Un momento...

22 de julio de 2026

22 de julio de 2026

19 de abril de 2025

EL PRESIDENTE Y SU CRUZ

Martín Rodríguez & Pablo Touzon

@tintalimon @PabloTouzon
Lecturas
Tiempo de lectura: 10 minutos

(Prólogo de la nueva edición de “Memorias del incendio”)

Eduardo Duhalde, veterano de mil batallas, es el último mohicano de la clase política que hizo la democracia, y su presidencia se inscribe, explícitamente, en esa línea histórica. Una dirigencia que, vista desde el horizonte de este 2024, logró mucho más de lo que se le pondera hoy: la liquidación del partido militar, el fin de la inflación, la reforma de la Constitución. Mucho más de lo que pueden jactarse las “coaliciones” que dominaron la vida política nacional los últimos 15 o 20 años. Logros sostenidos, sin embargo, sobre los pilares de una creciente y persistente desigualdad social que el nuevo orden democrático no lograba terminar de conjurar y sobre el cual Duhalde, en toda su vida política en la década del ´90, construyó su voz política. En esa segunda mitad de la década, Duhalde era, desde el poder peronista, el más preocupado por los pies de barro sociales de esa democracia exitosa en casi todo lo demás. Por eso, cuando la crisis finalmente llegó, la anatomía de un instante del nuevo presidente se inscribió en ese diagnóstico temprano. Como se dice hoy, el que la vio venir.

“Vengo a terminar con un modelo agotado”, sostenía, en una perfecta autoconsciencia del rol histórico que le tocaba desempeñar. No le tocó la fiesta, le tocó la agria limpieza del final, y también establecer las bases del sistema que vendría. La casa está en orden, podría haber sostenido Duhalde parafraseando a su amigo Alfonsín al final de su mandato corto pero fundamental. Su presidencia duró un año y cinco meses y fue la primera de lo que perfectamente podríamos llamar una “segunda transición democrática”. Entre 1983 y 2001 ocurrió ese primer ciclo en el que el estallido pudo hacernos comprobar la solidez de las instituciones pese a la fragilidad social. Sin embargo, los diecisiete meses de gobierno de Duhalde, nuestro Adolfo Suárez, revisten las formas casi mitológicas de un tabú: qué, quién, cómo nos gobernó en ese tiempo de limbo. 

Durante su vida, Duhalde supo nadar en contra, pero también al costado de las corrientes dominantes. Un político de procesos y trancos largos, a tono con su ideario consensualista. Quizás, también, por la inclinación dominante que tuvo hacia las formas comunes de su ideología: la de un justicialista más apegado a la figura del Perón herbívoro, amante de la política y conciliador nato. Con Alfonsín es que tramó ese gesto pacificador durante su gobierno: contrario a Menem que eligió al caudillo radical como su perfecto rival, Duhalde eligió a Alfonsín como su amigo, su socio honorífico en el poder. La expresión encarnada del salto de las barreras partidarias que siempre incomodaron a Duhalde, el dirigente peronista que, a caballo entre dos siglos, intentó retomar la promesa mancada del tercer Perón, el General que había comprendido las limitaciones del peronismo para la transformación social y política de la Argentina. En ese sentido, Alfonsín fue su Balbín, el padre de la democracia con el cual pudo construir, más allá de la foto de un abrazo, la segunda transición de nuestra democracia. Por eso, y a pesar de su estampa más clásica, Duhalde fue siempre un hombre de frontera que buscó sistemáticamente la sociedad con el otro partido popular argentino. Creó una experiencia de coalición en la práctica, sin bautismo progresista ni politológico, pero con fundamentos más profundos que las anteriores (la Alianza) y las posteriores (Cambiemos o el Frente de Todos). No hay cálculo político que reemplace la convicción de un destino común.

No existió un Duhalde para esta nueva transición porque el lomense hizo algo que ya nadie hace: aceptó pagar los costos políticos. Todos y cada uno. Frente a una política autolimitada, paliativa, temerosa de una audacia que la aleje del calor de sus burbujas, Duhalde tuvo siempre el ímpetu de ir al núcleo de problemas

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En ese breve, pero fundamental gobierno, Duhalde operó a cielo abierto contra lo que parecía irreversible, la convertibilidad que componía no sólo un nudo contractual de la economía (y la mutilación de la herramienta monetaria para el Estado), sino también un poderoso consenso social. Duhalde desarmó la misma década y el mismo consenso que ayudó a construir. Así, en 2002 fijó las columnas de un orden que vivimos hasta estos días, basado en premisas muy sencillas: no dolarizar, extender la política social, mantener la competitividad productiva, gobernar el Conurbano y transferir recursos de la economía exportadora (que igual era redituable por el dólar alto) para el mercado interno. El padre no reconocido del nuevo modelo de la post convertibilidad, paternidad negada por la historiografía oficial del nuevo kirchnerismo.

En ese sentido, quizás la mayor deuda que tiene la política argentina con Duhalde es no haber sabido ir más lejos. Duhalde construyó una plataforma de la que finalmente no pudimos terminar de despegar y que, como en el modelo anterior, ya demostró un agotamiento terminal cuya consecuencia final se cifra en la figura del nuevo presidente, Javier Milei. No existió un Duhalde para esta nueva transición porque el lomense hizo algo que ya nadie hace: aceptó pagar los costos políticos. Todos y cada uno. Frente a una política autolimitada, paliativa, temerosa de una audacia que la aleje del calor de sus burbujas, Duhalde tuvo siempre el ímpetu de ir al núcleo de problemas. Para equivocarse, para errar, para mancharse, para resolver, como lo pudo hacer cuando fue presidente. Alguien tenía que subirse a la cruz, y Duhalde lo hizo.

Su gobierno empezó en el infierno y terminó fuera de él. Fue necesario. Y no sirvió para fundar el duhaldismo, sirvió para reconstruir un país. Por eso, fue un Coronel que no tuvo quien lo escriba. Una presidencia sin relato, de hechos concretos, de acciones en seco. Un gobierno que no tenía tiempo ni aire para narrarse a sí mismo. Llegarían los años kirchneristas con su pasión relatora, irrumpiría Macri en política para completar el nuevo bipartidismo (y el otro relato), aparecería el conflicto del campo para colocar las bases de una Argentina democrática y nuevamente empatada, bloqueada, entre grietas e impotente. El 2008 como un reverso del espíritu del 2002, una política que prende fuego las mesas de diálogo que encuentra y construye en ese acto su emancipación política final del duhaldismo. El cristinismo posterior sería, en el concepto y en la praxis, un anti duhaldismo.   

Quizás la mayor deuda que tiene la política argentina con Duhalde es no haber sabido ir más lejos

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Llegaría, entonces, una nueva era de decadencia argentina. Volver a Duhalde, al 2002, a un tiempo de desierto, al “año cancelado”, a aquella devaluación, a estas memorias de aquel incendio que tuvo costos trágicos como los asesinatos de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, y que nos reponen la escena inicial que es una escena omitida: de dónde partimos para llegar hasta acá.   

En el corazón de los problemas

El alfonsinismo y el menemismo se construyeron como las grandes identidades de los años ochenta y noventa. Si bien contrastaban ideológicamente, en ambas habitaba un lugar común: la fuerza de la sociedad civil contra el Estado. El alfonsinismo contra el resabio autoritario del partido militar que había dominado el poder del siglo 20. El Estado era la casa embrujada que albergó la mano de obra (desocupada) de la represión contra la sociedad. La casa estaba tomada. La tapa de la revista Gente en la que se ve a Alfonsín, ya presidente, y detrás, entre fotógrafos, dirigentes y guardaespaldas, a la figura de Raúl Guglielminetti, un ex represor de la SIDE militar, cuya presencia sombría y tal vez desconocida por los hombres del nuevo gobierno mostraba entre “quiénes” nacía el incipiente orden civil, la cifra de un gobierno cableado. 

En las elecciones de 1999, en la disputa con De la Rúa, paradójicamente pagó el costo no sólo de haber sido parte del peronismo desgastado de esos años, sino de haber sido el candidato que no juraba más sobre la biblia de la Convertibilidad

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El menemismo inauguró la segunda década democrática sobre las cenizas de la primera, con el incendio de la hiperinflación y organizó su discurso contra el exceso estatal que arrastraba la Argentina: un Estado pesado, burocrático, un “déficit” crónico en las cuentas, una economía venida a pique. El neoliberalismo era una lengua popular que tejía consensos prácticos. Crecía de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba: “No se puede gastar más de lo que se recauda”, “la economía es como una casa”. Su refranero circunscribía el debate económico de la democracia al perímetro de un entendimiento sencillo. Los argentinos logramos el orden democrático entre dos almas confusas: la de la libertad política y la de la libertad económica. En esos años logramos una la libertad efectiva sobre el trasfondo del legado de la dictadura del 76, y un punto de quiebre que el peronismo tardó en comprender: la democracia debía organizar la desigualdad. 

Menem, sin dudas contribuyó a fundar esa época anti estatista, pero no lo hizo en el vacío. Reordenó un espíritu de época al que es fácil encontrarle los rastros. Ese humor social estaba en la exquisita gracia televisiva de Antonio Gasalla (y la parodia de la empleada pública), en el malhumor de la ineficacia de empresas del Estado que proveían servicios deficientes (la empresa ENTEL debe haber sido la privatización más popular) y en el lobby lógico de un mundo de empresarios que miraban con buenos ojos las áreas privatizables del Estado. Pero si Menem, el transgresor, era la cara de las conquistas del nuevo modelo, Duhalde, el gobernador, era el rostro de los costos en una provincia que siempre funciona como la aguafiestas de todos los modelos. El inmenso territorio de una demografía infinita, donde la crisis siempre se ve primero. Duhalde hablaba un lenguaje ajeno a la festividad de la época y a la eficacia de la nueva racionalidad económica. Hablaba de comedores, manzaneras, Pymes, llevaba encima el sismógrafo, atento a los ruidos, a las rupturas subterráneas de esa estructura en vilo, los que en este libro llama “nuevos movimientos sociales”.

El 2008 como un reverso del espíritu del 2002, una política que prende fuego las mesas de diálogo que encuentra y construye en ese acto su emancipación política final del duhaldismo. El cristinismo posterior sería, en el concepto y en la praxis, un anti duhaldismo

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En 1989 el alfonsinismo se terminó de derrumbar y en 2001 la doxa de la economía neoliberal también. Esos dos años marcan hitos. ¿Dónde estaba Eduardo Duhalde? En el corazón de los problemas. No vivió lejos de esos procesos. Fue intendente de Lomas de Zamora, fue vicepresidente de la nación, fue gobernador de la provincia de Buenos Aires y fue el candidato a presidente en el desenlace de los años noventa. Sin embargo, era una figura incómoda, para propios y ajenos. Duhalde representaba muchas de las cosas que esa modernización dejaba atrás o pasaba por alto: el Conurbano, la economía industrial, el peronismo de los barrios humildes, un viejo orden que podía aparecer en blanco y negro para las pulsiones globalizantes de la época. Duhalde nacía bajo el mandato de esa responsabilidad: era el peronista que no se olvidaba del pueblo peronista. El capítulo V de estas memorias se llama “El modelo está agotado”. Una percepción que Duhalde intuía y para la cual imaginaba un trabajo de base: la construcción de una alternativa. Comienza así: “En 1991 dejé la vicepresidencia de la Nación para gobernar mi provincia. Si bien este sitio era mil veces más complicado -la exclusión fue aumentando exponencialmente a partir de la mitad de los 90, afectaba en primer lugar a la población del Gran Buenos Aires- me daba una libertad política que no tenía presidiendo el Senado”. La libertad política era también la libertad ideológica. 

El duhaldismo representó, antes que el kirchnerismo, el retorno del Estado: en algún sentido, como una contracorriente al alfonsinismo y al menemismo a la vez, las dos identidades dominantes que estallaron en el 2001. Una vuelta compleja, sin votos, pero legítimamente popular: el gobierno de los políticos de maestranza con sus punteros, sus policías bravas, sus manzaneras, sus planes sociales. Era el subsuelo del Estado sublevado. Los escombros del viejo peronismo. Lo que los años noventa había metido bajo la alfombra. El Estado que quedaba, imprivatizable. La vida de los barrios, las escuelas, las salitas, la policía, los centros de jubilados, los municipios, rodeado por una clase media estallada. Y con todo ese pasado haría después futuro.

A fines de los años noventa, el dilema de Duhalde pasaba por asegurarse la hegemonía del peronismo, armonizar lo más posible con Menem, y a la vez, mostrarse como la alternativa por dentro a ese “modelo” que exhibía sus fisuras más o menos definitivas. Duhalde pretendía dar por concluida una etapa. Y, como un hombre del peronismo comunitario, orgánico, preocupado por la armonía social, un dirigente que no quería velar aún la antigua Argentina igualitaria, había quedado “a la izquierda” de ese giro demasiado liberal. Tan así que, en las elecciones de 1999, en la disputa con De la Rúa, paradójicamente pagó el costo no sólo de haber sido parte del peronismo desgastado de esos años, sino de haber sido el candidato que no juraba más sobre la biblia de la Convertibilidad. En estas memorias, Duhalde cuenta cómo imaginaba una jugada que explica a la vez su visión de la política: construir desde las propias entrañas del peronismo una alternativa y una continuidad. Una transición en orden que después tuvo que procesar en el medio del estallido. Dice sobre su alejamiento con Menem: “Me escuchaba y el trato era amistoso y de afecto. Pero las conversaciones acerca del rumbo que su gobierno iba tomando ya no se hacían tan frecuentes, a medida que avanzaba la política neoliberal sobre la economía”. 

No sirvió para fundar el duhaldismo, sirvió para reconstruir un país. Por eso, fue un Coronel que no tuvo quien lo escriba. Una presidencia sin relato, de hechos concretos, de acciones en seco

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El 17 de octubre de 1998, Duhalde llenó la Plaza de Mayo. Con toda su pompa bonaerense. Incluso Néstor Kirchner y Cristina Fernández estuvieron ahí. Alberto Pierri, Osvaldo Mércuri, José María Díaz Bancalari, y por supuesto su compañera Chiche Duhalde, eran quienes componían el escenario de movilización de las bases peronistas con que Duhalde quería asegurarse el peso de la nueva columna vertebral en su versión municipal y territorial. El viejo peronismo de las fábricas daba también lugar al nuevo peronismo de los barrios. Fueron treinta minutos de discurso donde dijo: “Quiero decirles a nuestros opositores y quiero que escuchen bien: estoy orgulloso de haber acompañado a Menem para salvar la economía argentina. Y ahora vamos a salvar al hombre y a la familia argentina. En apenas 9 años construimos un sólido edificio, con poderosas columnas. Pero no lo hicimos para que una minoría quede adentro y la mayoría a la intemperie. Lo hicimos para que la Argentina sea un hogar que cobije a todos. Ahora a esta construcción tenemos que ponerle alma, justicia, amor y honestidad”. En ese discurso también tuvo palabras para el movimiento de derechos humanos. Duhalde quería recuperar la cuota simbólica del pasado trágico. Aquel día Duhalde ofrecía como fuerza a esa base golpeada, sobreviviente, en cuyas facciones ya se hacían visibles los efectos de la crisis. También, anticipatorio, el retorno de un peronismo más social después de la década de las reformas de mercado.

Si Menem, el transgresor, era la cara de las conquistas del nuevo modelo, Duhalde, el gobernador, era el rostro de los costos en una provincia que siempre funciona como la aguafiestas de todos los modelos

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Tres años después, Duhalde llegó al poder, pero con los votos de la política. El destino del lomense es paradojal en ese punto: un hombre que nunca buscó ser vanguardista, que siempre intentó conectar con la voluntad popular mayoritaria, en esa coyuntura histórica le tocó representar el papel de un Parraviccini, pero con profecías ciertas, que nadie quería escuchar. Duhalde sacrificó una elección, pero tuvo razón, y con esa razón histórica edificó la legitimidad de su gobierno de excepción y transición.

2002 fue el año cancelado. Un salto en el tiempo. Un rastro incómodo discutido por dolarizadores, por progresistas que discutían la inevitable devaluación, por aspirantes ansiosos a “lo nuevo”, por una sociedad que finalmente se dejaba gobernar por un político a cambio de que ese político resignara su propio futuro. A la sociedad del “Que se vayan todos”, Duhalde le respondió con su salida. Todo líder, toda época, toda presidencia trascendente, se construye sobre un núcleo innegociable. Lo vemos estos días cuando el presidente Milei dice que el equilibrio fiscal no se negocia. Estas Memorias de Duhalde nos recuerdan lo que Duhalde no negoció: la Argentina productiva.

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