28 de junio de 2026
Nietzsche advirtió, hace más de un siglo, algo que la política argentina todavía no termina de escuchar: cuando el sentido histórico domina sin límite, destruye las ilusiones que hacen posible la vida y le quita las raíces al futuro. No hay justicia retrospectiva, sostenía, que no implique también una forma de aniquilación. Si detrás del impulso de mirar hacia atrás no hay un impulso igual de fuerte para construir hacia adelante, el instinto creador se debilita hasta desaparecer.
Se trata de un diagnóstico clínico, no de una advertencia abstracta; describe lo que le ocurre a cualquier comunidad -política, religiosa, cultural- que convierte su pasado en tribunal permanente del presente. La política argentina, en casi todas sus tradiciones, sufre esta patología. Como peronista, reconozco la herida también en mi propio espacio; pocos movimientos argentinos cargan tanta épica fundacional como el peronismo, y pocos sufrieron tanto la tentación de convertir esa épica en programa. El fenómeno, sin embargo, excede largamente al peronismo. El radicalismo discute permanentemente su propia pureza yrigoyenista. El liberalismo argentino añora una Argentina agroexportadora que probablemente nunca fue como se la recuerda. Cada espacio político tiene su propio mito de origen, y cada uno termina organizándose alrededor de lo que fue.
El síntoma es siempre el mismo; la pregunta que debería ser quién merece gobernar mejor el porvenir se transforma en quién es el verdadero heredero del origen. Una pregunta dirigida hacia atrás, hacia la pureza del mito, hacia una legitimidad que solo el pasado puede otorgar. Esa pregunta -repetida durante décadas en distintos espacios- produce exactamente lo que Nietzsche describía, destruye la ilusión activa y constructiva sin la cual ninguna comunidad puede crear ni prosperar. Una política que gasta su energía en guerras por la herencia no tiene energía para construir un futuro que valga la pena habitar.
Mientras la dirigencia se demora en la compasión o en el rechazo, los propios protagonistas de estos cambios -los trabajadores de plataformas, los conductores, los jóvenes que ya conviven con la inteligencia artificial sin el pánico de sus mayores- siguen adelante, inventando soluciones propias, sin pedir permiso
Hay algo todavía más revelador en este mecanismo: cuando el problema central pasa a ser el origen, los hechos pierden su capacidad de ordenar el debate. Si existe un consenso de fondo sobre el mito fundacional -si todos coinciden en que ese pasado fue justo, glorioso, irrefutable- entonces ya no hay terreno para una disputa genuina de ideas. La política se desplaza, casi sin que se note, hacia las disquisiciones estéticas y los nombres propios: quién representa mejor el espíritu del origen, quién lo traicionó, quién tiene el gesto, el tono, la genealogía correcta. Juan José Amondarain y Luciano Chiconi describieron con precisión esta deriva dentro del propio peronismo, al identificar un debate sobre su renovación atrapado entre la nostalgia programática, la búsqueda identitaria en fenómenos culturales ajenos a cualquier proyecto de poder, y el regreso dogmático al mito de 1945, sin que ninguna de esas corrientes logre tramitar la pregunta de fondo sobre qué hacer con el país. Las diferencias genuinas sobre el rumbo quedan en un segundo plano, como una cuestión accesoria. El resultado es una política que discute con enorme pasión asuntos que no la comprometen a nada, mientras evita sistemáticamente las preguntas que sí podrían dividir genuinamente.
Ese prisma negativista, heredero de un pasado idealizado, organiza la forma en que la política argentina mira su propio presente. Si el pasado fue mejor, el presente solo puede leerse como decadencia y el futuro como amenaza. Bajo esa lógica, los trabajadores de las plataformas de delivery dejan de ser lo que son -personas que encontraron una forma de generar ingresos en una economía cambiante- y se convierten en figuras de sufrimiento que la política debe redimir antes que escuchar. Los conductores de aplicaciones de transporte cargan con una tutela que nadie les pidió, como si ignoraran su propia situación y necesitaran que otros decidan por ellos. Y la irrupción de la inteligencia artificial en el mundo laboral y educativo despierta más temor reactivo que estrategia: una amenaza al orden conocido, antes que el comienzo de una transformación que, bien encauzada, puede ampliar oportunidades en vez de destruirlas.
En los tres casos opera el mismo mecanismo, cuya raíz es la incapacidad de ver en el presente algo distinto a un declive. Esa incapacidad tiene un costo político concreto. Mientras la dirigencia se demora en la compasión o en el rechazo, los propios protagonistas de estos cambios -los trabajadores de plataformas, los conductores, los jóvenes que ya conviven con la inteligencia artificial sin el pánico de sus mayores- siguen adelante, inventando soluciones propias, sin pedir permiso. La verdadera tarea de la política es escuchar lo que esas transformaciones ya están diciendo y convertirlo en materia de transformación institucional, en arcilla de la nueva política, no objeto de lástima ni de sospecha.
Una política que reconoce el movimiento real de la vida -sus urgencias, sus formas nuevas de organizarse, sus creatividades silenciosas- tiene la posibilidad de ser algo más que la administración del pasado
Entiendo, sin embargo, que hay un camino de salida, y consiste en algo tan simple como exigente: poder instalarse en el presente sin vértigo ni temor, sin que el peso de todo lo anterior paralice la capacidad de actuar. Hace falta la fuerza para crecer desde la propia esencia, asimilar lo extraño y lo pasado, cicatrizar heridas y rehacer formas destruidas sin necesidad de copiar un modelo previo. La historia puede acompañar ese movimiento o convertirse en su lápida. Ahí está toda la diferencia.
Construir una nueva identidad que reemplace a la vieja no es imprescindible. Esa ilusión ya se intentó muchas veces, en muchos espacios. Hace falta encontrar algo por qué luchar que esté genuinamente anclado en el presente vivo. En lo que los argentinos hacen, producen, padecen y sueñan ahora. Cada tradición tiene su edad dorada; ninguna necesita recuperarla para reconocer que la vida tiene un dinamismo propio que la política debe aprender a acompañar.
Una política que espera que la vida se adapte a sus categorías está condenada, aunque gane elecciones. Una política que reconoce el movimiento real de la vida -sus urgencias, sus formas nuevas de organizarse, sus creatividades silenciosas- tiene la posibilidad de ser algo más que la administración del pasado. Ninguna tradición política argentina necesita olvidar quién es para lograrlo. Le basta con usar la historia sin dejarse usar por ella, y tomar lo mejor de cada origen para ponerlo al servicio de preguntas que todavía no tienen respuesta.
Una política que gasta su energía en guerras por la herencia no tiene energía para construir un futuro que valga la pena habitar
Hay una pregunta más incómoda que cualquiera de las anteriores, y el peronismo -quizá más que ninguna otra tradición política argentina- necesita empezar a hacérsela: no quién, sino por qué. No quién es el heredero legítimo del origen, sino por qué motivo debería un movimiento casi centenario seguir teniendo algo que ofrecerle al país. Es tentador responder apelando a la cultura: el peronismo como sentimiento, como pertenencia, como parte del tejido social argentino. Pero esa respuesta, aunque verdadera, no alcanza. La cultura explica el pasado, no construye el porvenir.
Lo que puede cobrar volumen político no es un recuerdo sino una fuerza; un movimiento capaz de transmitir solidez, de ofrecer genuinamente algo por qué luchar, y sobre todo de mirar el futuro con optimismo. Un optimismo discreto antes que romántico, cooperativo antes que colectivo, anclado en la calle, pero profundo en su sustancia. Como cantaba Serrat, lo sencillo no es lo necio. Ahí, en esa sencillez que no es ingenuidad sino fortaleza, está la única renovación posible: la que no pregunta de dónde viene el peronismo, sino qué es capaz de construir todavía.



