20 de julio de 2026
Las palabras como acción. Las palabras como culpa.
Esta nota se basa en un caso histórico y alojado en un tiempo determinado, lo que hace difícil la reiteración de algunos de sus hechos en otros contextos. Pasó hace ochenta años. Y, en verdad, el motivo de escribirla es poner en valor algunas cuestiones que hacen a la capacidad humana, tanto en su faz psíquica como en sus percepciones sensibles. Pero también habla de aquellas externalidades que se construyen desde lo social y lo político, y rigen conductas ciudadanas. Por eso acá se combinan el odio, los prejuicios, la venganza, las leyes, la libertad de expresión y sus límites (en caso que los tuviere), la vida y la muerte. Y estas siete descripciones son las que aplicaron hace ochenta años y mantienen, mutando en sus calidades en virtud del tiempo transcurrido, ciertas similitudes en la actualidad.
Robert Brasillach, francés nacido en 1909, fue un discreto escritor, excelente crítico de arte (su libro “Histoire du Cinema” aún se considera material de consulta) y periodista. Su carrera comenzó de muy joven, pero tuvo picos de esplendor entre 1937 -cuando asume como director del semanario “Je Suis Partout”, abiertamente autodefinido como pro fascista y antisemita- y 1944. En 1940, con la asunción como jefe de Estado francés del Mariscal Pétain, esta revista -y Brasillach especial y fanáticamente- se colocan en la línea de seguimiento acrítico del colaboracionismo con los ocupantes alemanes.
Las palabras, sobre todos las que se dicen desde ubicaciones asimétricas de poder, pueden definir lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso, y en función de eso nace el diálogo y se construyen convivencias personales, familiares y sociales. O no
Ese momento, el de la presencia nazi, fue su etapa de pompa y poder. Escribía diatribas contra los judíos, contra los franceses que luchaban junto a De Gaulle, contra la resistencia, y elogiaba todas las medidas tomadas por los invasores. Entre sus notas más virulentas surgen apoyos a la eliminación de todos los judíos de Francia “sin importar la edad que tengan”.
Fiel seguidor de Charles Maurras y, antes que nada, incluso antes que fascista, Brasillach fue un reaccionario, un odiador del mundo moderno. Vamos a spoilear. Brasillach es condenado a muerte y fusilado en 1945. Previamente muchos intelectuales, incluso de la izquierda y notoriamente antinazis (entre ellos Albert Camus, Paul Valery y Jean Cocteau), pidieron por la conmutación de ese castigo, pero no fueron tomados en cuenta. Brasillach, quien murió exclamando ¡Viva Francia, a pesar de todo!” no fue acusado de ningún crimen de sangre. No mató a nadie, no torturó, no se le comprobó haber denunciado a alguien cuya consecuencia fuera detención o muerte. Se lo castigó por sostener una idea, hacerla pública y darle amplitud merced a sus publicaciones. Ideas siniestras, cargadas de odio, convocantes a la violencia, llenas de estigmatización, prejuicios y discriminación. Pero ideas. Su mano jamás cometió un crimen físico y no fue partícipe de ningún hecho concreto de violencia organizado desde su intelecto (esto para también descartar la insolvencia jurídica de la “autoría intelectual”).
La historiadora inglesa Alice Kaplan lo calificará como “el James Deán del fascismo francés”. Su culpa fue creer en un ideario, que amén de perverso, represor y autoritario, fue derrotado. Al negarse a suspender la pena, el general De Gaulle consideró que “el talento es un título de responsabilidad”, en alusión a las menciones sobre las capacidades intelectuales de Brasillach. Interesante historia para debatir sobre la libertad de expresión, eje motor de toda sociedad democrática, y sobre la jerarquía legal y social, de los discursos de odio y el uso de palabras pendencieras, que finalizan su ruta de violencia transformando el signo y su unidad lingüística en una acción casi física. Esa combustión de irreverencia, poder y discurso, suele ser peligrosa.
Con buen tino, el escritor mexicano José Luis Durán King se interroga sobre por qué se les asigna a las palabras la misma calidad de nociones y acciones y se pregunta si Brasillach merecía morir por sus palabras.
El humor social, en su variable popular, es insondable, movedizo y sorprendente. Esperemos que, dentro de unos años, este accionar insultante desde el Gobierno actual no haya conformado el caldo de cultivo de nuevos deseos de venganza y pedidos de escarmiento
Nada se repite y nadie se baña dos veces en el mismo rio, dijo Heráclito, pero hay acciones que con equivalencias se reiteran en distintos momentos históricos. Hoy en nuestro país se insulta desde los más altos proscenios del poder. Mal y vulgarmente. Epítetos que harían avergonzar a un barrabrava son dichos por el propio Presidente y se amplifican mediáticamente, consolidando un estado de naturalización muy peligroso, para toda la sociedad, pero especialmente para niños que pueden asumir que “si lo dice el presidente, yo lo puedo repetir en el colegio”. Es grave.
Claro, no tienen la trascendencia de lo que expresaba Brasillach, y seguramente no causarán el efecto de aquellas palabras. Pero ni siquiera están sustentadas en una idea, sino que nacen del deseo de insultar, como única validez a las palabras. La palabra es una forma de acción. La más característica de los humanos. Las palabras, sobre todos las que se dicen desde ubicaciones asimétricas de poder, pueden definir lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso, y en función de eso nace el diálogo y se construyen convivencias personales, familiares y sociales. O no. Y se usan para el escarnio. Despreciando el inmenso valor simbólico que las palabras poseen.
Acá, en Argentina, no se matará legalmente (y esperamos que de ninguna forma) a nadie por lo que piensa ni por lo que escribe ni por haber ocupado lugares preminentes en ubicaciones institucionales y desde ahí generar oleadas de odio y violencia. Pero sepamos y recordemos, que en la Francia de 1944 la decisión “judicial” se tomó en función del humor popular que clamaba venganza y escarmiento contra los ex seguidores de Petain. El humor social, en su variable popular, es insondable, movedizo y sorprendente. Esperemos que, dentro de unos años, este accionar insultante desde el Gobierno actual no haya conformado el caldo de cultivo de nuevos deseos de venganza y pedidos de escarmiento. Pero de ser así, confiamos que sea siempre “dentro de la ley todo, fuera de la ley, nada”.



