17 de Abril de 2024 •

19:04

Buenos Aires, AR
22°
cielo claro
46% humidity
wind: 3m/s W
H 23 • L 20
21°
Thu
22°
Fri
21°
Sat
20°
Sun
19°
Mon
Weather from OpenWeatherMap
TW IG FB

EL RESET DE LOS RESETEADORES

Tiempo de lectura: 9 minutos

“Con diversos pretextos, una tras otra, van cayendo las armaduras del edificio social. Se habla de la disolución de los gremios y de la puesta en asamblea de los partidos. ¿Es que no se quiere dejar en pie nada que signifique orden, cooperación, disciplina, organización? ¿Se quiere que este país, que es por naturaleza respetuoso, ordenado y jerárquico, se parezca a una horda de beduinos incapaces de presentar ninguna resistencia seria a las huestes indisciplinadas de la inteligencia política, como ocurre en el Cercano Oriente?” Raúl Scalabrini Ortiz, Bases para la reconstrucción nacional, 1965.

Luna de miel en la mano

La vuelta a comisiones del proyecto de Ley Bases es sin dudas la primera derrota política de la presidencia de Javier Milei. Cualquier otra lectura sobre el hecho, es lisa y llanamente, realismo mágico. En ese movimiento confuso, que ni los designados ejecutores libertarios entendieron, terminó la luna de miel de un gobierno que la consumió con una rapidez jamás vista. Esa erosión comenzó con el “caputazo”, siguió con la publicación del DNU, pasó por el paro nacional de la CGT y culminó con el retiro del proyecto de ley más insólito que se recuerde. Cada hecho de esa línea histórica fue condimentado de más, en pos de una construcción narrativa del oficialismo, que partía de una premisa falsa: la presunción de que los votos de la segunda vuelta eran propios.

Este último traspié es directamente autoinfligido. A pesar de todos los vicios procedimentales que tuvo el tratamiento de la ley, había un sector de la oposición dispuesto a hacer la vista gorda en aras de la gobernabilidad. Gabriel Sued calificó jocosamente a esta oposición amigable como oficialismo no correspondido.

Si tomáramos un café con el politólogo sueco de Mario Wainfeld, y nos pidiera que caractericemos al gobierno de La Libertad Avanza, nos pediría que dejemos de boludearlo y seamos más rigurosos

Compartir:

La sucesión de berrinches y desentendidos, propio de una comedia de enredos, que siguieron después de levantada la sesión, son las secuelas del golpe que se pegaron. Hay que decirlo sin vueltas: el gobierno está en la antesala de una crisis política a dos meses de haber comenzado. Milei se cansó de decir que este ajuste sólo tendría éxito si estaba acompañado de un shock de inversión, que llegaría con su refundación normativa liberadora. Por lo tanto, está frente a una encerrona: si las inversiones no llegan porque la ley se cae y a su vez el déficit financiero cero es innegociable, hay algo que no cuadra. Es el meme de la mujer calculando. Esto sumado al retiro temprano y caprichoso del paquete fiscal con el que pretendían morigerar la motosierra. El raid de entrevistas de Caputo para explicar que el programa económico no corre riesgos, contradiciendo incluso lo que dijo su jefe hace menos de un mes, es un reflejo burdo de alguien al que se le quemaron los papeles.

Estamos ante el reset de los que venían a resetear el sistema. Cuando baje la espuma de los retweets del Presidente, ese reseteo podría darse en dos escenarios: solidificar un acuerdo con los políticos profesionales (gobernadores, dirigentes y legisladores opositores -la “casta”-) a fuerza de ceder identidad y con el riesgo de convertirse en un león herbívoro; o explorar la vía autoritaria, más arriesgada y conflictiva en términos sociales. Esta última se sostiene sobre algo que, hasta acá, al Presidente le ha resultado: una disputa lo suficientemente potente en el plano de las ideas como para costear el pésimo desempeño en el plano de las cosas. Para Milei la única verdad es la explicación filosófica de por qué esta realidad: la casta, el marxismo cultural, la agenda 2030 y coso. Se trata de un auto-duelo permanente entre la Argentina real versus la Argentina ideal.

La disolución del Estado Nacional

¿Cómo que una fuerza política que nació hace dos años busca hacer un ajuste que hasta el propio FMI considera que no tiene antecedentes en el mundo, con una bancada minoritaria en ambas cámaras? ¿Admira a Trump por su irreverencia pero no por su discurso nacionalista? ¿Se referencia en Bolsonaro por su desprecio a la democracia pero no es capaz de aplicar el pragmatismo para pactar con el centrão local? Si tomáramos un café con el politólogo sueco de Mario Wainfeld, y nos pidiera que caractericemos al gobierno de La Libertad Avanza, nos pediría que dejemos de boludearlo y seamos más rigurosos.

Pero aunque suene chato, estamos frente a una gestión que limita sus objetivos a la reducción del déficit fiscal y a la disolución del Estado Nacional, incluida su moneda. Y está afirmación no es exagerada. Hasta el día de hoy no sabemos cómo imagina Milei el país en lo concreto, en lo tangible. Desconocemos qué sectores quiere promover y la fundamentación, cuál es la estrategia de desarrollo y crecimiento. Qué empresas públicas serían útiles para ese fin y cuáles no. Milei es una libreta de almacenero con sólo dos columnas: debe y haber. Es literalmente un Presidente que cree que el Estado es como una casa y entonces administra la economía como nosotros administramos la cuenta sueldo. Claro que elaboró una apuesta fuerte a lo simbólico y que tiene éxito su reedición narrativa y refundadora de la historia, pero ese relato hace sentido sólo en tanto sostén de los objetivos apuntados por la motosierra: el déficit y la existencia del  Estado.

Milei es como alguien que amenaza con tirarse por una ventana, y el resto del sistema político desde la vereda lo trata de persuadir de no saltar

Compartir:

Es un Ejecutivo Nacional sin territorio más que la Rosada. No tiene gobernadores ni intendentes. No recorre fábricas, ni escuelas, ni clubes. Y no es por el miedo al escrache o a la puteada, es porque no cree que el Estado tenga que tener algún tipo de vínculo con la cotidianidad de la gente de a pie. Para Milei todo se reduce a una crisis de ingresos, lo demás que rodea la vida de las familias, es un problema de la puerta para adentro. Un gobierno que posa de intelectual, pero que a cada problema le asigna la explicación más sencilla. La inflación es monocausal (el déficit), y la pobreza es un fenómeno unidimensional (ingresos).

El némesis libertario se estructura más o menos así: como no se puede disolver la comunidad organizada, hay que enfrentarla, como no se puede disolver el Estado, hay que reducirlo a su mínima expresión: hacienda y aparato represivo. El sueño húmedo del experimento anarco-capitalista es una comunidad que articule sólo con el mercado, que allí encuentre su realización. En rigor, el consumo es una pasión suficientemente potente para sostener la ilusión colectiva, es liberador, sí, pero no es el único recipiente emocional del pueblo. El hecho maldito de la Argentina impide a Milei clausurar la vía estatal, o bien porque alguna idea de movilidad social ascendente todavía existe, o bien porque el mercado es pedagógicamente cruel cuando los precios son libres.

El noble kamikaze

El mainstream de la conversación pública dice que Milei no sabe gobernar. Permítanos dudar. Es esto que vemos lo que Milei concibe como gobernar. Porque al final del día, la misión de Milei es implosionar el sistema político por dentro, limando toda autoridad que no sea la suya como líder carismático y la del mercado como ordenador supremo. No se trata, sólo, de una reparación histórica a las grandes corporaciones de la porción de la torta que le corresponde, es algo más refundador y tiene que ver con la consolidación de una identidad nueva en las entrañas de la sociedad argentina.

Milei no es el héroe colectivo de los ricos, es un kamikaze que se inmola desde la máxima jerarquía del Estado por un premio exclusivamente sociológico: coronar su sien de laureles y ver a sus plantas rendido al siglo XX. Solo desde esa óptica se explica su intervención en Davos en la que se autoproclamó defensor de occidente, en lugar de celebrar reuniones con los empresarios o convocar a la inversión en nuestro país, por ejemplo. Quizá, en cierta medida, sí la vea: el mercado mundial colaborativo del siglo XXI se parece menos al capitalismo del futuro (innovador, ambientalmente sostenible y con perspectiva de género, imaginado por los capitalistas del pasado y por los críticos del sistema que cedieron el horizonte revolucionario a cambio de un capitalismo de rostro humano) y más a una regresión al capitalismo extractivo de principios del siglo XIX o a lo que Cédric Durand bautizó como tecno-feudalismo: feudalismo moderno, en el que el Consenso de Silicon Valley supera al Consenso de Washington y convierte a los Estados-nación en formaciones económicas-sociales impotentes frente a los grandes monopolios de la economía digital. Elon Musk pretende hacerse del litio argentino e instalar la constelación de satélites de Starlink en los países de América Latina, y para conseguirlo, sus modales no son precisamente los de un demócrata moderno. El magnate dueño de X, SpaceX y Tesla también festejó el discurso del Presidente argentino ante el Foro Económico Mundial.

Volviendo a las metáforas poco felices, Milei es como alguien que amenaza con tirarse por una ventana, y el resto del sistema político desde la vereda lo trata de persuadir de no saltar. Quiere imponer métodos centroamericanos en el país más europeo de latinoamérica. Milei no puede completar el shock por la fuerza porque la institucionalidad argentina no lo permite, tampoco puede hacerlo por consenso o vía apoyo popular, porque su programa no tiene resultados inmediatos concretos: necesita 35 años para ser Irlanda. Encara, entonces, una apuesta fuerte a lo simbólico y un Gran Sinceramiento.

El Estado tiene que empujar, acompañar y no agobiar. Ni el Estado que no ejecuta partidas, ni el que subsidia 90% de la tarifa de colectivos con emisión monetaria

Compartir:

El reconocido escritor tucumano Tomás Eloy Martinez, en su libro Réquiem por un país perdido, afirma que “si algún mérito le concederá la historia a Menem es el de haber devuelto a la Argentina a su noción de realidad.” El autor señala que mientras el carro de la modernidad se aleja y la clase media se evapora en la desocupación creciente, los signos del destino sudamericano brotan de abajo de las pampas. El argentino fantasea con la idea del país europeo perdido al fin del mundo, pero Menem se encarga de sincerar esos sueños en un espejismo de cámara invertida. Algo parecido sucede con Milei, que si hay un elemento que comparte con Menem es precisamente su componente plebeyo, además de un carisma basado en los excesos. Milei también es un Gran Sincerador: de precios relativos regidos por los valores internacionales, de salarios bajos en dólares y del destino latinoamericano que le toca al desequilibrio económico del desierto argentino.

Quizá el Turco Asís lo haya bautizado el Menem Trucho porque proclama el mismo fundamentalismo de mercado que el ex Presidente, pero sin fiesta ni mecanismo de compensaciones. Milei admira los resultados de Menem, pero no los métodos. Admira la empresa que el riojano llevó adelante en un país como la Argentina, pero no está dispuesto a entrar a la cocina y estudiar la fórmula.

El último clavo en el ataúd

Toda conjetura a 50 días de empezado un Gobierno es apresurada, pero si de algo estamos seguros es de que la cosmovisión a la que está suscripto el Presidente Milei va a contramano del mundo. Frente al avance predatorio del capital, vuelve a cobrar centralidad el Estado Nación. Esta idea es común a todo el espectro ideológico; desde las izquierdas, pasando por la socialdemocracia, hasta la derecha y los ultras. El movimiento nacional y popular debería tomar nota de esta clave de época en la que los Estados son más promotores del desarrollo que golems catch all.

Urge pensar una idea de Estado Nación aggiornada al signo de los tiempos, que entienda el vínculo que la sociedad tiene con él, un vínculo por sobre todas las cosas utilitario: me tiene que servir. El Estado tiene que empujar, acompañar y no agobiar. Ni el Estado que no ejecuta partidas, ni el que subsidia 90% de la tarifa de colectivos con emisión monetaria. Un Estado que gasta bien y donde se necesita: siguiendo este apotegma campeonan, aun en condiciones asimétricas de asignación de recursos, las provincias a las que Milei castiga por el fracaso de la Ley Bases y a los que el ambacentrismo sin norte les presta cada día un poco más de atención.

Cristina habló, y aceptó la impugnación popular al orden hegemónico post-2001. Le puso el último clavo al ataúd. El orden pensado para no estallar, con parches superpuestos, cruzó una frontera: trabajadores registrados bajo la línea de pobreza. Si algo corona la insatisfacción democrática es que -parafraseando a Fogwill- los 6 millones que viven adentro, también se sientan afuera. ¿Y entonces? Al cimbronazo que pegó la sociedad, le llegó el acta de rendición del marco teórico de la dirigencia: no solo Cristina tomó nota, también Macri piensa fundirse con La Libertad Avanza en un mismo espacio: fusión de lo último de lo viejo y lo primero de lo nuevo.

Cristina admite que la impugnación es tanto al Kirchnerismo como modelo cultural (o a su última cara 2019-2023) como al macrismo y su administración financiera. Cuando el pueblo argentino le retire el apoyo al Presidente Milei, arriesga la ex Presidenta, el peronismo tiene que haber actualizado la receta y desembarazarse del tufillo a fracaso que lo acompaña, tiene que proponer algo distinto a lo que hizo hasta recién: pasar de Estado golem catch-all a Estado promotor del desarrollo; de la idea de Estado presente a la de Estado eficiente; de baja inversión estancando el PBI (desde el 2012 la Argentina no crece) a inversión extranjera directa en sectores estratégicos; de superposición de impuestos asfixiando a las PyMES a simplificación tributaria y alivio fiscal.

Cristina le propone a la gente una nueva paritaria: ensaya con larguísimos argumentos una defensa del proceso político impugnado que con toda lógica se le cae encima, poniendo “paños fríos” a esa crítica activa de por qué estamos donde estamos aceptando (al fin) la necesidad de reformar el programa. El llano flexibilizó lo que el Estado no. Entonces, ¿hay que cantar una nueva melodía o hay que cambiar la orquesta? No sabemos, pero -algo a destiempo- aparecieron algunos puntos en la hoja de ruta y tres líneas rojas qué hay que evitar se crucen porque su daño sería irreversible: deuda externa sin control del congreso, dolarización y extranjerización de la tierra y los recursos naturales.

Por último, con este movimiento, Cristina pretende también quitarle el corset ideológico a los legisladores, intendentes y gobernadores de Unión por la Patria. Les habilita la flexibilidad que en la trinchera del Gobierno de Alberto Fernández les obstruyó. Acepta que dirigentes con la camisa de fuerza puesta no pasan el invierno, pierden representatividad y mueren junto al viejo orden; al mismo tiempo que reconoce la legitimidad de origen que consagró a Milei. Enhorabuena.

No necesitamos un Estado que haga todo, desde viviendas hasta alimentos, sino uno que cumpla un rol estratégico allí donde la soberanía y el progreso de las naciones lo demandan; que nivele la cancha igualando oportunidades e impulse la organización de la comunidad para resolver las necesidades comunes. Pase lo que pase con el devenir del gobierno de Milei, fracase o no su plan, hay que empezar por discutir una alternativa que no deje de lado la bandera nacional.

Bancate este proyecto¡Ayudanos con tu aporte!

SUSCRIBIRME