviendo en un supermercado”

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Un segundo caso que estudia es el del partido Fidesz de Viktor Orbán en Húngría. Orbán era un joven rebelde en 1989 con la caída del bloque comunista y había sido becado por la Fundación de George Soros para ir a estudiar a la LSE en Londres. Era un momento de optimismo y vértigo. Otras figuras surgieron en aquella época como Lech Walesa en Polonia y Václav Havel en Checoslovaquia. Pero el arco narrativo de Orbán es impresionante. De ser becario de Soros a señalarlo como el enemigo público número uno, al punto de expulsar su universidad, la Central University, de Budapest a Viena. El principal asesor del líder húngaro es un judío gay estadounidense del Partido Republicano llamado Arthur Finkelstein quien fuera antes asesor de Richard Nixon, Ronald Reagan y figura central del surgimiento en los años ’90 de Benjamin Netanyahu en Israel. Cultor de la lógica amigo-enemigo, un seguidor de Carl Schmitt, en el mal sentido de la palabra, según el autor de Los ingenieros del caos. Como cuenta da Empoli, los atentados de Charlie Hebdo en 2015 marcaron un momento crucial de radicalización de Orbán. Mientras el resto de las figuras políticas europeas fueron a solidarizarse con François Hollande y marcharon por París junto a él, el líder del partido Fidesz acudió a la cita pero desde un lugar más apartado. Orbán hizo otra interpretación del acontencimiento. Si para los líderes europeos los atentados eran un momento de reclamar por los valores liberales y democráticos de tolerancia y libertad de expresión, Orbán interpretaría, cuando las encuestas todavía no decían nada representativo de eso, que ahí había una semilla de miedo a explotar: el miedo a los inmigrantes como potenciales terroristas.

El año 2016 es un momento clave para este tipo de movimientos. Porque es el año en que la política de la ira y el algoritmo hace pie en dos países centrales con el Brexit y la llegada de Donald Trump al poder. En ambos casos, casos más conocidos para nosotros, hubo un uso de las nuevas tecnologías para encontrar los puntos de bronca y presionar para que saliera afuera. En el caso del Brexit el estratega Dominic Cummings jugaría un papel estelar. Como dijo en su momento: “si uno quiere avanzar en política mi consejo es contratar físicos y no expertos o comunicadores”. De la mano de una sociedad de big data canadiense vinculada a Cambridge Analytica, AggregateIQ, Cummings buscaría “apuntar con precisión” para llegar a una mayoría silenciosa que nadie estaba teniendo en cuenta para ganar el referéndum. Apuntar a la bronca contra la burocracia europea y a los miedos a la inmigración. Explotar la sensación de ya no controlar el propio destino. De ahí el lema ganador del Brexit: “take back control” (volver a tomar el control). Como dijo una vez más Cummings: “si Victoria Woodcock, la directora de software empleada en la campaña, hubiera sido atropellada por un autobús, el Reino Unido habría permanecido en la Unión Europea”.

Podían ir contra la corrupción como contra la inmigración según el momento, según cuál fuera la demanda. Como explica da Empoli “el partido-algoritmo concebido por Casaleggio padre tenía el único objetivo de satisfacer la demanda de los consumidores de política de manera rápida y eficiente”

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El otro caso estelar y muy en sintonía con el Brexit es el de la elección en Estados Unidos en 2016 que terminó con el triunfo de Donald Trump sobre Hillary Clinton. Para esa campaña hubo una inversión masiva en Facebook donde los propagandistas de Trump testearon 5.9 millones de mensajes distintos frente a los 66 mil de Clinton. Relata da Empoli cómo aquí también “los ingenieros del caos” jugaron un rol capital en la búsqueda de votos ocultos y en explotar la bronca, despertar el miedo y desencadenar todas las teorías conspirativas posibles contra los demócratas. Bronca contra la desindustrialización y la exportación de empleos a Asia, miedo a la inmigración tanto mexicana como de países musulmanes y teorías conspirativas como, una vez más, el origen keniata de Barack Obama y redes de abuso sexual en el Partido Demócrata. No es de extrañar que frente a la derrota en 2020 los sectores más radicales del trumpismo se negaran a reconocerla y participaran de la Toma del Capitolio.

The Center Must Hold

Giuliano da Empoli estudia el vínculo entre ira y algoritmo, pero no todo es novedad en su pensamiento y eso lo hace todavía más interesante. Porque junto al estudio del rol de los algoritmos en la política contemporánea hay también una sabiduría clásica de todo aquello que caracteriza a la política, al poder y al liderazgo. Por eso en la novela misma -que vale la pena leer junto al ensayo- dice uno de los personajes que “el asunto no es ganar elecciones, de lo que se trata es de construir un mundo”. También dice Baranov que “la política tiene un solo objetivo: dar respuesta a los terrores humanos”. Pasamos de una política newtoniana a una política cuántica. “La democracia liberal es una construcción newtonianana”, dirá da Empoli, basada en la separación de poderes y donde la idea es tomar decisiones racionales basadas en una realidad consensuada, pero, subraya el autor, ahora nos vamos hundiendo en una política cuántica repleta de paradojas donde “los multimillonarios se convierten en abanderados de la indignación de los desposeídos, los responsables de las políticas públicas hacen de la ignorancia una virtud, los ministros desafían los datos de su propia administración”. Vivimos una época de extremos donde al centro político le cuesta encajar. Pero todo ciclo termina y el sueño de una política algorítmica total tiene sus límites. Las máquinas perfectas fallan y los humanos somos, cuando queremos, ingobernables. Tarde o temprano lo nuevo surge porque la política se mueve por la indeterminación, la incertidumbre y lo impensado.

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