21 de julio de 2026
A partir de una serie de entrevistas a historiadores e historiadoras centrales del siglo XX, Mariano Schuster invita a pensar la historia desde quienes la escriben. Trayectorias vitales, contextos políticos y decisiones metodológicas se entrelazan para recordar que toda interpretación del pasado es también una lectura situada del presente.
El siglo XIX fue el siglo de los historiadores. Transformó de manera decisiva las formas de hacer historia, al separarla de las Bellas Letras, profesionalizar la disciplina y ubicarla dentro de la familia de las ciencias. Si bien es cierto que la tradición que une a los seres humanos con la narración del pasado es infinitamente más antigua y compleja, el siglo XIX nos legó una cartografía condensada en dos preguntas: quiénes somos y de dónde venimos. La Historia con mayúscula fue, desde allí en más, una profesión reservada a los historiadores: un oficio con un método riguroso, respeto por las fuentes y un decálogo que privilegia la explicación y la comprensión por sobre la representación o el embellecimiento literario.
Un siglo después, la Historia se transformó a partir de los aportes de una variada gama de historiadores e historiadoras que buscaron desanclar la tarea histórica de las garras del férreo historicismo con el que se había profesionalizado la disciplina. Se renovaron los interrogantes, se ampliaron las fuentes y se incorporaron sólidos andamiajes teóricos que respaldaron las investigaciones. En torno a estas cuestiones discurre El pasado no está muerto, el libro del multifacético periodista Mariano Schuster.
Editado por Siglo XXI, el libro es el resultado de tres años de trabajo por parte del editor de la revista Nueva Sociedad. Cada una de estas conversaciones fue publicada a lo largo de los últimos años y decantó finalmente en la edición de un libro que las compila, organiza y las pone en dialogo ordena, precedidas por un sólido trabajo introductorio del autor.
Retomando una valiosa enseñanza del historiador británico Edward Carr, Schuster entrevistó a diez historiadores bajo la premisa de que los hechos históricos están definidos y tamizados por quienes los estudian, y que conocerlos implica pensar el mundo de las ideas desde el cual esos hechos son interpretados. Por lo tanto, el libro tiene una clara vocación pedagógica, tanto para historiadores como para neófitos: conocer a los autores permite agregar una capa de complejidad a lo que leemos. El texto invita a poner en práctica un viejo anhelo de las ciencias sociales, que es realizar una lectura verdaderamente crítica que contemple la obra del autor junto con sus motivaciones, su trayectoria y sus vivencias como sujetos de un turbulento siglo XX.
Diez autores y diez conversaciones profundas y extensas estructuran este trabajo. El propio autor resalta que los motivos de la selección responden a sus preguntas de investigación sobre la cultura política de las izquierdas y la religiosidad popular. Sin embargo, pueden pensarse al menos dos líneas adicionales: todos los historiadores consultados nacieron en el decenio que va desde los bombardeos alemanes de la Legión Cóndor sobre la ciudad española de Guernica, en 1937, hasta la política norteamericana de la contención y el inicio de la Guerra Fría, en 1947.
El libro tiene una clara vocación pedagógica, tanto para historiadores como para neófitos: conocer a los autores permite agregar una capa de complejidad a lo que leemos. El texto invita a poner en práctica un viejo anhelo de las ciencias sociales, que es realizar una lectura verdaderamente crítica que contemple la obra del autor junto con sus motivaciones, su trayectoria y sus vivencias como sujetos de un turbulento siglo XX.
Todos nacieron en un mundo en guerra y crecieron en un mundo bipolar; vivieron el impacto del fin de la Segunda Guerra Mundial y se formaron al calor de las tensiones entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Nacieron, vivieron y se formaron en un mundo que ya no existe.
El segundo elemento para destacar es el impacto que tuvieron los trabajos de los entrevistados en el campo historiográfico de la segunda mitad del siglo XX. En este punto cobra relevancia este libro, recientemente editado por Siglo XXI Editores, que se enmarca en la colección Hacer historia. Se trata de un libro pensado principalmente para especialistas, aunque también puede ser leído por un público interesado en la historia. Sin dudas, será una herramienta de referencia en la formación de futuras generaciones.
La voz de los historiadores
Los aportes de Carlo Ginzburg y Natalie Zemon Davis son tan vastos que exceden el campo de la historia, y resultaría imposible enumerarlos aquí. Las conversaciones que el autor de El pasado no está muerto mantuvo con ambos constituyen un recorrido por sus trayectorias vitales, a tal punto que la última entrevista que brindó Zemon Davis en vida fue la que se editó para este libro.
Sus trayectorias atraviesan una de las líneas ya mencionadas: Ginzburg sufrió en carne propia el avance del fascismo. Perdió a su padre en las cárceles italianas y vivió en la clandestinidad junto a su madre, la célebre escritora Natalia Ginzburg. Zemon Davis y su marido padecieron la persecución política del Comité de Actividades Antiestadounidenses y debieron exiliarse durante un tiempo en Canadá. El siglo XX dejó huellas familiares que influyeron en sus trabajos y abordajes. Un historiador es, ante todo, su formación y su contexto.
Como bien afirma Schuster, la renovación de los estudios sobre la Unión Soviética a partir de la implementación de una historia “desde abajo” le debe mucho a Sheila Fitzpatrick. La historiadora australiana trabajó en los archivos soviéticos durante la Guerra Fría y logró, a partir de ellos, superar categorías sociológicas abstractas desde la experiencia concreta de los sujetos históricos. Esa dificultad de acceso a las fuentes le permitió reflexionar sobre el valor de los contactos y los vínculos que se establecen al momento de desbloquear el ingreso a los archivos. Estos elementos biográficos afloran a lo largo de la entrevista y marcan el pulso que atraviesa a todas las conversaciones que Mariano Schuster sostuvo para realizar este trabajo.
Los aportes realizados por Peter Burke y Roger Chartier a la historia cultural son inestimables. Mientras que en el primero los estudios culturales abrieron un espacio para problematizar aspectos como la ignorancia, el olfato o el silencio, en el segundo fueron una fuente central de inspiración para repensar las formas en que las generaciones pasadas representaron el mundo. Si Burke privilegió el método indirecto y el rol detectivesco del historiador para dar con nuevas fuentes, Chartier buscó descifrar los documentos como representaciones de una realidad pasada, con el objetivo de comprender la cultura efectiva de ese tiempo histórico.
El interés de Chartier por la historia del libro y de la lectura lo vincula necesariamente con la obra de Robert Darnton. Interesado por las percepciones colectivas que los sujetos del pasado tuvieron de los acontecimientos, Darnton posee una extensa trayectoria en el análisis de la cultura escrita y oral previa a la Revolución Francesa. Su entrevista pone de manifiesto las transformaciones en los modos de circulación de la información: el pasaje de una cultura predominantemente oral a una escrita y, posteriormente, a una cultura impresa de amplia circulación.
La problematización del término “totalitarismo” y el pormenorizado estudio del fascismo y el nazismo son deudores, en gran medida, de los trabajos de Emilio Gentile e Ian Kershaw. Las conversaciones que ambos mantuvieron con Mariano Schuster presentan caminos comunes que articulan dimensiones metodológicas con caracterizaciones conceptuales de ambas experiencias.
En el caso del autor italiano, se destaca principalmente el impacto de su formación con el historiador Renzo De Felice, un recorrido pormenorizado por su obra y un sugerente intercambio sobre los usos contemporáneos del concepto de fascismo. En el caso de Kershaw, Schuster retoma las tensiones entre estructuras sociopolíticas y agencia individual en el marco de los estudios biográficos que el historiador británico desarrolló en su monumental investigación sobre la vida de Hitler.
La renovación de los marcos conceptuales y teóricos para abordar la historia desde una perspectiva de género también está presente en el itinerario de entrevistas. La influencia ejercida por Joan Wallach Scott y Sheila Rowbotham queda plasmada en el valor que ambas autoras asignan al cruce entre los estudios históricos y la teoría social.
Las entrevistas con estas historiadoras ponen de manifiesto la articulación entre la formación académica y la militancia política, el impacto transformador de los estudios de género y la renovación historiográfica que confluyó en la New Left Review.
Mariano Schuster nos invita a desplazar la mirada hacia los autores. A indagar en sus biografías, en los motivos que guiaron la selección de los temas que trabajaron a lo largo de sus vidas y en las influencias recibidas como resultado de sus recorridos académico-intelectuales.
Cuando alguien se interesa por la historia, es usual que en un primer momento preste atención en los acontecimientos, se sienta atraído por las grandes figuras históricas o manifieste inquietud por algún hecho puntual. Por lo general, esta primera etapa privilegia un tipo de conocimiento orientado más a juzgar el pasado más que a comprenderlo.
Con el tiempo, si el interés histórico persiste, se tiende a privilegiar los procesos por sobre los hechos aislados. Los grandes hombres se diluyen entonces en una temporalidad más extendida, y las complejas tramas políticas, sociales, culturales y económicas adquieren un peso analítico mayor que los individuos. La comprensión se vuelve un elemento central del análisis y el juicio de valor deja de funcionar como brújula de lectura.
Finalmente, Mariano Schuster nos invita a desplazar la mirada hacia los autores. A indagar en sus biografías, en los motivos que guiaron la selección de los temas que trabajaron a lo largo de sus vidas y en las influencias recibidas como resultado de sus recorridos académico-intelectuales. La expectativa es que volvamos a iniciar el círculo y leamos una vez más los libros que nos atrajeron a esta disciplina, pero desde una lectura a contrapelo que permita complejizar aquello que creímos comprender.
El trabajo de Schuster posee una virtud globalizadora. No importa en qué geografía se encuentre el lector: las entrevistas responden a interrogantes globales de la disciplina. El libro recuerda que detrás de todo texto histórico hay una formación, una trayectoria vital y una teoría que orienta el análisis de los documentos, y que la historia sigue viva en las preguntas que cada generación de historiadores formula cuando se siente incómoda con su presente.



